Dos veces en la vida Capítulo 21
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Capítulo 21

El resto del día fue realmente estupendo.

No solo vimos el mercadillo y el árbol. Comimos en un pequeño restaurante cerca del centro, donde conocían a Patrick y, aunque estaba lleno de gente, al ver que íbamos con los niños, digamos que nos dieron un trato un poco preferente y nos sirvieron rápido.

El resto de la tarde dimos una vuelta por el pueblo.

Oisín y Patrick nos fueron explicando a las dos todas las cosas y los sitios que íbamos viendo.

Perdí la cuenta de la cantidad de suspiros que se me escaparon.

Y también de las sonrisas que se me salieron solas al ver todo lo que nos enseñaron, todo lo que se me fue quedando en la memoria.

Pero lo que más sonrisas me sacó fue ver a June contenta y feliz de la mano de su tío mientras corrían juntos por un parque en el que estuvimos un buen rato disfrutando de los poquitos rayos de sol que se asomaban entre las nubes.

Patrick estuvo pendiente de nosotras en todo momento.

A los chicos les compró varios dulces y algunos adornos que eligieron para colgarlos en el árbol cuando lo pusieran en casa, que, según nos dijo, sería algo que harían todos juntos la semana siguiente.

También estuvo muy atento conmigo todo el tiempo. Aparte de que, desde que me agarró de la cintura mientras veíamos el árbol, no me soltó más el resto de la tarde.

Me llevó de la cintura, de la mano o incluso con su brazo por encima de mi hombro.

Oisín y June, al ver ese gesto en él, nos miraban y sonreían todo el tiempo de forma pilla.

Eso me preocupó porque no quería que los niños confundieran la situación y se hicieran falsas esperanzas con algo que no iba a pasar.

Cuando el sol empezó a caer y el atardecer se hizo presente, además de que las temperaturas también cayeron de forma significativa, decidimos volver a casa.

—¿Podemos volver otro día?

—Sí, eso sería estupendo. Lo hemos pasado fenomenal.

Sonreí desde el asiento del copiloto viendo, a través del retrovisor, cómo a tío y sobrina les brillaban los ojos pensando en repetir la experiencia.

—Claro que sí. En unos días podemos volver.

—Sira, esto no lo hay en Sevilla, ¿a que no?

Me eché a reír.

—No, esto en Sevilla no lo hay. Allí tenemos otras cosas.

—¿Como qué? —preguntó curioso Oisín.

—Calor. En Sevilla, sobre todo tenemos calor y baile. También risas y alegría. Aquí la gente es un poco siesa —le contestó June, haciéndonos reír.

—Aquí en verano también tenemos calor.

—No como allí. Allí, en pleno verano, si echas un huevo al suelo en la calle a las cuatro de la tarde, se te hace solo.

—¡Hala…! Qué exagerada.

—Oisín, June no exagera ni un poco. Sevilla en verano es un horno. Los que no son de allí lo pasan mal. No es que nosotros lo pasemos mejor, pero estamos más acostumbrados.

Me miró con los ojos como platos.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Entonces no hay nada bueno allí?

—¿Qué dices? Claro que sí. Allí hay muchas cosas buenas. Y es el sitio del mundo que mejor huele. Aquí huele raro.

Patrick apartó un segundo la vista de la carretera y me miró con una ceja alzada.

—¿Por qué dice que huele raro? Aquí no huele raro, huele normal.

La carcajada se me salió sola a la vez que negaba con la cabeza.

—Allí huele a azahar, a flores, a café recién hecho en cualquier terraza, a tierra seca cuando más calienta y a puchero en invierno.

—¿Y aquí no?

—No. Aquí huele distinto. No, peor, distinto.

Pensé unos segundos y él esperó.

—Aquí huele a tierra mojada, a lluvia, esa que nosotros no vemos ni por casualidad, a campo y a seriedad.

—Vaya… —dijeron Patrick y Oisín a la vez, haciéndonos reír a las dos.

—¿Y qué más cosas tenéis allí aparte de calor y olores mejores?

Reí antes de contestarle a Oisín, que parecía muy interesado en saber cosas de nuestra tierra, de nuestra maravillosa Sevilla.

Le hablé de la Giralda, de lo grande que era y de los siglos que llevaba allí haciendo que la gente se sintiera orgullosa de tenerla. De las calles muy estrechas, de las casas blancas y llenas de flores.

Cuando llegué a la parte de la Feria, le brillaron tanto los ojos que parecían dos luceros.

Le conté cómo se vestía la gente, cómo la calle se llenaba de risas, música y baile. Cómo en las casetas tenías que pedir permiso hasta para dar un paso por la cantidad de gente que entraba en ellas.

De los rebujitos, de toda la deliciosa comida que teníamos, de las atracciones, de cómo la gente bailaba sevillanas hasta que casi te sangraban los pies.

Lo último que le conté fue la pasión con la que allí se vivía la Semana Santa. Cómo esa semana prácticamente la ciudad se paralizaba. Cómo las calles se llenaban de silencio para oír las trompetas y los tambores. Y no solo oírlos, sino sentirlos.

—Tiene buena pinta.

—No tiene buena pinta, chiquillo. Tiene mucho arte.

—Me gustaría ver todo eso algún día.

—Seguro que te gusta. Podríamos ir algún día. Llamamos a Sira y ella nos lo enseñará todo.

—¿A Sira?

—Claro. Ella vive allí y conoce todo mejor que nadie.

Un regusto amargo se me subió por la garganta y tuve que girar la cabeza hacia la ventanilla para que ninguno viera cómo se me aguaban los ojos.

Desde luego, qué razón tiene la gente al decir que a los niños son a los que menos les cuestan los cambios y los que se adaptan y aceptan más rápido las situaciones.

Y ahí tenía delante de mí una prueba de ello.

June ya había aceptado que yo me iba a ir pronto y que ella se quedaba allí, cuando a mí se me volaba la cabeza solo con pensarlo.

—¿Entonces Sira…?

Sabía lo que Oisín me iba a preguntar, lo sabía de sobra, pero no le dejé hacerlo. No estaba preparada para contarlo en esos momentos, así que cambié de tema de forma radical.

—¿Entonces ya tenéis pensado qué le vais a pedir a Papá Noel? Queda poco tiempo y hay que escribir la carta.

—¡Sí! —contestaron a la vez.

—Yo voy a pedir un potro.

Me eché a reír al oír la petición de June.

—¿Un potro le vas a pedir? ¿No te parecen suficientes todos los que tiene tu abuelo?

—No. Porque esos son suyos, yo quiero uno para mí.

Lo dijo tan seria y con tanta convicción que cualquiera se atrevía a contradecirla o a hacerla cambiar de opinión. Desde luego, yo no sería ese alguien.

Patrick se echó a reír y negó con la cabeza.

—June, puedes pedir otra cosa a Papá Noel. Y, de las cuadras, puedes elegir el potro que quieras de los que van a nacer esta semana. Ese será para ti.

La boca de June se abrió tanto que, desde la parte de delante, se le podían ver hasta las amígdalas.

—¿De verdad?

—De verdad de la buena.

—Además, si eres una chica valiente, puedes ir con Oisín y verlo nacer. Y allí mismo le pones el nombre que quieras.

—¿Yo lo puedo bautizar?

Más risas por parte de los tres.

—Claro. Será tu potro, así que lo justo es que se llame por el nombre que tú elijas.

Se quedó unos segundos pensativa.

—Le llamaré Rebujito.

Las risas subieron mucho más.

—¿Rebujito? —preguntó Oisín sorprendido.

—Sí. Así, cuando lo vea, me acordaré de Sevilla.

—Viéndolo así, es una buena elección.

—Es la mejor elección, chiquillo.

Qué arte tenía mi pequeña. Eso no lo podía negar nadie.

En el trayecto hasta casa seguimos hablando de potros y caballos. Tema favorito por todos los miembros de esa familia.

Y es que no era para menos.

No me extrañaba lo más mínimo. Los caballos eran su forma de vida. Oír hablar a padre e hijo de los caballos, las cuadras y de todo lo que hacían con ellos cuando los entrenaban era una maravilla.

Todavía tenía grabado en la memoria, y seguramente de allí no saldría nunca, el momento en el que, a la mañana siguiente de llegar, los dos nos llevaron a ver su mundo.

Tanto June como yo, aunque ella hasta lloró de emoción al ver todos los caballos que allí tenían, nos quedamos completamente perplejas al ver tantos animales juntos.

Más de cuarenta caballos, todos impresionantes, yeguas para la cría, sementales y unos doce potros de distintos tamaños nos dieron la bienvenida con sus relinchos, toques en el hombro y algún que otro lametazo que nos hizo reír a carcajadas.

Desde luego, Sevilla tenía algo especial, eso lo sabe cualquiera, pero ese rinconcito de Irlanda también lo tenía.