Dos veces en la vida Capítulo 22
59%

Capítulo 22

Los niños estaban agotados y no me extrañó, porque el día había sido largo y agotador. Caminamos mucho, comimos mucho y no solo ellos estaban cansados. Nosotros también.

Así nos lo dijo Moira cuando nos vio entrar arrastrando los pies. Bueno, a todos menos a June, que entró en brazos de su abuelo.

Oisín bostezó en la mesa, cenando, como unas cinco veces entre bocado y bocado. Con June no tuvimos ni que verla bostezar. Directamente, se quedó dormida encima de la mesa.

—Pobrecita mía, apenas ha comido nada.

—No te preocupes, que de hambre hoy no se muere. En el mercadillo se ha puesto fina a comer, sobre todo dulces.

—Papá, no quiero más. Tengo muchísimo sueño.

Virgen de la Macarena, pobrecillos. Una dormida. El otro apenas nos veía. Tenía, como se suele decir, los ojos abiertos y el corazón dormido.

—Déjalo, anda. Necesitas dormir más que comer.

Vimos que iba a ser incapaz de subir las escaleras él solo, así que, con una sola mirada, Patrick y yo nos entendimos.

Yo cogí en brazos a June y él hizo exactamente lo mismo con Oisín, que, pobre mío, antes de llegar a la tercera escalera ya estaba profundamente dormido, apoyado en el hombro de su padre.

Cada uno fue con el niño que llevaba a su habitación.

Patrick llevó a Oisín a la suya y yo a June, a la que compartíamos las dos. Había sido así desde la primera noche en la que dormimos allí.

Moira nos ofreció tener una habitación para cada una, ya que la casa tenía habitaciones de sobra, pero June no quiso dormir sola en un sitio desconocido y decidimos compartir cama. Así había seguido siendo desde ese primer día.

La dejé con toda la delicadeza posible encima de la cama y empecé a quitarle la ropa.

Mientras lo hacía, pensé que ese sería otro de los momentos que echaría mucho de menos cuando tuviéramos que separarnos. El de dormir juntas.

El sentirla pegada a mí. El notar cómo me buscaba para agarrarse a mi ropa cuando notaba que nos habíamos separado un poco inconscientemente mientras dormíamos.

Pero, sobre todo, echaría de menos ver su sonrisa lo primero al despertar por la mañana.

Me di prisa en ponerle el pijama para que no perdiera el calor que tenía en el cuerpo y, cuando acabé, la metí bajo el nórdico.

Sonreí al ver la sonrisa que tenía en la cara mientras dormía plácidamente. Seguramente estaba soñando con algo bonito. Caballos, seguro, que era, como ella decía, lo que más le gustaba del mundo.

Salí de la habitación y dejé la puerta entreabierta.

Al pasar por el pasillo, vi que la puerta del cuarto de Oisín estaba abierta y se veía una luz tenue. Me asomé y vi que allí estaba Patrick luchando con la ropa del niño.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Me vas a decir después que te debo una?

Me contuve la risa para no despertar a Oisín, mientras me acercaba a la cama y empecé a ayudarle a quitarle al niño los pantalones, que era lo que le quedaba.

—No. Esta ayuda te la doy sin pedir intereses.

—Una pena.

—¿Qué?

—Que es una pena. Si te debiera una, te la pagaría de la misma manera que tú lo has hecho conmigo.

Anda, chúpate esa, Sira. Mira el domador de caballos. No se cortaba ni un pelo, me dije a mí misma, a la vez que un rubor se me subía por toda la cara.

No le contesté.

En poco tiempo terminamos de ponerle el pijama a Oisín y su padre lo tumbó bien en la cama mientras yo lo arropaba.

Salimos al pasillo y no habíamos dado ni dos pasos cuando Patrick me frenó con sus manos y me pegó a la pared. O me acorraló, más bien. Pegó su cuerpo al mío. Y su cara a la mía. Sobre todo, su cara. Tanto que sus labios quedaron prácticamente pegados a los míos.

—¿Qué haces? —susurré.

—No lo sé.

Su respuesta me descolocó por completo.

—¿Y entonces qué hacemos?

Suspiró contra mi boca.

—¿Vivir?

—¿Vivir? —repetí.

—Sí. Vivir. Y dejar de ignorar lo que nuestros cuerpos quieren. Sé que esto no debería estar pasando, pero…

—Patrick…

—Déjame terminar, por favor.

Asentí.

—Sé que ninguno de los dos estaba buscando esto. Sé que tú sigues queriendo a Emilio. Y sé que en mi corazón sigue Cristina anclada —dijo sonriendo con tristeza.

Hizo una pausa y sus palabras quedaron suspendidas entre los dos. Esas palabras eran totalmente ciertas. Verdaderas. Dolorosas, pero muy reales.

—¿Entonces qué hacemos con esto? —me atreví a preguntar.

Porque sí, sería muy cínico por parte de alguno de los dos decir o pensar que no había algo entre los dos. Algo que no era amor, pero sí deseo, atracción y una conexión imposible de ignorar.

—Vivir el momento.

—¿Vivir el momento?

—Sí. Dejarnos llevar. Disfrutar de esto que se ha despertado entre nosotros. No te pido promesas que yo mismo no puedo hacer. No te pido palabras que yo no puedo decir. Como tampoco te pido un futuro que no sé si sería capaz de dar a nadie.

Desde luego, era sincero.

Y eso me gustó. Me gustó mucho. Porque había dicho la verdad. La dura y triste, pero, al fin y al cabo, pura verdad.

Los dos teníamos el corazón ocupado y seguramente así sería para siempre. Teníamos el corazón muerto por las pérdidas. Pero nuestros cuerpos no lo estaban.

Ellos seguían vivos. Seguían sintiendo. Seguían queriendo vivir.

Nuestros cuerpos eran más listos y fuertes que nosotros. Ellos nos pedían seguir. Nos exigían seguir.

—¿Estás seguro de esto? ¿De que quieres esto?

—Sira… No estoy seguro de nada. Solo sé que te deseo. Solo sé que mi cuerpo llevaba dormido años y tú has sido la única capaz de hacerlo despertar. Y eso no puedo ni quiero ignorarlo. Quiero saber por qué.

Se me puso un nudo en la garganta al oírle decir en voz alta exactamente lo mismo que yo estaba sintiendo.

Porque a mí me pasaba igual.

Mi cuerpo también había estado dormido durante años. El deseo, la atracción y la conexión se apagaron en mí desde que Emilio se fue y, como acababa de decir que a él le pasaba, a mí también me había ocurrido lo mismo.

Patrick era el único que había conseguido, con una sola mirada, que mi cuerpo despertara del letargo en el que llevaba sumergido años.

Pensé un par de segundos. Dudé otros dos. Y me rendí a lo inevitable dos segundos después.

—Elijo vivir el momento. Elijo sentir. Elijo dejarnos llevar.

Sonrió.

Pero sonrió de verdad.

—Elijo lo mismo —sentenció antes de lanzarse a mi boca para besarme.

Se retiró hacia atrás e, inexplicablemente, al separarse de mi cuerpo, sentí su pérdida. Noté su ausencia. Y deseé con todo mi ser volver a sentirlo.

Levantó la mano y me la ofreció.

No dudé.

Solo seguí mi instinto. Seguí lo que mi cuerpo me pedía.

Asentí y se la agarré.

Tiró de mí en silencio.

Sí, en silencio. Porque ya estaba todo dicho. Porque los dos sabíamos lo que había. Los dos sabíamos que nuestros corazones quizá no podrían sentir por el otro, pero nuestros cuerpos ya lo estaban haciendo.

Abrió la puerta de su habitación y me cedió el paso.

Pasé.

Di un repaso rápido a todo lo que allí había.

Era una habitación masculina en exceso. Sin adornos. Sobria, pero elegante.

Una mesa pequeña y redonda bajo el gran ventanal. Dos sillas la acompañaban y lo que sí me sorprendió fue que encima hubiera un jarrón con flores.

Eso no iba mucho con Patrick. Él no parecía ser muy de flores, así que supuse que eso era cosa de Moira, que sí lo era, ya que las tenía repartidas por toda la casa.

Giré la cabeza.

Un armario. Grande. De madera robusta y oscura.

Una puerta cerrada al lado del armario. El baño.

Y, en el centro de la habitación, una cama más grande incluso que en la que dormíamos June y yo.

Perfectamente hecha. Ni una arruga. Estaba tan perfecta que daba hasta miedo tocar el precioso nórdico azul y negro que tenía encima para no romper el orden.

Sentí cómo Patrick se pegaba a mi espalda. Cómo me rodeaba la cintura desde atrás. Cómo respiraba contra mi cuerpo.

Me estremecí.

—Estás a tiempo de arrepentirte. Piénsalo. Porque, si te toco, no habrá vuelta atrás. No saldrás de aquí hasta mañana.

—No.

—¿No?

—No voy a arrepentirme.

—Entonces, no lo pensemos más. Solo sintamos.

—Sintamos.

Después de esas últimas palabras empezamos a sentir. A sentir de verdad. Como hacía tiempo que ninguno de los dos lo hacía.

Empezó besando mi cuello desde atrás mientras acariciaba mis brazos.

Ni recuerdo en qué momento me dio la vuelta o si fui yo la que lo hizo.

Como tampoco recuerdo cómo acabamos quitándonos la ropa el uno al otro, o si fuimos nosotros mismos, entre beso y beso, los que nos la quitamos.

Fuera como fuese, minutos después estábamos los dos desnudos en el centro de la habitación, con nuestros cuerpos pegados el uno al otro.

Disfrutando de nuestra piel. De nuestro calor. De cómo nuestros cuerpos se estremecían con las caricias del otro.

Patrick se separó de mi boca para ver mi cuerpo y ahí yo también pude ver el suyo.

Tragué saliva.

Era grande. Pero grande en todos los sentidos.

Su cuerpo estaba dorado por el sol. Aun habiendo quedado ya lejos el verano, seguía manteniendo ese color en la piel que solo tiene una persona que pasa muchas horas al aire libre bajo sus rayos.

No había parte de su cuerpo en la que sus músculos no estuvieran marcados. Pero no marcados como los de alguien que hace ejercicio en un gimnasio, sino como los de alguien que trabaja muchas horas haciendo esfuerzos con su cuerpo.

—Eres preciosa…

—Tú, perfecto —dije mientras pasaba mi mano lentamente por su torso.

Volvió a besarme mientras me alzaba en sus brazos para tumbarme en la cama.

Nuestras manos fueron por libre.

Me acarició. Todo el cuerpo. Sin dejarse ni un solo rincón.

Yo hice lo mismo. Recorrí cada trozo de piel, cada músculo, cada imperfección con las yemas de mis dedos. Lo hicimos despacio, sin prisa. Grabándonos en la memoria cómo era el cuerpo del otro.

Mi primer orgasmo, uno que me dejó totalmente laxa y que hizo que mi cuerpo terminara de despertar del todo por la intensidad que sentí, vino por parte de sus dedos.

Esos dedos que, con lentitud y delicadeza, recorrieron toda mi apertura, acariciaron, pellizcaron y frotaron mi clítoris de una manera experta y totalmente deliciosa.

Esos dedos mágicos estuvieron moviéndose dentro de mí apenas tres minutos. Eso fue todo lo que aguanté sin dejarme ir antes de que me dieran un placer tan brutal que me hizo jadear bien alto.

Ese placer que nunca imaginé volver a sentir. Y mucho menos por un hombre como él. Y mucho menos tan lejos de casa.

Me dio unos segundos para que me recuperara antes de ponerse encima de mí. Por instinto y por el deseo que me tenía ciega, abrí las piernas para recibirlo.

Entró en mí mientras me miraba. Mientras yo lo miraba.

Su invasión fue lenta. Tortuosa. Deliciosa.

Cuando estuvo dentro de mí por completo, apoyó su frente en la mía. Los dos suspiramos. Y esperamos. Esperamos no para acostumbrarnos el uno al otro, sino para procesar lo que estaba pasando.

Nos miramos antes de seguir y los dos supimos que eso no iba a ser cosa de una noche.

Sino algo más.

¿El qué? Solo el tiempo y el destino sabían esa respuesta.