Dos veces en la vida Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Qué pasa aquí? ¿Quiénes son?

El hombre hizo esas preguntas repasándonos a todos con la mirada. A Moira, de pasada. A los niños casi de la misma forma, aunque un segundo más. A June no le vio la cara porque aún la tenía apoyada en el pecho de su tío.

Pero a mi…

A mí me sostuvo la mirada con una intensidad que me puso los pelos de punta e hizo que algo raro se me removiera por dentro.

—En español, papá. June no habla inglés.

Pues misterio resuelto. Allí, sin dejar de mirarme, aunque su hijo le había hablado, tenía delante a Patrick Kavanagh, el abuelo de June.

—¿Quién es June?

—Yo soy June —dijo mi niña con voz temblorosa.

—Es mi sobrina —añadió Oisín, orgulloso.

Y ahí yo apreté los puños al ver la cara de horror que puso, mirándonos alternativamente a la niña y a mí.

June, con toda la inocencia de la niña de tres años que tenía, se separó de su tío y dios dos pasos en dirección a su abuelo.

Levantó la mirada. Bastante. Porque Patrick era alto. Muy alto. Y grande, eso también.

Mientras él miraba sorprendido cómo June se acercaba a él, le hice un repaso rápido. Desde luego, Oisín había dicho la verdad: eran todos iguales.

Mismo tono de pelo. Mismos ojos grises. Esos con un color especial que cambiaba con la luz. En los del niño me había fijado mientras hablábamos, y tenían un brillo exactamente igual que los de June.

Pero en los de Patrick ese brillo no estaba. Sí eran del mismo gris. En esos momentos, del color de una tormenta.

Y tenían algo que Moira también había visto en los míos.

El dolor de la perdida.

Ese dolor que, por más que quieres esconder al resto del mundo, no lo consigues porque siempre está ahí. Presente. Imponiéndose. Sin irse. Recordándote cuando te miras al espejo que has amado y has perdido.

Ahí vi claro que ese hombre y yo habíamos vivido algo parecido. Los dos habíamos perdido a la persona que amábamos y nuestro corazón estaba congelado desde entonces.

—Abuelo, ¿me puedo quedar hasta mañana para ver los caballos?

Moira sonrió. Oisín se puso a su lado para apoyar su pregunta. Yo tragué saliva a la vez que rezaba para que no le hiciera daño diciéndole que no.

—¿Abuelo…?

Susurró esa palabra como si le hubieran caído cien kilos de piedras encima. Como si, con solo escucharla, le hubieran echado veinte años encima.

Y, sinceramente, no sabría decir cuántos tenía.

Más que yo, seguro.

Más que nada porque tenía un hijo de veintiún años. Le echaría alrededor de cuarenta o cuarenta y dos como mucho. Y muy bien llevados, por cierto. O quizá tenía diez más y había hecho un pacto con el diablo para parecer más joven.

—¿Eres el padre de Caelen?

—Sí —dijo con resignación, sin dejar de mirarla.

—Pues entonces eres mi abuelo. Porque él es mi papá.

Se llevó una mano a la cara y se la pasó por ella con cansancio.

—¿Entonces podré ver los caballos?

—¿Por qué sabes que tenemos caballos? —preguntó con desconfianza.

Fruncí el ceño porque no me gustó el tono con el que se lo preguntó. Fue como si hubiera una acusación detrás de la pregunta. Como si la niña fuera una amenaza.

¿Una amenaza a qué?

A su dinero. A querer algo de ellos.

Pues por ahí sí que no iba a pasar. Porque yo no había llevado allí a June para reclamar nada. Solo estábamos allí para que su padre supiera de su existencia por petición de su madre. Para nada más.

—Yo se lo he dicho —le dijo Oisín.

—¿Por qué?

El niño se dio la vuelta, cogió algunos de los dibujos que había encima de la mesa y se los mostró a su padre.

—Mira, los ha hecho ella. Le gustan los caballos.

Patrick los miró sin mucho interés y, al terminar, soltó una risa irónica.

—Muy oportuno.

Gilipollas. Pero gilipollas con letra mayúscula. ¿Qué coño estaba insinuando con eso de «muy oportuno»?

Su actitud me estaba empezando a tocar mucho las palmas. Y a mí las palmas no me las tocaba nadie.

—Patrick… —dijo Moira a modo de advertencia.

Nos miró a los cuatro por turnos durante unos segundos. Pensó dos más y por fin hablo.

—Oisín a la ducha.

—Papá…

—Ahora.

Ese ahora fue una orden. Una casi como las que recibían los militares de la base de Cádiz. Orden que el niño obedeció en el acto y se marchó de la cocina apretando los puños, aguantándose el enfado que todos vimos que había surgido en él.

Resoplé bajito.

Porque ahí supe que no sabría cómo sería lidiar con el niñato de Caelan, pero desde luego hacerlo con su padre iba a ser una lucha de titanes. Porque yo no me iba a dejar amedrentar. Ni por sus órdenes, ni por sus palabras, ni por su mirada.

—Moira, encárgate de la niña.

Moira puso los ojos en blanco antes de asentir.

—Y tú, como te llames, ven conmigo. Vamos a hablar.

Me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera.

Antes de ir detrás de él, me agaché frente a June, que nos miraba confundida.

—Quédate con Moira y termina el chocolate, ¿vale? Yo vuelvo en unos minutos. Voy a hablar con tu abuelo.

—¿No tardas?

Negué con la cabeza.

—No tardo. Prometido —dije llevándome la mano al pecho.

Moira la cogió en brazos y se sentó con ella en el regazo. La miré y se lo agradecí con la mirada. Ella, de la misma manera, me dijo: «Ve tranquila. Ella estará bien».

Cuando salí de la cocina, Patrick me estaba esperando en el pasillo y, al verme aparecer, sin decirme una sola palabra, caminó por él hasta llegar a una puerta en el siguiente pasillo de madera antigua.

La abrió y entró sin cederme el paso.

Muy bien. Al parecer, la educación no era lo suyo.

Entré y yo misma cerré la puerta más fuerte de lo que pretendía.

O quizá sí lo pretendía.

Era un despacho. O, al menos, eso parecía.

Estanterías altas llenas de libros. Una mesa de escritorio que parecía de madera buena y antigua. Dos sillas a ambos lados. Y, al fondo, un sofá de dos plazas justo debajo de un gran ventanal.

Se giró y me miró con desconfianza, con duda. Me miró como si yo fuera una dentista a punto de sacarle seis muelas a la vez.

—Mira, niña, no sé qué has venido a buscar o a reclamar para tu hija, pero si quieres dinero, desde aquí te digo que no vas a sacar nada sin pruebas. No eres la primera a la que mi hijo se ha follado y viene montando un numerito, así que…

La carcajada que me salió cortó su discurso de golpe.

Me miró como si quisiera pegarme cuatro gritos. Pero me dio exactamente igual. Hasta ahí había llegado mi paciencia. No pensaba consentirle que me hablara así.

—Primero, me llamo Sira. No, niña.

—Me…

—¡Cállate!

—¿Me mandas callar en mi casa? ¿Quién coño te has creído que eres?

—No me creo nadie. Solo soy una persona a la que no le gusta que la juzguen. Una persona que tiene derecho a explicarse.

—¿Qué mierda me vas a explicar? Está todo muy claro. Te has follado a mi hijo y crees que la niña es suya.

—Sigues hablando sin saber. Y estás metiendo la pata hasta el fondo.

Soltó una risita.

—¿Sí? No lo creo.

Ay, miarma… Qué cara de tonto se te va a quedar cuando sepas la verdad. Y qué suerte la mía que voy a estar en primera fila para verlo.

No pensé más.

No le di opción a seguir atacándome.

Cogí aire y le solté lo principal. Lo que sabía que haría que se le borrara de un plumazo esa sonrisa de suficiencia que estaba poniendo.

—June no es mi hija. Nunca me he acostado con Caelan, a Dios gracias por ello. La que sí lo hizo fue Victoria, la madre de la niña. Y no tienes que preocuparte porque no va a venir a reclamarte nada. Está muerta.

Vi cómo se le iba todo el color de la cara. Cómo se tambaleó un poco hacia atrás. Cómo tragó saliva, o lo intentó, tres veces. Y cómo se sentó en el sofá. O se dejó caer a plomo, más bien.

—Yo…

—¿Tú?

—No sé ni qué decir.

—Pues no digas nada. Porque, como sea, como todo lo que has dicho hasta ahora, estás más guapo callado.

Se llevó las manos a la cara y se las pasó por ella con gesto cansado.

—Me explicas todo, por favor.

Por ahí sí. Por ahí tenía que haber empezado la conversación. No acusando. No dudando. No recriminando sin saber.

Fui a abrir la boca para empezar a explicarle cómo estaban las cosas, pero me cortó incluso antes de empezar.

—Perdona. Pero creo que es mejor que me presente antes de que hablemos. Tú me has dicho tu nombre, pero yo no.

—Ya sé que eres Patrick Kavanagh. Moira me ha dicho tu nombre y el apellido; he supuesto que es el mismo que el de Caelan.

—¿No sabías ni mi nombre antes de venir a mi casa?

Negué con la cabeza.

—Solo sabía el nombre de Caelan. Que era de Midleton. No tenía ni siquiera una dirección. He preguntado en el centro del pueblo, en tres negocios, si lo conocían. Allí me han dicho dónde vivía.

—¿Cómo es posible? ¿No sabías nada más de nosotros?

—Nada hasta hace ocho días. Ni siquiera sabía el nombre de Caelan. Como para saber algo más.

Alzó las cejas, incrédulo.

Pues, si estás incrédulo con eso, espérate a que te cuente toda la historia. Menos mal que estás sentado. Porque, si no, te ibas a caer de culo, dije para mí.