Dos veces en la vida Capítulo 12
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Capítulo 12

Con June cargada en mis brazos totalmente dormida, su mochila en un hombro y mi bolso en el otro, llamé al timbre.

Cuando la puerta se abrió y Carmen me vio allí, sus ojos y su boca no pudieron abrirse más por la sorpresa. Estaba totalmente impactada, no solo por verme con la niña, sino porque estuviera allí en su casa. Una casa que no pisaba desde hacía muchos años.

—Carmen…

—Dios mío, hija, ¿qué ha pasado?

Manolo, que debía estar cerca, al oír el timbre también se había acercado a la puerta y me miraba de una manera muy parecida a la que lo estaba haciendo su mujer.

—Déjala pasar, mujer. Ahora nos contará todo.

—Sí, sí. Pasa.

Se retiró de la puerta y entré con June.

—Dámela, la acostaré en nuestra cama. Allí estará bien mientras hablamos.

Manolo me cogió a la niña de los brazos. Ella ni siquiera se enteró de que ya no estaba conmigo. Se marchó por el pasillo con ella mientras yo seguía a Carmen a la cocina.

Me senté con cansancio en una de las sillas y dejé la mochila y el bolso a mis pies.

Carmen, sin decirme nada y dándome el tiempo que necesitaba, se puso a prepararme una infusión. Seguramente había notado en mi cara el estado de nervios en el que estaba.

Cinco minutos después, Manolo se unió a nosotras en la cocina y, con tres infusiones sobre la mesa, nos sentamos los tres.

—Bien. Cuéntanos qué ha pasado y quién es esa niña —me pidió Manolo.

Di un trago y el calor de la infusión me bajó por la garganta, pero ni eso consiguió que entrara un poco en calor. El frío que llevaba dentro por la situación que se me había presentado sin buscarla no se iría ni con brasas ardiendo.

Cogí aire y, bajo la atenta mirada de los dos, les conté todo del tirón.

Quién era la niña. Lo que había pasado en el tren durante toda la mañana. Mis nervios al no encontrar a Victoria. La llamada a Antón después de que la estación le contara la fatal desgracia en Jerez. La ayuda de todos los pasajeros.

Y la carta. Sobre todo, le conté con pelos y señales lo que decía la carta e incluso se la enseñé.

Al acabar, los tres nos quedamos unos segundos en silencio. Yo, pensando en el cambio que iba a dar mi vida. O, más bien, en el que ya había dado. Y ellos, digiriendo todo lo que les había contado.

—Pobre criatura.

—Y pobre mujer. Qué desesperada tendría que estar para hacer una cosa así.

—Nunca estuvo bien. Pero las últimas semanas cada vez estaba peor. Debería…

—No acabes esa frase. No se te ocurra echarte esa responsabilidad encima. Tú estuviste para ellas lo que te dejó.

Carmen, en el fondo tenía razón. Aunque hubiera querido, no podría haber hecho más. Las veces que intenté hablar con Victoria o le ofrecí mi ayuda de alguna manera, no me dejó entrar. Se cerraba todavía más en banda.

Suspiré.

—¿Qué vas a hacer?

—Parece mentira que no la conozcas. Hará lo correcto —le contestó Manolo a su mujer.

—Vas a llevar a la niña a Irlanda.

Las palabras de Carmen fueron una afirmación, no una pregunta.

Porque sí, claro que cumpliría la misión que Victoria me había pedido. Y no solo por cumplir su última voluntad, sino por darle a June la oportunidad de conocer a su padre.

Luego, si él no quería saber nada de ella, no me hacía falta pensar nada.

La decisión en mi cabeza estaba tomada desde que leí esa dichosa carta. Si no la quería, si no quería hacerse cargo de ella, si no quería quedarse con ella, me la quedaría yo.

Los dos me miraron y sonrieron a la vez. Pero no fue una sonrisa de orgullo por lo que iba a hacer. Fue una sonrisa que escondía otra cosa.

—¿Qué? ¿Por qué me miráis así?

—Porque esto viene de una desgracia, pero era lo que necesitabas para dejar un poco atrás la tuya y vivir.

—Carmen…

—Mi mujer tiene razón. Sabemos que a mi hijo lo querrás toda la vida. Pero tienes que seguir. Tienes que vivir. Tienes que volver a encontrar el amor.

—Nunca querré a otro hombre —dije indignada.

—Nunca digas nunca. Si tiene que pasar, pasará. Y sabes que mi hijo estaría de acuerdo en que así fuera. Él querría verte feliz. No muerta en vida como llevas estos años.

—Yo no podría dejar de quererlo —dije con los ojos aguados.

—Y nadie te pide que lo hagas. Pero puedes amar su recuerdo y amar a otra persona también. Tienes un corazón muy grande, Sira. En él caben muchos amores.

No estaba de acuerdo con ellos. No podría volver a enamorarme. No podría volver a amar a otro hombre como había amado a Emilio. Pero no quería seguir con ese tema, que no era la primera vez que salía entre nosotros, así que asentí y ellos se quedaron conformes.

Me quedé mirando, con una sonrisa en la cara, cómo June observaba todo con mucha atención.

La experiencia era nueva para las dos.

Ninguna de las dos había montado en avión antes y, aunque yo tenía los nervios agarrados al estómago y estaba igual de alucinada que ella, intenté contenerme para no dar la nota allí delante de todo el mundo.

Mientras el avión despegaba, los pensamientos se me fueron a la semana anterior, a antes de que nos subiéramos en ese avión que nos llevaría a un destino incierto.

Había sido una semana de locura.

Lo primero y más importante fue arreglar el tema del trabajo. La verdad es que no tuve ningún problema. La decisión estuvo clara. Vacaciones no podía pedir sin saber cuánto tardaría, así que pedí una excedencia de dos meses.

No pensaba quedarme en Irlanda tanto tiempo, pero, pasara lo que pasara, esos meses de descanso tampoco me vendrían mal.

Otro de los pasos fue ir a recoger las cosas de June a la casa donde vivía con su madre. Ese día fue muy duro. Las chicas que habían compartido vida con ellas me vieron recoger sus cosas y hablamos entre lágrimas del desgraciado desenlace de Victoria.

Preparar el viaje fue fácil. Había vuelos directos desde Sevilla a Cork, que era nuestro destino. Y, de allí, para llegar hasta Midleton, que era supuestamente donde vivía el padre de June, cogeríamos un taxi.

He dicho supuestamente, sí, porque esa era la referencia que Victoria tenía por lo que él le contó sobre dónde vivía. Pero, en casi cuatro años desde que estuvieron juntos, podían haber pasado muchas cosas.

Que no viviera ya allí. Que le hubiera mentido y fuera de la otra punta del país. O vete tú a saber qué más.

El caso es que, en ese sentido, íbamos a ciegas y esperaba que, por una vez en la vida, tuviera un poco de suerte y fuera verdad que Caelan Kavanagh, que así se llamaba el padre de June, viviera allí.

Si no era así, sobre la marcha ya vería lo que hacía y dónde lo buscaba.

Había buscado su nombre en las redes, que en la era en la que vivíamos era una forma rápida de dar con alguien, pero no hubo suerte.

Miré a June, que estaba muy atenta escuchando a la azafata explicar las instrucciones de seguridad, y sonreí con tristeza.

Desde luego, lo más duro de esa semana había sido contarle a la pequeña lo que pasaba.

Carmen y Manolo estuvieron a mi lado ese mismo día en el que me presenté en su casa con ella, y entre los tres le explicamos, de la forma más suave que pudimos, lo que había pasado y lo que pasaría a partir de ese día.

La verdad es que los tres nos sorprendimos bastante.

June, dentro de que lloró al saber que su madre no volvería nunca más. Se tomó las cosas con una madurez impropia para su edad. Y una de las frases que nos dijo aún la llevaba clavada en el alma. No creía que de allí saliera nunca por el impacto que me provocó.

— Mamá, donde haya ido, estará mejor que aquí. Allí no llorará ni estará triste siempre.

A los tres se nos llenaron los ojos de lágrimas al oírla. Supimos en ese momento que June había sufrido en silencio al ver la tristeza y la apatía de su madre.

Y pensar que una niña de tres años lo hubiera estado pasando mal encogía el corazón a cualquiera.

—Es una pasada, Sira —dijo mirando por la ventanilla.

—Sí que lo es. Las nubes se ven enormes.

—Mira, esa parece un caballo.

—Yo creo que más bien parece un perro grande. Pero la experta en caballos eres tú. Así que fío de tu palabra.

Las dos nos miramos y nos echamos a reír.

A reír, sí.

Porque mi risa se había perdido hacía años por una pérdida, pero, sorprendentemente y sin pedir permiso, había vuelto por una llegada.

La llegada de una niña que se había colado en mi corazón con fuerza y que, pasase lo que pasase, estaba segura de que para no saldría jamás.

Seguimos mirando las nubes, con las cabezas juntas y pegadas a la pequeña ventanilla del avión, mientras primero una y después la otra íbamos diciendo qué forma nos parecía que tenían.

June se quedó pensando en silencio unos segundos y supe que vendría una pregunta de las difíciles.

—¿Qué va a pasar allí cuando lleguemos? —preguntó con miedo.

Suspiré y la abracé contra mi pecho.

Sabía que iba nerviosa por la incertidumbre de lo desconocido. Por saber qué nos encontraríamos. Por pensar qué diría su padre si es que lo encontrábamos.

Y, sinceramente, yo también.

—No lo sé, pequeña. Pero lo que sí sé es que, pase lo que pase, yo estaré contigo. No te soltaré la mano.

Me sonrió a la vez que me abrazaba más fuerte, sintiéndose segura entre mis brazos.