Dosis de Miedo (Las Involuntarias Aventuras de Harlow y Foxx 2) 35 El caso fácil
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35 El caso fácil

Foxx se estremeció al saltar fuera del auto de Harlow.

—No veo por qué no puedo usar mi traje solar. Son humanos, ¿qué van a hacer? ¿Matarme a base de cosquillas?

Harlow suspiró.

—¿Vamos a tener esta conversación cada vez que hace frío por la noche?

—Sí —dijo, sin el menor atisbo de vergüenza.

El humano lo fulminó con la mirada. Foxx solo sonrió en respuesta y sacó su recién tejido pasamontañas, para después ponérselo sobre la cabeza.

Harlow se quedó mirándolo, con la mandíbula tensa, antes de gruñir:

—¿Me estás jodiendo?

—¿Qué? —Foxx ladeó la cabeza.

—¿De verdad no pudiste hacer uno normal?

—¡Es normal! El patrón estaba por todas partes.

Mira, ¡¿no son lindas las orejitas?! —sonrió radiante, moviendo sus largas orejas de conejo.

El pasamontañas le cubría la cabeza, la boca y el cuello.

Lo había tejido con estambre rosa pastel para la base, y azul pastel para la parte interior de las orejas y los corazoncitos sonrojados de las mejillas. Era adorable y calentito.

—Primero un oso, y ahora un jodido conejo —murmuró Harlow antes de darse la vuelta y avanzar a grandes zancadas hacia la casa en la que, supuestamente, estaban los humanos.

Con una risita maliciosa, Foxx lo siguió.

Como la anterior en la que habían estado, la casa estaba rodeada de bosque, así que tuvieron que estacionarse a cierta distancia, pues no había manera de acercarse más sin ser vistos.

No que eso importara. Se lo había señalado a Harlow, pero el hombre dijo que era mejor no salir corriendo del auto mientras esos cabrones intentaban huir.

Foxx suponía que el humano tenía razón, porque definitivamente no quería perseguir a esos imbéciles por la nieve.

Cuando la casa apareció a la vista, Foxx tuvo que admitir que se veía prácticamente igual que en las fotografías que les habían dado.

Era normal: tenía dos pisos, sin nada especialmente llamativo.

Sin embargo, había unas molestas luces navideñas colgadas por toda la parte exterior de la casa.

Observó al Santa de plástico en su trineo… y sus renos.

¿Harlow le daría oportunidad de tirar unas cuantas cosas? Probablemente no.

—Seis latidos, todos humanos, todos arriba y en movimiento. Yo diría que están ahí dentro.

—Bien. Entremos y salgamos. —Harlow sacó una de sus armas.

Foxx ni siquiera se había molestado en traer la suya, así que no sacó nada.

El humano susurró:

—¿Quieres derribar la puerta?

—Puedes hacerlo tú. Ah, pero ¿puedo hacer eso de que tienen derecho a rendirse?

—Claro. Pero quítate la máscara, porque hablas algo amortiguado.

Foxx suspiró y se quitó su nuevo y esponjoso pasamontañas, todavía tibio, para guardarlo en su abrigo.

Harlow asintió y pateó la puerta hasta abrirla. Los humanos del interior bajaron a toda prisa las escaleras al oír el ruido.

Los hombres se mostraron impasibles mientras descendían, y solo el ritmo desbocado de sus corazones delataba su pánico.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó un hombre de cabello rojo y pecas en el rostro, desviando la mirada hacia la pistola de Harlow.

Por las fotos que había visto, ese era Cain Dole.

Aunque los demás rondaban los treinta y tantos, aquel hombre era en realidad el más joven, por al menos cinco años—. Están invadiendo propiedad privada.

Foxx se aclaró la garganta. Una sonrisa radiante se le extendió por el rostro cuando anunció:

—Somos cazadores. Ustedes, idiotas, están todos arrestados.

Entréguense ahora y no tendremos que lastimarlos.

—Su sonrisa se volvió sádica—. O no se entreguen, y los usaremos como saco de boxeo.

Aunque hoy tuvieron suerte. No tengo tiempo para jugar esta noche.

Así que probablemente solo los dejaré inconscientes.

Tengo lugares a donde ir y cosas que hacer.

Harlow soltó una risa baja.

—Hubo ese caso en el que dejaste inconscientes a esos cazadores falsos sin tener planes. ¿Qué te hace pensar que serás capaz de contenerte lo suficiente para no hacerlo?

Foxx lo fulminó con la mirada.

—¡No fue a propósito!

—Exacto.

Soltó un bufido, y estaba a punto de responder cuando un reloj cucú en la pared sonó, y el pequeño pájaro anunció que eran las dos de la mañana.

—No tenemos tiempo para esto. Nos llevará media hora conducir de regreso, y después quién sabe cuánto en procesarlos a todos. ¡Mi noche de repostería está a casi cuarenta y cinco minutos de la comisaría! ¿Qué va a ser, humanos? ¿Se rinden o reciben una paliza? —Foxx lanzó un puñetazo al aire.

Esperaba que Harlow supiera que iba a obligarlo a dejarlo en casa de Sephira. Y, además, a recogerlo después. Formaba parte de su plan para ayudar a Harlow a hacer nuevos amigos.

Los falsos cazadores se quedaron mirándolo en silencio antes de mirarse los unos a los otros, y luego el que había hablado antes dijo:

—Nos rendimos.

—Muy bien entonces, prepár… —Parpadeó, deteniéndose en cuanto su cerebro logró darle sentido a las palabras—. ¿Se rinden? ¿En serio? —preguntó Foxx, confundido.

Harlow soltó un gruñido.

—Bueno, eso sí es una novedad…

—Estamos desarmados, no hay manera de que podamos defendernos —respondió Cain.

—Claro… —Harlow arrastró las palabras; el humano observaba a los hombres con recelo—. Tengan presente que, si piensan intentar algo, les dispararé.

—Bueno… eh. Átalos tú con las bridas, yo voy a salir a mover la SUV más cerca.

Su compañero se rio.

—¿Tú ofreciéndote a salir al frío, Foxx? ¿Estoy soñando?

Sacó la lengua y empezó a caminar hacia atrás mientras decía:

—No estás soñando. Solo sé que iré y volveré más rápido que tú, viejo.

—Mocoso —murmuró Harlow, y Foxx giró sobre los talones para echar a correr hacia la SUV. Ni siquiera se tomó el tiempo de ponerse la máscara.

Repostería, repostería. ¡Iba a divertirse, sí! Foxx prácticamente brincó sobre la nieve. Ni siquiera el frío pudo bajarle el ánimo. Lo que sí pudo… fue el latido que apareció de pronto frente a él, de la nada.

Harlow terminó con las bridas, sentando a los hombres cerca de la puerta rota pero cerrada, con los pies y las muñecas amarrados. De pie allí, con los brazos cruzados, esperó. A pesar de que supuestamente era más rápido que cierto «viejo», el vampiro se estaba tomando su jodido tiempo.

Miró el reloj de la pared, frunciendo el ceño. Habían pasado casi veinte minutos. Les había tomado cinco llegar caminando. ¿Dónde demonios estaba Foxx? ¿Acaso el vampiro estaba sentado en el auto, allá afuera, esperándolo?

Negando con la cabeza, pasó junto a los otros humanos y abrió la puerta. Harlow frunció el ceño al encontrarse con un gran y descomunal vacío. Ni Jeep, ni Foxx. Algo… estaba mal… Extrañamente, su corazón empezó a latir con un poco más de rapidez.

Con los ojos entrecerrados, bajó la mirada hacia los hombres. Estos comenzaron a moverse nerviosos en el suelo bajo su intensa mirada, evitando sus ojos.

—No se muevan —gruñó Harlow—. Si intentan escapar, les dispararé. ¿Entendido?

Ellos asintieron.

Con una última mirada feroz, salió por la puerta y la cerró de un portazo detrás de él.