Dos veces en la vida Capítulo 33
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Capítulo 33

Patrick

Salí de la cocina con la cabeza hirviendo.

Estaba totalmente perdido.

No entendía nada.

No sabía nada.

Y eso me estaba destrozando por dentro a cada segundo que pasaba.

Cuando llegué al despacho, allí estaba Moira esperándome, cruzada de brazos, sin que su enfado se hubiera rebajado ni una mijita, como decía June.

—Moira, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué parece que he cometido un crimen?

—Yo no te he educado para que fueras un cobarde. Si querías que se fuera, haber tenido los cojones suficientes para decírselo a la cara y no mandar a tu querida exmujer para que te hiciera el trabajo sucio y la echara.

La sangre se me congeló en las venas.

¿Pero de qué cojones estaba hablando?

¿Yo echarla?

Si lo que quería era todo lo contrario. Quería que se quedara.

—¿Qué estás diciendo? Yo no quería que se fuera.

—¿No? Pues, para no querer, bien que mandaste a Ellen para que se lo dijera.

—Yo no he mandado a nadie, Moira.

Me miró confundida.

—¿Qué?

—Que yo no le he pedido a Ellen que le dijera nada. Que yo no quería que se fuera. ¡Que la quiero, joder!

Lo dije chillando, de lo nervioso que me estaba poniendo.

Se me quedó mirando, pensó unos segundos y, de pronto, algo hizo clic en su cabeza. Me miró con horror.

—Dios mío…

—¿Qué? Dime algo, por favor. Cuéntame qué ha pasado. Dime por qué se ha ido —le rogué.

—Sabía que la querías. Yo tenía razón.

—Claro que la quiero. No sé cómo ha pasado, pero me he enamorado de ella…

Paré para tragar saliva.

—Sí que le compré un regalo. Iba a dárselo esa noche y a pedirle que se quedara conmigo. Iba a pedirle que me diera una oportunidad. Iba a pedirle que se quedara para construir un futuro juntos.

A Moira se le saltaron las lágrimas al verme llorar mientras me sinceraba con ella y le contaba lo que sentía.

—Patrick… Se ha ido pensando que no la querías aquí. Pensando que solo te has divertido con ella en la cama. Pensando que no la quieres ni la querrás nunca.

—¿Por qué ha pensado todo eso?

—Porque Ellen le dijo que estabas harto de que estuviera aquí. Que querías que se marchara. Que no se lo habías dicho tú porque eras muy considerado.

—¿Qué Ellen ha hecho qué?

Moira cogió aire, se limpió las lágrimas y me contó todo lo que había pasado desde que me marché.

Cómo, en la despedida, se dio cuenta de que Sira me había dicho adiós.

Eso era algo a lo que yo no le di importancia. Pero la tenía. Y mucha. Porque fue su última palabra, sabiendo que no nos veríamos más.

Porque ya tenía decidido irse.

Y pensándolo en frío, no me extrañaba que hubiera querido hacerlo.

No le había mostrado mis sentimientos. No le había dejado ver que quería que se quedara y no había estado muy acertado con mis palabras cuando le dije que su vida estaba allí y no aquí.

Pero es que, en ese momento, cuando se lo dije, estaba muy confundido y todavía no me había dado cuenta de que la quería.

Moira siguió hablando.

Me contó cómo, la misma noche en la que yo me fui, Ellen había ido a su habitación y cómo ella, desde el pasillo, escuchó la conversación que las dos tuvieron.

Cómo Ellen le había dicho que ya era hora de que se largara. Diciéndole que era algo que yo quería y que ella se había ofrecido a decírselo por mí.

Así fue como Sira, a la mañana siguiente, se había marchado a España.

Así fue como se marchó pensando que no la quería.

Pues las cosas no se iban a quedar así.

Vaya que no.

Había perdido a una mujer a la que había amado porque el puto destino me la arrebató. Pero no estaba dispuesto a perder a otra, así tuviera que luchar con quien hiciera falta.

Me levanté de golpe de la silla en la que me había sentado mientras hablábamos.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Tú qué crees que voy a hacer?

—¿Ir a buscarla? ¿Cantarle las cuarenta a Ellen? ¿Explicarles a los chicos lo que pasa? ¿Darme un abrazo? ¿Perdonarme por dudar de ti?

Me eché a reír.

—No en ese orden y añadiendo algunas cosas más. Pero básicamente sí, eso es lo que voy a hacer.

—Bien —dijo satisfecha.

—Empezaré por esto.

Me acerqué a ella y la envolví entre mis brazos.

—Lo que no voy a hacer es perdonarte, porque no tengo nada por lo que hacerlo. Yo, en tu lugar, también habría dudado. No he estado muy acertado en cómo he hecho las cosas. Tenía miedo, Moira… Tenía miedo de volver a amar.

—Lo sé, cariño. Pero no tienes por qué tenerlo. Ella también ha pasado por lo mismo. Erais dos corazones rotos que se han juntado para repararse juntos.

—Gracias por estar.

—Gracias a ti por dejarme estar. Y ahora… ¿qué es lo siguiente?

—Ir a hablar con los chicos.

—Caelan ya sabe lo que ha pasado. Se dio cuenta el día que Sira se fue de que había algo más e insistió tanto que se lo conté.

—Hiciste bien. Vamos.

Cuando entramos en la cocina, ya habían terminado todos de comer. Estaban hablando de caballos, cómo no. Pero, al vernos, se hizo el silencio.

—¿Qué pasa, abuelo?

—Nada, princesa. Ya está todo aclarado. Ya sé por qué Sira se ha ido.

—Podemos llamarla luego. La echo mucho de menos.

—Yo también la echo mucho de menos —respondí sonriendo.

—¿Podemos pedirle que venga a vernos alguna vez? —me preguntó con los ojos aguados.

—Eso sería genial. La casa tiene menos alegría desde que ella se fue —añadió Oisín.

Sonreí mirando a Moira.

—¿Por qué sonríes? —me preguntó Caelan.

—Porque voy a hacer algo mejor que pedirle que venga a visitarnos.

—¿Qué vas a hacer, abuelo?

—Voy a ir a buscarla. Voy a decirle que la quiero. Y voy a pedirle que venga, pero no de visita, sino para que se quede aquí para siempre.

Las tres sillas se arrastraron hacia atrás y los tres se levantaron de golpe.

—¿Qué hacéis?

—Ir a hacer la maleta —contestó Oisín, dejándome con la boca abierta.

—¿Qué?

—Que vamos contigo, papá. Nos necesitas —dijo Caelan.

—¿Ah, sí? —pregunté riendo.

—Claro. Yo sé cuál es el tren en el que trabaja, tú no. Así que tengo que ir —me dijo mi pequeña, poniendo los ojos en blanco.

—Yo conozco Sevilla —dijo Caelan, como si yo no fuera capaz de encontrarla.

—Y yo tengo que ir a supervisar —añadió Oisín, como si fuera un ejecutivo repasando una reunión mentalmente.

—Pues yo aquí no me quedo. Tengo que pedirle a Carmen la receta del puchero y algunas más.

Me eché a reír a carcajadas al ver a los cuatro mirándome desafiantes, como diciéndome:

«Ni te atrevas a decir que no vamos, porque no lo vas a conseguir».

—Bien, pues esto va así. Moira, ayuda a los pequeños a hacer la maleta. Caelan, busca un vuelo, el que antes salga. Da igual lo que cueste.

Moira salió deprisa detrás de los niños que, al oír mis planes, echaron a correr, saliendo de la cocina como si les persiguiera el mismo diablo.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Dudé si decirle a Caelan lo que tenía pensado hacer en cuanto saliera de la cocina, pero no me hizo falta hablar. Debió de ver algo en mi mirada, porque fue él mismo quien me dijo qué hacer.

—Dile que se vaya. Es mi madre y la quiero. Pero mi hija va por delante de todo. Ella no la acepta y quiere que la aparte para seguir manipulándome a su antojo. Eso no va a pasar. Y después de lo que te ha hecho, ha demostrado que no es buena persona.

—Caelan… Lo siento.

—Yo también lo siento, pero por ella. Podría ser muy feliz con nosotros. Pero me he dado cuenta de que eso nunca será posible porque no nos quiere. Solo se quiere a sí misma.

Joder, oírlo hablar así de su madre era muy duro.

Pero todo lo que había dicho era la triste y pura verdad. Ellen era una cría. Sí, una cría, porque no había crecido ni madurado.

Y seguía siendo la misma mujer celosa, manipuladora y caprichosa de siempre.

Con las últimas palabras de Caelan, la conversación quedó zanjada. Estaba todo claro y dicho.

Subí a buscar a Ellen, que estaba en su habitación.

Tuvimos la mayor bronca de todas las que habíamos tenido desde que nos conocíamos.

Me dijo cosas feísimas. Yo me controlé más. No merecía la pena ponerme a su altura.

Tuvo el cuajo de decirme que le había dicho eso a la españolita para que se fuera y para joderme. Y todo porque meses antes me había pedido que le subiera la asignación que le daba y me negué en rotundo.

Pues le salió el tiro por la culata.

Porque en menos de media hora salió de mi casa para no volver jamás y encima advertida de que hiciera algo de provecho por una vez en su vida, ya que le dejé bien claro que no iba a darle dinero ni un mes más.

Solo esperaba que no volviera buscando guerra, porque entonces sí que no me iba a controlar.

Si eso pasaba, iba a conocer mi peor versión. Porque no le iba a consentir ni a ella ni a nadie que perjudicara a ninguno de los míos. Ni a mí tampoco.

Con eso hecho, subí a las habitaciones a ver cómo iban los planes.

Todo pasó rapidísimo.

Las maletas estuvieron hechas en menos de dos horas.

No tuvimos suerte con los vuelos porque, al ser día uno de enero, había menos y no quedaban plazas libres, pero el día dos sí que había uno que salía de Cork a las siete de la mañana. Habría que madrugar, pero a ninguno le importó.

Y así fue como, con cara de sueño, dos días después nos montamos los cinco en el avión rumbo a Sevilla para ir a buscar a la mujer que amaba.