Capítulo 30
Me quedé un rato más en la habitación pensando en todo y en nada.
Sacudí la cabeza y decidí no seguir dándole más vueltas a las cosas. La decisión estaba tomada y ya no había marcha atrás.
Lo mejor era bajar y disfrutar a tope las horas que me quedaban allí para llevarme los últimos recuerdos felices de mi estancia en Irlanda.
Sí, me iba con dolor. Pero también con muchos recuerdos de momentos inolvidables que guardaría para siempre en mi memoria y en mi corazón.
Salí de la habitación y me topé con Patrick, que venía por el pasillo.
—¿Estás bien? —me preguntó al llegar a mi altura.
—Sí.
—¿Has tardado mucho? ¿Está todo bien?
—La charla se ha alargado un poco. Pero está todo bien.
—¿Has llorado?
—Un poco. Siempre que hablo con Carmen es inevitable.
—Los echas de menos.
—Sí. ¿Querías algo más? Voy a bajar con June, seguro que me espera para las clases de baile.
—Sí. Quería decirte que al anochecer me marcho. Me acaba de llamar un cliente de Dublín. Al parecer hay algún problema con los caballos que le llegaron ayer. Tengo que ir en persona. Es el cliente más importante que tengo.
—Vaya, espero que no sea nada grave y se solucione pronto.
—Yo también lo espero. No quisiera quedarme allí muchos días.
—¿Necesitas que te eche una mano con la maleta o algo?
—No. Me llevaré lo justo. Baja con los niños, mejor.
—Bien.
—Sira…
—¿Sí?
—Lo del regalo…
No le dejé terminar.
—No pasa nada.
—Debería…
—No. Las cosas se hacen porque a uno le nace hacerlas. No por obligación o por cumplir.
—No lo he hecho por eso. Me gustaría explicarte mis motivos.
—De verdad que no hace falta. Si lo has hecho así, es por algo. Lo entiendo y lo respeto. Tampoco ha pasado nada que no me esperara.
—¿No esperabas nada por mi parte?
—Sinceramente, no.
Me miró un poco descolocado por mi respuesta.
—Sira… De verdad que hay un motivo.
—¡Sira!
El grito de June llegó alto y claro desde la planta de abajo y que me llamara se lo agradecí en el alma. Porque ni quería ni podía seguir hablando del dichoso regalo.
O del no regalo que me había hecho.
—Voy a bajar. Ya sabes lo impaciente que es.
Asintió mirándome de una manera que no supe interpretar.
Había algo raro en su mirada, algo distinto, algo nuevo. O quizá eso siempre había estado ahí y él no me lo había dejado ver. O yo no lo había visto.
Pero, fuera lo que fuera, no lo pensaría.
La decisión estaba tomada y esos motivos que decía y esa manera distinta de mirarme se quedarían en el aire. Me quedaría sin saberlos porque, cuando volviera de su viaje, yo solo sería un recuerdo. O quizá ni eso.
Las clases de sevillanas fueron estupendamente.
Lo pasamos de maravilla y hasta Moira y Caelan se atrevieron a dar algunos pasos.
Fue buenísimo verlos a los cuatro bailando o intentándolo. Porque ganas hubo muchas, pero arte poco, la verdad.
Justo después de la cena, todos nos reunimos en el vestíbulo de la casa para despedir a Patrick, que, maleta en mano, estaba listo para marcharse. Tenía un buen camino hasta Dublín y llegaría muy pasada la madrugada. Pero no había querido marcharse antes siendo el día que era.
Todos se pusieron delante y yo me quedé un par de pasos detrás, en segundo plano. Era una despedida familiar y no me pareció oportuno, ya que, como había quedado bien claro, yo no era de esa familia, estar en el mismo plano que los demás.
—Papá, ve tranquilo. Yo me encargo de las cuadras y, si tengo alguna duda, te llamo.
—Gracias, Caelan. Sé que en tus manos todo estará en orden.
—Además, yo lo ayudaré, papá.
Patrick se echó a reír al ver el tono serio y profesional que puso Oisín al hablar.
—No esperaba menos. Entre los dos, el negocio estará muy bien cuidado.
—Abuelito. Y yo los vigilaré de cerca. A uno para que no sea un capullo otra vez y al otro para que no se pase de listo.
La carcajada fue general.
Si es que mi niña tenía cada cosa que, virgencita. Y encima las soltaba así, sin filtro y sin pensarlas.
Patrick se agachó a su altura y June, sin pedirlo siquiera, se tiró a sus brazos.
—Sabiendo que te quedas al mando, me voy mucho más tranquilo. Si se pasan un pelo, cuando vuelva me lo dices y los castigaré sin montar una semana.
—¿Una semana?
—¿Te parece poco?
—Nooo… Me parece muchísimo. Porque, si ellos no salen, yo tampoco lo haré por solidaridad y me fastidias a mí —dijo frunciendo el ceño.
Caelan hasta tenía las lágrimas saltadas de la risa. Bueno, y los demás estábamos parecidos.
Todos menos Ellen, claro, que estaba seria y mirando la escena con aburrimiento.
Es que no se podía ser más desaborida y siesa que ella. De verdad que no.
Patrick cogió a June en brazos y se la pasó a Caelan, que la apretó contra su pecho.
—Moira, cualquier cosa de la casa, no dudes en llamarme.
—Ve tranquilo, yo me ocupo de todo.
Asintió.
Sin que ninguno lo viéramos venir, Ellen se acercó hasta él y le dio un abrazo y un beso demasiado cerca de la comisura de los labios.
—Ten cuidado en la carretera y mándame un mensaje cuando llegues. Yo les diré a todos que estás bien mañana, ya que cuando llegues estarán dormidos.
—Lo haré.
Patrick cogió la maleta y le vi dudar.
Vi cómo dudaba si acercarse a mí para despedirse con un abrazo y un beso, como había hecho con todos mientras habían ido hablando.
No quise que tuviera que hacer nada que no le saliera de dentro, así que se lo puse fácil. Fui yo la que me adelanté.
Me puse al lado de Moira y me agarré a su brazo a la vez que hablaba.
—Que tengas buen viaje. Y espero que los problemas no sean muy grandes y se solucionen rápido.
Hizo un amago de sonrisa, porque fue un amago. Ni media sonrisa ni una entera, sino más bien una mueca. Y se me quedó mirando unos segundos.
Suspiró.
Yo le dediqué mi última sonrisa, aunque eso él no lo sabía en ese momento. Una sonrisa triste. Porque no me salió de otra manera.
—Gracias. Espero que así sea. Hasta dentro de unos días, familia.
—Hasta dentro de unos días —contestaron todos.
—Adiós —añadí yo antes de que saliera por la puerta.
Ellen fue la primera en marcharse del vestíbulo.
Caelan y los chicos, los siguientes, directamente al piso de arriba para acostarse.
Y, cuando me fui a soltar de Moira para subir yo también, me sostuvo el brazo para retenerme.
—¿Adiós?
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Le has dicho adiós.
Cerré los ojos unos segundos y cogí aire antes de contestarle, sabiendo lo que vendría.
—Sí.
—Te marchas —no preguntó, afirmó frunciendo el ceño.
—Sí. Si hay un vuelo, lo haré mañana.
—Sira…
—Es lo mejor.
—¿Lo mejor para quién?
—Para todos.
—Eso no es así. June se disgustará mucho.
—No lo hará. Ella ya sabía casi desde que vinimos que después de Navidad me iría.
—¿Y qué pasa con Patrick?
—¿Qué pasa con él?
—¿Así se acaba lo vuestro? ¿Con dos sonrisas forzadas y un adiós?
—No hay nada nuestro, Moira. Lo has visto tan bien como yo.
Se me puso un nudo en la garganta que apenas me dejaba tragar saliva.
—Pero tú lo quieres, lo sé.
—Pero él no. Y, como bien sabes, el cupo de sufrir lo tengo completo. Necesito irme. Olvidarlo. Y volver a cerrar mi corazón. No debería haberlo abierto —dije lamentándome.
—Creo que él también siente algo por ti. Pero está asustado, niña. Abrir el corazón después de una pérdida no es fácil.
Suspiré dos veces seguidas.
—Si hay algo de razón, que no lo creo, en eso que dices, marchándome se lo pondré fácil. Él seguirá con su vida. Con su familia. Y sin sufrir.
—Y serás tú la que sufra por los dos.
—Al parecer es algo normal en mí. Sufrir por amor y por perder.
Me miró con los ojos llenos de lágrimas y, sin poder resistirnos, nos fundimos en un abrazo que duró todo lo que las dos necesitamos.
—Te echaré de menos.
—Yo también.
—Sube a descansar, anda. Mañana te espera un día muy duro.
Asentí y, después de darle un último beso, subí a mi habitación.
Llevaba media hora preparando la maleta después de buscar un vuelo que, por suerte, encontré, como quería, para el día siguiente a las diez de la mañana, cuando la puerta de la habitación se abrió.
Me giré extrañada, pensando que sería June.
Ya había pasado a darle las buenas noches por la habitación que compartía con su padre y apenas me contestó porque estaba más dormida que despierta.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que la que estaba allí era Ellen.
—¿Qué quieres?
—Pues venía a preguntarte cuándo te ibas a ir. Pero, viendo lo que estás haciendo, ya veo que será pronto.
—Sí, me marcho mañana.
—Pues no sabes el peso que me quitas de encima. Así me ahorro tener que pedírtelo.
—¿Por qué tendrías tú que pedirme nada? No es tu casa.
—No lo es. Pero sí la de Patrick.
—Lo sé.
—Él es demasiado considerado para pedirte que te marches. Pero cree que ya deberías haberlo hecho hace días. Tu estancia aquí ya se ha alargado demasiado.
Me quedé helada con lo que me estaba diciendo. ¿Sería posible que fuera verdad que quería desde hacía días que me marchara y no se había atrevido a decirme nada?
—Él no…
No me dejó decir nada, me cortó.
—Claro que no te ha dicho nada. Patrick, como te he dicho, por consideración ha preferido esperar a ver si tú sola te dabas cuenta de que ya era hora de volver a tu país.
Hizo una pausa.
—Esta tarde, cuando has subido a llamar por teléfono, hemos hablado y estaba bastante preocupado por este tema. Así que me he ofrecido a hablar contigo.
Mi dolor se estaba convirtiendo en enfado a cada palabra que decía.
Un cobarde. Eso era lo que me pareció que era Patrick en esos momentos.
Tan hombre que era ya podría haber tenido los cojones suficientes para decirme a la cara que me fuera. Y no mandar a doña Siesa de correveidile a darme su mensaje.
—Pues ya no tiene que preocuparse más. Me marcho mañana, como te he dicho.
—Es lo mejor. Porque, si vuelve y te ve aquí, se disgustará.
—Dios me libre de querer disgustar a nadie —dije poniendo los ojos en blanco—. Y tú también puedes quedarte tranquila, como ves. No ha hecho falta que me dieran su mensaje. Te he ahorrado trabajo.
—Y te lo agradezco. Porque no es plato de buen gusto tener que decirte lo que tú sola deberías haberte dado cuenta.
—Pues como dice el refrán: muerto el perro, se acabó la rabia. Mañana podréis seguir con vuestra vida sin que yo os moleste más.
—Perfecto. Ahora te dejo que sigas haciendo la maleta. Y ya de paso te deseo buen viaje. No estaré levantada cuando te vayas.