Capítulo 16
Antes de empezar a hablar y sin pedir permiso, cogí una silla de las que tenía en el escritorio.
La puse frente a él, que seguía sentado en el sofá, y me acomodé.
Si él estaba sentado, era de recibo que yo también lo hiciera, ¿no?
Al menos en mi mundo, cuando dos personas iban a mantener una conversación de la envergadura que fuera, era justo que los dos estuvieran cómodos. O, como mínimo, en las mismas condiciones.
—¿Preparado?
Me miró un segundo y vi cómo se pensaba la respuesta.
—No.
—¿No? —pregunté frunciendo el ceño.
—Quiero decir que sí, que estoy preparado para escucharte. Pero algo me dice que lo que me vas a contar no me va a gustar nada y que me voy a poner de muy mala hostia.
Pues sí. Si eres un hombre sensato, y espero que sí, te vas a poner de una mala hostia impresionante cuando sepas lo que hizo tu hijo y por todo lo que ha pasado tu nieta, pensé.
—Pues… Mira qué te digo. Spoiler: lo vas a hacer.
Resopló.
—Tengo muchas preguntas.
—Lo supongo.
—Como, por ejemplo, quién eres tú y qué hace mi nieta contigo.
—Eso llega casi al final de la historia. Y… ¿has dicho mi nieta?
Soltó una risa sin humor.
—Sería un necio si no reconociera lo evidente. Es un calco de mi hijo. Y sus ojos y su pelo son marca registrada de los Kavanagh. Así que, a no ser que sea hija de un primo lejano que yo no sé que tengo, esa niña lleva mi sangre.
—La lleva —afirmé con rotundidad.
—Lo sé.
—Vale, ¿empiezo ya? —pregunté impaciente.
—¿Tienes prisa?
—Pues mira, sí. Porque, si nos echas de tu casa cuando termine de hablar, tendré que buscar un lugar para pasar la noche. Hace un frío horrible en este pueblo y no quiero estar con la niña en la calle más de lo necesario.
Resopló a la vez que se pasaba la mano por la nuca.
—Mira, puede que no hayamos empezado con buen pie. Puede que te haya parecido un borde. Pero no soy tan cabrón como para echaros a la calle a estas horas, independientemente de lo que me cuentes.
¿Borde?
Esa palabra se quedaba corta para los adjetivos que yo hubiera dicho de él por su trato.
Pero bueno, parecía que estaba un poco más aplacado.
Y, dentro de que seguía sin ser muy amable, sí parecía que estaba siendo más comedido y correcto, así que le daría un voto de confianza antes de saltarle al cuello y morderle.
—Vale. Gracias.
Asintió.
—Empieza, por favor.
Cogí aire y le conté todo con pelos y señales.
Todo. Sin dejarme nada de lo que sabía en el tintero.
Le conté mucho más que a Moira. Le mostré la carta. Y no solo eso, también la cuenta del dinero que Victoria nos había dejado, para que viera que de la niña no había tocado nada.
Así como también le mostré el papel de la custodia temporal que tenía hasta que viéramos cómo estaban las cosas.
Me escuchó con atención. Mucha.
La verdad es que me sorprendió lo atento que estuvo. Lo mucho que preguntó, queriendo saber cosas que unas sí pude responderle y otras no, porque no las sabía.
La conversación duró casi una hora.
Y tengo que reconocer que me sentí bien hablando con él. El cambio que dio a medida que avanzaba la conversación fue muy notable.
Dejó atrás su desconfianza, su manera borde y altiva de hablarme y sus dudas del principio, esas en las que pensó que yo era una aprovechada.
Pasó casi de un polo al opuesto.
Empezó a hablarme con educación. Fue amable. Comprensivo. Se contuvo en mi presencia para decir ciertas cosas, eso lo vi claro.
Sobre todo, al saber que su hijo le había dado la espalda a Victoria. Como también vi cómo se contuvo cuando llegué a la parte en la que Victoria se suicidó.
Mientras hablábamos, incluso me ofreció agua, sacando dos botellas de una neverita en la que yo ni me había fijado y que estaba en una esquina del despacho.
Esa hora, mal que me pesara decirlo, me sentí bien allí, hablando con Patrick.
Lo de que me pesara fue porque tenía sentimientos encontrados.
Porque haberme sentido tan a gusto hablando con él y notar, pese a la diferencia de edad que teníamos, que era de catorce años, ya que él tenía cuarenta, que en eso poco me había equivocado cuando pensé que había tenido a su hijo muy joven, me removió demasiado.
Habíamos conectado muy bien.
Los dos, porque en él también lo vi. Vi que se sentía muy a gusto hablando conmigo.
Y eso me recordó a las largas conversaciones con Emilio, esas en las que nunca se nos acababan los temas ni las palabras.
Y me fastidió por mucho que también me gustara. Porque no quería tener esa buena sensación con otro hombre que no fuera Emilio.
Me sentí como si le traicionara.
—¿Qué opinas? —le pregunté al terminar la conversación.
Se acomodó en el sofá, apoyándose en el respaldo, y se pasó las manos por la cara.
Ya me había fijado en que ese gesto lo hacía mucho. Al parecer, lo hacía por inercia y sin darse cuenta cuando estaba sobrepasado y nervioso.
—¿Quieres que te sea sincero?
—Eso siempre.
—June no va a poder contar con mi hijo. Él es más inmaduro que ella y un caprichoso de primera, además de un egoísta que solo mira por él.
Vaya, no pensé que sería tan sincero.
—¿Te ha salido rebelde?
—Me ha salido gilipollas.
Solté una risita mientras negaba con la cabeza.
—Pues, sinceramente, eso me sorprende.
—¿Por qué?
—No te conozco de nada, pero, en la hora que llevamos hablando y al ver cómo has hablado a Oisín, no me parece que seas un padre consentidor.
—Y no lo soy.
—Por eso mismo me sorprende todavía más la actitud que dices que tiene tu hijo.
Se quedó pensando y dudando unos segundos. Pero vi el momento exacto en el que se rindió y supe que iba a contarme algo personal.
—Caelan siempre fue un niño muy movido y travieso. Al crecer, eso fue en aumento, dando paso a la rebeldía.
—Pero eso, si se corta cuando empieza a aparecer, se puede conseguir no que cambie, pero sí que se aplaque.
—Lo sé, y eso es lo que intenté hacer durante años. Ni te imaginas lo que me esforcé para que no se torciera.
—Pues entonces no entiendo nada.
Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, supe que lo que iba a decir dolía.
—Todos mis esfuerzos fueron en vano porque su madre hacía lo contrario que yo. Le tapaba sus trastadas, lo defendía, le daba más libertad de la que se merecía y le levantaba los castigos que yo le imponía.
Eso sí que no me lo esperaba.
En la crianza de un hijo los dos tienen que ir a una y no uno decir «so» y el otro «arre». Porque, cuando eso pasaba, el niño en cuestión, si era rebelde, al verse respaldado por uno de los dos, se perdía todavía más. Se aprovechaba de esa confianza y de esa defensa que le daban sin merecérsela.
—Lo siento.
—Más lo siento yo.
—¿No ha cambiado nada entonces? Porque eso siendo adolescente, vaya, pero ya es adulto.
Soltó una risa amarga.
—¿Cambiar? No, ni mucho menos. Yo diría que va a peor. Entra y sale cuando quiere. Hace y deshace lo que le da la gana.
—Ahora no está en la casa, ¿no?
—No. Está en casa de su madre. Allí celebrará su cumpleaños en dos días y será un evento por todo lo alto. En esas cosas mi hijo está como pez en el agua. Chicas, alcohol, fiesta…
¿Su madre?
Patrick debió de ver mi confusión al oírle decir eso, porque no dudó en preguntarme:
—¿Qué es lo que te parece tan raro?
—Es que… —dudé en si preguntar.
—Dilo sin miedo, mujer.
—En la cocina me pareció entender a Oisín que hablaba de su madre en pasado, por eso no me cuadraba lo que acabas de decir, que Caelan está con su madre. Pero, al parecer, no lo he escuchado bien.
—Lo has escuchado perfectamente.
Abrí los ojos como platos.
—Ellen es la madre de Caelan. Mi exmujer. Llevamos separados desde que él tenía unos seis años.
Hizo una pausa antes de seguir.
—Y Cristina… —Vi cómo le dolía decir ese nombre lo más grande—. Es la madre de Oisín. Falleció hace tres años.
Virgencita…
Dijo su nombre con dolor. Con mucho dolor.
Ahí supe que el dolor de su corazón, ese que llevaba dentro y que se reflejaba en sus ojos, era por ella. Por Cristina.
Tras sus palabras, el silencio en el despacho se impuso.
Denso. Pesado. Doloroso, incluso.
Porque los dos, al mirarnos, reconocimos en los ojos del otro el dolor de la pérdida.