Dos veces en la vida Capítulo 28
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Capítulo 28

Navidad.

Qué pronto se habían pasado los cuatro días desde que Caelan había llegado, pensé nada más abrir los ojos esa mañana.

Habían sido cuatro días más que perfectos.

June estaba pletórica.

La conexión con su padre, del que no se había separado ni de noche ni de día, era impresionante. Ni con su madre la había visto tenerla así, y eso que con ella había estado los tres primeros años de su vida.

Pero con Caelan, en solo cinco días desde que llegó, ya se hablaban con la mirada, se contestaban antes de terminar las preguntas y no dejaban de darse muestras de cariño el uno al otro en ningún momento.

Habían hecho infinidad de cosas, a las que Oisín, por petición de los dos o por iniciativa propia, se les había unido.

Habían jugado, bailado, cabalgado, pasado horas y horas en las cuadras con los caballos y, sobre todo, con Rebujito, que, como dijo el veterinario, iba a ser, o ya lo era, el consentido de la casa.

También habían ido los tres solos al mercadillo, del que volvieron cargados de dulces, más adornos, algún capricho y totalmente agotados.

Patrick no podía mirarlos sin sonreír. Estaba feliz, muy feliz.

Y no solo por verlos felices a ellos, sino por el cambio tan positivo que había dado su hijo.

Por lo responsable que parecía haberse vuelto en cuestión de horas, estando en todo momento pendiente de las necesidades de su hija y también de su hermano, al que no había dejado de lado en ningún momento y con el que hablaba de todo. Hasta le pedía consejo en algunas cosas.

Y no solo era Patrick el que sonreía al verlos.

Moira y yo lo hacíamos igual.

Las dos cruzábamos muchas miradas de satisfacción cuando veíamos que esa familia, ahora sí, era una familia de verdad.

La que no parecía estar muy contenta con la situación era Ellen. Hablaba poco, pero, cuando lo hacía, era para soltar alguna puya de la que los demás hacíamos oídos sordos.

Eso sí, era lista y sibilina. A nadie que hubiera visto su comportamiento como lo había visto yo se le habría pasado por alto que, cuando soltaba cosas dañinas, comentarios inapropiados o intentaba, sin mucho éxito, manipular a Caelan, siempre lo hacía cuando Patrick no estaba delante.

Caelan no se enfrentaba en ninguna de esas ocasiones a ella directamente ni tampoco le contestaba o discutía. Simplemente, la fulminaba con la mirada o la ignoraba.

Y, desde luego, yo también pensaba como él. Mejor ignorarla que discutir delante de June o de Oisín cosas que no tenían sentido. Cosas de una mujer a la que claramente lo que le pasaba era que estaba celosa.

Celosa de su propia nieta.

Nieta a la que apenas le dirigía la palabra, ni le había dado un beso, un abrazo o una pequeña muestra de cariño.

Desde luego, era una pena que fuera de esa manera. Con lo mucho que podía disfrutar con todos, se estaba perdiendo unos momentos estupendos, únicos e irrepetibles por sus celos, su soberbia y por la maldad que recorría sus venas.

—Sevillana, ¿estás despierta?

—Desde hace un rato.

—¿Pensando?

—Sí.

—¿En qué?

—En Caelan y June. Y también en Oisín. En lo bien que se llevan y en lo bonito que es verlos juntos.

—Todavía estoy que no me lo creo.

—Pues créetelo.

—¿Sabes qué?

—Dime.

—Te lo iba a contar anoche, pero al final tu cuerpo me distrajo y se me olvidó.

Solté una carcajada mientras Patrick me pegaba a su cuerpo.

—Tendrás morro. ¿Mi cuerpo te distrajo? Tú te distraes solo, miarma.

Rio mientras sus manos empezaban a acariciar mi trasero desnudo. Desnudo, sí. Porque ya había desistido de ponerme pijama por las noches y dormía desde hacía unos días desnuda. El motivo de tal decisión fue que tardaba yo más en ponérmelo que él en volver a quitármelo.

Hundió su cabeza en mi cuello y empezó a besármelo despacio y a darme suaves pasadas con su lengua.

—Patrick…

—Hum…

—Que no te distraigas y me cuentes lo que me ibas a decir.

No paró. Ni caso me hizo.

Fue más allá y sus manos subieron por todo mi cuerpo hasta mis pechos.

—Luego. Ahora no puedo pensar en nada más que en hacerte mía.

No me dio opción a protestar, retirarme, negarme —cosa que ni de coña haría— o preguntar nada más.

Los siguientes minutos se empleó a fondo para darme un regalo de Navidad muy placentero.

Salimos de la ducha, donde yo le di mi regalo de Navidad personalizado. Uno también lleno de placer, en el que me arrodillé y con mi boca no paré de engullir su miembro hasta que conseguí que se corriera en ella.

Empezamos a vestirnos mientras los primeros rayos de sol del día se colaban a través de la ventana.

Era pronto, pero estábamos seguros de que los niños apenas tardarían unos minutos en levantarse para abrir sus regalos.

—¿Me cuentas ya eso que dices que se te había olvidado?

—Ayer Caelan vino al despacho a hablar conmigo.

—¿Le ocurre algo?

—No. Vino a decirme que quiere implicarse en el negocio. Que quiere trabajar conmigo. Que quiere aprender todo lo que yo sé.

—Eso es fantástico, ¿no?

—Pues sí —contestó sonriendo—. Y hay más.

—¿Más?

—Me pidió poder quedarse a vivir aquí.

Hacía años que Caelan vivía con su madre en el pueblo de Cloyne, que estaba apenas a quince minutos de distancia. De ahí la petición a su padre.

—Vaya, eso es genial.

—Sí que lo es. Quiere vivir aquí con nosotros. Quiere que June se críe aquí. Quiere recuperar lo que, según él, ha perdido.

—Me alegro mucho. Por él, por June y por ti. Sé que esa petición te ha hecho muy feliz.

—La verdad es que sí, estoy muy contento. La que no lo va a estar mucho será Ellen cuando se entere —dijo resoplando.

—Pues tendrá que aceptarlo. No le va a quedar otra. Su hijo es adulto y es muy capaz de tomar sus propias decisiones.

—Sí, tendrá que aceptarlo, pero por el camino tocará los cojones todo lo que pueda.

—Bueno, ya cruzaréis ese puente cuando llegue. Ahora vamos abajo, ya los oigo gritar y no podemos perdernos sus caras al ver los regalos.

—Vamos.

Cuando llegamos al salón había un auténtico caos.

June y Oisín corrían alrededor de los regalos hablando atropelladamente.

El pobre Caelan les pedía calma y silencio sin éxito mientras Moira se reía a carcajadas.

De Ellen no había ni rastro, cosa que no me sorprendió, ya que la señora antes de las doce de la mañana no se había levantado ni un solo día.

Al parecer, ese era su modo de vida. El que también había sido hasta hacía poco el de Caelan.

Trasnochaba yendo de cenas, fiestas, discotecas y bares, o a reuniones en casa de algún «amigo». Por la mañana, por supuesto, al haberse pegado la fiesta padre, la señora tenía que descansar y recuperarse para repetir lo mismo día tras día.

A mi modo de ver, una vida aburrida y rutinaria que puede que disfrutes de forma esporádica, pero no constante.

Desde luego, se lo había montado de puta madre desde que se separó de Patrick. Viviendo sin dar un palo al agua de la pensión que él le pasaba, primero por obligación hasta que su hijo fue mayor de edad.

Y luego él, que de bueno era tonto, seguía dándosela por pena, por costumbre o por no tener problemas con su hijo y que no viera que dejaba a su madre desamparada.

En fin, que era una pena que por un día no hiciera el esfuerzo y se levantara, aunque solo fuera un rato, para ver disfrutar a su hijo y a su nieta de su primera Navidad juntos.

—¿Podemos abrirlos ya, papá? Porfi, porfi, porfi…

Caelan soltó una carcajada a la vez que negaba con la cabeza.

—¿No queréis desayunar primero?

—No —dijeron los dos niños con rotundidad.

Nos miramos los cuatro adultos y nos echamos a reír.

—Vamos allá, yo también quiero saber qué me ha dejado Papá Noel.

—¡Sí! El abuelo sí que sabe tomar buenas decisiones. Venga, rápido, sentaos.

Obedecimos. Qué remedio nos quedaba.

June fue la primera en abrir sus regalos.

Su padre se pasó un poquito consintiéndola, pero nadie dijo ni mu. Era su primera Navidad y los primeros regalos que le hacía a su hija, a la que, según él, le debía muchos.

Por su parte, recibió un maletín de pinturas tan grande que apenas podía levantarlo, varios blocs de dibujo, algunos juegos de mesa, ropa y una bicicleta.

Un traje de montar con todos los accesorios que le encantó por parte de su abuelo, una muñeca preciosa y algún juego.

Ropa y más juegos por parte de Moira.

Y, cuando abrió el mío, su chillido inundó el salón.

Un par de semanas atrás había pedido a una tienda que conocía en Sevilla que me confeccionaran un traje de flamenca para ella. La chica había hecho un trabajo magnífico. Me lo mandó en un tiempo récord. Y no solo el vestido, sino todos los complementos necesarios, incluidos unos zapatitos de tacón.

—En cuanto desayune, me lo pongo todo. Sé algunos pasos, pero no todos. Sira, tú bailas muy bien sevillanas, me tienes que enseñar antes de que te vayas.

Sonreí con tristeza y vi cómo Moira me miraba negando con la cabeza al darse cuenta de que Patrick no había dicho nada ante el comentario de su nieta, recordándome que mi partida estaba cerca.

—Claro. Luego te enseño los pasos básicos, el resto puedes verlo en internet. Le dices a papá que te ponga algún vídeo y ya está.

—Perfecto. Venga, Oisín, te toca.

Oisín, igual que había hecho ella, abrió todos los suyos.

Recibió juegos, libros, un traje nuevo de montar, un juego para la consola que llevaba tiempo queriendo y, por mi parte, un traje de corto que hacía juego con el de June y que le encantó.

—Me gusta mucho, Sira. Gracias.

El abrazo que me dio me llenó el alma. Era un niño muy especial que, al igual que el resto de los miembros de esa familia, se me había metido bien dentro en el corazón.

Incluso Caelan ya tenía su huequito, y eso que nada más conocerlo le hubiera dado una patada en el culo.

Pero su cambio había sido tan bueno y ver cómo trataba a todos los de esa casa hacía difícil no quererlo.

Caelan abrió los suyos. Otro traje de montar, colonia, ropa y, por mi parte, un álbum de fotos de June y Victoria que tenía guardado desde que recogí sus cosas en el sitio donde las dos vivían.

Se emocionó tanto al verlo que acabó llorando abrazado a mí, haciéndome soltar unas lagrimitas.

Moira y Patrick recibieron ropa, perfume y, por mi parte, ella un abrigo con guantes, gorro y bufanda a juego, y Patrick una camisa y un álbum también de fotos, con su nieta, Oisín, los caballos y alguna de Caelan que metí a última hora.

Cuando llegó mi turno, no pasó nada que no me esperara. Moira me regaló un bolso y un jersey preciosos. Caelan me sorprendió con un perfume y unos guantes que me encantaron.

Y por parte de Patrick…

Nada.

Eso fue lo que recibí.

Como he dicho, no me sorprendió. Sinceramente, no esperaba nada de él.

Pero una cosa era no esperarlo y otra que no doliera.

Las caras de los demás fueron un poema, aunque yo disimulé lo mejor que pude.

Me limité a sonreír y a centrarme en June y Oisín para que nadie viera el golpe que acababa de llevarme.