Capítulo 32
Patrick
La nieve caía, no con fuerza, pero sí lo suficiente para haber dejado un manto blanco en todas mis tierras.
Mientras conducía los últimos metros que me quedaban para llegar a casa, la sonrisa me salió sola pensando en todos los que estaban dentro, calentitos y seguramente disfrutando de algún juego o bailando.
Pensé en June.
Mi nieta…
Solo hacía un mes y poco que había llegado a la casa y a nuestras vidas para cambiarlas para siempre.
Cinco minutos. Eso fue lo que tardó en robarme el corazón.
La quería con locura.
Y es que la pequeña pelirroja descarada se hacía querer por cualquiera que estuviera con ella solo unos minutos y cruzara cuatro palabras.
Tenía el físico de los Kavanagh, eso nadie lo podía discutir, pero el carácter abierto y despierto que tenía, sumado al arte que derrochaba, era sin lugar a dudas de los genes andaluces que corrían por sus venas.
Solté una risita pensando en el audio que me había mandado la noche anterior desde el móvil de Caelan, en el que me decía que podía quedarme tranquilo, que allí todo estaba en orden. Que todos se estaban portando bien. Y que no habría necesidad de castigar a nadie sin cabalgar.
Lo suyo con los caballos era superior.
A todos los miembros de la familia nos gustaban, un poco por pasión y otro poquito por obligación, ya que criarlos y entrenarlos era nuestro medio de vida.
Pensé en Caelan.
Todavía me parecía increíble el cambio que había dado al enterarse de que la chica a la que había amado había muerto de tristeza y le había dejado el mejor de los regalos que una persona podía tener en la vida.
Una hija.
Horas.
Sí, horas fue lo que tardó en madurar de golpe, en cambiar su manera de ver la vida. En querer vivir de otra manera y en convertirse en un padre responsable, cariñoso y protector.
June había llegado a su vida para cambiársela, pero a mejor.
El brillo de su mirada, el cómo sonreía e incluso el cómo hablaba me lo habían dejado claro.
Era feliz.
Y eso era lo que importaba.
Oisín se había subido al carro de la felicidad desde que su sobrina, como él no dejaba de llamarla a todas horas, había llegado. Su conexión fue total desde el minuto uno.
Esa conexión sería irrompible y para siempre. Estaba seguro de ello.
Y todo ese cambio para bien que había sufrido nuestra familia tenía que agradecérselo solo a una persona.
A una que paró su vida. A una que dejó todo en pausa en su país y que, sin dudar ni pararse a pensarlo dos minutos, cumplió con la petición de Vicky y nos trajo a nuestra princesa.
Sira…
Ella solo había traído alegría y felicidad a nuestras vidas.
Y, a estas alturas, ya era imposible negarlo. Tampoco quería hacerlo. También me había traído esperanza y algo que nunca pensé que volvería a tener en mi vida después de perder a Cristina, mi primer amor.
Sí, Cristina fue mi primer amor, porque la amé muchísimo. Me enamoré de ella como un loco. Cosa que no pasó con Ellen. A ella la quise, pero nunca llegué a enamorarme.
Pues lo que Sira había traído a mi vida otra vez era amor.
Era amor lo que sentía por ella.
Aunque me resistí a que pasara, aunque me lo negué a mí mismo cientos de veces. Y no quise que pasara porque yo seguía queriendo a Cristina, pero pasó.
Pasó porque el destino así lo había querido.
Ese caprichoso destino había querido que no solo yo, sino los dos, porque sabía que ella también se había enamorado de mí igual que yo de ella, tuviéramos la suerte que poca gente en el mundo tiene.
Amar dos veces en la vida.
Estaba deseando verla. Estaba deseando besarla. Y también hablar con ella.
Eso sería lo primero que haría nada más entrar en casa, después de saludar a todos.
Porque se había quedado algo pendiente entre nosotros cuando tuve que irme y ni quería ni podía esperar más para explicarle y darle mis motivos de por qué ella no recibió ningún regalo el día de Navidad por mi parte.
Sé que le dolió no recibir nada, lo vi en sus ojos. Y sé que le dolió todavía más saber que Ellen, a la que yo no le compré nada, sino que ella misma se lo compró y dijo que era de mi parte para quedar bien delante de los niños, había recibido ese gesto por mi parte y ella no.
Pero es que sí tenía un regalo para ella.
Lo tenía comprado desde hacía días.
Pero era algo que quería darle estando a solas los dos, porque el regalo iba a ir acompañado de una petición que esperaba que aceptara. Quería que fuera un momento solo nuestro, sin testigos. Solo quería que estuviéramos presentes nosotros dos y nuestros sentimientos.
Tenía pensado dárselo por la noche, cuando estuviéramos a solas en la habitación, pero las putas casualidades y los problemas que se presentaron de pronto en Dublín me lo impidieron.
Pues en cuanto entrara, nada me impediría darle el regalo y hacer mi petición.
Que no era otra que pedirle que, por favor, se quedara a mi lado. Que me quisiera. Que me diera la oportunidad de quererla.
Paré el coche en la entrada y apagué el motor.
No me dio tiempo ni a bajarme cuando oí cómo la puerta de entrada se abría y de ella salía una pequeña pelirroja corriendo como un rayo hasta mí.
—¡Abuelo!
—Hola, princesa —dije cogiéndola en volandas.
—Qué bien que ya estés aquí. Pensábamos que no llegarías a la cena de Fin de Año.
—Aunque hubiera tenido que venir andando, habría venido. No me la perdería por nada del mundo.
Y era cierto. Ni de coña me hubiera perdido la cena de Fin de Año con todos ni entrar en el nuevo año rodeado por los míos.
—¡Papá!
Oisín salió por la puerta corriendo al verme, de la misma manera que lo había hecho June. Me agaché con ella en brazos para poder abrazarlo cuando llegó a mi altura.
—Hola, campeón.
—Qué bien que ya estés en casa.
—Sí, tenía unas ganas locas de llegar y de estar con vosotros. Os he echado mucho de menos.
—Nosotros a ti también. Te has perdido muchas cosas.
—¿Sí? ¿Qué cosas? Espero que me lo contéis todo.
—Rebujito ya trota —dijo June muy orgullosa.
—¿En serio? Eso es fantástico. Mañana iré a verlo.
—Va a ser un caballo de primera —sentenció Oisín con voz experta.
—Chicos, entrad dentro, que vais a coger frío. Allí le contáis todo. Moira ya tiene la comida puesta. Venga, arreando a la cocina.
Los dos pequeños se separaron de mis brazos y obedecieron a Caelan, que era quien les había hablado desde la entrada, apoyado en el marco de la puerta.
Cerré el coche después de coger la bolsa que traía y echármela al hombro.
Cuando llegué a su altura, ambos nos dimos un abrazo.
—¿Qué tal todo? ¿Lo dejaste solucionado?
—Sí. Ha sido un coñazo y pensé que no acabaría nunca. Pero, gracias a Dios, ayer todo quedó zanjado.
—Perfecto. Por aquí ya sufríamos pensando que no llegabas.
Dejé la bolsa en un rincón del vestíbulo para subirla después. Primero quería estar con todos. Eso era secundario.
Solo me faltaba ver a Moira, que estaría en su reino. La cocina.
Y a Sira, que me extrañaba un poco que no hubiera salido también a recibirme, pero lo mismo estaba ayudando a Moira con algo y por eso no lo había hecho. Eso pensé, sin saber lo equivocado que estaba en esos momentos.
—Pues ya estoy aquí y espero no tener que volver a irme más. Porque estar lejos de casa es horrible.
—Sí que lo es —contestó sonriendo.
Él lo sabía bien, ya que había estado muchos años, demasiados, fuera de allí. De ahí su respuesta, dicha con una sonrisa, pero también con un rastro leve de dolor.
—¿Por aquí todo bien?
—Todo lo bien que podía estar.
La respuesta de Caelan me sorprendió y preocupó a partes iguales, porque no fue lo que dijo, sino el pesar con el que lo hizo. Pero lo dejé pasar. Ya le preguntaría más tarde qué había querido decir.
Entramos en la cocina y allí ya estaban June y Oisín sentados a la mesa, con sus platos de comida delante.
Caelan se sentó en su sitio y yo ocupé el mío.
—Hola, Moira —dije al ver que ella no hizo la más mínima intención de saludarme.
—Hola.
Su saludo fue seco, corto y desde luego poco cariñoso. Nunca desde que la conocía, y de eso hacía ya muchos años, concretamente desde que era un crío, me había saludado de esa manera.
Estaba enfadada y también dolida. Solo me hizo falta mirarla a los ojos dos segundos para saberlo.
La pregunta era: ¿por qué?
No era plan de ponerme a preguntárselo allí, delante de los niños, así que decidí dejarlo para cuando termináramos de comer y ellos se fueran a jugar.
Miré el reloj dos veces.
Sira estaba tardando en llegar a comer. Y eso no era normal en ella.
Siempre era puntual. Más que puntual, ella estaba antes de que ninguno de nosotros llegara, ayudando a Moira a poner la mesa y con la cocina.
Pero ese día no era así y quise saber por qué.
Me moría de ganas de verla y darle un abrazo. Y de besarla también, siendo sincero.
—¿Dónde está Sira?
El silencio se hizo por completo.
Todos, como si estuvieran sincronizados, giraron la cabeza para mirarme.
Sus expresiones eran muy distintas.
June y Oisín me miraban con confusión, como si no entendieran mi pregunta.
Caelan me miraba como si fuera un desastre y negó con la cabeza.
Y Moira me miraba con una ceja alzada y con esa cara de enfado que tenía desde que había entrado, que parecía aumentar por segundos.
Soltó una risa seca.
—Está donde tú querías que estuviera. No sé a qué viene esa pregunta.
La miré con la boca abierta por la sorna con la que habló.
—¿Dónde está? —volví a preguntar.
—En casa.
—¿En qué casa?
—Abuelo, pues en la suya. ¿En cuál va a ser?
Se me cortó la respiración y el corazón se me paró unos segundos. Menos mal que estaba sentado porque, si no, me hubiera caído redondo al suelo de la impresión.
Se había ido, joder…
Se había ido sin despedirse siquiera.
Se había ido aprovechando que yo no estaba en casa.
Se había ido dejándome desolado.
Se había ido sin saber lo mucho que la quería.
—¿Se ha ido? ¿Por qué? —pregunté alterado.
—¿Por qué? Pues para cumplir lo que tú querías.
Miré a Moira y en su mirada no solo vi enfado, también había recriminación y decepción.
—No entiendo nada.
—Pues si tú no lo entiendes… —dijo soltando una risa seca.
—Claro que no lo entiendo. No entiendo por qué se ha ido. No entiendo por qué no ha esperado al menos a que yo llegara, si tanta prisa tenía por irse.
—¿Para qué demonios querías que esperara?
—Tenía que hablar con ella. Tenía algo importante que decirle.
—Si te preocupaba que no le llegara tu mensaje, puedes quedarte tranquilo. Le llegó. Yo misma fui testigo de ello. Aunque es una chica lista, ya se dio cuenta antes. Ya había decidido marcharse antes de que tu mensaje le llegara.
—¿Pero de qué puto mensaje hablas?
—Papá, por favor…
Giré la cabeza hacia Caelan, que me miraba disgustado y con la cabeza me señaló a los niños, que me observaban con los ojos y la boca abiertos al verme en tal estado de alteración.
—Moira, ven conmigo al despacho. Necesito que me expliques qué coño ha pasado.
Dejó el plato que tenía en las manos y, mirándome enfadada, fue la primera en caminar hacia la puerta, a la vez que yo me levantaba de la silla.
—Abuelo, ¿qué pasa? ¿Estás enfadado porque Sira se ha ido?
Joder, se me estrujó el corazón al ver a June con los ojos aguados.
—Claro que no, cariño. Solo estoy sorprendido.
—Nosotros queríamos que se quedara. Se lo pedimos. Pero dijo que podría haberse quedado si las cosas fueran de otra manera.
—¿De qué otra manera? —pregunté a Oisín, que era quien me había dicho eso.
—No lo sé. No entendí qué quería decir con eso.
—¿Caelan?
Me retiró la mirada. Ahí supe que él sí sabía de qué iba todo aquello.
—Ve a hablar con Moira. Ella es la que lo sabe todo.
—Claro que voy a ver si me entero de algo. Porque estoy perdido.
—Pues a ver si te encuentras. Y haces las cosas bien, porque hasta ahora te has lucido.
Lo miré con la ceja alzada y negó con la cabeza.