Capítulo 24
El desayuno no fue como el de cualquier otro día. Y no solo porque June estaba totalmente ansiosa por ir a las cuadras y no dejó de meternos prisa para que desayunáramos rápido.
O porque Moira nos hizo un desayuno distinto ese día.
Nos había preparado scones .
Un dulce que ni June ni yo habíamos probado nunca. Un dulce que supimos que estaría delicioso en cuanto entramos en la cocina y el aroma dulce y cálido nos invadió.
Eran dorados por fuera, pero superesponjosos por dentro. En la mesa, para que cada uno pusiera lo que quisiera, nos dejó varios cuencos con mantequilla, mermelada de melocotón, miel y una crema de limón que también había hecho ella misma.
Estaban completamente deliciosos. Aun así, yo no los disfruté como debería, porque algo había cambiado. Porque, como decía, el desayuno fue distinto al del resto de los días.
Porque algo en mi interior había cambiado, haciendo que cada segundo que pasaba me sintiera más incómoda y más fuera de lugar.
Y eso pasaba porque las palabras de Patrick, que habían salido de su boca menos de una hora antes, no salían de mi cabeza ni dándoles empujones.
Ese «tu vida está allí, no aquí» se repetía en bucle en mi cabeza sin darme ni un minuto de descanso y haciendo que quisiera coger mi maleta para salir zumbando de allí.
Pero no iba a hacerlo.
Y no por mí, sino por June. Porque le había prometido que al menos hasta el día de Navidad me quedaría allí con ella.
Eso no lo sabía nadie. Solo ella y yo.
Y no porque lo hubiéramos querido ocultar, sino porque fue una conversación que mantuvimos a solas en la cama una mañana, al principio de llegar, cuando me preguntó entre lágrimas si me iba a ir pronto.
Ahí fue cuando se produjo mi promesa, sin saber todo lo que pasaría después, de que me quedaría hasta que pasara la Navidad o hasta que supiera que ella se había adaptado a estar allí.
Pues lo segundo se había cumplido más que de sobra, porque estaba totalmente adaptada. Incluso, si alguien no supiera su historia, al verla moverse allí, pensaría que había nacido en esa casa.
Y lo primero pasaría en cuatro días, que eran los que faltaban para celebrar la Navidad.
Así que mi estancia allí tenía los días contados.
El desayuno siguió mientras mi mente y mi corazón tenían esa lucha interna. Y me chillaban: aguanta, aguanta… Hazlo por June.
El móvil de Patrick vibró.
Lo tenía bocabajo encima de la mesa, como siempre.
Lo cogió. Sonrió. Miró a June. Y volvió a sonreír.
—Os espero en las cuadras, el momento se acerca —dijo levantándose de la mesa.
—Voy contigo —dijo con rapidez June, levantándose tan rápido de la silla que estuvo a punto de caerse.
—Aún falta un rato, termina de desayunar.
—Abuelo… —se quejó mientras fruncía el ceño.
—Nada de abuelo. Allí se va desayunado y bien abrigado o no se va.
—Está bien…
La resignación con la que lo dijo, acompañada, cómo no, de su gesto de poner los ojos en blanco, hizo que Moira y yo nos echáramos a reír.
Patrick salió de la cocina con pasos ligeros y los demás seguimos desayunando. O terminando, porque apenas nos quedaban dos bocados a cada uno.
—Ya es… tá.
La madre que la parió. Se había metido medio scone en la boca para terminar antes y apenas lo podía revolver en la boca.
Moira soltó una carcajada.
Yo negué con la cabeza conteniendo la risa.
Y Oisín la miraba como si le agotara la paciencia.
—¿Tú has terminado?
—Sí —me contestó Oisín.
—Pues id a por los abrigos, bufandas, gorros y demás cosas. Hace mucho frío y no sabemos el tiempo que estaremos allí. Me termino el café y me uno a vosotros, ¿sí?
No hubo respuesta por parte de ninguno de los dos.
Salieron corriendo de la cocina mientras Moira y yo nos reíamos.
—Lo de esta niña con los caballos es increíble.
—Desde luego, lo lleva en la sangre. Eso nadie lo puede discutir. Es igual que Oisín, adora los caballos desde antes de empezar a andar. Es más, creo que supo montar antes que andar.
Me eché a reír.
—Pues igual que June. Es increíble que, en apenas dos semanas, se mantenga encima de uno de los potros como si hubiera nacido allí.
Di el último sorbo al café y me puse en pie.
—Voy a por mi abrigo. Estos son capaces de arrastrarme así, en camiseta.
Me giré para salir de la cocina, pero la voz de Moira me frenó.
—Sira…
—¿Sí?
—¿Estás bien? Tienes mala cara.
Mierda… Otra que era observadora. Parecía que eso era un rasgo común en todos los integrantes de esa casa.
—Sí, claro, quizá un poco cansada.
Me miró durante unos segundos entrecerrando los ojos.
—No niego que pueda haber algo de cansancio. Estos días no habéis parado. Pero también hay algo más. ¿Qué es?
Suspiré.
—No pasa nada, de verdad. Todo está bien.
—No, no lo está. Tu sonrisa ha cambiado. Algo ha cambiado en ti desde ayer.
Joder, pues no parecía bruja ni adivina la mujer.
Busqué en mi mente una excusa, pero, al parecer, mi mente estaba tan saturada que iba más lenta de lo normal. Por eso Moira se me adelantó y volvió a hablar.
—Es por él, ¿verdad?
Solté una risa amarga.
Al parecer, Moira me leía bien incluso con el muro que había levantado, así que buena gana de seguir fingiendo. Buena gana de buscar una excusa barata o intentar mentir. Total, con ella no me iba a servir de nada, así que contesté con la verdad.
—Es por todo.
Sonrió con tristeza y se acercó a mí para abrazarme.
—Ay, niña…
—Tranquila, no ha pasado nada que no supiera o esperara. Solo que cuesta aceptarlo. Pero lo haré. Tengo que hacerlo.
—Ya no tienes el corazón dormido ni cerrado.
Me sorprendió que me dijera eso, porque era algo que yo también había pensado mucho en los últimos días.
Lo había pensado y me había preguntado también varias veces si podría ser cierto que mi corazón estuviera empezando a sentir de nuevo.
Esa vocecilla que se imponía en algunas ocasiones en mi cabeza me había dicho que sí, que estaba sintiendo de nuevo, pero esa era otra de las cosas que yo tampoco había querido aceptar.
Pero era un hecho. Era cierto. Sí que estaba sintiendo de nuevo. Eso era algo que ya no podía obviar más.
—Yo no quería que esto pasara. No quería sentir. No quería que volviera a doler.
—Eso no estaba en tu mano decidirlo. Eso solo el destino puede hacerlo.
—Pues el destino puede irse a la mierda. Que me deje en paz. Yo no le he hecho nada para que solo me haga sufrir.
—Puede que lo bueno esté por llegar.
Volví a reír con amargura.
—No lo creo.
—Solo te puedo decir que no dejes de vivir lo que venga por miedo.
—No va a venir nada. Al menos no con él.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé. Me lo ha dicho bien claro.
—Patrick también ha sufrido mucho.
—Lo sé. Como también sé que ha sido más listo que yo. Su muro no tiene grietas. Su blindaje era fuerte e infranqueable. Él lo ha hecho bien. Yo no.
Me separó de sus brazos y me miró a los ojos.
Y, leñes, cómo dolió esa mirada.
Porque estaba llena de cariño. Llena de comprensión. Llena de protección.
—Estoy aquí, ¿sí?
—Gracias.
—Puede que él…
No la dejé seguir. No podía dejarla seguir. Porque, si me iba a decir palabras de ánimo, palabras de esperanza de que algo cambiara, no quería oírlas.
No quería oírlas porque podría creerla y después el golpe final podría ser peor.
Y, sinceramente, mi vida, mi mente y mi corazón ya tenían el cupo hecho de golpes.
No necesitaba más.
No quería más.
—Él no, Moira. Y cuanto antes me haga a la idea, mejor.
—Sira… Lo siento.
Sonreí con tristeza.
—Yo también lo siento. Pero es lo que hay.
—¡Sira! ¿Vienes o nos vamos sin ti?
Solté una risita al oír el chillido de June desde el vestíbulo, llamándome con impaciencia.
—Me voy.
Moira asintió.
—Sira, estoy para lo que necesites.
Se me aguaron los ojos y asentí.
—Gracias.
Conteniendo las lágrimas, salí a buscar a los niños, que me esperaban nerviosos.
En dos minutos y de una carrera subí y bajé con el abrigo y el resto de las cosas.
Cuando llegamos a las cuadras, Patrick ya estaba en modo trabajo.
Con cara seria o de concentración. Sin abrigo y con las mangas remangadas, estaba arrodillado acariciando las crines de la yegua que estaba en proceso de parto, tumbada en uno de los cubículos.
—¿Cómo va, papá?
—Va bien. Solo quedan unos minutos.
—¿Le duele? Por eso relincha, ¿verdad, abuelo?
—Un poquito, pero enseguida se le pasará.
Los tres nos quedamos a un lado para dejarles espacio a él y al veterinario, que estaba pendiente de la yegua para que el parto fuera bien.
Los minutos pasaron.
Oisín observaba la escena con la seguridad de un niño que había visto ya muchas veces cómo funcionaba aquel mundo.
June apenas pestañeaba y se retorcía las manos por los nervios cada dos por tres.
Y yo era incapaz de apartar la vista del milagro que estaba a punto de presenciar. De ver cómo una nueva vida llegaba al mundo. Contuve el aliento tantas veces como relinchos dio la yegua cada vez que se quejaba, porque el momento, segundo a segundo, se acercaba.
—Es la hora, ya va a salir —anunció el veterinario.
June me agarró la mano y bajé la mirada hasta ella.
Vi que estaba tan nerviosa que no pude hacer otra cosa que agacharme y cogerla en brazos.
Ocho minutos exactos después, las dos teníamos las mejillas llenas de lágrimas al contemplar al pequeño potro blanco que estaba tumbado al lado de su madre.
—Es precioso.
—Lo es.
—Y es mío.
—Eso también —le contesté riendo y llorando a la vez.
—June, ven. Puedes tocarlo. Si va a ser tuyo, tienes que ser la primera a la que huela. Así te reconocerá siempre.
La bajé de mis brazos y, con pasos medidos y temblorosos, se acercó al lado de su abuelo. Patrick cogió su mano y la guio para que acariciara al potro por la cabeza y el lomo.
Las siguientes horas, hasta la hora de la comida, no salimos de las cuadras y mucho nos costó convencer a June para ir a la casa a comer.