Capítulo 27
Me acurruqué contra el cuerpo de Patrick en cuanto nos metimos en la cama.
—No ha ido mal, ¿verdad?
—Ha ido muy bien —contesté.
Y era cierto. Totalmente cierto.
El encuentro entre June y Caelan había ido realmente bien.
Al principio, Caelan entró en la cocina totalmente cortado y sin saber qué hacer ni qué decir.
Pero los niños son los reyes de romper el hielo y mi pequeña, con el arte que tenía, fue la que se encargó de ello, tomando las riendas de la situación y poniéndoselo a su padre muy fácil.
Al verlo entrar en la cocina y ver que no dejaba de observarla, se levantó de la silla, se acercó a él y, con la mano, le pidió que se agachara para que quedaran los dos a la misma altura.
Le pasó la mano por el pelo y después por la cara, haciéndole sonreír.
Cerré los ojos un momento para recordar la breve conversación que tuvieron, suficiente para conectar.
—Tenemos el mismo pelo y los mismos ojos. Pero quiero saber si nos parecemos en algo más.
—¿En qué?
—¿A ti te gustan los caballos?
Todos los presentes contuvimos la risa al ver la cara de desconcierto de Caelan ante la pregunta de su hija.
—Claro que me gustan.
—Entonces nos llevaremos bien, porque a mí me encantan.
Ahí Caelan se echó a reír y le acarició el pelo.
—¿Sabes una cosa?
—No, pero quiero que me la cuentes.
—Hoy el abuelo me ha regalado un potro. Es mío, solo mío. Y le he llamado Rebujito.
La carcajada de Caelan llenó la cocina.
—Muy andaluz ese nombre.
—Claro, es para que, cuando lo monte, me acuerde de dónde vengo. Para recordar mi querida Sevilla y a mamá, que se ha quedado allí.
Todos contuvimos el aliento. Caelan, el que más.
—Eso está muy bien.
—¿Tienes hambre, papá?
Cuando lo llamó papá, así, como si fuera lo más natural del mundo, a Caelan se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pues la verdad es que sí.
—Ven, siéntate conmigo y mientras comes te enseño mis dibujos. Oisín dice que son mejorables, así que me estoy esforzando para que las patas de los caballos sean todas iguales.
—Si Oisín lo dice, tú hazle caso. Es el chico más listo que conozco.
—Lo sé. Él sabe mucho de todo. Hasta sabe que eres un capullo.
Todos contuvimos la risa al ver cómo Oisín se ponía rojo de la vergüenza hasta la raíz del pelo.
Caelan, riendo, la cogió en brazos, se sentó en la silla que ella estaba ocupando y la acomodó en su regazo.
Mientras June sacaba los dibujos que tenía en su inseparable carpeta y los ponía encima de la mesa, Caelan agarró por los hombros a Oisín, que estaba sentado justo a su lado, y le habló bajito. Pero no tanto como para que los demás no lo oyéramos.
—Así que soy un capullo, ¿eh?
—Yo… Lo siento .
—Oisín, no pidas perdón por decir la verdad. Yo diría que hasta te has quedado corto. Lo cierto es que soy un gran capullo. Pero quiero pedirte algo.
—¿El qué?
—¿Me ayudarás a dejar de serlo?
Oisín rio y los demás sonreímos al ver cómo los hermanos se comportaban por primera vez como eso, como hermanos.
—Por supuesto que lo haré. Y voy a empezar ahora mismo. Apunta. Primera lección: no vuelvas a llamarme mocoso, canijo o enano nunca más.
La cocina se llenó de risas.
—Apuntado. Nunca más volveré a hacerlo. Y perdóname por todas las veces que lo hice, ¿sí?
—Perdonado. Ahora vamos a comer mientras vemos los dibujos de tu hija. Que ya verás qué arte tiene la niña. Esta nos sale pintora o veterinaria. No hay más opciones.
Y así fue como en apenas cinco minutos Caelan se ganó a su hija. Recuperó a su hermano. Y, por primera vez yo creo que en la vida, su padre se sintió orgulloso de él por hacer las cosas bien. O más que bien, diría yo.
La única que no estuvo muy contenta y que ni rio ni sonrió ni siquiera una vez viendo esa adorable escena fue Ellen.
Y durante la comida, en la que nos sentamos todos juntos y en la que no faltó tema de conversación, ni risas, ni preguntas de June a su padre y de él a ella, fue la única que no intervino.
Pero lo peor es que miraba a June como si fuera una amenaza, como si fuera una ladrona que se había presentado en Irlanda a robarle a su hijo.
Pues iba a tener que aguantarse, porque el vínculo que se creó entre June y Caelan durante esa comida y el resto de la tarde no lo rompería ni ella ni nadie nunca.
—Es un buen chico.
—El muchacho que ha salido de ese despacho y el que ha sido esta tarde es un nuevo Caelan. Es como si hubiera madurado de golpe en una hora.
—Se ha llevado una hostia de realidad.
—Sé que ha sufrido oyéndote hablar, pero, si el resultado es este, bendito sufrimiento.
—Todo va a ir muy bien.
—Eso espero. Creo que por parte de Caelan todo será fácil, pero Ellen no va a aceptar esta situación tan fácilmente. Intentará manipularlo, lo sé, la conozco —dijo preocupado.
—Caelan no la va a dejar hacerlo. Antes su madre era su prioridad. Pero hoy has visto igual que yo que su hija va por encima y por delante de todo lo demás.
—Espero que tengas razón.
—La tengo.
—Sira…
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por todo. Por cuidar a June. Por traerla. Por hacerlo fácil. Por la paciencia y el temple que has tenido hablando con Caelan.
—No me des las gracias. Solo he hecho lo que tenía que hacer.
—Sí te las doy. Y ahora voy a pagarte la que te debo por no retorcerle el cuello a mi hijo cuando, como dice Oisín, se ha comportado como un capullo nada más llegar.
Levanté la cabeza, que tenía apoyada en su pecho, y lo miré sonriendo.
—¿Y cómo me la va a pagar? ¿Qué tiene en mente, señor Kavanagh?
—No te haces idea de cómo me pone que me llames así.
—¿Señor o Kavanagh? —pregunté acercando mi boca a la suya.
—Las dos cosas —contestó antes de devorarme los labios.
Mientras me besaba, sus manos bajaron hasta mi cuerpo y empezó a acariciarme lentamente.
Desde los muslos subió por mis caderas hasta llegar a mis costados y luego a mis pechos.
—Esto me estorba —dijo tirando de mi ropa.
—Quítalo.
Dicho y hecho.
En menos de dos minutos me tenía completamente desnuda encima de la cama.
—Eres preciosa. Y toda mía. Voy a besar, lamer y venerar todo tu cuerpo toda la noche.
—¿Es una amenaza?
—Sí —respondió haciéndome reír.
La risa se me cortó de golpe cuando se metió un pezón en la boca y me lo succionó, haciéndome jadear, a la vez que al otro le daba atención con sus dedos, pellizcándolo.
Cuando le pareció suficiente tortura, bajó besándome todo el cuerpo hasta llegar a mi monte de Venus.
Primero me acarició lentamente con los dedos toda mi apertura mientras con la lengua me daba pequeños toques en el clítoris y soplaba a la vez, haciendo que me encendiera del todo.
Bien sabía él cómo hacer que me derritiera entre sus manos.
En todos los días que llevábamos acostándonos, habíamos llegado a tener tal conexión en la cama que no nos hacía falta ni hablar para saber qué quería el otro en un momento dado o qué necesitaba según el momento.
Como, por ejemplo, aumentar el ritmo, cambiar de postura o hacerlo de forma más dura o salvaje.
Agarré su pelo sin tirar demasiado cuando introdujo su lengua dentro de mí y empezó a moverla de manera enérgica, sin darme tregua.
—No puedo más, voy a…
No terminé la frase.
Bajó la mano e introdujo tres dedos de golpe dentro de mí para aumentar mi placer mientras me succionaba el clítoris, que parecía que se le iba a quedar pegado a los labios para siempre.
Diez segundos después me dejé ir en su boca.
Al parecer, esa noche necesitaba descargar la tensión del día. Lo supe por la postura en la que me puso en cuanto sacó la cabeza de entre mis piernas.
Me giró en la cama y me levantó las caderas para pegarme a él.
—No voy a ser delicado —me avisó.
—No lo seas.
—Bien, pues agárrate donde puedas.
Me agarré con fuerza al nórdico que había quedado debajo de nosotros a la vez que entraba en mí de una sola y fuerte estocada.
Los siguientes minutos en la habitación solo se oyeron sonidos de pasión desenfrenada.
Mis jadeos.
Los suyos.
Nuestros cuerpos chocando el uno contra el otro.
Y alguna palmada que recibió mi trasero.
Las estocadas fueron fuertes, certeras, sin medida ni control.
Me dio todo lo fuerte y rápido que fue capaz. Sin parar. Sin detenerse un solo segundo. Y así siguió hasta que los dos nos dejamos ir a la vez, compartiendo un orgasmo mientras jadeábamos el nombre del otro.
Caímos en la cama rendidos, pero satisfechos.
—¿Estás bien?
—Mejor que bien.
—¿No me he pasado?
—No.
—¿Seguro?
—Segurísimo. Puedes pasarte así todas las veces que quieras.
Se echó a reír.
—Así que todas las veces que quiera, ¿eh, sevillana?
—Ajá…
—Pues vamos a comprobar si estás en forma.
—¿Qué?
—Vamos a ver qué tal se te da cabalgar. No puede ser que June lo haga mejor que tú. Voy a darte unas clases de monta.
Ahí la que rio fui yo cuando, mientras me decía eso, me levantó en volandas y me sentó encima de él, a horcajadas, entrando en mi interior según me hacía bajar.
Virgen del Rocío… Qué facilidad de recuperación tenía este hombre, pensé mientras empecé a moverme encima de él. Y eso que tenía cuarenta años. No quise pensar cómo sería haberlo pillado con veinte.
Esa noche cumplió lo prometido. Caímos rendidos al amanecer.