Dos veces en la vida Capítulo 20
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Capítulo 20

Patrick y Oisín no dejaron de sonreír en ningún momento al vernos las caras a June y a mí mientras recorríamos el mercado navideño.

Todo era nuevo, fascinante y maravilloso.

Ninguna de las dos había visto nunca una cosa así, y todo, absolutamente todo, nos llamaba la atención.

Las calles de Midleton estaban decoradas con cientos de luces de colores, pero donde empezaba el mercadillo, que de lo grande que era se perdía en la vista, había muchas más, si eso era posible.

Los puestos con mesas de madera estaban colocados estratégicamente unos al lado de los otros, de forma que no podías pasarte ni uno sin verlo.

Había de todo.

Figuritas navideñas hechas a mano que no eran bonitas, eran una maravilla para la vista. Cualquiera que tuviera la oportunidad de tener una entre las manos no podría evitar comprar una o unas cuantas para decorar su casa y el árbol.

Renos pintados con colores imposibles, bolas de nieve con figuras dentro que eran tan realistas que, si te quedabas mirándolas unos minutos, parecía que te transportaban allí dentro. Guirnaldas. Bolas. E incluso figuritas del belén de madera talladas a mano.

El olor que desprendían los puestos de dulces y comida llenaba el ambiente de una manera especial, haciendo que se te abriera el apetito y que no tuvieras oportunidad de pasar de largo sin probar algunas cosas.

Todas era imposible, porque había tantas que necesitarías al menos una semana para degustar todos aquellos manjares.

El olor a canela, vainilla y chocolate hacía imposible que no salivaras a su paso.

June tiró de mi mano, de la que no se había soltado desde que nos bajamos del coche, hasta un puesto que ofrecía todo tipo de dulces.

—¿Podemos probar uno de esos?

Patrick y Oisín, que estaban a nuestro lado también agarrados de la mano, se echaron a reír al ver cómo le brillaban los ojos y cómo se pasaba la lengua por los labios una y otra vez, pensando en cómo sabría aquel dulce.

—¿Cuál quieres?

No lo pensó.

June era de ideas fijas y ya tenía elegido el dulce, creo que desde que lo había visto y olido de lejos.

—Ese. El que parece una tortilla redonda.

Patrick la miró sin entender.

Luego a mí.

Preguntándome con la mirada a cuál se refería. Me encogí de hombros porque no tenía ni idea de a qué podría llamar ella una tortilla redonda.

En el puesto había varios dulces redondos: galletas de colores con azúcar glas por encima y otros que yo no tenía ni idea de qué eran ni de cómo se llamaban.

—A mí no me preguntes. Yo redondo solo conozco las tortillas de camarones y alguna croqueta que haya sufrido un accidente contra el plato.

Patrick se echó a reír y negó con la cabeza.

Oisín se echó a reír también y nos miró como si los dos fuéramos un desastre andante.

—Quiere un mince pie .

—¿Un qué?

—Un mince pie —repitió Patrick señalando uno de los dulces.

—¡Sí! Ese es. Esa es la tortilla que quiero.

Me quedé mirando el dulce y, desde luego, la niña nos había salido de pico fino, porque era, sin lugar a duda, el más apetecible, al menos a la vista, de todos los que el puesto ofrecía.

—¿Qué lleva?

Patrick ni siquiera tuvo que pensarlo. Me lo explicó un segundo después.

—Es una tartaleta que se hace con masa quebrada. Está rellena de una especie de pasta de frutas secas, manzana y varias especias. En algunas se suele echar un chorrito de whisky o brandy para intensificar el sabor.

—Vaya… Parece que las has hecho mil veces. Te sabes la receta a la perfección.

Oisín, al oírme, se echó a reír. Y, por cómo se miraron los dos, supe que era cierto.

—¿Las has hecho, verdad?

—Siempre hacemos muchas en Navidad. Son la especialidad de papá. Ese día Moira sale de la cocina porque él toma el mando allí y no la deja hacer nada.

Lo miré con la ceja alzada, alucinada. Porque por nada del mundo me hubiera esperado yo que ese hombre serio, rudo, que dominaba el arte de la cría de caballos con el dedo meñique, se metiera en la cocina a hacer dulces navideños.

—Vaya… Eres una cajita de sorpresas. No te imagino yo con delantal amasando y rellenando tartaletas.

Sonrió de medio lado y acercó su cara a la mía para hablarme cerca y que solo yo oyera lo que tenía que decirme.

—Tengo varios talentos ocultos. Y lo de amasar con las manos se me da realmente bien.

Tragué saliva.

Su voz ronca tan cerca de mí y sus palabras con doble intención hicieron que un calor fuerte me recorriera el cuerpo.

Después del beso que nos habíamos dado en mi cama, los dos nos levantamos muy confusos y sin poder sostenernos la mirada. Y así había sido el resto del tiempo.

Los dos habíamos evitado mirarnos y apenas nos habíamos dirigido la palabra desde que volvimos a encontrarnos en la cocina para desayunar.

Pero, al parecer, eso acababa de cambiar, porque, al retirarse, fue él el que me sostuvo la mirada con bastante intensidad.

Otra vez esa conexión. Otra vez ese enganche. Otra vez esa sensación rara y esa tensión que flotaba entre nosotros cuando nos mirábamos así se impuso por encima de todo.

Ninguno era capaz de cortarla.

Ninguno quería hacerlo.

—¿Abuelo?

—¿Papá?

Fueron los niños los que tuvieron que cortar esa conexión en la que nos habíamos metido sin querer, sin pretenderlo, sin poder evitarlo.

Parpadeó y yo carraspeé.

—¿Sí?

—Que si compramos el dulce.

—Claro que sí, pequeña.

—¿Yo también puedo comer uno? —preguntó Oisín poniéndole ojitos.

No le contestó directamente. Pidió al hombre del puesto cuatro mince pies y nos dio uno a cada uno.

June y Oisín ni lo pensaron. Atacaron el dulce como si estuvieran muertos de hambre.

Yo primero lo miré, lo olí y finalmente le di un mordisco. Cerré los ojos para saborearlo y disfrutar bien de él. Estaba realmente bueno. El toque del alcohol que llevaba, que era mínimo, le daba un sabor especial y único.

—Hum… Está buenísimo.

—Sí que está bueno, pero los que hace papá están mil veces mejor. Ya verás cuando los pruebes, te vas a caer de culo.

Esa simple frase de Oisín, dicha así, sin más, hizo que la sonrisa que tenía en la cara se me borrara de golpe, porque a mi mente vino ese momento que se acercaba: el de marcharme de allí y no poder probar esos dulces ni verlos disfrutar juntos de la Navidad.

Me giré rápido para que no vieran lo triste que me ponía al pensar en ello y di dos pasos para seguir andando por el pasillo central del mercadillo.

Los tres me siguieron.

A mi lado, June, que volvió a agarrarse a mi mano, y, al otro, Patrick con Oisín de la misma manera.

—¿Qué ha pasado?

—¿Qué?

—¿Qué te ha pasado ahí atrás?

Mierda… Se había dado cuenta del cambio en mi expresión.

—Nada importante.

—Sí lo es si ha hecho que tu preciosa sonrisa se fuera.

No iba a decirle nada. Porque realmente no había nada que decir. Cómo me sintiera yo cuando me fuera solo era problema mío. Nadie tenía la culpa de que hubiera bajado las barreras que tenía y me hubiera permitido sentir de nuevo.

—¿Vamos a ver el árbol?

—Cambio de tema radical. Muy lista. Pero no creas que voy a dejarlo pasar. Sé que algo ha hecho que perdieras la sonrisa y quiero saber qué es.

Me encogí de hombros y lo miré con una sonrisa forzada.

—¡Sí! Vamos a ver el árbol.

—Os va a encantar, es gigante.

Los niños empezaron a hablar atropelladamente y les di las gracias mentalmente por haber desviado la atención de Patrick para que no siguiera interrogándome.

Cuando llegamos al árbol, fue cierto que nos encantó. Era enorme, todo lleno de luces y de adornos, a cada cual más bonito. Nos pusimos debajo a contemplarlo mientras escuchábamos los preciosos villancicos que sonaban de fondo, cantados por una mujer en irlandés.

No entendía ni una palabra de lo que decía, pero sonaba realmente precioso.

En un momento dado, noté cómo Patrick pasaba su mano por mi cintura y me atraía hacia él hasta dejarme pegada a su cuerpo.

Levanté la mirada y con los ojos le pregunté qué estaba haciendo. Allí había mucha gente, además de estar los niños a nuestro lado. Cualquiera podría ver ese gesto y pensar lo que no era. O pensar justamente lo contrario: lo que sí era.

—Necesitaba hacerlo. Necesitaba sentirte cerca —me dijo susurrando al ver en mis ojos mil dudas.

Asentí y sonrió.

Y así nos quedamos largo rato.