Dos veces en la vida Epílogo
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Epílogo

Diez años después…

—Todos nos miran. Nos miran raro.

Me eché a reír y negué con la cabeza.

—Todos los años dices lo mismo.

—Coñe, es que es verdad. Mira cómo giran las cabezas cuando pasamos.

—Es imposible que no lo hagan. ¿Tú has visto el cuadro que somos? Es difícil pasar desapercibidos.

Isabella y yo giramos la cabeza y miramos sonriendo a la comitiva que llevábamos detrás, todos vestidos de corto y con trajes de flamenca al igual que nosotras, mientras recorríamos el último trozo de calle que nos quedaba para entrar en una de las casetas de la Feria.

Sí, estábamos en la Feria de Sevilla, en mi tierra.

Desde que me marché a Irlanda para empezar una nueva vida, prometimos volver todos los años para la Feria. Y lo habíamos cumplido. Ni un solo año habíamos faltado.

Como tampoco habíamos faltado en Navidad. Esa también la celebrábamos en España.

Eso no fue una promesa. Eso surgió. El segundo año decidimos probar a hacerlo en la casa de mi abuela para que los niños vieran el ambiente tan diferente y cómo se vivían allí las Navidades en el patio, celebrándolas todos los vecinos juntos.

Les gustó tanto que habían querido repetir, alegando que aquello sí eran Navidades sin mucho frío y con mucho arte.

Centré mi mirada en todos, en los ocho pelirrojos, y fui parándome en cada uno de ellos mientras sonreía al verlos guapísimos.

A la primera que miré fue a la pequeña June. O no tan pequeña, porque ya había cumplido trece años. Iba preciosa con su traje de flamenca en color azul y blanco.

Mi niña. Porque daba igual el tiempo que pasara; para mí seguía siendo mi niña. Esa que conocí por casualidad en el tren en el que trabajaba y que fue la detonante para que mi vida cambiara para siempre.

June seguía adorando a los caballos, pintándolos en sus ratos libres y derrochando arte por doquier.

Ya tenía muy claro que sería veterinaria como su madre. La adoptiva, me refiero. Porque eso era Isabella para ella. Para June era su madre, así la sentía y así la llamaba, y la otra estaba encantada con ello, ya que la trataba como si de verdad fuera su hija.

A su lado iba Oisín, de cuyo brazo iba agarrada.

Entre ellos seguía existiendo esa conexión que surgió el día que se conocieron, ya diez años atrás, y que no había disminuido ni un poco. Me atrevería a decir que aumentaba cada día más. Eran inseparables.

Oisín, con veinte años, era todo un hombre. Guapo como su padre. Igual de serio y responsable. Aunque eso no era ninguna sorpresa para nadie, porque ya apuntaba maneras desde bien chico.

Él, al igual que su padre, se dedicaba a preparar caballos y entrenarlos. Su paciencia, su destreza y su temple hacían sentir muy orgulloso a Patrick, que le decía cada dos por tres que ya era mucho mejor que él.

A su lado, riendo, iba Caelan, vigilando como un halcón a sus dos terremotos y seguramente rezando para que los trajes que llevaban llegaran enteros o al menos limpios a la caseta.

Ay, Caelan…

Vaya cambio dio ese muchacho desde el día que la vida, o yo, lo sorprendió cuando entró en la casa de su padre y supo que tenía una hija de la que había sido su primer amor, Victoria.

Ese día maduró de golpe y porrazo y se convirtió en el mejor padre, hijo y hermano del mundo.

Y no tener contacto con su madre, Ellen, a la que no habíamos vuelto a ver desde que Patrick la puso de patitas en la calle por mala pécora, le hizo mucho bien.

Ellen, por lo que sabíamos, había conocido a un hombre que le doblaba la edad, pero que estaba podrido de dinero, y se había largado con él a Londres.

Caelan hizo lo que le dijo a Patrick el día que le pidió quedarse en la casa definitivamente y que quería implicarse en el negocio. Y lo seguía haciendo.

Caelan ayudaba con los caballos, como todos, pero lo suyo eran los números, que se le daban estupendamente. Era quien llevaba toda la contabilidad del negocio, así como quien ayudaba a su padre a conseguir los mejores tratos cuando vendían los caballos que entrenaban.

Él, al igual que hicimos su padre y yo ocho años atrás, encontró sin verlo venir a la que hoy en día era su mujer, Isabella. Y, como nosotros, tuvo la suerte de encontrar dos veces en la vida el amor.

Isabella entró a trabajar en el rancho como veterinaria cuando el anterior se jubiló.

Lo suyo fue un auténtico flechazo. Tanto que, un año después de conocerse, se casaron y pronto aumentaron la familia. Tenían dos hijos, o dos demonios disfrazados, como solía decir Caelan.

Liam tenía seis años y la pequeña de nuestra familia, Aíne, tenía cinco.

Esos dos terremotos iban discutiendo con mis hijos. Los cuatro iban diciendo que cada uno era el mejor bailador de sevillanas. La verdad es que todos lo hacían fenomenal, pero el caso era picarse entre ellos y montar el lío. Si no, no estaban contentos.

Miré a mis hijos.

Madre mía, ocho años ya y a punto de cumplir los nueve. Qué mayores y qué guapos estaban los condenados. Y cómo se parecían a su padre. Bueno, ya nacieron así, pero parecía que cada día que pasaba les salía un gesto nuevo que era de la marca Kavanagh cien por cien.

Emilio y Cristina, como no podía ser de otra manera, adoraban los caballos como todos en esa familia y se pasaban las horas muertas en las cuadras ayudando a su padre y a Isabella o montando con sus sobrinos y sus hermanos.

Y por último miré a mi segundo amor.

Sí, mi segundo amor, al igual que yo era el suyo. Eso fue algo que los dos aceptamos, compartimos, entendimos y respetamos del otro.

Tanto era así que lo llevábamos presente en el colgante que nunca nos quitábamos y que Patrick me regaló tantos años atrás, cuando vino a buscarme al tren para proponerme una vida juntos.

Porque, aunque nos amáramos muchísimo, en nuestro corazón Emilio para mí y Cristina para él seguían teniendo su huequito.

No nos habíamos casado. Eso fue algo que hablamos mucho y, al final, decidimos que no era necesario un papel para sentirnos marido y mujer como nos sentíamos nosotros.

Solté una risita al ver cómo el pobre alzaba las cejas, mitad sorprendido, mitad horrorizado, por algo que mis hijos y sus nietos le estaban pidiendo.

Alguna locura, seguro.

—Ya hemos llegado. Verás nada más entrar cómo nos abren un pasillo —dijo Isabella negando con la cabeza.

Contuve la risa porque fue totalmente cierto. Nada más pisar la puerta de la caseta, la gente, al vernos, se fue separando y nos hizo un pasillo.

Muchos ya nos conocían de otros años.

Y es que no era muy visto por Sevilla que una rubia y una morena fueran acompañadas por ocho pelirrojos que parecían clonados del más mayor.

A nuestro paso nos miraban, directamente o de reojo. Unos callaban, otros se contenían y otros no podían hacerlo y soltaban algún comentario, sorprendidos por tal despliegue.

Llegamos hasta la mesa que Carmen, Manolo y Moira ya estaban ocupando desde hacía al menos una hora y en la que tenían guardado sitio para todos los demás.

—Da igual los años que pasen. Cada vez que entráis, sois la sensación de la caseta.

—O los monos de feria —protestó Isabella, a quien no le gustaba ser el centro de atención y se sentía abrumada al verse tan observada.

—Pues si ahora os miran, espera a que los pelirrojos empiecen a dar palmas y a bailar. En nada les hacen corrillo —dijo Moira riéndose y haciendo que Isabella pusiera los ojos en blanco.

Dicho y hecho.

En la siguiente sevillana que sonó, se hicieron con el centro de la caseta para darlo todo y dejar a la gente con la boca abierta.

June de pareja con Oisín. Emilio con Aíne y Cristina con Liam.

Los seis se pusieron en posición y, con la primera nota, empezaron a bailar la primera con una destreza y un arte como si hubieran nacido para ser profesionales.

No era por tirarme flores, pero que lo hicieran tan bien era gracias a las clases que recibían por mi parte en el salón de casa. Clases que ellos mismos me pedían para que, cuando viniéramos a la Feria, nadie pudiera decirles que si no eras de Sevilla no podías bailar bien ni tener arte.

Carmen y Manolo no tardaron en unirse a ellos dos minutos después y, a continuación, lo hicieron Isabella y Caelan, aunque ella fue arrastrada por él entre protestas por la vergüenza que le daba.

Patrick me agarró por la cintura mientras los mirábamos a todos riendo, con un amor infinito e incondicional.

—¿Qué te han dicho antes los niños que te ha hecho poner cara de limón?

Se echó a reír antes de darme un beso en la sien y contestar.

—Dicen que han visto unos vídeos en TikTok donde los caballos bailan flamenco y quieren que enseñemos a los nuestros a hacer lo mismo.

Solté una carcajada, pero un segundo después lo miré seria.

—No —dijo adivinando mis intenciones.

—Sí.

—Ni hablar.

—Patrick… sería mágico ver a los caballos bailando.

—Sira, sería una locura.

—¿Y qué es la vida sin un poco de locura?

Ahí fue él quien se carcajeó.

—Quizá tengas razón. La vida es mejor con un poco de locura. Igual que es mejor con amor.

—Lo es.

—Vamos a unirnos al baile, anda. Lo otro prometo pensarlo.

Sonreí mientras me llevaba cogida de la cintura para unirnos al corrillo que tenían formado todos los nuestros bailando, porque ese «prometo pensarlo» no era cierto. Ya estaba pensado. Ya había cedido. Lo sabía porque lo conocía bien y de su boca salió eso, pero sus ojos dijeron que sí.

—Cada año lo haces mejor —dije en una vuelta antes de dejarle un suave beso en los labios.

—Tengo la mejor maestra, que me enseña baile. Y yo a ella a montar —me susurró de forma pícara.

Solté una risita.

—Pues luego voy a necesitar unas clases particulares —dije guiñándole un ojo.

—Cuenta con ellas. Y te adelanto que serán hasta el amanecer.

—Hum… La noche promete.

—Prometí no quererte más, porque eso no era posible. Pero sí quererte mejor, y eso incluye todas las maneras de dar amor.

—Y lo has cumplido. Todos los días doy gracias porque fueras a buscarme al tren.

—Perdí, o me arrebataron, el primero. El tuyo por nada del mundo lo hubiera perdido. Te amo.

—Yo también te amo. Hoy, mañana y para siempre.

Y allí, rodeados de los nuestros, con el barullo y la música de fondo, el olor a rebujito y la comida de feria, Patrick me besó mientras me giraba en medio de la pista improvisada, demostrándome, igual que yo a él, que el amor sí puede llegar dos veces en la vida.