Dos veces en la vida Capítulo 36
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Capítulo 36

Entré en la cocina y no pude evitar sonreír al notar cómo el delicioso olor a puchero que me llegaba de golpe me hacía hasta salivar.

Lástima que ese día me fuera a quedar sin comerlo. Pero el próximo no lo perdonaría.

Me quedé apoyada en el marco de la puerta mirando a las dos mujeres que estaban allí, charlando mientras daban el último meneo al guiso.

Carmen y Moira.

Las dos mujeres que, para mí, eran como madres.

Carmen había estado para mí desde mi nacimiento y Moira desde el primer día en el que me conoció. Y no podía estar más agradecida ni quererlas más de lo que lo hacía por formar parte de mi vida.

Sonreí pensando en lo bien que habían congeniado desde que toda la tribu de pelirrojos se presentó en Sevilla para ir a buscarme, ya un año atrás.

Un año…

Un año desde que dejé atrás mi rutina en Sevilla para venir a Irlanda a compartir mi vida con Patrick y con todos los demás que, sin pedirlo, sin verlo venir y por la petición de una mujer que se fue, se habían convertido en mi familia.

Carmen y Manolo se alegraron muchísimo por mí y porque hubiera encontrado de nuevo, y por segunda vez, el amor.

A cada oportunidad que tenían, y al menos una vez al mes, solían venir a visitarnos para pasar unos días con nosotros. Manolo ya estaba jubilado y Carmen no había trabajado nunca, por eso no tenían problemas para ir y venir. Estaba segura de que, en cualquier momento, se vendrían definitivamente.

En esos momentos habían venido por un motivo en concreto.

Un motivo por el que todos estaban emocionados. Bueno, Patrick, aparte de emocionado, estaba totalmente con los nervios desquiciados esperando el momento.

Lo que pasaba era ni más ni menos que iba a ser madre.

¡Sí! Iba a ser mamá.

No fue un embarazo buscado, pero cuando nos enteramos, no pudimos estar más contentos de que la vida nos hubiera dado la posibilidad de ser padres juntos.

Y no solo nos alegramos nosotros. Los demás, al saber que íbamos a aumentar la familia, celebraron tal fiesta en la casa que todavía comentábamos las anécdotas de aquel día.

Y si ese día hubo fiesta, el día que nos dijeron que no venía un solo bebé, sino dos, y que encima uno era niña y el otro niño, eso sí que fue el acabose.

Allí, en la casa, hubo más palmas, más baile y cante que en cualquier caseta de la Feria.

Mis niños…

Niños a los que en breve vería la carita, por fin.

Y tan en breve… Como que sería ese mismo día cuando llegarían al mundo. Aunque eso, de momento, solo lo sabía yo desde hacía unas horas, cuando había empezado a sentir las primeras contracciones y no le había dicho nada a nadie.

Buena gana de alarmar a todos sabiendo que aún faltaba mucho rato para que nacieran.

O eso pensaba yo. Porque precisamente había ido a la cocina para decirles a mis dos mamás de corazón que ese día me perdería el puchero porque en los siguientes minutos me tocaría marcharme al hospital a traer a mis hijos al mundo.

—Niña, ¿qué haces ahí apoyada?

—Pensando mientras me alimento del maravilloso olor que sale de esa cazuela.

Las dos se echaron a reír.

Y así nos encontró Caelan, que llegó en ese momento.

—¿Qué hacen las mujeres más bonitas de esta casa aquí reunidas?

Me eché a reír mientras disimulaba como podía el dolor que me acababa de traspasar el vientre.

—Como te oiga tu hija decir eso, te quedas castigado sin montar un mes.

Negó con la cabeza riendo.

—Ella ya sabe que para mí no solo es la más bonita de la casa, sino del mundo.

—Esa pequeña tiene más arte y más pico que media Sevilla junta —dijo Carmen riendo.

—¿Y dónde está mi flamenca pelirroja? Y los demás, ya de paso. Porque es raro que, siendo la hora de comer y sabiendo que hay puchero, no estén aquí ya.

—Eso venía a deciros, que tardarán un poco en venir. Al potro que va a nacer le falta un rato. Y han dicho que de allí no se mueven hasta que nazca.

—¿Tu padre también está allí?

La pregunta la hice conteniendo la respiración porque los dolores ya eran bastante intensos.

—Sí. En primera fila está, como siempre, para ver nacer al potro —contestó riéndose.

Moira y Carmen, que no habían dejado de observarme desde que había entrado como dos halcones, levantaron a la vez la ceja al ver el dolor reflejado en mi rostro.

—¿Ya? —preguntó Carmen.

—Sí.

—Ay, Dios mío —dijo Moira llevándose las manos a la boca.

—¿Qué pasa?

—Caelan…

—Sira, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? No tienes muy buena cara.

—Estoy bien. O todo lo bien que puedo estar por las circunstancias.

—¿Qué? —preguntó confuso.

—Chiquillo, que vayas a buscar a tu padre y le digas que venga al galope, o el nacimiento que se perderá será el de sus propios potrillos —le dijo Carmen.

—¿Estás de parto?

Ni tiempo a contestarle me dio.

Mi cuerpo lo hizo por mí.

Me dio una contracción tan fuerte que me doblé de dolor y tuve que agarrarme al marco de la puerta para sostenerme y respirar mientras aguantaba.

—La hostia… Voy, voy corriendo a buscarlo.

Caelan salió, como dijo, corriendo de la cocina.

—Niña, ¿desde cuándo estás así?

—Casi desde que me levanté.

—Pues qué bien has disimulado toda la mañana.

—Si no lo hubiera hecho, a estas alturas a Patrick no le quedaría ni un solo pelo pelirrojo en la cabeza. Estaría calvo.

Las dos se echaron a reír mientras me agarraban cada una por un brazo para ayudarme a salir de la cocina.

Nos paramos en el vestíbulo, justo al lado del armario en el que teníamos los abrigos de todos. Sacaron primero el mío y después los suyos. Me estaban ayudando a ponerme las mangas cuando la puerta de la calle se abrió de golpe.

Pero no solo entró Patrick corriendo.

Allí estaban todos.

Caelan, June, Oisín, Manolo y el propio Patrick, que me miraba como si llegara el apocalipsis. Estaba más blanco de lo normal y mira que eso era difícil porque era de piel lechosa. Pues sí, lo estaba debido al susto.

—¡Sira! ¿Es verdad lo que dice papá? ¿Ya vienen los bebés?

—Sí, cariño, ya vienen.

—¡Qué pasada! —dijo Oisín haciéndome reír.

Patrick por fin reaccionó y se acercó a mí a toda prisa.

—Amor, ¿estás bien?

—Pues… estaré mejor cuando deje de doler y los niños estén fuera, la verdad.

—¿Y eso será pronto? —me preguntó June.

—Pues al paso que van, seguramente nazcan antes que el potro al que estabais esperando.

—¿Qué? ¿Tan rápido? ¿Pues desde cuándo estás de parto para que sea así?

Me mordí el labio y dudé sin contestarle la verdad. Pero la chivata de Moira se me adelantó.

—Está de parto desde que se ha levantado.

—Joder… Sira.

—Que estoy bien. Pero si no os importa, dejad la charla para otro momento. Me gustaría ir al hospital ya. Es eso o llevarme a las cuadras y que los niños nazcan con el potro.

Patrick soltó un jadeo. Caelan, una carcajada al ver su cara descompuesta y los demás se unieron a sus risas.

—Ya tengo las llaves del coche. Venga, vámonos.

—¿Vas a conducir tú, Manolo? —preguntó June.

—Sí, hija, porque creo que tu abuelo ahora mismo no se acuerda ni de su nombre, mucho menos de cómo se arranca un coche.

Riéndonos por la contestación de Manolo, salimos de la casa y nos montamos en el coche.

Manolo al volante. A su lado, Carmen. Y Patrick, Moira y yo detrás.

Patrick fue todo el camino agarrándome la mano, acariciándome el pelo y la cara, preguntándome cada minuto y medio si iba bien, si aguantaba, y diciéndome lo mucho que me quería.

Cuarenta minutos después, Moira, Carmen y Manolo entraron en la habitación que me habían asignado después de traer a mis hijos al mundo a los diez minutos escasos de llegar al hospital, de forma natural y sin ninguna complicación.

Allí nos encontraron a mí con el niño en brazos y a Patrick con la niña también en brazos. Él paseando por la habitación y yo recostada en la cama.

—Vaya… Otra vez que los genes de los Kavanagh se imponen —dijo Moira riendo al ver solo la cabecita de los niños asomando entre nuestros brazos.

Cierto. Totalmente cierto.

Los genes de Patrick no eran fuertes, eran demoledores, porque una vez más, como con sus otros dos hijos y su nieta, nuestros pequeños habían salido con el mismo pelo pelirrojo y los ojos grises.

Mío no tenían absolutamente nada. Pero nada de nada. Porque el resto de los rasgos de la cara también eran suyos.

Nueve meses llevándolos en mi vientre para que ni la forma de las orejas la tuvieran como yo. Pero en fin, que no me quejaba. Eran preciosos y perfectos y estaba encantada de que se parecieran al hombre que amaba.

—Son preciosos —dijo Carmen emocionada.

—Sí que lo son —contestó Patrick con orgullo.

La puerta se abrió despacio y tres cabezas pelirrojas se asomaron.

—¿Se puede?

—Claro que se puede, papá. No hemos venido hasta aquí para quedarnos en el pasillo. Yo quiero ver a mis tíos.

Sonaba gracioso que June llamara a los bebés sus tíos. Pero es que esa era la realidad. No era muy normal que tus tíos fueran más pequeños, pero en todas las familias hay rarezas y en la nuestra esa era una de ellas.

—Y yo a mis hermanos —añadió Oisín muy serio.

—Pasad, chicos, y venid a conocerlos.

Los tres se acercaron primero a Patrick y después a mí.

—Somos todos iguales —dijo June haciéndonos reír.

—Sí. Otros dos pelirrojos más han llegado a la familia —le contestó su abuelo.

—Pero estos van a tener más arte que vosotros. Estos se parecerán más a mí porque también son sevillanos.

—Cierto —dijo Oisín dándole la razón.

—¿Y cómo se llaman estas preciosidades? Porque los nombres parecen ser un secreto de Estado. No habéis soltado prenda por más que os hemos preguntado.

Cuando Manolo nos hizo esa pregunta, Patrick y yo nos miramos y sonreímos.

El tema de elegir los nombres fue algo que no nos hizo falta ni pensar. Lo tuvimos claro desde que supimos que serían un niño y una niña.

—Cristina —dije.

—Emilio —añadió Patrick.

Levanté la mirada y vi a los cuatro adultos emocionados. Sobre todo, a Carmen y a Manolo, al ver que su hijo, por mucho tiempo que pasara, seguía teniendo un huequito en mi corazón y que no lo olvidaría nunca.

Todos se quedaron una hora más con nosotros y, ante la insistencia de los adultos, al final se marcharon a casa a regañadientes, ya que June y Oisín no querían separarse de los bebés.

Al anochecer, Patrick se recostó en la cama a mi lado y me abrazó por los hombros mientras nos quedábamos mirando a los niños dormir plácidamente en las cunas.

—Gracias por llegar a mi vida. Gracias por quedarte. Nunca pensé que volvería a amar a nadie. Pero a ti hubiera sido imposible no hacerlo. Te amo, Sira.

—Yo nunca pensé que se pudiera amar dos veces en la vida. Pero a tu lado aprendí que sí se puede, porque te amo. Te amo para toda la eternidad.