Dos veces en la vida Capítulo 23
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Capítulo 23

Lo primero que noté al despertar fueron sus brazos rodeándome la cintura. El calor que desprendía y cómo su respiración seguía siendo constante, rítmica y suave.

Seguía profundamente dormido.

Giré la cabeza y lo miré. O, más bien, lo observé dormir.

Su pelo estaba revuelto.

Las pequeñas arrugas que tenía en los ojos, esas que él negaba por completo que existían, lucían pequeñas y relajadas.

Sus largas pestañas, esas que hasta me daban envidia, no se movían.

Seguí bajando la mirada.

Nariz recta, de un tamaño normal. Con una pequeña y casi imperceptible desviación a la derecha por una caída de un caballo. Eso me lo contó una noche que nos quedamos hablando mucho rato.

Bajé más.

Sus labios.

Ay… Sus labios.

Esos labios carnosos…

Esos labios que se habían vuelto una adicción para mí. Esos labios que habían recorrido todas y cada una de las partes de mi cuerpo.

Me había besado, lamido y adorado todos los centímetros de mi cuerpo. Al igual que lo habían hecho los míos con el suyo.

Giré la cabeza de nuevo y me quedé mirando el techo.

Cientos de recuerdos vinieron sin querer a mi mente de lo que había pasado en las dos últimas semanas.

Dos semanas ya desde que acordamos vivir.

Sentir.

Y dejarnos llevar.

Paseos a caballo, los dos solos o los cuatro. Paseos por el centro del pueblo. Dos visitas más al mercadillo, donde probamos más dulces y compramos más adornos. Tantos que hasta Moira se echó las manos a la cabeza riendo.

Adornos que pusimos dos días atrás en el árbol. O en el insultante y gigantesco árbol, más bien, que montamos en el salón.

Sonreí al recordar ese día. Fue mágico.

Patrick encaramado en la escalera sin dar abasto a coger los adornos que Oisín y June le pasaban, mientras yo me reía viendo cómo una y otra vez ponía los ojos en blanco por la impaciencia de los niños.

Villancicos sonando de fondo.

Luces enredadas que tardamos casi una hora, entre resoplido y resoplido, en dejar perfectamente colocadas.

Besos y más besos mientras decorábamos toda la casa.

Abrazos entre nosotros y con los niños.

Miradas.

De esas hubo muchas.

Unas cómplices, otras pícaras, otras incendiarias, otras que hablaban y otras simplemente necesarias.

Y esas miradas, esos besos, los abrazos y las muestras de cariño no solo habían estado presentes ese día, no.

Todo eso se había convertido en rutina.

Una rutina peligrosa.

Una rutina que dolía.

Una rutina que sabía que tenía los días contados.

Un mes.

Llevaba allí un mes.

Uno que se me había pasado volando. Dicen que cuando vives y disfrutas, el tiempo parece pasar más rápido, y eso era lo que estaba pasando.

Las primeras dos semanas fueron buenas. Muy buenas. Fueron de aceptación. De conocer cómo era la vida en esa otra parte del mundo que nada tenía que ver con la de Sevilla.

No era ni mejor ni peor, solo distinta.

Y las dos últimas semanas habían sido, simplemente, perfectas.

Suspiré y cerré los ojos a la vez que sentí un dolor en el pecho que cada día que pasaba se acrecentaba un poco más. Cada día que se iba y que, al hacerlo, acercaba más el momento en el que tendría que marcharme, hacía que doliera pensar en ese momento un poquito más.

—Te oigo pensar desde aquí.

Apreté los ojos y saqué esos pensamientos negativos que me amargaban.

Dejé salir, o más bien salió sola, una sonrisa al escuchar a Patrick.

Así habían sido todos los días durante las dos últimas semanas. Nada más hablar por la mañana, solo con oírlo, me hacía sonreír.

Todas las noches, desde aquella primera en la que me llevó de la mano a su habitación, las habíamos pasado juntos. Teniendo sexo, de eso había habido mucho. Hablando, eso también lo hicimos mucho.

Hablamos de él.

De su vida con Ellen. De cómo se quedó embarazada por un descuido siendo dos críos de diecinueve años. De cómo la llegada de Caelan fue para él una alegría enorme.

De cómo se casó pensando que estaba enamorado, con solo veinte años. De cómo el matrimonio no fue bien casi desde el principio.

Y no porque él no pusiera de su parte, sino porque Ellen era, al parecer, de la misma forma que era ahora su hijo. Una niña jugando a ser adulta. Caprichosa, fiestera, sin querer tener responsabilidades.

Eso fue así hasta que Patrick se cansó y dijo no más. Tú por tu lado y yo por el mío.

Me habló de su negocio, de su infancia, de sus padres, fallecidos muchos años atrás. De lo mucho que quería a Moira, que llevaba con él media vida y a la que consideraba como una madre.

Y me habló de Cristina.

Con dolor y lágrimas en los ojos, pero lo hizo.

De cómo se conocieron por casualidad en una cafetería del pueblo. De cómo, con una sola mirada, los dos supieron que estaban sentenciados.

De lo mucho que la había amado y aún seguía haciéndolo. O, al menos, amando su recuerdo. Del nacimiento de Oisín. De la muerte y del mazazo que supuso para todos no volver a ver a Cristina.

Pero no solo Patrick habló.

Yo también lo hice.

Le hablé de mi hogar. De todos los que consideraba familia. De mi sueño compartido con Emilio, ese que se quedó en eso, en un sueño, cuando él se fue.

De toda nuestra historia desde niños.

Del gran golpe que fue para mí perder a mi abuela y de cómo la vida, que no quiso darme tregua, años después me dio el siguiente golpe. El mortal. Ese por el que dejé de ser yo para convertirme en una sombra de mí misma.

También le hablé de mi trabajo en el tren. De que sí que me gustaba. Y de que me gustaba porque era rutina.

Se acercó más a mí y hundió su cabeza en mi cuello.

—¿Qué te ocurre, Sira?

—Nada, solo pensaba en todo lo que ha pasado desde que llegamos.

—¿No todo es bueno?

Fruncí el ceño.

No tenía ni idea de por qué me preguntaba eso.

—Todo es bueno. Muy bueno, en realidad.

—Entonces, ¿por qué, cuando te quedas pensativa o en algunos momentos que estamos pasándolo bien, tus ojos se llenan de dolor?

Mierda…

Pues sí que era observador. No pensé que se hubiera dado cuenta.

—No lo sé. Yo no me he dado cuenta de que eso pasa —contesté para quitarle importancia.

—Sí lo sabes.

Cerré los ojos y suspiré.

—¿Bajamos a desayunar? Seguro que los chicos estarán ya allí. Hoy dijiste que nacería el potro de June y estará ansiosa por ir.

Resopló.

—Cómo me jode que hagas eso.

—No hice nada. No sé de qué me hablas.

—Sí lo sabes. Y no me mientas, joder. Siempre cambias de tema cuando estás pensando en algo que te duele.

Su voz había cambiado. Sonaba cabreado.

—No…

—No repitas que no lo haces. No me tomes por tonto.

—No lo hago.

—Entonces dime qué coño te pasa. Dime por qué te estás riendo y, al segundo, tu mirada se llena de dolor.

Ahí supe que no tenía escapatoria. Supe que tendría que decirle lo que me pasaba. Porque supe que, si no lo hacía, pensaría algo que no era cierto.

—Porque pienso en lo mucho que voy a echar de menos esos momentos. Y a vosotros.

No quise ver su mirada cuando hablé, así que, mientras lo hacía, retiré el nórdico y me deslicé por la cama para ponerme de pie.

—Ya sabías que no sería un para siempre. Sabías que tenías fecha de vuelta cuando llegaste. Sabías que esto era un trámite. Tu vida está allí, no aquí.

Sonreí con tristeza.

Su respuesta dolió.

Dolió mucho.

Porque no es que esperara que me pidiera que me quedara. Eso sabía que nunca lo haría porque, al igual que mi estancia allí, lo nuestro tenía fecha de caducidad.

Nada de promesas. Nada de futuro. Nada de sentimientos. En eso habíamos quedado. Eso fue lo que acordamos, sí, pero quizá…

No, no, no. Me dije a mí misma. O, más bien, me chillé para no pensar en que eso podría haber cambiado en mi interior sin quererlo, sin pretenderlo y sin verlo venir.

No esperaba ningún cambio por su parte porque sabía y tenía bien claro que eso no pasaría nunca.

Pero, joder, un poquito de empatía y comprensión en esos momentos tampoco habría estado mal.

Un trámite…

Eso pensaba que era lo que había venido a hacer yo allí.

Un jodido trámite.

Como si June fuera uno de sus caballos y yo hubiera venido a hacer la transacción para entregársela al nuevo dueño.

No se podía ser más idiota y decir las cosas de peor manera que lo había hecho él. De verdad que no.

Y, para rematar, si eso dolió, más lo hicieron sus últimas palabras.

«Tu vida está allí, no aquí».

Vamos, que porque yo no tenía esa vena exagerada que nos atribuyen a los andaluces, si no, hubiera pensado que sutilmente me estaba diciendo: «Ale, chiquilla, ve con Dios y si te he visto no me acuerdo».

Que tampoco esperaba, como he dicho, que me pidiera que me quedara. O en el fondo sí, da igual, ese es otro tema. Pero tampoco esperaba que fuese tan duro con sus palabras y me dejara bien claro que yo no pertenecía allí.

Que nunca podría hacerlo.

Que solo era alguien de paso y olvidable.

Y que le daba completamente igual que llegara el momento, que iba a llegar ahora todavía más pronto, de irme.

Pero lo peor de todo, lo que más dolía y lo que más me jodía y me costaba reconocer, era que tenía razón.

Había sido brutalmente sincero.

Sus palabras habían sido un golpe fuerte tras otro mientras las decía. No porque fueran malas o dichas con maldad, sino porque eran totalmente ciertas. Aunque a mí me costara aceptarlas.

Se levantó rápido de la cama al ver que yo lo hacía y se puso delante, cortándome el paso.

—Sira… Espera, no quise decir… No así…

Alcé la mirada.

Nuestros ojos se encontraron y vi arrepentimiento en ellos. No por sus palabras, sino seguramente por no haber tenido más tacto al decirlas.

Sonreí.

Una sonrisa que no llegó a mis ojos, pero se la di igualmente para que viera que todo estaba bien.

Aunque no fuera así.

No quería que los pocos días que me quedaban allí las cosas se pusieran raras entre nosotros. No solo por mí y por él, sino también por los niños y por las fechas en las que estábamos.

—Sira…

—Tranquilo. Todo está bien.

—No…

—Sí. Vamos a darnos una ducha, anda. No me hagas mucho caso. Son estas fechas, que me hacen ponerme más ñoña de lo normal.

Me miró. Me miró queriendo leerme. Pero, sabiendo de antemano que lo haría, me adelanté. Cerré el libro de mis ojos levantando un muro delante para que no pudiera hacerlo.

Asintió. Yo también. Y nos fuimos a la ducha para empezar otro día.