7. Capítulo 6
Darcy
Y a llevo tres copas de champán esta noche y he llegado a una conclusión espantosa.
Los Beachside Bears son los invitados que mejor se comportan en esta gala.
No lo entiendo.
Llevo preparándome para el desastre desde que Colin compró la mesa. Una torre de champán rota. Una pelea a puñetazos por los canapés. Corbin Cole estampado de cara contra la escultura de hielo del logo de la fundación de mi madre mientras alguien lo graba para TikTok.
En cambio, han llenado la sala de vida.
El salón de baile resplandece en tonos dorados bajo los candelabros de cristal tallado.
La luz de las velas se refleja en el suelo de mármol y de cada centro de mesa se desbordan orquídeas blancas.
Los camareros se deslizan con bandejas de plata repletas de pequeños bocadillos de langosta, arancini de trufa y vieiras a la plancha sobre un lecho de risotto al azafrán.
En una esquina, un pastelero carameliza crème brûlée al momento y cada chasquido de una cuchara al romper el azúcar va seguido del sonido indecente que emite alguien.
Y en medio de la velada de quinientos mil dólares de mi madre, Finn MacAllister sujeta una copa de champán como si fuera una pinta de Guinness.
—No. Así no. —Beck se inclina y le recoloca los dedos en el tallo de la copa—. Sujétala así .
Finn entrecierra los ojos para mirar la copa.
—¿Por qué?
—Porque tu manaza irlandesa la está calentando, y no es una cerveza, colega. Esto no se bebe de un trago.
—Si solo es zumo con burbujas.
—Es zumo con burbujas de cuatrocientos dólares .
Finn vuelve a mirar la copa con renovado respeto y, acto seguido, se la bebe entera de un trago.
—Genial —anuncia, mirando a su alrededor—. ¿Qué más es gratis?
Al otro lado de la sala, Mason está sentado en un diván de terciopelo, completamente rodeado por cuatro mujeres, ninguna de las cuales baja de los setenta y cinco años. Todas sostienen martinis, una tiene la mano en su antebrazo mientras otra le enseña fotos de sus nietos en el móvil.
Mason está impecable con su esmoquin; más que un jugador de hockey, parece el dueño de una isla privada con unas leyes de herencia de lo más inconvenientes.
—¿Esa es Barbara Vanderbilt? —pregunto.
Beck sigue mi mirada.
—¿La que lo está tocando o la que está a punto de hacerlo?
—La que está a punto.
—Entonces sí.
—¿Por qué le está enseñando fotos?
—Le ha ofrecido un barco.
Me vuelvo para mirarlo fijamente.
—¿Un barco?
—Sí. Apuesto a que le va a dejar algo en el testamento y luego él se sentirá fatal por ello para siempre.
Me río sin poder evitarlo.
Beck me mira y sonríe con suficiencia, como si mi risa le perteneciera.
Lo cual es ridículo, porque se supone que ahora mismo ni siquiera debería estar prestándome atención.
Se supone que debe demostrar que es valioso para Beachside.
Y, por desgracia para mí y para mi informe, de momento lo está haciendo de maravilla.
Cerca de las puertas de la terraza, Declan está dándole la mano a dos promotores hoteleros y posando para una foto sin que parezca que se quiere morir, lo cual, para un hombre que hace dos meses no concedía una entrevista a los medios, es una gran mejora.
Rose habla con un grupo de voluntarias de la fundación, todo sonrisas cálidas y risas suaves, y parece sentirse perfectamente cómoda en el papel de hija del entrenador.
Corbin, de alguna manera, ha conseguido tres cucharas de postre y está intentando convencer a un camarero de que esa es una forma perfectamente normal de comer crème brûlée.
Y luego está Beck.
Acaba de cruzar la sala y ahora está hablando con mi padre.
No solo ha encandilado a cada persona que ha cruzado esas puertas dobles como si fuera el presentador de los Óscar, sino que ahora está de pie junto a Charles Madden, sonriendo mientras papá se ríe.
Beck Morrison, el hombre milagro, de alguna manera ha conquistado al inconquistable.
La mano de papá se posa en el hombro de Beck mientras dice algo que no puedo oír por encima de la orquesta, y Beck echa la cabeza hacia atrás con una carcajada que hace que el azul de sus ojos brille bajo los candelabros.
Parece que este es su sitio.
En este salón de baile. En la gala de mis padres. En el lugar del que podrían traspasarlo porque yo decidí que sus números no cuadraban lo suficiente en una hoja de cálculo.
De repente, mi champán sabe un poco menos a celebración.
—Vaya, pues sí que tienes cara de estar a punto de sufrir un aneurisma.
Josie aparece a mi lado, con sus ondas color miel y un vestido verde esmeralda que me hace sentir mal vestida al instante.
—Hola —dice, con la voz más vacilante de lo habitual mientras se acerca.
—Hola —respondo, con la voz demasiado alegre.
La pausa inicial es incómoda. Dolorosamente incómoda.
—Bueno… esto es… —Josie señala la extravagante escena que nos rodea con una ligera mueca.
—¿Exactamente lo que esperarías de alguien con los genes de mi madre para organizar eventos? —termino por ella, logrando esbozar una pequeña sonrisa—. Mi madre lo da todo. Cree que si vas a recaudar dinero, debes hacer que la gente sienta que lo está gastando en el paraíso.
—Qué mujer más lista. —Josie se muerde el labio, reprimiendo claramente una carcajada. Su mirada se desvía hacia un camarero que pasa con una bandeja de plata cargada de bocaditos de comida cara—. ¿Eso es… palomitas… de trufa?
Me río.
—Como he dicho, bienvenida al paraíso.
Nos quedamos ahí un momento, ambas esforzándonos demasiado por sonar normales. Es tan forzado que resulta ridículo, pero entonces Josie respira hondo y se yergue en toda su estatura de metro sesenta y siete.
—Darcy, escucha… yo… —Josie abandona de repente su voz educada—. He venido a disculparme, no a hablar del talento de tu madre para organizar fiestas.
La sinceridad me pilla por sorpresa y siento alivio.
—Josie…
—No, déjame decir esto. —Se acerca más, bajando la voz—. Fui una zorra con lo de Beck. Me dolió que tomaras una decisión tan importante que nos afecta a todos sin ni siquiera mencionarlo, y lo pagué contigo. Pero no fue justo.
Siento un nudo en el pecho.
—Yo también lo siento —digo—. Por no haberte avisado. Te merecías algo mejor que enterarte a la vez que los demás.
Los hombros de Josie se relajan.
—¿Amigas?
—Amigas.
Sonríe, y es como si el sol saliera de detrás de las nubes.
Doy un largo sorbo de champán y dejo que mi mirada recorra el salón.
Grave error.
Porque Beck está apoyado en una de las columnas de mármol, con la chaqueta del esmoquin perfectamente ajustada a unos hombros que no tienen derecho a verse tan bien ahora mismo. Mis ojos me traicionan y bajan más.
Joder. Vaya culo se le ve con esos pantalones.
Jesucristo, Darcy, contrólate.
Pienso en sus manos sobre mi escritorio ayer. En la forma en que invadió mi espacio, tan cerca que podía oler su piel. No recuerdo la última vez que un hombre me prestó ese tipo de atención.
—Y bien… —Josie se acerca, con una sonrisa en los labios—. ¿Cómo va la auditoría? ¿Ya te está volviendo loca?
Aparto la vista del trasero de Beck y me encojo de hombros.
—Es… soportable.
—Mmm. —Josie sigue mi línea de visión. Su sonrisa se ensancha—. ¿Por eso le estás mirando el culo?
—No es verdad. —Me bebo el champán de un trago, ignorando el calor que me sube por el brazo—. ¿Qué tal las cosas con Declan?
Las mejillas de Josie se sonrojan.
—Está bien. Frustrado con toda la cobertura del divorcio de sus padres, pero… —Se muerde el labio—. Lo está superando.
—¿Cómo que lo está superando?
—Digamos que Declan Morrison gestiona el estrés de una forma muy… física .
Casi me atraganto con mi propia lengua.
—Josie.
—¿Qué? Tú has preguntado. —Remueve el último sorbo de su champán, con las mejillas del mismo color que los centros de mesa—. Ese hombre es una locura . Sale a correr a las cinco de la mañana y vuelve y me arrincona contra el colchón antes de que me haya tomado el café.
—No puedes haber dicho eso en un salón de baile lleno de la élite de Los Ángeles.
—Susurrar lo hace elegante, ¿no? —Aun así, se inclina y baja aún más la voz—. Darcy. Tengo moratones en las caderas con la forma de sus manos. Nunca había tenido sexo así.
Dejo mi copa en una bandeja que pasa y cojo inmediatamente una nueva, porque, al parecer, voy a necesitar emborracharme para superar esta noche.
—Bueno, por si sirve de algo, estás radiante —le digo—. Sinceramente, es asqueroso. Pero me alegro por ti.
—Bien. Porque necesito tu ayuda. —Echa un vistazo a la mesa donde los Bears, de alguna manera, se han hecho con el mejor sitio—. He estado quedándome mucho en la mansión esta semana. Obviamente.
Se me revuelve el estómago al oír la mención de la mansión y las recientes revelaciones sexuales de Josie.
Mi mente divaga hasta la casa de Beck. El dormitorio de Beck.
Me pregunto cómo será eso .
Si Declan arrincona a Josie contra el colchón antes del amanecer, ¿qué hará Beck…?
No.
En absoluto. No vamos a entrar en eso.
No con tres copas de champán disolviendo lo que queda de mi juicio profesional.
—¿Y? —consigo decir, tragando saliva.
—Y he visto lo suficiente para saber que esos chicos no están bien.
Bromean, beben, discuten sobre batidos de proteínas…
pero, Darcy… —Josie hace una pausa y niega con la cabeza—.
Algo ha cambiado desde lo del divorcio. Declan ha estado más gruñón de lo habitual, cosa que no creía posible.
Mason cocina para un ejército pero apenas come. Y Beck…
La miro de inmediato.
—¿Beck qué?
—Beck está… está siendo Beck . Pero más de lo normal. Como si intentara demostrarles algo a todos, incluido a sí mismo.
Pienso en nuestra conversación del desayuno, en la vulnerabilidad de su voz cuando hablaba de ir a la zaga de sus hermanos, intentando que fuera imposible ignorarlo.
—Así que —continúa Josie—, he invitado a su hermana Zoey a que venga de visita este fin de semana. Una reunión de los hermanos Morrison. Juntarlos a todos, con algo de comida y bebida, quizá para ayudarles a hablar de verdad sobre lo que está pasando.
—Suena bien.