Capítulo 29
El resto de la mañana fue un no parar.
Los niños querían jugar con todo a la vez.
Las risas llenaron la casa y el salón fue invadido por fichas, tableros, dibujos de June y una hora completa de música en la que les di a los pequeños una clase exprés de sevillanas que pillaron casi a la primera, mientras Moira, Caelan y Patrick nos acompañaban dando palmas.
Un rato antes de la comida dejamos a los cuatro entretenidos con un juego y Moira y yo nos fuimos a preparar la mesa y a dar el último arreón a la comida.
Empezamos a poner platos y vasos en silencio, pero Moira por dos veces hizo amago de hablar y vi cómo se contenía.
—Habla, que se te va a enquistar dentro.
—Pues mira, sí que te lo voy a decir, porque me está carcomiendo por dentro.
Estaba segura de por dónde iban los tiros de lo que me quería decir y, cuando habló, comprobé que no me había equivocado.
—Me ha parecido feísimo que no te regalara nada. Ya está. Ya lo he dicho.
—Moira…
—Ni Moira ni nada. Joder, qué menos que un frasco de perfume, un jersey, no sé, algo. Cualquier cosa hubiera estado bien y hubiera quedado como un señor.
—Ya me lo esperaba —dije sincera.
—¿En serio? —preguntó alzando una ceja, sorprendida.
—Pues sí. No somos nada. No tenía por qué regalarme nada. Aquí no soy nadie. Solo alguien que está de paso y que no pertenece a esta familia.
—Sira… No digas eso.
—¿Por qué? Es la verdad.
—Para June eres alguien. Para Oisín y para mí también. Incluso podría incluir a Caelan. Te ha cogido mucho cariño en los pocos días que te conoce.
—Pero para Patrick no. Y, como él es el que tenía que hacer el regalo, pues ya está todo dicho.
—Tú dirás lo que quieras, pero no creo que las cosas sean tan simples. He visto cómo te mira.
—No me mira de ninguna manera. Solo como una compañera de cama con la que se está divirtiendo hasta que me vaya.
Murmuró algo por lo bajo, en modo de protesta, que no llegué a entender, más que nada porque lo hizo en irlandés.
Los niños entraron en la cocina y la conversación se quedó en suspenso. O, más bien, se terminó, al menos por mi parte.
No quería seguir dándole vueltas al tema.
—¿Ya está la comida?
—Sí, podéis decirle a papá y al abuelo que vengan.
—Y a la abuela también. Ya se levantó. Ha subido a su habitación a dejar sus regalos.
Moira y yo asentimos.
Diez minutos después todos entraron por la puerta de la cocina y nos sentamos a compartir la abundante, deliciosa y alegre comida navideña.
—Sira, luego tenemos que repetir. La segunda sevillana es la que más me cuesta.
Me eché a reír.
—Vale.
—Pues ya podríais haber bailado todo por la tarde, porque, madre mía, vaya jaleo que habéis formado. No había quien pegara ojo.
Cerré los ojos y me mordí el labio para no darle una contestación.
Había que tener poca vergüenza para decir que no había quien durmiera cuando la señora se había levantado casi a las dos de la tarde.
—Ya era tarde, mamá. Además, si te molestan los ruidos, ponte tapones.
Ale, ahí la llevas, hermosa. Mira, yo no te he dicho nada, pero tu hijo ya te ha dicho bastante.
La comida continuó sin más salidas de tono de Ellen y el peso de la conversación, como siempre, recayó en June y Oisín, que no dejaron de comentar lo mucho que les habían gustado sus regalos.
—A mí me han gustado todos por igual. No sabría elegir uno —dijo Oisín.
—A mí igual. Todos me han encantado —añadió June.
—Pues yo tengo claro cuál es mi favorito, sin desmerecer los demás, por supuesto. Pero el álbum… Ese ha sido… —Caelan se volvió a emocionar y me dio, por ya ni sabía cuántas veces, las gracias con la mirada.
—Pues a mí todos me han gustado. Pero tu regalo, Patrick, creo que ha sido el que más me ha gustado de todos. Ese abrigo es una maravilla y el perfume es mi favorito. Se nota que tienes buena memoria.
Cerré los ojos y apreté los puños por debajo de la mesa sin que nadie me viera.
Un abrigo y un perfume le había regalado a la simpática de la señora y a mí ni un ahí te pudras escrito en un papel.
Perfecto, simplemente perfecto.
Al abrir los ojos pude ver la mirada de desaprobación con la que Moira miraba a Patrick y negué con la cabeza, rogándole que por favor no dijera nada.
—¿Y a ti, Sira, qué te han regalado?
La pregunta de Ellen no fue hecha por ser amable, interesarse o seguir con la conversación.
Fue hecha con malicia para que quedara bien presente que a ella sí y a mí no se me consideraba parte de esa casa ni de esa familia.
Pues, si pensaba que le iba a dar el gusto de verme mal o de hacerme pequeña allí delante de todos, había dado en hueso, porque eso no iba a pasar.
—Muchas cosas preciosas. Luego, si quieres, te las enseño.
Noté cómo Patrick se removía incómodo en la silla al estar justo a mi lado. Vi que quería decirme algo, pero no le di opción.
Retiré la silla hacia atrás y me levanté.
—¿Dónde vas, niña? ¿No quieres repetir postre?
—No me entra nada más, Moira, de verdad. Voy a llamar a Carmen y a Manolo. Seguro que están esperando mi llamada.
—¿Quiénes son esos? —preguntó Ellen.
—Mi familia en España.
—Pues, en vez de llamarlos, si son tu familia, deberías estar allí con ellos celebrando estos días, ¿no?
—Sí, quizá eso hubiera sido lo mejor. Pero ahora ya no puedo dar marcha atrás en el tiempo. Si me disculpáis.
Salí con pasos apresurados de la cocina y, nada más cerrar la puerta, me apoyé en la pared para coger aire y para dejar salir a gusto las lágrimas que llevaba un rato conteniendo.
Mientras sentía un dolor muy grande en el pecho, allí apoyada y oyendo la conversación que seguían manteniendo dentro, tomé la decisión que quizá ya debería haber tomado días atrás.
Irme.
Volvería a España en cuanto encontrara el primer vuelo disponible.
—Joder, mamá, desde luego qué poco tacto tienes.
—¿Qué? No he dicho nada que no sea verdad. Su familia está allí, ¿no? Pues es donde debería estar.
—Yo también soy su familia, por eso está aquí conmigo —dijo June muy segura.
—No. Ella no es tu familia. Esos somos nosotros. Ella solo era la encargada, por cómo se dieron las cosas, de traerte aquí.
—Pero Sira me quiere y yo también a ella. No quiero que se vaya.
—Pequeña, ya sabes que ella solo vino a traerte. Tiene que irse. Su vida está allí, no aquí.
Las palabras de Patrick, esas palabras que tenía grabadas en mi memoria, zanjaron la conversación y también me dieron el último empujón que me faltaba para salir de esa casa y de su vida para siempre.
Dolía.
Dolía mucho.
Los echaría muchísimo de menos a todos. A todos menos a Ellen, claro.
Pero tenía que marcharme ya.
No quería darle opción a Patrick a que fuera él el que tuviera que decirme que me marchara y, por cómo se estaban poniendo las cosas y los comentarios de los últimos días, no quería arriesgarme a que eso pasara.
Subí a la habitación que había estado compartiendo con June, donde, aunque dormía por las noches con Patrick, seguía teniendo mis cosas, y llamé a Carmen.
La conversación duró más de media hora.
Me preguntaron por todos.
Les conté la emocionante mañana que habíamos pasado con los niños, viéndolos abrir los regalos y los bailes de sevillanas improvisados en medio del salón.
Me hizo prometer que le mandaría un vídeo para ver a los pequeños con los trajes.
—Carmen, quiero pedirte algo.
—Lo que quieras, mi niña. Sabes que estoy para ti y para lo que necesites siempre.
—Da un repaso a la casa, por favor.
—Tu casa está perfecta. Manolo y yo hemos ido los sábados, aunque no estabas, a ventilar y te he limpiado un poco.
—No, a ese piso no. A mi casa.
Noté, sin verla, cómo contenía el aliento y cómo se quedaba unos segundos sin saber qué decir.
—¿Vas a volver aquí? ¿Vas a vivir otra vez en tu casa, en el patio? —preguntó emocionada.
—Sí. Ya he estado demasiado tiempo fuera. Quiero volver, necesito volver allí.
—No sabes la alegría que me das.
Reí.
—Me lo imagino. Sé que no debí marcharme, pero…
—Lo sé, Sira. Me hago cargo, cariño. Lo necesitabas. Aquí dolía.
—Sí que dolía.
—Y te vas porque ahora allí duele, ¿no?
Cerré los ojos y solté un suspiro.
Carmen me conocía mejor que nadie y sabía solo por mi tono de voz que algo no iba bien. No pensaba ocultarle nada. Siempre le había contado todo y esta vez no sería distinta.
Pero lo haría cara a cara, no por teléfono.
—Sí que duele.
—Eso quiere decir que has vuelto a sentir.
—Pues ojalá no lo hubiera hecho.
—Sira… Es Patrick, ¿verdad? Te has enamorado de él.
Era una tontería negarlo.
No quería que pasara. No estaba preparada para que pasara. Ojalá no hubiera pasado.
Pero había pasado y ahora tendría que vivir con ello. Vivir con el dolor de amar a un hombre que no sentía lo mismo por mí ni lo sentiría nunca.
Amé una vez y la vida me lo quitó de la peor manera.
Ahora amaba otra vez y la vida no estaba tampoco de mi parte.
Desde luego que el amor no era lo mío y cuanto antes lo asumiera, mucho mejor; eso pensé mientras contenía las lágrimas para que Carmen no me oyera y se preocupara más de lo que ya parecía estar.
—No puedo ni quiero hablar de ello ahora. Prefiero contártelo mientras me como un plato de tu delicioso puchero.
—Pues aquí te espero. Lo tendrás listo el día que llegues.
—Pues compra todo, porque espero llegar en los próximos días.
—¿Tan pronto?
—En cuanto encuentre un vuelo. Si hay uno mañana, mejor que pasado. Necesito salir de aquí ya. Necesito volver a mi vida.
—Sira… Tu vida ya no será la misma que antes de marcharte. Porque tú ya no eres la misma.
—Lo sé. Pero lejos de aquí al menos dolerá menos y la rutina del tren me vendrá bien. Además, necesito ir a verlo, necesito hablar con él.
Era de Emilio de quien hablaba.
Estando en Sevilla, iba al menos una vez al mes al cementerio y me sentaba al lado de su tumba. Le hablaba. Le contaba mis días. Le decía lo mucho que lo echaba de menos.
En la próxima visita, que sería de las cosas que primero haría al llegar a Sevilla, necesitaría una visita más larga de lo normal para contarle cómo se había puesto mi vida patas arriba.
Y para decirle que por fin había cumplido la promesa que le hice de seguir, aunque no había salido muy bien.
—Avísame cuando llegues y Manolo y yo te iremos a recoger al aeropuerto.
—Sí. En cuanto lo sepa, te mando un mensaje. Ahora voy a bajar, seguro que June está ansiosa por seguir con la clase de baile.
—Dales a todos un beso de nuestra parte y felicítales la Navidad.
—Lo haré. Y Carmen… Gracias por estar.
—Gracias a ti por dejarme estar, cariño. Nos vemos pronto. Un beso.
—Un beso.
Colgué y me quedé un rato mirando al vacío con el teléfono en la mano.