1. Prólogo #2
—La segunda más grande —corrijo, porque como diría mi madre, no puedo evitar tener razón—. La declaración de amor total de Declan por ti ha sido el plato fuerte, sin duda. Mi recomendación de traspaso es apenas el entretenimiento del intermedio.
Josie sonríe y la pillo mirando hacia la barra, donde Finn abraza a Declan con vehemencia mientras Sawyer intenta echarle cerveza por la cabeza. Lo mira como si fuera la única persona en la sala.
—¿Puedo preguntarte algo? —Josie ladea la cabeza, estudiándome.
—Supongo.
Se acerca más, bajando la voz. —¿Tenías que hacerlo esta noche? Anunciar el traspaso, quiero decir.
Mi espalda se endereza por instinto.
—Mi informe estaba completo, y la fecha límite de traspasos se acerca. La reunión de mañana requiere que todos los de la plantilla entiendan cuál es su situación antes de llegar.
—Lo entiende, Darce. Creo que la gente de tres pueblos más allá acaba de oír explotar el ego de Beck Morrison.
Pero, tía… —Se gira para mirarme, lo que de alguna manera empeora esto—.
El equipo acaba de ganar el partido más importante en la historia de la franquicia.
Sus padres se están divorciando. Acaba de descubrir que sus hermanos lo han estado protegiendo desde que era un niño.
Eso es mucho que asimilar, y entonces vas tú y ¿lo empeoras diez veces más?
Se me encoge el estómago mientras me quedo mirando la copa.
A lo mejor tiene razón.
Pero soy parte de la familia Madden, un largo linaje de riqueza y prestigio que implica que nunca dejamos que las emociones se interpongan en el camino de hacer lo que hay que hacer.
Antes de que pueda articular una respuesta, Finn MacAllister se sube al pequeño escenario, se adueña del micrófono y le da tres golpecitos.
—¡A ver, escuchadme, panda de bestias guapas! ¡Un equipo nuevo necesita tradiciones !
—Un equipo nuevo necesita disciplina —grita el entrenador Pearson desde algún lugar cerca de la mesa de los tacos—. Baja de ese puto escenario.
Finn lo ignora por completo.
—¡Así que venga, queremos oír vuestras ideas sobre cómo deberíamos celebrar esta noche!
—Podríamos robar un caballo de la policía —ofrece Sawyer desde un reservado de la esquina.
Un coro de quejidos retumba entre el equipo.
—Eso es lo que hacen los de Portland, gilipollas.
Corbin Cole levanta la mano con timidez y la voz del novato se le quiebra al hablar.
—¿Y si… tuviéramos una mascota del equipo que fuera… como… una gaviota normal y corriente? ¿Podríamos entrenarla para que les robara las patatas fritas a los aficionados visitantes?
Se oye un murmullo de deliberación, y entonces Beck salta sobre una mesa como si lo hubieran lanzado desde un cañón.
—¡Ya lo tengo! —anuncia, dándole un largo trago a otra cerveza—. ¿Qué tal si esta noche inauguramos el primer chapuzón en pelotas oficial de los Beachside Bears para celebrar la victoria?
Josie y yo soltamos un gemido, pero el equipo estalla en vítores .
Sin ni siquiera discutirlo, las camisetas empiezan a volar por los aires y las zapatillas salen disparadas por debajo de las mesas.
Corbin casi decapita a una camarera al intentar quitarse los vaqueros sin haberse quitado las zapatillas, y le pide perdón unas once veces mientras da saltitos a la pata coja.
—Ay, Dios mío —gimo, tapándome los ojos—. Esto no está pasando.
Miro a través de los dedos y veo a Josie reírse mientras Mack se acerca a la barra y coge un bate de béisbol al que, por lo visto, ha bautizado como Sheila . Lo sostiene en alto como si fuera una puta espada .
—¡Quien deje ropa interior en mi bar, se las verá conmigo! —gruñe Mack, apretando los puños en torno al mango—. ¡Fuera! ¡FUERAAAAA!
Beck se quita la camiseta y…
—Vale. Guau.
Josie me da un codazo y me lanza una mirada.
—Eso no lo viste en tus estadísticas, ¿eh?
Tiene razón.
Beck Morrison está esculpido como un puto gladiador romano. Las luces se derraman sobre un torso que no tiene derecho a estar tan bueno mientras planta los dos pies sobre la mesa y lidera un cántico tan fuerte que me retumban los oídos, pero el mensaje es claro: seguidme.
Y lo hacen. Quizá eso sea lo que mis hojas de cálculo no han sabido captar.
Le siguen .
—Eh… —Los ojos de Josie siguen la fila de jugadores de hockey que salen del bar en diversos estados de desnudez—. ¿Te has fijado en lo mucho que ha bebido Beck?
—No. Pero parece que todavía es capaz de mover sus propias extremidades.
¿Y qué extremidades? Madre mía.
Beck baja de la mesa de un salto y señala el océano Pacífico, iluminado por la luna.
—¡El último en llegar, traspasado!
El bar estalla en carcajadas.
—¡Y eso te incluye a ti sin ninguna duda, Declan! —grita Beck por encima del hombro.
—De eso nada —anuncia Declan con los brazos cruzados—. Soy el capitán del equipo. No pienso correr desnudo hacia el océano.
Mason lo agarra de un brazo.
—Llevas calzoncillos.
Finn lo agarra del otro.
—De momento.
—Mason. Mason. Os traspasaré a los dos, lo juro por…
Hacen falta dos jugadores más para llevarse a Declan, pero pronto lo están arrastrando físicamente por la terraza.
—Ay, Dios mío, no pienso perderme esto —canturrea Josie, acercándose a saltitos mientras lo graba todo.
Yo me quedo de pie en un rincón del bar, viendo a toda la plantilla de los Beachside Bears bajar en estampida por la arena y chocar contra el océano en un muro de cuerpos chapoteando, blasfemias escandalosas y suave luz de luna.
El resto de la gente sale a la terraza para mirar con las copas en alto y los móviles fuera.
Esta es mi oportunidad. Debería irme.
Colin está ahora atrapado con dos patrocinadores cerca, sudando a mares con su horrible camisa hawaiana. Ha tenido todas las oportunidades del mundo para venir a hablar conmigo, pero todavía no lo ha hecho.
Pues que le den. Me voy.
Doy un paso para escabullirme por la puerta, pero en el momento en que lo hago, la mirada de Beck se levanta del agua. Frunce el ceño y empieza a caminar hacia mí, chapoteando entre las olas y avanzando por la playa hasta que está delante de mí, chorreando.
A mi espalda, Mack me echa una toalla por los hombros sin avisar.
Normalmente me habría girado para darle las gracias, pero ahora mismo Beck Morrison avanza pavoneándose hacia mí como si toda la playa fuera suya.
—¿Ya te ibas? —grita, mientras se sube los vaqueros.
No le mires los bóxeres, Darcy. Hagas lo que hagas, no le mires los bóxeres.
—No —le tiendo la toalla, tratando de desviar la mirada.
La coge sin apartar los ojos de mí.