Capítulo 11
Las chicas se bajaron y yo me centré en June.
Se la veía que se estaba empezando a poner nerviosa porque su madre tardaba, aunque no lo verbalizó en voz alta.
Le dije que iba a buscar a su madre, que seguramente estaría hablando con alguien en otro vagón y que no se había dado cuenta de los minutos que habían pasado.
Le presenté a Dolores, que se sentó a su lado, y enseguida noté la buena mano que tenía para los niños.
Le empezó a preguntarle, para distraerla, por un cuento infantil que estaba segura de que su propio nieto la había contado mil veces. Sonreí porque June parecía a gusto y relajada a su lado.
Recorrí el tren dos veces enteras.
Nada. Allí no estaba.
Hecho eso, decidí preguntar a los pasajeros que quedaban si alguien la había visto, dándoles su descripción.
Lo hice desde el sexto vagón hacía detrás.
No hubo suerte hasta que llegué al segundo.
—Perdonad que os molesté —dije poniéndome en medio—, quería preguntaros si habéis visto bajar en la parada de Jerez a una mujer joven, de unos veinte años, más o menos igual que yo de alta.
Hice una pausa y pensé un segundo la ropa que llevaba ese día.
—Llevaba vaqueros negros, una camiseta rosa y una cazadora fina negra también. Es morena, llevaba una coleta de caballo y…
El hombre del maletín no me dejó continuar. Me cortó a mitad de frase.
—Se ha bajado en Jerez —dijo alto y claro.
—¿Está seguro?
—Sí. Estoy seguro, porque me llamó la atención verla sola. Es la chica que se sube en Sevilla y se baja en Cádiz, como yo. La que siempre va acompañada por una niña, ¿no?
—Sí, esa es.
—Pues sí que se ha bajado.
Joder…
El hombre debió de ver mi cara de desolación, porque se levantó de mi asiento y, sin verlo venir, me agarró del brazo y me llevó con él hasta el fondo del vagón, donde no había pasajeros en ese momento.
—¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo a esa mujer? ¿A la niña?
—La niña está bien. Sigue sentada en su asiento.
El hombre me miró con horror al entender lo que acababa de decir.
—No me jodas. ¿Se ha bajado y ha dejado aquí a la niña?
Asentí. Y él, ante mi gesto, se sentó en uno de los asientos, llevándose las manos a la cabeza.
—¿Qué vas a hacer?
—De momento, llegar a Sevilla. Después, buscarla. Sé más o menos dónde vive. Si se ha bajado, tiene que haber una buena razón.
—Si necesitas algo, que hable con los de seguridad de la estación o la policía para decirles que la he visto bajar, cuenta conmigo.
—Muchas gracias. Voy a ver a la niña.
—Espero que todo vaya bien y aparezca pronto. Esa chica no estaba bien —dijo negando con la cabeza.
—Yo también lo espero.
Lo siguiente que pasó fue totalmente horrible.
No había llegado al siguiente vagón cuando recibí, en el comunicador que llevaba en la máquina de chequear billetes, un mensaje de Antón para que fuera hasta donde él estaba.
Era muy raro que me llamara.
Eso no solía pasar casi nunca. Las dos únicas veces que lo había hecho a lo largo de todo el tiempo que llevábamos trabajando juntos habían sido por cosas malas.
La primera vez fue porque el tren tenía un fallo mecánico. Ese día tuvimos que cambiar de tren y hubo un retraso enorme.
Y la segunda fue para decirme, en la primera vuelta de Cádiz a Sevilla, que en cuanto llegáramos a la estación, se marchaba porque estaba ardiendo de fiebre.
Entré en su burbuja, como él la llamaba, y, cuando me contó lo que pasaba, el mundo se me cayó a los pies.
Hacía pocos minutos que, por el comunicador interno que tenía allí y desde el que hablaba con la estación, le habían dicho que en Jerez una mujer joven se había tirado a las vías cuando uno de los trenes llegaba.
Le pregunté si sabía si había fallecido y no me hizo falta que lo dijera en voz alta. Solo con ver su cara lo supe.
La respuesta era sí.
Cuando me comunicó la desgracia que había pasado, lo supe.
Supe que había sido Victoria. Que se había tirado a las vías para acabar con su vida
Al ver mi cara y la desolación que tenía encima, Antón me preguntó qué era lo que me pasaba. Le dije que al llegar a la estación se lo contaría, que en esos momentos tenía que ocuparme de algo más importante.
O, más bien, de alguien.
June…
Solo con pensar en ella, se me encogía el corazón.
Me fui con rapidez hasta el vagón en el que estaba con Dolores y se me encogió todavía más. Todo. Hasta se me revolvió el estómago cuando la vi allí, tan feliz, contándole a Dolores una adivinanza que a mí me había dicho justo esa misma mañana nada más subir.
—Sira, Dolores no sabe la respuesta a la adivinanza —me dijo con cara de pilla.
Tuve que aguantarme las lágrimas. Pobrecita mía, lo que le iba a tocar pasar para lo pequeña que era, pensé con amargura.
Dolores me interrogó con la mirada al ver mi cara y ahí ya no pude aguantar más. Se me saltaron las lágrimas. Me giré rápido para que June no me viera y me las limpié a toda prisa con la mano.
—Saca ese libro que me has dicho que tienes, que lo vamos a leer juntas —le pidió Dolores antes de levantarse para ponerse a mi lado.
—Sira, cielo, ¿qué pasa?
Me acerqué a ella y, entre susurros, le conté lo que había pasado. También le dije que estaba segura de que la chica fallecida era Victoria.
—Virgen santa… Pobre criatura. ¿Qué vas a hacer?
—No tengo ni idea —dije con sinceridad—. Creo que hoy me la llevaré conmigo hasta ver qué pasa y hasta que sepa con certeza que es Victoria la que…
No pude ni decirlo otra vez.
—¿Sira?
La voz de June me obligó a recomponerme como pude antes de girarme hacia ella.
—Dime, cariño.
—Aquí, al lado de mi libro, en mi mochila, hay un sobre que pone tu nombre.
No me sorprendí de que supiera leer mi nombre, porque, como ya había dicho, June estaba muy espabilada. Sí que sabía leer. No perfectamente, pero sí algunas cosas fáciles. Además, llevaba mucho tiempo viéndolo en mi placa.
Lo que me sorprendió fue que en su mochila hubiera un sobre precisamente para mí. Ese día. Con todo lo que había pasado.
Extendió su mano y me lo entregó.
—Léelo tranquila. Yo me quedo con ella —me dijo Dolores.
—No entiendo nada.
—Creo que en ese sobre están las respuestas que necesitas.
Asentí pensando lo mismo.
Me senté en uno de los asientos libres y saqué el contenido del sobre.
Lloré lo que no está escrito al ver todo lo que había allí.
Resumiendo un poco, dentro del sobre había una carta dirigida a mí, escrita por Victoria, en la que me pedía que llevara a su hija con su padre.
En ella venían la ciudad en la que se suponía que estaba, su nombre y su apellido.
En la carta me daba las gracias por todas las atenciones que había tenido con su hija y con ella.
También me pedía perdón por ponerme en ese compromiso. Pero me explicaba que su hija me adoraba y que sabía, por la forma en que yo la miraba, que yo a ella también. Que no había encontrado a otra persona mejor para pedirle ese favor tan grande.
Me decía que no podía más. Que no podía seguir. Que sabía que era una cobarde, pero que ya no quería seguir viviendo y que no quería que su hija creciera con una persona depresiva, cobarde y hundida a su lado.
Ahí vi claro que la depresión, esa que nunca se había tratado, era la que la había llevado a la muerte.
En la carta me contaba también unas cuantas cosas más de menor importancia.
En el sobre estaba la dirección del centro donde ambas vivían para que pudiera ir a recoger las cosas de June. También había un número de cuenta a nombre de la niña y mío.
Y, por último, y lo más importante para que no tuviera ningún problema con la justicia, un papel en el que decía que me cedía la custodia temporal hasta que el padre de la niña se hiciera cargo de ella. O la custodia definitiva si, por el contrario, su padre no quería saber nada de ella.
Me quedé totalmente alucinada por la claridad terrible con la que lo había planeado todo antes de quitarse la vida.