1. Prólogo #3
Va descalzo, sin camiseta, y el agua le resbala por los hombros y sobre las marcadas líneas de su pecho. Una gota se desprende y se desliza por el centro de su torso, sobre cada uno de sus abdominales, hasta desaparecer bajo la cinturilla del pantalón.
Nunca antes había sentido celos del agua, pero, joder , odio esa gotita.
—¿Quieres que te devuelva la toalla? —Sus ojos bajan de golpe, fijándose exactamente dónde acababan de estar los míos—. ¿O prefieres que me quede mojado para ti un poco más?
—Estaba evaluando tu riesgo de hipotermia.
—Claro que sí. ¿Siempre empiezas las evaluaciones por la cinturilla? —Se pasa la toalla por el pelo y luego apoya un codo en la barra. Sigue sin camiseta—. Y bien, Señora de las Hojas de Cálculo, ¿cuántos decimales tuviste que mover para que me echaran del equipo?
Le lanzo una mirada severa.
—No moví nada. Manipular los datos anularía el propósito de recopilarlos.
—Ah, bien —asiente despacio—. O sea que los números se despertaron una mañana y decidieron arruinarme la vida.
Se me revuelven las tripas, pero respiro hondo para calmar la tensión.
—Yo no tengo la autoridad para traspasarte, Beck. Simplemente presenté una recomendación. Los dueños, la directiva y el cuerpo técnico tomarán la decisión final.
—Claro. O sea, que tú solo cargaste la pistola —su sonrisa se afila—. Y ahora otro se lleva la culpa cuando ellos decidan apretar el gatillo…, ¿no tú?
No me atrevo a inmutarme.
—Hice mi trabajo.
Se acerca una fracción, su antebrazo se apoya en la barra junto al mío.
—De acuerdo. Entonces respóndeme a una cosa, señorita Madden —el tormento por fin se desvanece de su voz, dejando algo más silencioso debajo—. ¿De verdad crees que soy el jugador más débil de esta plantilla?
—Beck, no tenemos que hablar de esto…
Se acerca de nuevo.
—Sí. Sí que tenemos.
Sé que no voy a salir de este bar sin responderle con sinceridad, así que respiro hondo y le expongo los hechos.
—Tus métricas de rendimiento te convierten en el activo de traspaso más lógico de los tres.
Declan aporta liderazgo y estabilidad defensiva.
Mason es constante en ambos extremos de la pista.
Tú tienes un salario alto, provocas penalizaciones y no has logrado convertir suficientes oportunidades clave.
Lo miro de reojo, esperando que, al mirarle a los ojos, me distraiga de su cuerpo.
No funciona.
Porque los ojos de Beck Morrison son incluso más sexis que sus abdominales.
— Sé lo que es Declan —dice—. Sé lo que es Mason. Todo el mundo me lo ha estado explicando toda mi vida.
—Entonces, ¿qué eres tú? —pregunto.
Esa irritante sonrisa regresa mientras se echa hacia atrás y suelta un profundo suspiro. Mira a sus compañeros de equipo secándose en la arena y niega con la cabeza como si ni siquiera él supiera la respuesta a mi pregunta.
—Estoy… disponible.
—Estás… —frunzo el ceño, intentando encontrarle el sentido a eso —. Espera. ¿Qué?
Su mirada baja hasta mi boca.
—Estoy disponible.
Sus ojos se detienen en mis labios un segundo de más, y lo siento como si un pulgar los hubiera recorrido.
Todo mi cuerpo se contrae en torno a la nada más absoluta.
Oh, no.
Esto es un problema. Esto es un problema importante .
Me está poniendo cachonda el hombre al que se supone que tengo que echar por la puerta de salida.
—Bueno… No dejas de mirarme como si intentaras descifrarme —rueda los hombros con un gesto arrogante—. Así que, ¿por qué no lo averiguas por ti misma?
Pongo los ojos en blanco.
—Estás borracho.
Se inclina hacia mí, y tengo que luchar contra el instinto, genuinamente espantoso, de hacer lo mismo.
He pasado años rodeada de atletas profesionales sin sentir nada que no pudiera controlar. He rechazado a muchos hombres guapos a lo largo de los años. Hombres con reputaciones intachables y sin chupitos flameantes en su expediente.
Beck Morrison debería ser el hombre de este bar del que más fácil me resultara alejarme.
En cambio, aprieto con más fuerza el móvil porque de repente quiero deslizar los dedos por su pecho desnudo.
—Lo ves. No me odias —dice en voz baja.
Doy un paso atrás antes de hacer algo catastróficamente poco profesional. Antes de dejar que el jugador cuya carrera está en mi informe me convierta en el tipo de mujer que toma decisiones que le cambian la vida con la lengua en la boca de otro.
Puedo sobrevivir a que me odien.
No puedo sobrevivir a ser descuidada.
—No, no te odio —digo—. Pero tampoco me lío con jugadores de hockey.
Los ojos de Beck brillan, infinitamente más divertidos. Se inclina una última vez y murmura contra el pabellón de mi oreja:
—Bueno, gracias a ti, cariño…, pronto eso no será un problema.
Se aparta de la barra y se aleja, con la toalla colgada del cuello, desapareciendo entre su equipo, que lo adora, lo vitorea y está medio desnudo, como un hombre que no acaba de tirarle los tejos a la mujer que intenta destruirlo.
Me quedo allí, con el pulso martilleando, el móvil todavía abierto en el informe que podría poner fin a su carrera en los Beachside.
Y, sinceramente, no sé qué es más peligroso.
Equivocarme con Beck Morrison.
O desearlo.