Capítulo 17
Los minutos que estuvimos en silencio, uno que al final se volvió incómodo, fueron muy reveladores.
En los ojos de Patrick pude ver cómo fragmentos de su vida pasada pasaban por su mente, reflejando un dolor que le hacía daño al recordarlos con nostalgia.
Reconocí en él ese dolor de haber perdido a alguien. Reconocí el profundo pesar con el que pensaba en la persona amada y perdida.
Claro que reconocí todo eso que reflejaban sus ojos, porque yo misma lo seguía viendo en los míos a diario cuando me miraba en el espejo.
Él se perdió esos minutos pensando en Cristina y yo lo hice en Emilio.
Un carraspeo por su parte me hizo pestañear y volver al despacho, dejando mis recuerdos flotando en mi mente.
—Me entiendes… —dijo sorprendido al ver el mismo dolor en mis ojos.
—Sí.
—También has perdido.
No fue una pregunta. Fue una afirmación.
—Sí. Hace tiempo ya. Pero ese dolor sigue ahí. Nunca se va. Cada día que pasa no es que duela menos, pero sí se lleva mejor.
—¿Cuánto tiempo?
—Cinco años.
—Eras joven. Bueno, ahora lo eres también. No llevaríais mucho tiempo juntos, ¿no?
Sonreí, porque estaba segura de que lo que le iba a decir le sorprendería.
—Tengo veintiséis. Emilio y yo estuvimos juntos desde que yo tenía catorce hasta que cumplí veintiuno. Siete años…
Me miró tan sorprendido que sus ojos no pudieron abrirse más.
Eso me hizo reír.
—Erais dos niños.
—Sí. Dos niños que se conocían desde que llevaban pañales. Dos niños que juntos se hicieron adolescentes. Dos niños que de la mano se hicieron adultos.
Sonrió al verme decir eso con cariño. Con nostalgia, pero sonriendo al recordar aquella buena época.
—¿Y tú y Cristina?
Cerró los ojos un segundo y cogió aire. Se le notaba que hablar de ella aún dolía.
Pero hizo el esfuerzo, al igual que yo lo hice al hablar de Emilio.
—Estuvimos juntos nueve años. Dos los dos solos y luego llegó Oisín. Murió en un accidente de tráfico cuando él tenía siete.
Vaya, otra cosa que teníamos en común. Patrick también había perdido al amor de su vida por culpa de un coche.
—Al menos tienes algo que yo no.
—¿El qué?
—Un pedacito de ella. A Oisín. A mí no me quedó nada. Solo soledad y ausencia.
Sonrió cuando me oyó decir el nombre de su hijo.
—Es un chico estupendo. No tiene nada que ver con su hermano. Es responsable en exceso. Aunque también tiene mucho carácter.
Eso ya lo noté en la cocina. Como también noté que era muy maduro para tener solo diez años. La pérdida de su madre seguramente lo había hecho ser así.
—Eso es la sangre española que corre por sus venas. Los de allí tenemos carácter —dije riendo.
Me miró sorprendido.
—¿Cómo sabes…?
—Me dijo que hablaba mi idioma porque su madre era española.
—Así es. Era de Madrid.
Vi que de Cristina le costaba hablar, así que volví a Oisín.
—Dentro de lo que cabe y habiendo perdido a su madre, se le ve un chico feliz.
—Lo es. Lo ha pasado mal. Los dos hemos sufrido y sufrimos su ausencia. Pero es fuerte. A veces pienso que más que yo.
—Los niños llevan el duelo de otra manera. June también lo está pasando mal por la ausencia de Victoria, pero he intentado hablar mucho con ella y parece que funciona. Llora, sí. Pero también comprende.
Se quedó mirándome unos segundos y vi que estaba pensando algo que o no se atrevía a decirme o no sabía cómo hacerlo.
Decidí darle un empujón.
—Habla. Di lo que estás pensando. Venga, pídeme eso que quieres y parece que no te atreves.
—¿Cómo sabes…?
Solté una risita.
—No sé por qué, pero tus ojos me hablan. Es como si fueras un libro abierto para mí.
—Vale. Pues… la verdad es que me gustaría conocer a June y también quiero que Oisín la conozca. Me ha parecido que han conectado. Que Caelan se desentienda no significa que yo también lo haga.
Vaya… Eso sí que no me lo esperaba.
Había pensado que nos dejaría pasar la noche y que después me diría que lo sentía, pero que si el descerebrado de su hijo no quería saber nada de la niña, él no podía hacer más.
Al parecer, Patrick no había sido el único en juzgarme sin saber. Yo también lo había hecho, y eso no me gustó. Porque yo no era así.
Yo no juzgaba. Yo no daba nada por hecho. Yo dejaba que la gente me mostrara lo que tenía y después ya sacaba conclusiones.
En esa ocasión me había equivocado por completo con él.
—Me parece bien. Eres su abuelo.
—Dios… Abuelo… Joder, esa palabra me hace sentir muy viejo. Más de lo que ya me sentía.
Solté una risita.
—No digas tonterías. Estás muy bien para tener cuarenta años. Los llevas de maravilla. El título de abuelo no te hace más viejo, sino más interesante.
Me arrepentí en el mismo momento de decir la última palabra. De haber soltado eso por la boca.
¿Pero qué narices me pasaba? ¿Cómo había sido capaz de decirle eso? ¿Se me habría ido la cabeza? Esas preguntas, y más, me pasaron por la cabeza al pensar en el comportamiento descarado que acababa de tener.
Mis mejillas se tiñeron de rojo por la vergüenza y Patrick, al ver mi apuro, soltó una carcajada.
Coño, qué risa tan bonita tenía, añadí a mis pensamientos.
—Así que interesante, ¿eh? —dijo burlándose.
Me llevé las manos a la cara para taparme las mejillas, que me ardían.
—Lo siento. No he pensado lo que decía. Yo… yo… —titubeé.
Mierda, ni sabía qué decir.
Se inclinó hacia delante en el sofá y me miró más de cerca. Fijamente a los ojos. Con intensidad.
—Yo también creo que eres interesante. Aunque no seas abuela —susurró.
Retiré las manos de mi cara y las dejé caer en mi regazo. Y lo miré. Lo miré fijamente a los ojos.
Algo raro pasó dentro de mi cuerpo. Algo me recorrió por dentro. Algo que yo creía muerto y enterrado pareció cobrar vida.
Fue fugaz. Muy fugaz. Casi imperceptible. Pero estuvo. Yo lo noté. Noté por un segundo eso que hacía muchos años que no sentía.
Deseo.
Y me asustó. Me asustó mucho.
No sabría decir si él sintió algo parecido. O algo raro. Lo que sí supe es que no apartó la mirada de mí durante unos segundos que se hicieron eternos.
Fue como si nos quedáramos conectados, como si algo nos impidiera apartar la mirada del otro.
La mirada fue intensa. Muy intensa. Por parte de los dos.
Unos toques en la puerta nos sobresaltaron.
Parpadeamos a la vez y con la mirada nos hicimos la misma pregunta, mirándonos con confusión.
¿Qué narices había sido eso?
Todavía confuso, Patrick se levantó y él mismo abrió la puerta, en vez de darle paso a quien fuera que había llamado. Yo necesité dos segundos más para reaccionar.
Y me levanté justo cuando abrió la puerta de par en par y vi al otro lado a Moira, a June a su lado agarrada a su mano y a Oisín detrás de su sobrina de forma protectora.
—¿Qué ocurre?
—Patrick, es tarde. Los niños tienen hambre y… no sé si se quedan, si se van, si cenáis los dos, si cenamos todos. No sé nada —dijo Moira de carrerilla.
Patrick giró un poco la cabeza hacia mí, que ya estaba a su lado, y me preguntó con la mirada.
Solo con eso entendí lo que quería decirme.
—Nos quedamos.
—¿Sí? —preguntó mi pequeña sonriendo.
—Sí.
—¿Eso significa que mañana podré ver los caballos?
Patrick, al oírla, soltó una carcajada. No muy alta, pero sí lo suficiente para que Moira y Oisín lo miraran con la boca abierta, muy sorprendidos por su reacción.
Y, si con eso no tuvieron suficiente, lo que hizo a continuación ya provocó que se les descolgara la mandíbula, totalmente alucinados.
Se agachó, poniéndose a la altura de June para que pudiera verle la cara cuando le hablara.
—Antes me he quedado un poco impactado y no me he presentado. Soy Patrick. Tu abuelo.
June levantó un momento la mirada hacia mí, mirándome nerviosa porque no sabía qué hacer. Pero, cuando me vio sonreírle y asentir con la cabeza, volvió la vista hacia su abuelo y le sonrió.
Se soltó de la mano de Moira y dio un paso para ponerse más cerca de él.
—Yo soy June. Tu nieta —le dijo sonriendo.
—Sí que lo eres —dijo alargando su mano para tocarle el pelo.
—Lo tenemos igual.
—Sí. Todos lo tenemos así. Y los ojos también del mismo color.
Se miraron un segundo más y Patrick abrió sus manos. June no dudó. No lo pensó ni un segundo. Se lanzó a sus brazos para abrazarlo.
Él la envolvió con sus brazos y la pegó a su pecho. Sin separarla, se levantó del suelo con ella en brazos.
—¿Así que quieres ver los caballos?
—Sí, abuelo, por favor —dijo juntando las dos manitas, rogándole.
Patrick soltó una nueva risita.
Moira y Oisín seguían mirándolo como si le hubieran salido cuernos en la frente o como si acabara de decir que era Batman.
Alucinados.
—Mañana. Tu tío y yo te enseñaremos todos los que tenemos, ¿te parece bien?
—¡Sí! Sí, sí. Gracias, abu.
Se abrazó más a su cuello y le dio un sonoro beso en la mejilla que hizo que Patrick se emocionara.
—Ahora vamos a cenar. Es tarde.
Sin decir nada más, él abrió la marcha para ir a la cocina y los demás lo seguimos.
Moira me agarró del brazo con suavidad, pero con la suficiente firmeza para que frenara un poco y las dos nos quedáramos más rezagadas.
—Estoy alucinando. Si me pinchan ahora mismo, no me sacan ni una gota de sangre.
La miré frunciendo el ceño.
—¿Por qué? He visto que tú y el niño lo mirabais sorprendidos, pero no entiendo por qué.
—¿Cómo lo mirarías tú si lo oyeras reír después de tres años sin hacerlo?
Ahí la que se sorprendió fui yo. Otra cosa más en la que nos parecíamos. Patrick también perdió la sonrisa a la vez que a Cristina.
—Creo que vuestra llegada va a hacer que muchas cosas en esta casa cambien —dijo muy segura.