Dos veces en la vida Capítulo 14
38%

Capítulo 14

Tuve que contener la risa al ver cómo June miraba la taza de chocolate humeante que Moira le puso delante.

La miraba como si estuviera pensando si tomársela o hacerle un monumento. Y, sinceramente, no podía estar más de acuerdo con ella, porque el olor que desprendía aquel chocolate era para perder el sentido.

—¿No te gusta? —preguntó Moira al ver que no cogía la taza.

—Le gusta demasiado. Creo que le da pena bebérselo para que no se acabe.

Moira soltó una carcajada.

—Sí se acaba, tengo mucho más. Aquí el chocolate nunca falta.

—¿Sois golosos?

—Son. Ellos lo son. Yo me uno por solidaridad.

Ahí la que soltó una carcajada fui yo.

—June, ¿quieres bizcocho?

La niña me pidió permiso con la mirada y yo asentí.

—Sí, por favor.

Moira cortó un trozo que no se lo saltaba un galgo y se lo puso delante en un plato.

June se relamió de gusto.

Perdió la poca vergüenza que le quedaba y atacó el bizcocho y el chocolate como si la vida se le fuera en ello.

—Bien. ¿Me cuentas a quién venís buscando?

Suspiré.

—A Caelan Kavanagh. En el centro del pueblo me han dicho que esta era su casa.

—Así es.

Esperé su siguiente pregunta.

—¿Y lo buscas porque…?

Ese porque se quedó en el aire, pues señaló a June con la cabeza, que estaba totalmente concentrada merendando y ni nos oía hablar.

—Sí, si has pensado que es… has acertado.

—Lo conociste en España, supongo.

Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

Moira se había pensado que June era mi hija. Pero, claro, tampoco era algo raro, ya que no se lo había aclarado todavía.

—Yo no lo conozco. No soy su madre. Solo una amiga.

Moira se sorprendió.

—¿Y dónde está su madre?

—Muerta.

La respuesta de June. Hizo que el silencio se instalara en la cocina durante unos segundos.

—Vaya… Lo siento mucho, pequeña.

—Yo no.

Moira me miró horrorizada por la respuesta de June y yo negué con la cabeza.

—¿No? —preguntó con miedo.

—No. Donde está, está mejor que aquí. Allí no llora. Allí no está triste.

—Dios mío…

—¿Verdad que tengo razón, Sira?

—No lo sé. Pero espero que sí.

—Sira, ¿qué ha pasado? ¿Qué le pasó a tu amiga?

Fui a contestar, pero, una vez más, June se me adelantó.

—Sira no era amiga de mamá. Es la chica del tren. Pero mi amiga sí que es.

—Cada vez estoy más perdida —dijo Moira frunciendo el ceño.

—Te resumiré un poco, ¿sí?

—Te lo agradecería.

Mientras tomábamos el chocolate, le conté, haciendo un resumen, lo que me pareció más importante.

Cómo había conocido a Victoria y a June, y dónde. La relación que teníamos. Y que Victoria había muerto unos ocho días atrás.

—¿Estaba enferma?

No quería decirle la verdad en presencia de June, así que saqué la carta que Victoria me había dejado y se la entregué para que la leyera.

Lo hizo con atención.

Al terminar, tenía los ojos llenos de lágrimas. Y en ellos se instaló un instinto protector mientras miraba a June. Lo reconocí enseguida, porque era el mismo que veía en los míos cada vez que me miraba en el espejo.

—¿Ella se…?

—En las vías del tren —susurré para que June no me oyera.

—Caelen la dejó a su suerte, ¿no? Porque no hay duda de que es suya. Es como verlo a él de niño. Son dos gotas de agua.

—Eso no lo sé. Solo sé lo que ella me contó. Le llamó varias veces y le mandó mensajes para decirle que estaba embarazada, pero él la bloqueó. Ella no tenía medios para venir y el resto te lo puedes imaginar…

—¿Ella no tenía familia? No entiendo por qué te dejó a ti a la niña.

Ahí le conté lo que sabía de la vida de Victoria. Que era huérfana. Que se crio en un orfanato. Dónde vivía con la niña hasta que pasó lo que pasó.

—La tristeza de perder el amor y la soledad se la llevaron.

Sonreí de manera amarga.

Porque eso era exactamente lo que había pasado. Lo que también podía haberme pasado a mí. Pero yo no me dejé vencer del todo porque prometí seguir.

Dos veces. Una a mi abuela y otra a Emilio.

—Tú también llevas el peso de la pérdida encima.

La miré sorprendida.

—¿Cómo lo sabes?

—Llevo viéndolo demasiados años en otros ojos y lo reconozco enseguida.

—¿En los de quién?

Moira iba a decir algo, pero unos pasos rápidos, como de alguien corriendo, hicieron que se quedara con las palabras en la boca.

La puerta de la cocina se abrió de golpe y un crío pelirrojo entró como si lo persiguiera el mismo demonio.

—Moira, ¿hiciste chocolate y no me avisaste?

El crío habló en inglés y June me miró frunciendo el ceño porque no entendió lo que había dicho.

—Oisín…

—¿Qué…?

No terminó la frase porque en ese momento se fijó en nosotras y nos miró con los ojos muy abiertos, sorprendido.

—¿Quiénes son?

—Habla en español, por favor.

El niño asintió y volvió a preguntar lo mismo, esta vez en nuestro idioma.

El que, por cierto, hablaba perfectamente.

—Hola. Yo soy Sira y ella es June. Por cierto, hablas nuestro idioma muy bien —lo elogié.

Se acercó a nosotras y nos estudió como si estuviera en clase de Naturales diseccionando una rana.

—Mamá era española, por eso lo hablo.

No se me pasó por alto que había dicho «era». Pero no era momento de preguntar por eso. Ya lo haría o me enteraría porque Moira, o alguien de esa casa, me lo contaría. Eso seguro.

Sin apartar la mirada de June, volvió a hablar.

—Es como yo. Y como papá y Caelan —dijo al fin.

Cerré los ojos un momento. Eso sí que no me lo esperaba. Teníamos delante de nosotros al tío de June. O eso supuse.

—¿Eres mi tío?

La madre que la parió. Así se lo preguntó al niño. Sin filtro. Sin anestesia. Sin dejarnos preparar el terreno.

—¿Qué dices? —le preguntó él, confundido.

—Caelan es mi papá. Si tú eres su hermano, eres mi tío, ¿no?

Moira y yo nos miramos sin saber qué hacer o qué decir. Porque, madre mía, en dos minutos se había descontrolado todo de manera increíble.

—¿Eres hija de Caelan?

—Sí.

—Pues entonces sí que soy tu tío. Él es mi hermano.

—Bien —contestó June sonriendo.

—Bien —añadió Oisín, sonriendo también.

Las dos nos miramos sorprendidas porque vimos lo mismo.

Una conexión entre tío y sobrina impresionante. Se miraron como si se conocieran de toda la vida. Y con ese «bien» que se dijeron fue como si firmaran un contrato silencioso de no perderse nunca.

—Oisín, toma.

Moira le puso una taza de chocolate delante y el niño tardó un segundo en sentarse y dar el primer trago.

—En cuanto termines, te vas de cabeza a la ducha. Estás hecho un desastre.

—Bronco ha pateado el suelo y me ha salpicado de barro —dijo como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Quién es Bronco?

—Mi potro.

Los ojos de June brillaron al oírle decir la palabra «potro» más que el sol de Sevilla a las cuatro de la tarde en plena ola de calor.

—¿Tienes un potro?

Oisín hinchó el pecho y yo contuve la risa al verle hacer ese gesto.

—Tengo diez. Igual que los años que tengo.

—¿Diez? ¡Vaya suerte! Yo nunca he visto uno. Ni tampoco un caballo, y son mis animales favoritos.

—¿Te gustan?

—Me encantan. Sira, ¿puedo…?

Me eché a reír al ver lo nerviosa que estaba al saber que allí había potros. Y solo con ese «puedo», supe lo que me estaba pidiendo.

Cogí la mochila que había dejado en el suelo, a mi lado, saqué la carpeta en la que tenía al menos cien dibujos de caballos y se la pasé. La abrió con rapidez, sacó el taco de folios y se los pasó a su tío.

Moira se acercó un poco más a Oisín y los dos miraron los dibujos maravillados, mientras el niño los iba pasando uno a uno, admirándolos.

—¿Los has hecho todos tú?

—Sí. Los caballos son lo que más me gusta del mundo.

Moira soltó una carcajada.

—Desde luego, sabiendo eso y viendo estos dibujos, nadie podría dudar de que la sangre Kavanagh corre por tus venas.

La miré confundida.

—¿Por qué dices eso? —pregunté.

—No sabes a qué se dedica Patrick, ¿verdad?

—No sé ni quién es Patrick, como para saber a qué se dedica —contesté poniendo los ojos en blanco.

—Patrick es mi padre y el de Caelan, claro. Y él cría caballos. Muchos caballos.

—¿Mi abuelo cría caballos?

—Sí —contestó Oisín riendo al ver la emoción de June.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿De verdad los tiene aquí?

Los tres reímos más alto al ver el estado de nervios en el que se puso June al saber que allí había caballos.

—Sí, en las cuadras. ¿Quieres verlos?

—Vaya que sí. ¿Ahora? —dijo levantándose de un salto.

Oisín se echó a reír más alto.

—Ahora no podemos. En nada anochecerá y a papá no le gusta que vaya allí cuando está oscuro. Pero podemos ir mañana.

La sonrisa de June se borró por completo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se acercó a mí. La cogí y la senté en mi regazo para abrazarla fuerte.

—Tranquila, ¿vale?

Oisín y Moira la miraron preocupados por su reacción y luego me interrogaron a mí con la mirada.

—June, ¿por qué te pones triste? Los caballos no se van a ir de las cuadras. Mañana podemos verlos.

—Mañana seguro que no estaré aquí. Y me quedaré sin verlos.

Se me encogió el corazón y vi en los ojos de Moira que a ella le pasó lo mismo.

—¿Te tienes que ir hoy?

—Seguro que sí. Papá no me querrá y tendremos que irnos.

Cerré los ojos y negué con la cabeza. Pobrecita mi niña.

—Caelan es idiota si no te quiere. Si es así, que le den bien dado.

—¡Oisín!

—¿Qué?

—No hables así. Como te oiga tu padre, verás tú. Te castigará.

—Pues que me castigué, pero seguiré pensando lo mismo.

Vaya con el niño. Tenía un buen carácter detrás de esa mirada dulce y las ideas muy claras.

—Además, él dice que está harto de Caelan, que es un inmaduro que se piensa que sigue en la adolescencia.

Bueno… Pues al parecer, las cosas se nos ponían difíciles, porque si el niñato seguía siendo un hombre de veintiún años con la mentalidad de uno de quince, sí que íbamos a marcharnos de allí más deprisa que lo que tarda en vaciarse una jarra de rebujito en plena Feria de Abril.

Oisín se acercó a nosotras y tiró del brazo de June para que se separara de mi pecho y lo mirara.

—Si él no te quiere, yo te querré por los dos. Y seguro que mi padre te deja quedarte hasta que veas los caballos. Venga, no llores.

June lo miró con los ojos llorosos, pero sonrió. Y lo que hizo a continuación provocó que Moira y yo suspiráramos mientras un par de lágrimas se nos escapaban de los ojos.

Se tiró a sus brazos y ambos se abrazaron fuerte.

Seguían fundidos en ese abrazo mientras Moira y yo los mirábamos emocionadas cuando la puerta de la cocina se abrió.

Poco faltó para que la mandíbula se me desencajara del sitio.

Allí desde la puerta, estaba el hombre más impresionante que yo había visto en mi vida. Mirándonos a los cuatro con el ceño fruncido y la mirada llena de preguntas.