Capítulo 25
Oisín y June iban superentusiasmados de camino a la casa, hablando de que por la tarde volverían a ver al potrillo.
O a Rebujito, como había sido bautizado por June nada más nacer.
Ellos iban delante, por el camino de tierra, y Patrick y yo dos pasos por detrás, sonriendo al verlos tan contentos.
Me pasó una mano por el hombro y me atrajo hacia él.
—¿Qué te ha parecido la experiencia?
—Me ha fascinado.
—Todo el mundo se sorprende y se maravilla la primera vez que ve nacer un caballo.
—Tú estarás acostumbrado y ya te parecerá todo normal. Pero nosotras hemos pasado unos nervios increíbles. Casi me da un patatús cuando lo he visto salir.
Se echó a reír.
—Eso solo pasa las primeras veces. Después estás expectante, un poco nervioso también, pero lo vives de otra manera.
—Sí. Ya lo he visto. Para Oisín y para ti ha sido como dar un paseo. Ni os habéis inmutado.
—A vosotras os pasará lo mismo, ya lo verás.
No, a nosotras no. Porque yo no veré ninguno más. Este ha sido el primero y el último.
Eso fue lo que quise decirle, pero ¿para qué?, me dije. Las cosas estaban como estaban y eran lo que eran. Así que lo mejor era no hacer más leña del árbol caído ni hacerme más daño a mí misma pensando negativamente.
—Sí, June se acostumbrará a ver potrillos en nada. Será toda una experta en menos de lo que canta un gallo.
Noté cómo, tras mis palabras, su cuerpo se tensaba. Al parecer, se dio cuenta de que solo había metido a June en la ecuación y que yo me había dejado fuera.
—Sira… Respecto a lo de esta mañana, quería decirte que…
No llegó a terminar la frase porque unas palabras de June cortaron nuestra conversación de golpe.
—Abuelo, ¿quiénes son ellos? —dijo apuntando a un coche que estaba en la puerta de la casa y del que se estaban bajando un chico joven y una mujer algo más mayor.
Yo supe quién era el chico solo con ver su pelo.
Caelan Kavanagh.
—Problemas, eso es lo que son —murmuró Patrick para sí.
June no lo oyó, pero yo sí. Y, aparte de oírlo, vi cómo su rostro mutaba. Cómo la más pura seriedad se imponía en su mirada y también algo más. Algo así como fastidio.
Pero no por ver al chico, sino a la mujer, a la que miraba con los ojos entrecerrados.
Una idea se me cruzó por la cabeza y no quise quedarme con la duda.
—¿Es Ellen? —susurré.
—Lo es. Y no sé qué coño hace aquí. Hace mucho tiempo que no pisaba esta casa.
—Pues creo que vamos a enterarnos en breve. Y creo que no te va a gustar, porque mira lo que están haciendo.
Los dos nos quedamos mirando cómo Ellen sacaba del maletero dos maletas enormes. Estaba claro que eran de ella y no de su hijo.
Se avecina tormenta, pensé al ver la cara de desconcierto y, por qué no decirlo, de cabreo de Patrick.
Me separé de él y fui, sin pensármelo, directamente a coger a June en brazos. Algo en mi interior me dijo que lo hiciera a modo de protección para enfrentarla por primera vez al momento de ver a su padre.
Y no solo a él, sino también a su abuela.
Los observé mientras nos acercábamos los cuatro por el camino.
Caelan, como esperaba, era una auténtica copia de Patrick. Mismo pelo, mismos ojos, misma constitución. Pero había algo que no era igual.
Su postura, apoyado en el capó del coche, era la de un tío con la chulería corriéndole por las venas. Y, además de chulería, cuando me acerqué más y vi su mirada, comprobé que tampoco tenía nada que ver con la mirada limpia de su padre y de su hermano.
En su mirada había desafío, altanería y un pasotismo increíble.
Miré a Ellen.
Ya me había hecho más o menos una idea en la cabeza de cómo podía ser por todo lo que me había contado Patrick.
Pero, desde luego, ese hombre era prudente y comedido, porque se había quedado corto en su descripción.
Físicamente sí que era como me la había descrito.
Rubia. Alta. Con muy buen cuerpo. Con unos ojos negros que transmitían exactamente lo mismo que los de su hijo.
Parecía inofensiva.
Pero no lo era.
Su pose chulesca. Su cabeza alzada, diciendo: «Aquí estoy yo porque he venido». La soberbia y la malicia, porque, por qué no decirlo, era lo que transmitían sus ojos, me dijeron que los siguientes días de tranquilos no iban a tener nada.
Oisín se adelantó unos pasos y fue directo hacia su hermano, sonriendo para saludarlo. Hacía muchos días que no lo veía y era normal su entusiasmo.
—¡Caelan!
—Mocoso, salúdame de lejos, que seguro que apestas a caballo.
Hijo de puta…
Sí, eso fue lo primero que se me pasó por la cabeza llamarle al ver el desprecio con el que le habló al niño, dejándolo cortado cuando quiso abrazarlo. Con la mano le hizo frenar para que no se le acercara.
Patrick apretó los puños y se mordió los labios para no soltarle cuatro gritos y varios insultos, seguramente porque estábamos nosotras delante.
—Vaya… Tanto tiempo hace que no te veo que te has agenciado a una niña y la has dejado preñada. Qué bien escondido lo tenías, porque tu hijo de esto no sabía nada.
Bonito saludo que nos daba la arpía.
Oisín, que sí entendió sus palabras, al menos en parte, se cruzó de brazos dejando claro su enfado.
Patrick echaba fuego por los ojos.
June me miró confundida y después los miró a los dos con la boca abierta.
Y yo…
Yo tuve que hacer acopio de toda la contención que pude para no soltarle cuatro frescas a esa impresentable que nada más vernos había sacado conclusiones erróneas.
Y encima las dijo de manera despectiva.
June giró la cabeza hacia Patrick y le preguntó, con toda la inocencia de la niña de tres años que era, lo que estaba deseando saber.
—¿Es él?
—Sí, lo es —le contestó con pesar.
—Papá, desde luego tus genes son fuertes. Otra que te ha salido a tu imagen y semejanza —dijo Caelan riéndose.
—Oisín, por favor, ve dentro con June y dile a Moira que os ponga la comida. Ahora vamos nosotros.
Buenísima idea me pareció esa.
Era mejor que los niños no estuvieran delante cuando se desatara el desastre.
Porque se iba a desatar cuando supieran la verdad. De eso estaba segurísima.
Oisín, como el buen chico que era, se acercó a nosotras y, en cuanto bajé a June al suelo, la agarró de la mano. Se agachó a su altura y le susurró algo al oído que ninguno llegamos a oír.
Algo que hizo que June sonriera y se fuera de su mano corriendo dentro de la casa.
Al marcharse los niños, se hizo el silencio entre los cuatro.
Un silencio denso, incómodo, uno que, mientras duró, hizo que los cuatro nos miráramos, nos estudiáramos y quisiéramos leernos.
—Qué, papá, ¿no nos presentas a la mamá de tu hija?
Patrick resopló, yo suspiré y Ellen rio.
—No es mi hija —le dije yo.
Me miraron confundidos.
—Pero sí de mi padre, en eso no hay duda.
—Vuelves a equivocarte —le dijo su padre.
—No mientas, es igual que tú —le dijo Ellen con tono acusatorio.
—Es igual que yo, sí. Pero también es igual que Caelan.
Los dos pensaron durante dos segundos en lo que Patrick acababa de decir. Al darse cuenta de lo que querían decir sus palabras, Ellen abrió los ojos como platos por la sorpresa.
Y Caelan se tuvo que apoyar de nuevo en el coche, del que se había separado por la impresión que le dio.
—No puede ser…
—Pues lo es.
—¿De quién? ¿Cuándo? ¿Qué hace aquí?
Ellen cortó las preguntas que su hijo empezó a soltar por la boca para preguntar ella.
—Si dices que no eres su madre, ¿quién eres tú y dónde está ella?
—Vamos dentro, al despacho. Aquí hace frío. Allí hablaremos.
Los tres asentimos a la petición de Patrick y lo seguimos.
Eso sí, al entrar, Caelan cogió una maleta y Ellen otra, y las dejaron apoyadas en la pared del vestíbulo.
Ese era otro tema del que vi que Patrick también quería hablar por cómo miró las maletas con recelo, pero lo dejó de lado de momento.
Lo primero era lo primero. Lo demás podía esperar.