Capítulo 34
Abrí los ojos cuando sonó la alarma.
Lo primero que hice fue resoplar.
Llevaba tantos días sin levantarme a esas horas tan intempestivas que me costó que mi cabeza se diera cuenta de que mi cuerpo tenía que ponerse en funcionamiento.
Al haberme vuelto a la casa de mi abuela, tenía que levantarme todavía veinte minutos antes de lo que lo hacía cuando vivía en el piso, ya que la estación me pillaba un poco más lejos.
Me tomé un café en la cocina, apoyada en la encimera, mientras por la ventana veía la oscuridad que todavía tenía el cielo de Sevilla.
Entre trago y trago pensé en ellos.
Fue inevitable.
Lo había sido casi a todas horas desde que volví, una semana atrás.
Ya había empezado el año. Justo el día anterior había sido el primero de un año que se me presentaba duro. Otro año triste. Otro año lleno de lamentaciones por las pérdidas.
Los echaba mucho de menos. Muchísimo. A todos sin excepción.
A la mente se me venían imágenes constantemente.
De June y Oisín bailando sevillanas, o intentándolo, y de Rebujito, ese potrillo que hasta él se quedó con un trocito de mi corazón.
Imágenes de Caelan mirando a June con un amor infinito y hablando con su hermano como si fueran dos políticos intentando arreglar el mundo.
De Moira cocinando, organizando la casa o estando para todos a cualquier hora y en cualquier momento, siendo una mamá gallina.
Y de Patrick…
Sobre todo, se me venían imágenes de Patrick.
De cómo miraba a todos los suyos con orgullo, admiración y un amor puro. De cómo tenía una paciencia infinita mientras repetía una y otra vez el mismo ejercicio con los caballos.
Y de cómo me tocaba, me besaba o me hacía reír.
Suspiré.
—Hazte a la idea de que ya no vas a ver más imágenes de esas, Sira —me dije a mí misma mientras dejaba la taza en el lavavajillas.
Pasé por la ducha para terminar de despertarme. Me vestí con ropa cómoda y, a la hora que calculé, salí por la puerta de casa. El patio estaba en completo silencio. Era raro verlo así. Daba igual la época del año que fuera, hiciera frío o calor. Allí siempre había vida.
Lo repasé con la mirada mientras salía hacia la calle y sonreí al ver que todavía quedaban algunos restos de la gran fiesta que se había montado la noche de Fin de Año y al día siguiente, celebrando el primer día del año.
Algunos papelillos de colores seguían en el suelo. Un vaso vacío en el poyete de una ventana y un par de sillas que algún vecino perjudicado por el champán había dejado allí olvidadas.
Salí a las oscuras calles de Sevilla, donde reinaba el silencio, y con pasos apresurados puse rumbo a la estación.
Misma puerta.
Mismo vestuario.
Mismo horario de salida.
Mismo uniforme.
Y mismo tren.
Todo era lo mismo que un mes atrás. Lo único que no lo era, o más bien la que no era la misma, era yo.
El día que salí de allí con June en brazos, su mochila al hombro, una carta que cambiaría mi rutina y una promesa de cumplir la última voluntad de Vicky, salí siendo una Sira. Pero ahora volvía siendo una Sira completamente diferente.
Las circunstancias habían cambiado y por eso yo también lo había hecho.
Salí al andén y sonreí.
Muchas cosas cambiaban en pocos segundos y otras no lo hacían, aunque pasaran días, años o incluso toda la vida.
—Buenos días, Antón.
Levantó la mirada y sonrió.
—Vaya, mira quién ha vuelto. Hola, Sira.
—¿Me echaste de menos?
—Pues sí. Tu sustituto hablaba por los codos y no me reñía por fumar. Pero me pedía todos los días un cigarro. Era un geta de cuidado.
Solté una carcajada que hizo eco en las vías.
—Pues ya estoy de vuelta. Ahorrarás en tabaco. Ganarás paz porque seré fiel al adorado silencio mañanero. Pero no te librarás de las riñas por fumar.
—Salgo ganando, se mire por donde se mire.
Cruzamos dos frases más y ambos subimos al tren a ocupar nuestros puestos.
Me quedé en su espacio hasta que el tren arrancó.
Cogí aire y puse mi cara más profesional para volver a una rutina que ya no se sentía igual que siempre.
No, definitivamente no lo era, porque en la parada de Jerez me faltarían dos pasajeras a las que antes esperaba con impaciencia ver subir y que ahora ya no aparecerían nunca más.
—¡Sira!
—Hola, Dolores.
Dolores dejó las agujas a un lado del asiento, junto al ovillo de lana, y se levantó con una agilidad impropia de su edad.
Sin darme tiempo ni a verla venir, me envolvió entre sus brazos.
—Qué alegría verte de vuelta. ¿Todo bien con June?
—Todo perfecto. Se quedó en Irlanda con su familia.
Me miró varios segundos y suspiró. Su sabiduría y la experiencia que solo dan los años y las muchas cosas vividas le dijeron que algo había cambiado en mí.
—A ella la has dejado allí, pero tú te traes una historia, ¿no?
Asentí.
—¿Mala?
—Solo el final.
—Lo mismo no es el final y solo es una pausa.
—No lo creo —dije con tristeza.
—Bueno, eso solo el tiempo lo dirá.
Pues el tiempo ya lo había dicho. Pero no quise seguir hablando del tema. No porque no quisiera contárselo a Dolores, sino porque tenía que trabajar.
—Voy a chequear. Luego nos vemos.
—Luego nos vemos, niña.
Seguí con mi trabajo.
La misma gente, las mismas conversaciones, los mismos rostros de cansancio, sueño o cabreo mañanero de siempre.
Llegué al hombre del maletín.
Sonreí al ver que algunas cosas no cambiaban. Él, totalmente despierto, con el traje impecablemente planchado y, como siempre, hablando atropelladamente por teléfono.
Pero cuando me acerqué a su lado para pasar su abono, como hacía siempre, comprobé que sí había cosas que cambiaban.
Se apartó el teléfono de la oreja, sacó el abono del bolsillo de la americana y me miró a la cara.
—Buenos días, Sira.
—Buenos días —contesté sonriendo.
—¿Todo bien?
—Todo en orden.
—Bien. Que tengas buen día.
—Igualmente.
Mientras seguía chequeando, las sonrisas se me salían solas cada pocos pasos.
En todos los vagones, gente que conocía de años y con la que nunca había cruzado palabra me saludó. Me desearon buen día. Y otros incluso me preguntaron si mi ausencia había sido porque había estado enferma, preocupándose por cómo estaba.
—Morena, ya era hora de que volvieras. Se te ha echado de menos por aquí. Tu sustituto era guapísimo, pero hablaba hasta con las piedras que no hay dentro del tren.
El resoplido de Abel se juntó con mi carcajada.
—Abel, yo también me alegro de verte.
—¿Todo bien con la niña?
—Todo bien.
—Me alegro.
—Voy a seguir. Luego te veo.
—Si alguien se pone intenso, llámame.
—Lo haré —respondí riendo.
Llegamos a Cádiz y ese día, por primera vez, había sido completamente diferente a cualquiera de los tantos en los que había hecho ese camino durante años.
Había devuelto más saludos en ese primer viaje que en un mes entero de mis viajes de antes. Y había sonreído más, creo, que en todos los años que llevaba metida cinco días a la semana en el mismo tren.
Primer descanso y un buen desayuno mientras pensaba en ellos. En los que había dejado en esa otra parte del mundo.
Vuelta a Sevilla.
Mismas caras que subían y bajaban antes de mi ausencia y otras nuevas o conocidas porque subían muy de vez en cuando.
Chequeo vagón por vagón.
Más saludos de algunos que no me habían hablado nunca. Más bienvenidas de otros tantos. Y sonrisas de otros muchos.
Segundo descanso. Ese, un poquito más largo.
Un bocadillo de tortilla, un refresco de cola y una llamada de Carmen para saber si había ido bien la vuelta al tren fueron los que me acompañaron mientras los minutos pasaban hasta que se hizo la hora de hacer el penúltimo viaje del día.
Otra vez de Sevilla a Cádiz.
El tren arrancó y empecé, como siempre, el chequeo en el primer vagón.
Todo en orden, ningún problema.
Segundo y tercero, más de lo mismo. Todo correcto. Todos los billetes y abonos como tenían que estar. Más gente que me saludó y me dio la bienvenida con una sonrisa.
Entré en el cuarto vagón. Ese que, desde por la mañana, cada vez que cruzaba, me ponía una bola en la garganta sabiendo que no oiría la voz dicharachera de June.
Lo revisé rápido y seguí al siguiente. Quinto y sexto. Todo bien.
Allí, en el sexto, esperé unos minutos para hacer el recorrido a la inversa y chequear a los que se subían en Jerez.
Entré en el cuarto de nuevo y, cuando vi a los pasajeros que estaban allí sentados, me quedé sin aire en los pulmones. Tuve que agarrarme al respaldo del primer asiento para no desplomarme allí mismo.
En el centro del vagón había cinco personas que reconocería en cualquier sitio.
Y no solo por su color de pelo pelirrojo, que allí en Sevilla llamaba tanto la atención como si un esquimal con abrigo polar se paseara por la Feria mientras apretaba el calor, sino por el acento inconfundible que tenían al hablar.