Dos veces en la vida Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando pusimos un pie fuera del aeropuerto de Cork, nos miramos y las dos supimos y pensamos lo mismo.

Aquello no era Sevilla.

No, no lo era. Es que no se parecía ni una mijita .

Allí no había sol, ni hacía ese calor que te abrasaba hasta los pulmones al respirar. No olía a azahar ni a flores, no se respiraba ese ambiente alegre de nuestra querida Andalucía.

La gente no hablaba con ese acento inconfundible nuestro. Allí no oiríamos eso de «miarma», «quillo», «no ni ná» u «ozú». Como tampoco nadie se referiría a nosotras, ni tampoco entre ellos, como «chiquilla» o «mi niña».

No. Definitivamente, aquello era otro mundo. Uno muy distinto al nuestro.

Allí el sol parecía más tímido, como si le diera miedo asomarse del todo. Las dos miramos al cielo y solo lo vimos de refilón, ya que estaba prácticamente escondido entre unas nubes enormes. Nubes como aquellas nosotras casi no las veíamos ni en pleno invierno.

Y no solo eso nos sorprendió.

Lo que más lo hizo fue que caía una suave llovizna que parecía no mojarte, pero que, si te quedabas parada más de cinco minutos, terminabas como una sopa.

Sin embargo, la gente caminaba bajo esa lluvia como si formara parte de su rutina. Ni siquiera llevaban paraguas. Era como si estuvieran tan acostumbrados a aquello como nosotras a cocernos como gambas en pleno julio a las nueve de la mañana.

El olor allí también era distinto. No olía a ninguna flor. Olía a humedad, a hierba mojada, a campo y a una seriedad casi insultante.

El aire era diferente. Más limpio, mucho más húmedo y más frío. Tan frío como, de primeras, parecían ser sus gentes.

Todos serios. Todos sin saludar por inercia, aunque no conocieran a quien se cruzaba con ellos, como hacíamos nosotros. Y lo peor: casi ninguno tenía una sonrisa ni esa alegría característica andaluza que los de allí abajo parecíamos tener tatuada en el ADN.

Aunque por las circunstancias, como era mi caso, estuviera dormida o apagada en mi interior, pero latente, aunque fuera de forma más chiquita.

Agarré la mano de June, que buscó la mía con insistencia, porque estaba tan descolocada y tan fuera de lugar como yo. Aunque ella tenía una ventaja sobre mí: su aspecto, ese del que me di cuenta en ese momento más que nunca, era total y absolutamente irlandés.

Muchos tenían el mismo color pálido de piel que ella y también el pelo pelirrojo, aunque en distintas gamas de rojo.

En cambio, yo, mientras en Andalucía era una más, sin destacar, allí lo hacía. Y mucho.

Y no lo sabía porque lo pensara yo, sintiéndome un bicho raro, sino por cómo los que pasaban a nuestro lado me miraban de reojo, disimulando, aunque no tanto, lo que pensaban: «No es de aquí. Ni lo será, aunque se empeñe».

Mi cabello negro azabache, mi piel de un tono moreno que en mi tierra era lo normal y mis ojos negros con verde esmeralda, desde luego, no eran algo que la gente de allí estuviera acostumbrada a ver a diario. Y así me lo decían todas las miradas que se posaban en mí.

En silencio y agarradas de la mano, llegamos a la parada de taxis.

—Sira…Esto…

—Lo sé, cariño. Esto es distinto.

—Huele raro —dijo frunciendo el ceño.

Me aguanté la risa.

—No huele raro, huele distinto.

—Esto no es casa.

Se me estrujó el corazón al oírla decir eso, porque, aunque por sus venas corriera sangre irlandesa, ella no lo sentía así. Su padre, desde antes de su nacimiento, le había negado la oportunidad de sentirse así.

—No, no lo es. Pero puede que acabe siéndolo.

No me rebatió. No protestó. No dijo nada. Solo se quedó mirando por la ventanilla del taxi en el que ya nos habíamos montado.

Y eso fue lo peor, porque su silencio dijo: «No creo que eso pase. No me quiso entonces y ahora tampoco lo hará».

No había sido yo la que le había contado la historia de sus padres. De eso se encargó Victoria y, sinceramente, no estaba de acuerdo con que a una niña tan pequeña, aunque fuera madura, se le contara la cruda realidad de que su padre había pasado de ella.

Eso podría suponer un problema. Y lo haría, estaba muy segura, para que el encuentro con Caelen no fuera muy bueno.

Porque ella ya llevaba la idea metida en la cabeza de que su padre ni la quiso, ni la quería, ni la querría nunca.

Durante el trayecto hasta Midleton, ninguna de las dos habló demasiado.

Fuimos mirando todo el rato el paisaje.

Los minutos pasaban, al igual que lo hicieron los kilómetros. Kilómetros en los que vimos praderas verdes tan grandes que hacían pequeños a los campos de fútbol.

June se quedó maravillada viendo grupos de ovejas pastando, ajenas a la lluvia que caía.

De vez en cuando vimos alguna casa a lo lejos, rodeada de árboles y verde. Mucho verde. Siempre verde.

Al llegar a nuestro destino, le pedí al taxista que nos parara en el centro del pueblo y que esperara mientras preguntaba en los negocios de allí si conocían a la familia a la que íbamos a visitar.

Por suerte, siempre se me habían dado bien los idiomas. Y el inglés, especialmente. Menos mal, porque, si no, estar allí comunicándome por señas habría sido un gran problema.

En el primer local en el que entré no hubo suerte. El apellido Kavanagh les sonaba, pero no supieron decirme más. En el segundo, más de lo mismo.

Pero en el tercero sonó la flauta.

Allí me dijeron, si me hubiera descuidado, hasta el número de zapato que calzaban los habitantes de la casa a la que nos dirigíamos nada más saber la dirección.

June y yo contuvimos la respiración al ver la casa a la que nos llevó el taxista.

Una verja grande y alta de color gris. Una casa tan grande que hasta el patio de la casa en la que me crie parecía de risa a su lado.

Parecía sacada de otra época. De esa de los libros románticos que tanto me había gustado leer en el pasado.

Era de piedra oscura y parecía tener reflejos verdes, que en realidad eran pequeños rastros de hierba que salían entre las piedras por el exceso de humedad.

Tenía varias ventanas enormes y una puerta aún más enorme. De esas que necesitabas comerte un buen puchero para poder empujarla.

Al lado de la casa, al fondo a la derecha, había un edificio contiguo enorme que llamaba la atención.

Ni idea de lo que podría haber allí, pero estaba segura de que nuestra curiosidad se saciaría en breve.

Pagué al taxista, que muy amablemente nos dejó las maletas en la misma puerta de la casa, y, agarrada de la mano de June, subí los tres escalones, colocándonos a ambas junto al timbre.

—¿Preparada?

June contuvo el aliento, me miró con miedo y resignación, y se encogió de hombros.

—No, pero hay que hacerlo, así que llama al timbre, que yo no llego.

Solté una risita.

Mi niña preciosa tendría el pelo y el físico de esas tierras, pero, desde luego, su arte era sevillano cien por cien.

Llamé. Esperamos un minuto… Dos… No llegamos a más. La puerta se abrió.

Una mujer de unos sesenta años nos abrió la puerta. Desde luego, no podía negar que era irlandesa. Pelo pelirrojo, aunque, por la edad, tenía varias vetas blancas. Mirada seria y la piel blanca como la leche.

Aunque me llamó la atención que sus ojos transmitían ternura y confianza.

Nos miró primero a mí y frunció un poco el ceño. Pero, cuando bajó la mirada y vio a June, sus ojos se abrieron como platos y se llevó las manos a la boca.

Me puso nerviosa. Parecía haberse quedado en shock . Ni hablaba. Ni se movía ni na ’. Solo miraba a June.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué me mira así?

—No lo sé, cariño.

—¿Quiénes sois?

Ahí la que me sorprendí fui yo. No por su pregunta, sino porque la hizo en un castellano casi perfecto.

—Hola. Me llamo Sira García y ella es June Velázquez. Estamos buscando a una persona y nos han dicho que vive aquí.

Dudó, pero solo fue un segundo.

—Pasad. Hablaremos dentro. En nada lloverá mucho más y la temperatura caerá. No es bueno para los cuerpos mojarse en esta época del año.

—Gracias. La verdad es que estamos heladas de frío y un poco mojadas.

Y era cierto. Las cazadoras que llevábamos no es que estuvieran caladas, pero sí húmedas.

Y el frío también había hecho mella en nosotras. Estábamos a primeros de diciembre y en Sevilla hacía frío, pero allí era un frío totalmente desconocido para nosotras y al que no estábamos acostumbradas.

Dimos dos pasos al frente y entramos en la casa.

Dejamos las maletas a un lado para que no molestaran y seguimos, sin soltarnos de la mano, a la mujer. De repente, se paró en seco. Se dio la vuelta y nos sonrió.

—Perdonadme, me he quedado un poco impresionada y ni mi nombre os he dicho. Soy Moira. La cocinera, el ama de llaves, la que lleva la casa y la que aguanta a los hombres de esta casa.

June y yo soltamos una risita pequeña.

—Encantadas, Moira —contestamos a la vez.

—¿Os apetece un chocolate caliente mientras me contáis qué hacéis aquí y a quién venís a buscar? Aunque, viendo tu pelo y tus ojos —dijo señalando a June con la cabeza—, ya me hago una ligera idea.

Las dos asentimos sonriendo y la seguimos por un largo pasillo hasta llegar a la cocina.

O la gigantesca cocina, mejor dicho.