Capítulo 35
Tuve que quedarme parada y agarrada al asiento un par de minutos para procesar lo que estaban viendo mis ojos.
Parpadeé varias veces para asegurarme de que no estaba teniendo una alucinación.
Pues no, no la estaba teniendo.
Que sí, que mis cinco pelirrojos favoritos, a los que quería con toda mi alma, estaban allí, en mi tren. En el cuarto vagón. En el vagón de June.
Estaban allí como si nada.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Como si para ellos fuera rutina subirse en Jerez —que era donde habían subido—, ir hablando y bromeando, que por lo que podía oír era lo que estaban haciendo, como si lo hicieran a diario.
Cogí aire.
Una vez, dos y hasta tres. Me di ánimos a mí misma para dar un paso y luego otro, hasta poder ponerme a su lado.
Y saber por qué estaban allí.
Porque estaban allí por algo, o por mí más bien, estaba claro, pero la cuestión era: ¿por qué?
¿Por qué habían hecho un viaje hasta España y por qué se habían subido a mi tren?
Esas y unas cuantas preguntas más me bullían en la cabeza, y la impaciencia por saber las respuestas pudo más que el miedo que tenía a volver a encontrarme con Patrick y su mirada.
Caminé despacio.
Tanto que pareció que, en vez de andar, me deslicé por el suelo del vagón.
No sabía qué decir ni cómo comportarme, así que dije lo primero que se me pasó por la cabeza cuando me puse a su lado.
—Billetes, por favor.
Las cinco cabezas se giraron a la vez para mirarme.
Y cinco sonrisas más grandes y brillantes que el sol en todo lo alto una tarde de verano en Sevilla me recibieron.
—¡Sira!
La primera en chillar, como no podía ser de otra manera, fue June, quien, aparte de dejar el vagón en silencio con su grito, se tiró literalmente del asiento y se agarró a mis piernas, apretándomelas todo lo que pudo.
Me agaché conteniendo las lágrimas y la cogí en brazos.
—¿Qué haces aquí, criatura?
—Hemos venido a verte. Te echábamos de menos.
¿Me echaban de menos?
Así, en plural, lo dijo.
Sin soltarla de mis brazos, repasé a los demás.
Todos sonreían.
—Me encanta tu tren, Sira.
Solté una risita.
—Gracias, Oisín, pero no es mío. Solo lo tomo prestado unas horas.
—Sevilla sigue tan bonita como la recordaba —me dijo Caelan.
—Ya sabes lo que dicen. Sevilla tiene un color especial. Tiene duende.
—Sí que lo tiene.
—Pues yo ni he visto un duende ni tampoco he notado ese calor que fríe huevos en el suelo.
Todos nos echamos a reír ante las palabras de Oisín, que las dijo frunciendo el ceño.
Y, cómo no, la pequeña con más arte del mundo se encargó de explicarle las cosas.
—Tener duende es ser especial. Es tener algo que no se puede explicar. Y aquí también es invierno, miarma. Ahora no se fríen huevos. Ahora se come puchero.
—Sí, ya sé que se come puchero. Luego en casa de Carmen y Manolo lo probaré.
Lo miré alucinada.
¿En casa de Carmen y Manolo había dicho?
—¿Habéis hablado con ellos? ¿Saben que estáis aquí?
—Sí. Al primer sitio que hemos ido al bajar del avión ha sido a su casa. Nuestra casa es bonita, pero la tuya, con ese patio, es una maravilla —me contestó Moira.
Asentí a su explicación mientras pensaba en Carmen. La madre que la parió. Ya sabía que estaban aquí cuando había hablado con ella por teléfono y qué bien había disimulado. Qué bien había sabido guardarles el secreto.
Me daba miedo preguntar…
Pero no podía quedarme con la duda. Así que me armé de valor y lo hice.
—Y… ¿qué hacéis aquí? ¿Habéis venido a ver Sevilla? ¿O es que hay algún problema con algo? ¿Con los papeles que te di, quizás?
La última pregunta la hice mirando a Caelan, que, sonriendo, negó con la cabeza.
—No —contestaron los cinco a la vez.
Los miré confundida.
—¿No? Entonces…
Patrick se puso en pie y June, al verlo, se bajó de mis brazos y se sentó a toda prisa en su sitio, al lado de Moira.
Al tenerlo de pie frente a mí, por primera vez desde que me había acercado a ellos, lo miré a los ojos.
Y me quedé impactada al ver lo que transmitían.
Primero nerviosismo. De eso había mucho. Esperanza, arrepentimiento y amor.
Transmitían amor.
Lo vi. Lo vi clarísimo. Y eso hizo que me quedara paralizada y que mi respiración se entrecortara.
—Sira…
—Patrick…
Carraspeó.
—He venido a darte mi regalo. Sí que tenía uno el día de Navidad, pero quería dártelo a solas esa noche. Porque también quería hacerte una petición a la vez que te lo daba.
Joder… Joder… Joder.
Que sí que tenía un regalo. Que había querido dármelo a solas, para hacerlo especial. Y yo, como una tonta, pensé que no le importaba lo más mínimo.
Conteniendo las lágrimas y hablando con la voz más baja de lo normal, me acerqué a él para que me oyera bien.
—¿Has venido hasta Sevilla, hasta mi tren, para dármelo?
—Así es.
Del bolsillo del pantalón sacó una cajita alargada, que parecía de una joyería, y me la entregó.
Con manos temblorosas la abrí mientras mi respiración se aceleraba más y más.
Dentro había dos colgantes iguales. Cada uno tenía la mitad de un corazón dividido a su vez en dos partes. Me fijé en que las dos mitades, si las juntabas, encajaban perfectamente formando el corazón completo, pero viéndose claras las cuatro partes.
—Son preciosos —dije mientras dos lágrimas se me caían por las mejillas.
—Es uno para cada uno. Tú llevas uno con dos partes y yo también. Los dos hemos tenido la suerte de encontrar el amor dos veces. Eso es algo muy difícil en una sola vida.
Y tenía razón. Porque ya era difícil encontrar el amor una vez, cuanto más dos, como nos había pasado a nosotros.
Hizo una pausa para coger aire.
—Ellos —dijo refiriéndose a Emilio y Cristina— siempre tendrán ahí su lugar. Pero también nosotros tendremos un sitio en el corazón del otro.
Llegados a ese punto, no solo yo estaba llorando.
Patrick, Moira, los niños y varios pasajeros que estaban, como buenos cotillas escuchando, también lo hacían.
Cerré el puño y dejé los corazones dentro mientras, sin poder contenerme más, me acercaba a él y lo abrazaba.
No dudó ni un segundo en devolverme el abrazo.
—Te amo, Sira. Te amo desde el principio, pero tenía miedo y aún lo tengo. Pero prefiero vivir con miedo a tu lado que sin miedo y no tenerte.
—Yo también te amo. Te amo muchísimo.
—Ese día iba a darte esto y a pedirte una cosa —susurró contra mi cuello.
—¿El qué? —balbuceé.
—Que te quedaras. Que nos hiciéramos promesas. Que construyéramos un futuro juntos. Que me quisieras.
Pensé un segundo en cómo habían acabado las cosas. En cómo Carmen había tenido razón al decirme que no veía claro que Patrick le hubiera pedido a Ellen que me echara.
No tenía ni idea de qué era lo que había pasado ni por qué ella me había dicho eso. Sinceramente, en esos momentos me daba completamente igual. Porque lo que me valía no eran solo las palabras que acababa de decirme, sino el amor que reflejaban sus ojos al mirarme.
—Te hubiera dicho que sí.
—Sé que lo hice mal. Sé que no debería haberme ido dejando que pensaras que no eras nada para mí. Sé que te hice daño cuando creíste que quería que te marcharas.
No le contesté, pero asentí porque era cierto todo lo que había dicho y los dos lo sabíamos.
—No sé si podrás perdonarme. Pero si lo haces, prometo no quererte más, porque eso sería imposible. Prometo quererte mejor.
Suspiré contra su cuello.
—Hazme la pregunta —le pedí.
Me separó un poco para mirarme bien a los ojos.
—¿Quieres pasar el resto de tu vida conmigo? ¿Con nosotros? ¿Quieres volver a casa?
Cerré los ojos un segundo.
No para pensar.
Porque la decisión estaba tomada por mi parte antes incluso de que hiciera la pregunta. Cerré los ojos para darle a Emilio las gracias por haberme arrancado en sus últimos momentos esa promesa en la que me pidió que siguiera.
Porque gracias a haber querido cumplir esa promesa, había seguido y había encontrado de nuevo el amor.
Un amor no más grande ni más pequeño, ni más fuerte ni menos que el que había tenido por él.
Era un amor distinto.
Porque el amor no se mide en cantidades. El amor solo se siente.
Y yo había sentido, sentía y sentiría por los dos hombres de mi vida un amor infinito, al igual que Patrick lo haría por las dos mujeres de la suya.
—Quiero, claro que quiero —le contesté sonriendo entre lágrimas.
—Gracias —dijo antes de lanzarse a mis labios para sellar esa promesa de vida con un beso.
Mientras me daba el beso con más sentimiento, más tierno, dulce e intenso que me había dado hasta ese momento, de fondo solo se oían aplausos, silbidos y vítores.
Antes de que termináramos el beso, nos vimos rodeados por cuatro pares de manos que se unieron para darnos un abrazo grupal.
Un abrazo de familia.