Capítulo 19
Suspiré antes de removerme en la cama.
—¿Nos levantamos ya? Hoy tenemos planes chulos.
—¿Ah, sí? —pregunté fingiendo no acordarme.
Me miró poniendo los ojos en blanco y contuve la risa al verla hacer ese gesto que era total de su abuelo.
—¿No te acuerdas?
Levanté una mano y me puse un dedo en la barbilla. Di varios toquecitos como si estuviera pensando.
Se impacientó. Y yo más contuve la risa.
—Sira… —dijo como si me estuviera riñendo.
—¿Vamos a montar a caballo?
—No —contestó resoplando.
—¿Vamos a la playa?
—Noooo.
—Pues no sé qué podrá ser. Déjame pensar un poco más.
—¡Válgame, Dios!
Ahí ya sí que no me pude contener y la carcajada me salió sola.
Porque no fue lo que dijo, sino el cómo y el gesto de echar las manos al techo, lo que me hizo una gracia tremenda.
Al verme reír, se dio cuenta de que la estaba vacilando y de que sabía de sobra lo que había planeado para ese día.
Como para no saberlo, si el día anterior tanto ella como su tío no habían dejado de hablar de ello en toda la tarde cuando Patrick se lo propuso.
Los planes eran bajar al pueblo a ver el mercado navideño que inauguraban ese mismo día.
Las Navidades estaban cerca, a tan solo tres semanas.
Y, por lo que nos contó Patrick a la niña y a mí, todos los años en el pueblo había por esas fechas un mercado navideño que tenía de todo. Además de un árbol gigante que montaban en la plaza del pueblo con miles de luces de colores.
Os podéis imaginar el entusiasmo de los niños al saber que iríamos allí, ¿no? Pues eso, que estaban que no cabían en su pellejo.
—¡Ozú, qué pelleja eres! Te estabas riendo de mí, ¿eh?
Me hizo reír más al ver su indignación, que era totalmente falsa, porque ya había arrancado a reír, uniéndose a mí.
Bajé las manos y empecé a hacerle cosquillas.
Ella, con sus manitas, intentó devolvérmelas sin éxito.
Nuestras risas debieron de oírse en toda la casa, porque no tardaron ni un segundo en abrir la puerta.
Las dos levantamos la cabeza y vimos a Oisín mirándonos con los ojos todavía medio cerrados por el sueño, pero sonriendo.
—¡Oisín, ayúdame, me gana haciéndome cosquillas!
—¿Te gana?
—Sí, es una aprovechada —dijo sin parar de reír.
—Eso no se puede consentir. La balanza no está compensada.
Ni tiempo a reaccionar me dio.
Dos segundos después, Oisín, de una carrera, se subió a la cama y se tiró con cuidado encima de nosotras. Bueno, de nosotras no, más bien de mí.
Entre los dos ya era más difícil mantener mi ventaja, porque mis manos no daban abasto a hacerles cosquillas a uno y al otro.
Mientras que ellos fueron a degüello a por mí.
Cerré los ojos porque me escocían de las lágrimas que se me estaban formando de la risa.
Y, cuando los abrí, me quedé tiesa.
Junto a la cama estaba Patrick, mirándonos divertido y conteniendo la risa al verme aplastada por los dos críos, que no me daban tregua.
—¿Necesitas ayuda?
—No me vendría mal, la verdad.
—Nooo —dijeron los dos críos a la vez.
—¿No? ¿Y eso por qué? Yo aquí veo que el combate no es justo. Sois dos contra una.
Se quedaron pensando unos segundos, se encogieron de hombros como si les diera igual y siguieron enredados en el nórdico, buscando mi cuerpo para hacerme cosquillas.
Mierda, es que de verdad tenía muchísimas. Por todas partes. Desde siempre. No había zona en la que me tocaran en la que no me hicieran reír.
—Si te ayudo, me deberás una.
—Sí, sí, sí… Lo que quieras, pero, por favor, páralos, que al final me hago pis en la cama —le pedí muerta de risa.
Patrick sonrió de forma traviesa y, sin pensarlo demasiado, se subió a la cama y gateó hasta los tres.
Menos mal que la cama era de esas en las que podías perderte de lo grande y resistente que era. Si no, allí, con los cuatro encima, la pobre se tendría que estar cagando en toda nuestra estampa.
Llegó hasta nosotros y, sin esfuerzo, cogió a June con una mano y la levantó en el aire.
—¡Aaaah, estoy volando! ¡Abu, paraaa, paraaa!
Con la otra mano agarró a Oisín, que, aunque era más grande, no lo levantó en el aire como a la otra, pero casi.
Los dos críos no podían reírse más porque yo aproveché ese momento para ponerme de rodillas y hacerles pedorretas en la barriga, primero a uno y luego al otro, mientras Patrick los tenía bloqueados.
—¿Os rendís?
—Noooo.
Cambié las pedorretas por cosquillas a cada uno con una mano.
—¿Os rendís? —volvió a preguntarles.
—Sí, sí. Parad, por favor —dijeron a la vez.
—¿Seguro?
—Que sííí.
—Pues venga, arreando a la cocina a desayunar. Porque el que no esté listo en una hora se queda en tierra y no va al mercadillo.
Leches… Toma con el padre y abuelo, cómo se las apañó para hacerles chantaje emocional, pensé mientras negaba con la cabeza.
Los soltó mientras hablaba y les faltó tiempo a los dos para bajarse de la cama corriendo y salir a toda prisa de la habitación, mientras Patrick y yo nos reíamos al verlos así de apurados.
Mira cómo, cuándo marquita quiere, aprieta el culo, pensé mientras me dejaba caer en el colchón de espaldas.
Un segundo después noté cómo el colchón se hundía a mi lado y giré la cabeza para ver a Patrick jadeante por la risa.
Cerca.
Demasiado cerca para mi paz mental.
Nos miramos riendo todavía, pero la risa fue bajando poco a poco cuando los dos nos dimos cuenta de dónde y de cómo estábamos.
Tragué saliva y vi cómo la nuez de Patrick se movía porque estaba haciendo lo mismo que yo.
Se giró un poco para mirarme mejor y eso fue mi perdición. O la de los dos. Porque nuestras miradas se quedaron enganchadas de la misma manera que el día del despacho.
Los segundos pasaron.
Ninguno se movía. Ninguno hablaba. Ninguno era capaz de romper esa conexión.
Fue Patrick quien por fin se movió, pero no para retirarse hacia atrás, sino para acercarse a mí todavía un poco más.
—Me debes una —dijo con voz ronca.
—Lo sé —susurré.
Se acercó un poco más.
Su cara estaba tan cerca de la mía que podía ver a la perfección el color de sus ojos, que en ese momento tenían un gris más oscuro de lo habitual.
Un gris acero, pero no lleno de tristeza, sino de otra cosa.
Deseo.
Mi cuerpo se tensó por completo. Y no por incomodidad, sino por la intensidad de lo que estaba sintiendo, porque no me podía creer que en ese momento deseara que me besara más que cualquier otra cosa en el mundo.
—¿Cómo me la vas a pagar? —susurró contra mis labios.
Noté su respiración contra mi boca. Fresca y cálida al mismo tiempo.
—No lo sé…
—Yo sí.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Cómo?
—Haciendo una locura.
Mientras decía la palabra locura, con la voz cada vez más ronca, bajó la mirada a mis labios, los miró un par de segundos y volvió a mis ojos.
—Patrick…
—Pídeme que no lo haga. Pídeme que no te lo haga pagar así.
Se estaba conteniendo. Mucho. Lo noté por cómo sus manos se aferraron a la tela del nórdico que los dos teníamos enroscado entre las piernas.
Cerré los ojos un segundo y por mi cabeza pasaron palabras distintas. De distintas personas.
—Sabemos que a mi hijo lo querrás toda la vida. Pero tienes que seguir. Tienes que vivir.
—Él querría verte feliz. No muerta en vida, como llevas estos años.
Esas dos frases fueron de Carmen y Manolo, mis padres de corazón. Los dos me pedían seguir.
—Sira, no te hundas. Tú, aunque duela, sigue.
La siguiente que apareció fue la de mi abuela. Esa que me dijo antes de irse y que me costó cumplir, pero al final lo hice durante un tiempo. Hasta que Emilio se fue y paré. No seguí.
Y el último que se me vino al pensamiento fue Emilio. Allí, en mis brazos, mirándome con amor. Uno infinito. Uno que estaba segura de que seguía intacto allí donde estuviera.
Él, entre susurros, arrancándome una promesa que yo juré cumplir y que no había cumplido.
—Sira, no dejes de vivir. Sigue.
Suspiré porque no, no había seguido. Y, por supuesto, había dejado de vivir. Porque había estado muerta desde el mismo día que él lo hizo de verdad.
Él murió para irse a otro mundo y yo me morí en vida.
Apreté más los ojos y lo decidí.
Cumpliría la promesa que le hice. Viviría por los dos. Seguiría por los dos. Y, si tenía que llorar, lloraría, pero si tenía que reír, también lo haría y no me sentiría culpable por ello.
Abrí los ojos y volví a centrarme en esos ojos grises que seguían mirándome con intensidad.
Me había pedido que le dijera que no lo hiciera. Pero es que yo quería, deseaba que lo hiciera. Así que se lo puse fácil.
No le contesté. No se lo pedí. No pensé. Solo actué. Solo sentí. Solo me dejé guiar por lo que mi cuerpo, mi mente y mi corazón me gritaban que hiciera.
Acerqué mi boca a la suya y fui yo la que lo besé.
Apenas había posado mis labios sobre los suyos cuando noté cómo se tensaba y cerré los ojos, llamándome gilipollas, tonta y muchas más cosas por haber sido tan impulsiva.
Porque seguramente el motivo por el que se puso tenso fue que, mientras yo pensaba y dudaba, él había decidido que no era lo que quería.
Que se había arrepentido de tener ese impulso, vamos.
Retiré mi boca de la suya sintiendo la pérdida de sus labios.
—Lo siento —susurré.
Me miró un segundo. Solo uno.
—Yo sí que lo siento. Siento que hayas pensado lo que no era.
Hice un intento de sonreír para quitarle hierro al asunto. No lo conseguí. Solo me salió una mueca.
Hice un amago de retirarme hacia atrás, pero no me dejó. Con rapidez, me agarró por la cintura para que no lo hiciera.
—¿Qué haces? —pregunté confundida.
—No me has entendido.
—Sí que lo he hecho.
—No.
—¿No?
—No. He dicho que siento que hayas pensado lo que no era. Porque sé que piensas que no me ha gustado o que no quería hacerlo, pero eso no es así. Es que me has sorprendido tanto al hacerlo tú que me he quedado helado y sin saber responder.
Abrí la boca para decir algo, lo que fuera, pero no me dio tiempo.
En esa ocasión fue él quien me besó.
Y, desde luego, no tuvo nada que ver con el pequeño, suave y miedoso beso que yo le había dado.
El suyo fue con ganas.
Con intención.
Con decisión.
Me saboreó.
Exploró mi boca.
Buscó mi lengua.
Empezó de manera contenida, pero, en cuanto vio cómo mi cuerpo, mi boca y yo misma nos rendíamos a él, intensificó el beso.
Y qué beso…
Con las patas colgando me dejó cuando, después de varios minutos pegado a mi boca y también a mi cuerpo, se separó para que los dos cogiéramos aire.
Porque, mientras me besaba con pasión, me pegó a él para que ambos sintiéramos el calor del cuerpo del otro.
Nos quedamos mirándonos durante un par de minutos y ninguno de los dos fue capaz de decir absolutamente nada.
Solo hubo silencio y confusión entre nosotros por la intensidad del momento que acabábamos de vivir.