Dos veces en la vida Capítulo 18
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Capítulo 18

Nada más abrir los ojos esa mañana, lo primero que hice fue sonreír.

Sonreí de la misma manera que llevaba haciéndolo los últimos quince días.

Quién me iba a decir a mí que la sonrisa que perdí tantos años atrás por la pérdida de Emilio había vuelto a mí de la manera más rara e inesperada, y gracias a personas a las que nunca pensé que conocería en la vida.

La primera que obró el milagro había sido mi pequeña June, ya meses atrás.

Con sus comentarios, sus canciones, sus preguntas espontáneas y sus abrazos de repente, agarrándose a mis piernas en el pasillo del tren, fue consiguiendo poco a poco hacerme sonreír.

Al principio fueron solo amagos de sonrisa o simples muecas. Después, sonrisas pequeñas, hasta que poco a poco se fueron haciendo más amplias, consiguiendo con su cariño que sonriera de verdad como no lo hacía desde hacía años.

A ella se le habían juntado otras tres personas que, en quince días, no solo me habían sacado sonrisas, sino también carcajadas.

Increíble, pero cierto.

Moira, Oisín y también el borde, que ya no era tan borde, Patrick, se habían unido a ese círculo que me sacaba sonrisas.

Cada uno de una manera distinta, pero lo hacían.

Oisín me hacía sonreír cuando lo veía proteger a June como si fuera la joya más valiosa del universo.

Cuando decía algún comentario demasiado maduro e ingenioso para su edad o cuando hablaba en español intentando imitar nuestro acento andaluz.

Moira me había sacado muchas sonrisas al ver cómo miraba a los dos hombres de la casa y también a la pequeña June desde que había llegado, como si fueran sus polluelos.

Y es que, en verdad, así los trataba.

Bueno, y a mí también, para qué mentir. Estaba pendiente en todo momento de todos, siendo una mamá gallina en toda regla.

Ambas habíamos tenido varias y largas conversaciones en las que yo le había contado prácticamente toda mi vida.

Le hablé de mi madre, a la que no conocí. De mi querida abuela, a la que ella tanto me recordaba. De Carmen, de Manolo, de la gente del patio. Del tren y sus gentes. Y, cómo no, de Emilio. De él fue del que más le hablé.

Tiempo atrás dolía hablar de él.

Pero ya no me pasaba eso. Desde que había llegado allí, hablaba de él sin dolor. Hablaba con cariño, con nostalgia, con amor, pero también con aceptación.

Aceptación de que él no volvería.

Hablaba de él pensando que, allá donde estuviera, estaría contento y feliz, al igual que mi abuela, porque gracias a esa gente me estaba permitiendo vivir. Seguir. Y disfrutar de las pequeñas cosas.

Eso no quería decir que ya no lo quisiera o que no pensara en él, porque no era así. Lo seguía queriendo igual, pero lo hacía mientras sonreía y disfrutaba de cosas que tiempo atrás ni siquiera me habría planteado que podría hacer.

Sonreía al ver nevar, algo que, al vivir en Sevilla, no había visto nunca.

De ver a los niños bailar agarrados de la mano.

De ver a Moira fruncir el ceño cuando algo no le cuadraba.

O de ver a Patrick quedarse sin palabras por alguna pregunta que le hacía su nieta para la que no tenía respuesta.

Patrick…

Él también me había sacado muchas sonrisas esos días. Y, como me había dicho Moira alucinada, yo a él también. Por eso me daba las gracias casi a diario.

Pero es que, además de sonrisas, me había sacado sonrojos casi con la misma facilidad.

El primer día me pareció un borde, un maleducado y un desconfiado de cuidado.

Pero todo eso se borró a la misma velocidad que llegó después de nuestra conversación en el despacho, en la que le conté la historia de su nieta, un poco la mía y escuché también parte de la suya.

Esa primera impresión que me llevé de él se borró, como he dicho, para dar paso a otra que cada día me sorprendía más.

Era un hombre serio, eso sí, pero también era capaz de bromear en el momento justo.

Muy protector, quizá en exceso con los niños, pero también firme.

Y conmigo…

Conmigo su actitud cambió radicalmente desde aquella primera conversación y esa conexión, cruce de miradas incluido, que habíamos tenido en el despacho.

Me hacía algún que otro comentario que conseguía ruborizarme hasta la raíz del pelo. Me miraba algunas veces de una manera que hacía que mi respiración se entrecortara, y su forma de sonreírme hacía que me temblaran las piernas.

Había querido evitar pensar en todo eso.

No porque me sentara mal, ni mucho menos, sino por todo lo contrario. Porque me gustaba demasiado.

Suspiré en la cama, en la que estaba la mar de a gusto bajo el calorcito del nórdico.

Me quedé mirando el techo unos segundos y, por primera vez, decidí detenerme a pensar en qué me pasaba con él.

Pensé. Lo analicé. Repasé todas las conversaciones, las palabras que me había dicho y cómo me habían hecho sentir. Lo que su mirada le hacía a mi cuerpo, a mi mente y, por qué no decirlo, total, ya puestos, a mi corazón.

—Dios mío… —susurré.

—No puede ser posible.

Pues sí que lo es, chiquilla, me dijo una voz en mi cabeza.

—Me gusta. Eso es lo que me pasa, que me gusta.

—¿Quién te gusta?

Mierda…

La voz de June, adormilada, me sobresaltó. Y me quedé helada sin saber qué responder a lo que me había preguntado.

Piensa, Sira, piensa rápido.

—¿Quién te gusta, Sira? —repitió.

—Tú. Tú me gustas, pequeña.

Sonrió y se pegó más a mí bajo el nórdico para abrazarme.

—Tú también me gustas a mí.

Sonreí aliviada. Menos mal que con mi respuesta había salido airosa.

Porque, si no estaba preparada para aceptar yo misma lo que acababa de descubrir, mucho menos lo estaba para reconocérselo a nadie. Y menos aún a una niña de tres años a la que se le podía escapar sin querer en cualquier momento y ponerme en un compromiso.

—Sira…

—Dime, cariño.

—Estoy contenta aquí. Esto me gusta.

Y a mí también, pensé sonriendo.

Sonrisa que se me borró al pensar que los días pasaban demasiado rápido. Que cada día era un día menos del tiempo que tenía para quedarme allí.

El tiempo… Ese gran enemigo de todo el mundo. El enemigo del disfrute de las cosas buenas.

No había querido pensar en profundidad en ello, pero sí que lo había hecho varias veces de pasada. Había evitado pensar en lo que iba a pasar cuando mi tiempo allí se terminara.

Y no había querido profundizar en ello por una razón muy poderosa. Una que me encogía el estómago y hacía que mi corazón sangrara.

Ya sabía lo que iba a pasar cuando mi tiempo en Irlanda llegara a su fin. O, al menos, lo intuía.

Allí June era feliz. Era feliz con los suyos. Con su familia. Con la que inevitablemente sabía que se quedaría. Porque era lo justo. Era lo sensato. Era de ley.

Y cuando eso pasara, cuando tuviera que volverme a España sin ella, sabía que se me partiría el corazón en mil pedazos. Porque, en poco tiempo, June se había metido en mi corazón sin pedir permiso y me había robado una parte de él.

La quería. La quería tanto que perderla iba a ser horrible. Iba a ser devastador. Por eso evitaba pensar en ello.

Cogí aire y le hice la pregunta que sabía que me iba a romper por dentro. Pero era necesario hacerla para ir haciéndome a la idea de lo que, más pronto que tarde, iba a pasar.

—¿Te gusta esto tanto como para quedarte aquí a vivir?

Ni siquiera lo pensó. Su respuesta salió ni medio segundo después.

Sincera. Alta. Clara. Dolorosa.

—Sí.

—Pues hay que decírselo al abuelo.

—Yo se lo diré.

Perfecto, porque, como tuviera que decírselo yo, me iba a romper y no quería que él me viera así.

Vaya panorama de vida que tienes, Sira…, pensé lamentándome.

Una niña a la que quieres como si fuera tuya y a la que vas a perder.

Una mujer que te recuerda a tu abuela y a la que le estás cogiendo un cariño especial, a la que también vas a perder.

Un niño sabiondo, adorable y con un carácter que me tenía fascinada, al que también le había hecho un huequito en mi corazón. O, mejor dicho, él, al igual que su sobrina, se había colado en él sin pedir permiso. Al que también vas a perder.

Y, por último, estaba Patrick.

Un hombre que me sacaba nada más y nada menos que catorce años, con el que había conectado de una forma increíble e impensable para mí.

Que me gustaba.

Al que sabía que le caía bien, pero que nunca sentiría nada más por mí porque tenía a Cristina grabada a fuego en la piel y en el corazón. Al que echaría de menos hasta doler y por el que lloraría mientras paseara por los vagones del tren, cuando volviera a mi vida.

A esa vida solitaria y vacía que tenía antes de que una muerte, una carta y una niña de cabellos rojos y ojos grises como una tormenta le dieran un giro inesperado.

Cerré los ojos un segundo y retiré casi a golpes todos esos pensamientos de mi cabeza.

Porque me estaba entrando un coraje de pensarlo que para qué.