Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 2. Capítulo 1
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2. Capítulo 1

Beck

M e despierto boca abajo sobre la isla de la cocina con una tortita pegada a la mejilla y a Captain Biscuit echándome el aliento directamente en la boca.

Hay peores maneras de recuperar el conocimiento.

Que te traspasen, por ejemplo.

—Joder —mascullo, despegándome la cara del cuarzo frío, y miro al perro con los ojos entrecerrados—. ¿Nos hemos liado?

La cola de Biscuit golpea el armario que tiene detrás. Una oreja se le yergue, la otra le cuelga hacia un lado. Lleva puesta su camiseta azul personalizada de los Bears, con la diminuta C de capitán que mandé coser sobre un hombro peludo.

Parece más preparado profesionalmente para el día de hoy que yo.

—No respondas a eso. —Me paso una mano por la cara—. Estoy sensible, y tu aliento sugiere que has estado comiendo culos.

— Ha estado comiendo culos —masculla Declan desde algún lugar a mi espalda—. Lleva toda la mañana lamiéndose el suyo.

Me giro tan rápido que la habitación se inclina y tengo que agarrarme a la isla.

—Vaya, gracias, Dec —digo arrastrando las palabras, ignorando el repentino martilleo en mi cabeza—. Nada dice más «amor de hermano» que datos perrunos no solicitados y toda una vida de mentiras familiares que me ocultaste.

Declan niega con la cabeza.

Está ahí de pie, ya duchado, afeitado y con el aspecto de un hombre que ha dormido junto a la mujer que ama, lo cual, después de todo lo que he descubierto que me ha ocultado durante todos estos años, hace que me apetezca meter la cabeza en el horno.

—Y buenos días a ti también. —Genial. Ya ha sacado su voz de capitán. Ya —. Intentaba protegerte.

—Claro. —Me despego la tortita de la mejilla y se la tiro—. Porque yo soy el delicado. Mientras tanto, tú resuelves los conflictos con el equipo de hockey completo y, de alguna manera, el mundo te sigue queriendo por ello.

Antes de que Declan pueda responder, Diego entra en la cocina con paso decidido, sosteniendo una bolsa de basura y con guantes amarillos puestos.

Me ve y cruza la habitación como un hombre que se acerca a la escena de un crimen.

—Bien. Estás despierto. Tómate estos analgésicos. —Me deja caer dos pastillas en la palma de la mano y me tiende un batido verde que parece algo sacado de un estanque—. Ahora dime, Beck… ¿por qué hay un vaso de chupito en un piano?

—Porque lo escondí ahí.

Lo digo como quien responde a una pregunta obvia. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué el agua moja? ¿Por qué hay un vaso de chupito en el piano?

Diego se cruza de brazos y apoya el peso en una cadera. —No tenemos piano, Beck.

La frase tarda tres segundos en procesarse. Sí. Al parecer, mi cerebro funciona a la velocidad de un módem de los noventa esta mañana.

—Repítemelo —digo despacio—, porque o me acabas de decir que no tenemos piano, o el agua del estanque ya me está hablando.

—No tenemos piano —confirma Declan, con el tono neutro de un hombre que dejó de sorprenderse por mis cosas hace años.

—Hay un piano —dice Diego, con la paciencia de un hombre que cuenta hasta diez en dos idiomas— en el salón del ala este. Lo he encontrado esta mañana porque alguien —señala a Biscuit con un dedo enguantado en amarillo— me ha llevado directamente a él.

La cola de Biscuit golpea el armario. Parece encantado consigo mismo.

—¿Hay un salón en el ala este? —pregunta Declan.

—¡¿TENEMOS UN ALA ESTE?! —pregunto yo.

Nos miramos el uno al otro. Dos atletas profesionales. Dos adultos funcionales. Ambos, al parecer, jugando al escondite con nuestra propia casa.

—Ay, Señor, ten piedad. —Diego se lleva una mano lacia al pecho—. Tómate los analgésicos y bébete el batido.

Lo huelo.

Pepino. Piña. Menta. Posiblemente recortes de césped.

—¿Qué es?

—Las consecuencias de tus actos.

—¿Lo hay con sabor a beicon?

—No. Mason se encarga de la comida.

En los fogones, Mason desliza un plato de tortitas con pepitas de chocolate sobre la isla sin mirar. Las pepitas se han derretido en el centro y hay beicon crujiente dispuesto en abanico como una puesta de sol reluciente.

—Oh, Mase —arrullo—. Me has preparado mi desayuno favorito.

—Son solo tortitas —dice Mason, dándole la vuelta a otra—. No te me pongas sentimental.

—Claro, Mase.

Aparto el plato, porque mi estómago está actualmente montando un golpe de Estado, e inmediatamente Diego se estira y, sin decir palabra, me pone el doble de beicon.

Y ese es precisamente el problema con esta familia.

Te quieren con beicon y tortitas y pianos secretos, pero te mienten en todo lo demás.

—Bueno —gruñe Declan, sentándose en el taburete a mi lado—. ¿Deberíamos… hablar de lo de anoche? ¿De la situación de la plantilla?

—No.

—Beck… —suspira Declan—. Colin no ha aprobado nada. Lo sabes, ¿verdad?

—Y, sin embargo, de alguna manera, la Barbie de las hojas de cálculo anunció mi ejecución en medio del vestuario mientras todo el mundo estaba todavía pringoso de champán.

Mason deja otra pila de tortitas.

—Darcy no es Barbie.

—Tienes razón. Barbie tiene aficiones.

La cara de Darcy Madden me viene a la mente de todos modos.

La forma en que su mirada recorrió mi pecho mojado anoche antes de recordar que me quería en el paro.

Mi polla, la muy cabrona desleal, tiene una sacudida de interés.

Excelente.

Nada dice más «mecanismo de afrontamiento saludable» que empalmarse por la mujer que quiere echarme a la puta calle.

Declan deja su taza sobre la encimera. —Su informe es solo una recomendación.

—¡Ah! ¡Maravilloso! Qué buenas noticias, Declan —anuncio, levantando el batido verde como si brindara—. ¿Has oído, Mase? Mamá se queda con el apartamento, papá con su profesora de yoga, y a mí me traspasan. Los Morrison lo estamos petando en este divorcio.

—Joder, Beck. —Declan vuelve a negar con la cabeza—. ¿Quieres calmarte de una puta vez? Nadie ha decidido nada.

—Darcy Madden sí. Anoche se trajo el trabajo a la celebración. ¿Quién se lleva el trabajo a una fiesta? Los sociópatas y la gente que está a punto de acabar con mi carrera, esos son.

Y ahí está de nuevo, puntual como un reloj en mi dolorida cabeza.

Pelo oscuro como la seda, esas piernas, esa boca diciendo «no me lío con jugadores de hockey» mientras sus ojos decían algo considerablemente más guarro.

Joder. Le tiré los tejos a la mujer que intenta traspasarme.

Ni siquiera estoy enfadado conmigo mismo. Esa es la parte preocupante.

Declan vuelve a abrir la boca y puedo ver el discurso de directivo cargándose detrás de sus ojos. Es la misma mirada que ha tenido desde que éramos niños, la mirada de «deja que me encargue yo, Beck, deja que yo decida qué hacer».

—No lo hagas —le digo, lanzándole una mirada asesina—.

Sea cual sea el plan de crisis de hermano mayor que estés tramando, no lo hagas.

Me enteré de lo de papá y mamá en una retransmisión en directo, tío.

Delante de todo el pueblo. Así que, quizá por una vez, déjame estar presente mientras mi propia vida sucede.

La cocina se queda muy silenciosa. Hasta Diego deja de hacer ruido con su bolsa de basura.

Por suerte para mí, la tableta de la pared suena con una videollamada. La cara de Zoey llena la pantalla, con el pelo recogido en un moño despeinado y los ojos con ese ribete rojo que se le pone cuando ha estado llorando y fingiendo que no.

—Buenos días, Zoey —dice Mason desde los fogones.

—No me vengas con « buenos días, Zoey » con esa voz suave, Mason Morrison.

Estoy viviendo una pesadilla. —Nuestra hermana levanta una muestra de pintura—.

Mamá se ha mudado. Ha reorganizado la habitación de Morgan según una paleta de colores curativos sobre la que leyó en internet.

Mi hija ahora duerme en una habitación del color de la ansiedad y el eucalipto.

—El verde salvia es muy relajante —ofrece Diego.

Zoey lo fulmina con la mirada a través de la pantalla. —Dice que las paredes amarillas son demasiado estimulantes y quiere volver a pintarlo todo de salvia porque ha leído un artículo sobre su poder en la mente humana.

Declan se inclina hacia la pantalla. —¿Cuánto tiempo se va a quedar?

—Ha traído seis maletas y una foto nuestra enmarcada de 2009, así que… Entre dos semanas y hasta que me muera.

Diego ahoga un grito y Biscuit elige ese momento para plantar sus dos patas delanteras en mi muslo, estirar el cuello y robar una tira de beicon de mi plato intacto.

Es entonces cuando me doy cuenta de que mi móvil está vibrando contra la isla.

Papá.

Todo dentro de mí se vuelve extrañamente frío.

Mis ojos se desvían hacia Declan. Está enfrascado en la logística con Zoey, preguntándole si mamá ya ha hablado con un abogado. Mason me observa desde el otro lado de la cocina, sus ojos azules se entrecierran ligeramente.

Rechazo la llamada, pero el teléfono vuelve a vibrar casi de inmediato.

Por un estúpido segundo, la humillación vuelve a abrasarme por dentro.

Me enteré del lío de mi padre de treinta años mientras estaba en el paseo marítimo de Beachside con quinientos desconocidos, la voz de mi hermano saliendo de un altavoz como una profecía.

Lo único que pude hacer fue quedarme allí, descubriendo que toda mi infancia tenía notas a pie de página que todos los demás pudieron leer primero.

Siempre supe que no éramos perfectos. No soy idiota, a pesar de la opinión popular familiar.

Pero lo intenté, ¿sabes?

Creía que la gente podía cagarla y aun así sobrevivir. Que si seguías apareciendo, haciendo reír a todo el mundo, manteniendo toda la puta cosa en movimiento, al final podría convertirse en el final feliz que pretendías que ya era.

Lo cual es irónico, considerando que mi relación más larga duró once semanas y terminó cuando olvidé su cumpleaños.

La mirada lenta y reticente de Darcy de anoche se desliza de nuevo por mi mente.

No me lío con jugadores de hockey.

Rechazo la llamada, pero no bloqueo el número. No estoy listo para hablar con papá, pero tampoco estoy listo para renunciar a aquello en lo que siempre he creído.

Declan está dolido, lo entiendo.

Yo también lo estoy.

Pero tal vez haya una manera de superar esto.

Me guardo el buzón de voz antes de que cualquiera de mis hermanos pueda preguntar quién era, y la previsualización del texto me quema el muslo todo el tiempo:

Beck, por favor, llámame. Declan se equivoca, y sé que de todos mis hijos, tú lo entenderás. Solo dame una oportunidad.

—Mierda, lo siento, Zo. Acabo de recibir un mensaje de Colin —dice Declan, mirando su propia pantalla y luego a Mason y a mí—. Ha convocado una reunión de emergencia. Tenemos que estar los tres en la Cueva del Oso en treinta minutos.

Me aparto de la isla, dejando que las tortitas se enfríen mientras Zoey se despide y cuelga.

—¿Adónde vas? —pregunta Declan, ya sospechando. Al parecer, esa es su configuración de fábrica ahora.

—¿Adónde crees? Voy a prepararme para la reunión de emergencia sobre mi ejecución.

—Me estiro, tan despreocupado como puede estarlo un hombre con una erección que lleva ignorando desde anoche—.

Si Darcy Madden va a acabar con mi carrera, le debo a la franquicia estar bueno en los papeles del despido.

—Tienes beicon en la barbilla —dice Mason, inexpresivo.

Se me escapa una carcajada antes de poder evitarlo.

Gracias a Dios por Mason.

—Se llama guarnición, Mase. Léete un blog de moda.

Diego me da una servilleta mientras paso a su lado. —¡Dúchate! Hueles a tequila.

Subo las escaleras de dos en dos, lo cual es un error, porque cada escalón me recuerda exactamente qué es lo que me hace moverme tan rápido.

Ella.

La mujer que se plantó en ese bar anoche y no se inmutó ni una vez. La mujer que miró toda mi carrera y decidió que yo era lo más fácil de eliminar.

Y mi polla, el absoluto simplón entre mis piernas, escuchó «no eres suficiente» y decidió que era una llamada de apareamiento.

Cierro la puerta del baño con pestillo. Luego lo compruebo de nuevo. Mason acaba de entrar en el pasillo y ese hombre lo oye todo.

El espejo sobre el tocador es enorme, y ahí estoy yo, con el pelo hecho un desastre, las puntas decoloradas por el sol cayéndome sobre unos ojos que no han dormido en condiciones desde lo del paseo marítimo.

Me bajo los pantalones de chándal y ya estoy lo bastante duro como para que duela, mi polla congestionada y pesada contra mi estómago.

—Eres patético —le digo al tipo del espejo.

Él no lo niega.

Me rodeo el miembro con la mano, cierro los ojos, y la primera pasada me arranca un sonido que no he autorizado.

Porque ya no estoy en el baño.

Estoy de vuelta en el Breakers, y Darcy Madden me mira con esos sexis ojos oscuros.

Solo que en esta versión, esa compostura perfecta se hace añicos bajo mis manos. Ese pelo sedoso se arruga bajo mis dedos, esos pantalones caen al suelo.

Sigo masturbándome, pensando en ella sentada en mi cama deshecha con las piernas abiertas, esperando a que le diga qué hacer a continuación. Esa es la fantasía que me hace darle más rápido, arrastrando el pulgar sobre el glande.

Enséñamelo, le diría. Déjame mirar.

Mis embestidas se vuelven más rápidas, mi puño subiendo y bajando.

— Joder… —gimo en el baño.

Porque la verdad es sucia y humillante. Y no tiene nada que ver con mi mano. No quiero a Darcy Madden en mi cama ni la mitad de lo que quiero que me mire y cambie de opinión.

No quiero que me traspasen.

No he terminado de estar aquí.

No he terminado con ella.

Mis caderas se sacuden contra mi puño mientras apoyo una mano en el tocador, viéndome derrumbarme en el espejo.

Me ha vuelto así de loco con un solo rechazo. Con una sola bomba sobre el traspaso.

Salgo de la ducha veinte minutos después, me visto en piloto automático y bajo las escaleras. Cojo las llaves de mi Ford Bronco del gancho.

—No —dice Declan, poniéndose la sudadera de los Bears a mi lado—. Vamos en el Rover. Tres tíos, un coche. No vas a desaparecer antes de la reunión.

—¿No confías en mí?

—No.

La idea debería enfadarme.

En cambio, lo único que puedo pensar es… No me importa lo que pase hoy. Todo lo que quiero es demostrarle que se equivoca.

Quiero demostrarle que se equivoca tanto que me está volviendo loco.

La Cueva del Oso se cierne delante, y me doy cuenta de que no tengo ni idea de lo que le voy a decir.

Solo que no voy a caer sin luchar.