Capítulo 31
Nada más poner un pie fuera del aeropuerto, sentí ese olor a azahar. Ese olor a Sevilla que tanto había extrañado.
Allí ya no olía a humedad, ya no olía a campo. Olía a volver a la rutina, a sobrellevar el dolor y a sobrevivir como pudiera.
Antes de caminar hasta el aparcamiento donde Carmen y Manolo me estaban esperando para irnos a casa, cerré los ojos un momento para empaparme de Sevilla.
A la mente me vinieron las imágenes de unas horas antes cuando entré en la cocina, mientras todos desayunaban, arrastrando mi maleta.
—Sira, ¿dónde vas con la maleta?
June no pudo quedarse sentada. Se levantó de un salto y vino corriendo hacia mí.
—Cariño, ya sabes que este momento tenía que llegar.
—Ya, pero…
—¿Recuerdas lo que acordamos?
Me dio una pena horrible ver cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, pero hice de tripas corazón.
Me agaché para ponerme a su altura y le acaricié el pelo.
—Sí… Que solo hasta después de Navidad. Pero yo pensé que estabas contenta con nosotros aquí y que a lo mejor te quedarías más.
—Y lo estoy. Pero la gente del tren me necesita —dije poniendo esa excusa.
—Aquí también habrá trenes, ¿no? Podrías…
—June, tengo que irme. Mi vida está allí, no aquí —dije parafraseando a su abuelo.
—Pero aquí también podrías hacer tu vida.
Eso vino por parte de Oisín, que se había puesto al lado de su sobrina y tenía los ojos tan aguados como ella.
—Podría si las cosas fueran de otra manera. Pero no lo son.
—Te voy a echar mucho de menos.
—Yo también.
Los dos se tiraron a mis brazos para abrazarme a la vez.
—Yo también a vosotros, chicos. Pero podemos hablar por teléfono algún día si el abuelo y papá están de acuerdo.
—Por supuesto que sí —dijo Caelan.
Él y Moira, que tenía el gesto más serio que yo le había visto nunca, se pusieron también a nuestro lado.
—Practicad mucho las sevillanas, ¿sí?
—Lo haremos y mi hermano te mandará vídeos para que veas el arte que tenemos.
Me eché a reír mientras contenía las lágrimas.
—Me parece la mejor idea del mundo. Y ahora, acabad de desayunar, ¿vale?
Los dos asintieron contra mi hombro y, secándose las lágrimas con la mano, se sentaron otra vez a la mesa y siguieron comiendo sin muchas ganas.
Dejé la maleta a un lado y saqué un sobre que ya había traído preparado desde España y en el que solo faltaba mi firma en los papeles que contenía, cosa que hice sin pensarlo demasiado la noche anterior.
—Esto es tuyo —dije dándoselo a Caelan.
—¿Qué es?
—Es la custodia de June a tu nombre. Está firmada. Lo traje preparado de España. Solo faltaba mi firma y todo sería legal. Ya la tiene. Así que todo está en orden.
Caelan se emocionó y cogió el sobre con manos temblorosas para pegárselo a su pecho como si fuera un gran tesoro.
—Muchas gracias, Sira. Por todo. Por intentar ayudar a Vicky. Por cuidar y querer a mi hija. Y por darme esto. Significa mucho para mí.
—Te lo has ganado. Sé que la quieres y que la cuidarás muy bien. Eres un buen padre.
—He tenido de ejemplo al mejor, aunque yo no se lo pusiera muy fácil.
Los dos reímos.
—Eso ya quedó atrás. Eres un hombre nuevo al que la vida le va a dar muchas cosas bonitas.
—Ya me ha dado lo más bonito —dijo mirando a June con adoración.
—Me echará de menos unos días, pero se le pasará enseguida. Los niños se acostumbran antes que los adultos.
—¿Te acostumbrarás tú a no tenernos?
—No. Pero intentaré llevarlo lo mejor que pueda. Os quiero a todos muchísimo.
—A mi padre, al que más —susurró—. Tus ojos lo gritan siempre que él está delante.
Tragué saliva.
Mierda. Otro que también se había dado cuenta, igual que Moira, de que me había enamorado de Patrick. Lo mismo él también se había dado cuenta y de ahí que quisiera que me marchara lo antes posible y por eso había mandado a Ellen a decírmelo.
Mientras pensaba eso, Caelan no dijo nada más, solo me dio un fuerte abrazo y un beso en la cabeza.
Moira fue la siguiente en acercarse a mí mientras el resto seguía desayunando.
—Lo oí.
—¿Qué oíste?
—Lo que tú y Ellen hablasteis anoche. Pasaba por el pasillo para ir a mi habitación y os oí hablar.
—Pues entonces no hace falta que te diga nada más.
—No me puedo creer que mi chico sea tan cobarde. Yo no lo he educado así. Si quería que te fueras, que te lo hubiera dicho él, que hubiera dado la cara. No tenía que mandar a esa… Mejor me callo lo que pienso de ella —dijo con pesar.
Sí, mejor que se callara, porque si no la iba a vestir de limpio en un momento. Moira no tragaba a Ellen. Y Ellen no la tragaba a ella tampoco, así que cuando estaban juntas en una habitación procuraban evitarse para que no saltaran las chispas.
Pero no siempre lo conseguían y solían tirarse pullas la una a la otra.
—No es cobardía, es consideración. Ya oíste a Ellen anoche.
—Sira, lo siento muchísimo. De verdad pensé que sí que sentía algo por ti.
—No lo sientas, Moira. No era nuestro destino acabar juntos.
—Pues ojalá lo hubiera sido. Me hubiera encantado que te quedaras.
—A mí también —dije con tristeza.
—Dame un abrazo, sevillana.
Ni contesté. Mi respuesta ante su petición fue abrazarme a ella con fuerza, con cariño, con pesar.
Lo siguiente pasó muy rápido.
Cinco minutos después de la charla en la cocina con los cuatro, el taxi al que había llamado dio dos pitidos anunciando que estaba afuera esperándome.
Todos me acompañaron hasta la puerta.
Otra ronda de besos y abrazos acompañados por más lágrimas fue lo último que tenía grabado de ellos en mi mente.
Lo demás estaba difuso en mi cabeza.
En el taxi solo lloré en silencio, de la misma manera que lo hice todo el viaje de vuelta en el avión.
Pero cuando llegué a la cinta de equipajes, me prometí no llorar más. Estaba más que harta de llevar media vida llorando por las pérdidas de todos.
De todos los que habían salido de mi vida de una manera u otra. Así que me prometí a mí misma que no les lloraría más, sino que los recordaría con una sonrisa.
El reencuentro con Carmen y Manolo estuvo lleno de emoción. Eran mis padres. No de sangre, pero sí de corazón, y solo con verme la cara supieron que traía drama para dar, tomar y regalar.
Sentada en la mesa de su casa, mientras me comía dos platos de puchero que Carmen me había preparado con mucho cariño, les conté todo.
No me dejé ni una coma.
Carmen me dijo que ella no veía claro eso de que Patrick le hubiera pedido a Ellen que me dijera que me marchara.
Y pensándolo esa noche en frío, mientras me acostaba en la cama que había sido la mía en la casa de mi abuela, pensé que podía tener razón. Ellen era una arpía que a lo mejor solo por hacer daño había soltado ese veneno por la boca.
Pero fuera verdad o mentira, tampoco cambiaba mucho las cosas.
Puede que no le hubiera pedido que me dijera que me fuera, pero, sabiendo que el momento de irme estaba cerca, tampoco me había pedido que me quedara.
Así que era lo mismo.
Los siguientes días empecé otra vez a vivir en automático.
Era mi manera de sobrevivir y donde más segura y menos triste me sentía.
Visité a Emilio esa primera semana, nada más llegar a Sevilla. Estuve más de una hora contándole todo lo que me había pasado. Sabía que no me escuchaba, pero yo me sentía bien yendo allí y contándole mis cosas.
Con ello no le hacía daño a nadie, así que lo seguiría haciendo las veces que lo considerara oportuno o las que lo necesitara.
Cuando llegué a Sevilla, aún me faltaba casi el segundo mes entero de la excedencia que había pedido.
La primera semana la utilicé para descansar y para dejar el piso en el que había estado de alquiler los últimos años y llevarme todas mis cosas a la casa de mi abuela. O a la mía legalmente. Aunque yo seguiría diciendo la casa de mi abuela para siempre.
Como necesitaba volver a la rutina cuanto antes, esa primera semana llamé a mi jefe y le pregunté si podría parar la excedencia y volver al trabajo antes.
No hubo ningún problema. Me dijo que el lunes de la siguiente semana empezaría en mi antiguo puesto, con el mismo horario y la misma ruta.
Fue un completo alivio que me permitieran volver.
Porque haber estado tres semanas sin hacer nada no me habría ayudado, la verdad. Eso me hubiera hecho hundirme al tener mucho tiempo libre. Tiempo que ya sabía por experiencia que emplearía en pensar más de la cuenta.
Y eso era justo lo que menos necesitaba.
Necesitaba seguir, sí.
Pero también necesitaba recuperarme un poco del nuevo palo que me había dado la vida. No solo el de perder a Patrick, sino a todos los demás.