5. Capítulo 4 #3
A través de la pared de cristal de su despacho-pecera, veo a Darcy paseándose de un lado a otro con el móvil pegado a la oreja. Ha empezado el día conmigo al amanecer y, de alguna manera, sigue en marcha.
Esta mujer es una locura.
Mason sigue mi mirada mientras me alejo de los ascensores.
—¿Adónde vas?
—¿Mmm?
Levanta la vista y ve la dirección que llevo.
—¿No es esa la mujer que se supone que odiamos?
—Yo no la odio.
—Yo sí. Josie también. Declan se está esforzando bastante.
—Pues estáis siendo todos unos dramáticos.
—Está intentando traspasarte literalmente, colega —dice Mason.
—Sí, bueno. —Me encojo de hombros—. A lo mejor solo estoy intentando convencerla de que no lo haga.
Mason me lanza una mirada con una ceja arqueada que se parece demasiado a la de nuestro padre, así que lo dejo en el ascensor y cruzo la planta de todos modos.
Fuera de su puerta, pillo el final de la llamada.
—No, mamá, no voy a llevar al hijo de tu amigo del viñedo. Me da igual que tenga una postura excelente.
Darcy se da la vuelta y se percata de mi presencia en la puerta. Se ha cambiado desde que salimos a correr. La versión sudorosa de ella al amanecer ha desaparecido, reemplazada por una blusa de seda, unos pantalones que veneran su culo y una americana azul marino de los Bears abotonada por delante.
Al menos lleva tacones. Los tacones son sexi.
—Sí, me acuerdo. A las siete en punto. El vestido color crema. —Darcy cierra los ojos—. No, una mujer sola en una mesa no es una emergencia de protocolo. Tengo pareja.
Abre los ojos y los clava directamente en mí.
Sonrío lentamente.
Joder, qué guapa es.
¿Cómo es posible que la mujer que está intentando traspasarme pueda tener esta pinta? Me da igual lo que piense Mason. O Declan, o Josie, ya puestos.
No puedo mantenerme alejado.
—De hecho —dice con voz tensa—, lo tengo ahora mismo delante de mí.
Cuelga la llamada y se queda mirando el teléfono como si no pudiera creer lo que acaba de decir.
—¿Necesitas pareja? —pregunto.
—No… Necesitaba que mi madre dejara de intentar sentarme al lado de hombres elegibles con bodegas heredadas.
—Genial. ¿A qué hora te recojo?
Gira la cabeza bruscamente hacia mí.
—No vas a venir a la gala de mi madre.
—¿Por qué no? Tengo esmoquin. —Se me queda mirando—. Y sé qué tenedor es cuál. Te prometo que puedo sobrevivir una noche con gente pija. Estoy básicamente domesticado.
—Beck. —Exhala por la nariz—. No.
Y aquí está la clave. No le preocupa la cena.
Le preocupa que vea a la gente que la tiene así de tiesa en un puto despacho, todavía recibiendo instrucciones sobre vestidos y distribución de asientos como si aún tuviera doce años.
Entro en su despacho y me dejo atrapar por el olor de su perfume. Todo mi cuerpo se calienta y no puedo evitar acercarme más.
—Entonces… ¿a qué hora mañana?
Avanzo hacia ella, lo suficientemente despacio como para que tenga tiempo de sobra para retroceder. Observo cómo da un paso atrás. Luego otro.
—Ni siquiera sabes dónde es.
Su culo choca con el borde del escritorio, deteniéndola, pero no me dice que me vaya. Así que sigo avanzando hacia ella. No me aparta. Simplemente levanta la barbilla mientras cierro el último centímetro que nos separa.
Santo cielo.
Está tan cerca que la parte delantera de su americana me roza el pecho con cada respiración.
Lo bastante cerca para besarla.
—¿«Gala de la Fundación Madden»? —Mi voz sale más grave que hace un segundo—. Eso no es exactamente información clasificada, Darce. Tengo Google.
Sus ojos bajan a mi boca, y juraría que está disfrutando de esto tanto como yo.
—Mírame, Darcy.
Su mirada vuelve a la mía de inmediato .
Sin discutir. Sin una respuesta ingeniosa. Simplemente obedece, su cuerpo entero se queda extrañamente inmóvil entre el escritorio y yo.
Vaya.
Algo oscuro y sucio se remueve dentro de mí.
¿Le gusta eso?
Le gusta que mi cuerpo la arrincone. Le gusta que le diga lo que tiene que hacer alguien que no le pide que sea perfecta.
Joder, joder, joder.
La Señorita Hojas de Cálculo se pasa la vida entera intentando ser impecable para todos los demás.
Pero ahora mismo, sin tener adonde mirar más que a mí, lo veo. Ese destello de la mujer que se esconde bajo todo ese control.
No quiere ser perfecta. Quiere ser deseada .
Mi polla se endurece dolorosamente contra la cremallera.
Pongo a prueba mi teoría una última vez, plantando ambas manos en el escritorio a cada lado de ella, enjaulándola.
—Dime una cosa —susurro, bajando la voz a ese tono grave y ronco que sé que vuelve locas a las mujeres—. ¿Alguna vez has hecho algo imprudente? En toda tu vida, ¿alguna vez te has… dejado llevar?
Darcy traga saliva. Sus pestañas tiemblan y niega con la cabeza, como si admitir que su vida ha sido un momento perfecto tras otro le costara un mundo.
—No… —exhalo, observando su rostro—. Eres perfecta, ¿verdad? Siempre has sido perfecta.
Emite el sonido más diminuto. Ni siquiera es una palabra, solo un aliento atrapado, un ruido tan suave que casi no lo oigo.
Me acerco más, con la boca casi rozándole la oreja.
—Dime, Darce. ¿Alguien te ha hecho sentir… viva ? ¿Alguna vez un hombre te ha hecho cosas que ni en sueños le contarías a tu mejor amiga?
Sus ojos se clavan en los míos. Desorbitados y, oh, tan jodidamente vulnerables.
Y entonces… niega con la cabeza.
Que Dios me ayude, voy a arruinarla.
—No… no me lo parecía.
Todos los comentarios sarcásticos de mi cabeza desaparecen.
Solo puedo pensar en ese tanga rosa intenso debajo de esos pantalones. En lo fácil que sería cerrar el último centímetro y descubrir si su boca sabe tan ácida como todo lo que sale de ella.
En su lugar, mis dedos encuentran el pequeño cuenco de cristal que hay detrás de ella. Cojo un caramelo de menta sin apartar la vista de ella y me enderezo lentamente.
—Entonces, ¿te veo mañana por la noche?
Desenvuelvo el caramelo y me lo meto en la boca, dedicándole la sonrisa que me valió el título de soltero de oro en el momento en que fiché por los Bears.
—Beck —dice, pero su voz ha perdido parte de su mordacidad cuando llego a la puerta y me doy la vuelta. Me mira a los ojos, como si se tomara un segundo para pensar bien su siguiente frase—. Por favor, compórtate. Mis padres estarán allí.
Me río para mis adentros al salir de su despacho y alejarme del calor de su cuerpo.
Cree que estoy bromeando.
Pero Darcy Madden acaba de decirle a su madre que tiene pareja.
Por suerte para ella, estoy espectacular con esmoquin.