Dos veces en la vida Capítulo 10
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Capítulo 10

Al terminar el sexto vagón, volví sobre mis pasos.

Seguramente June estaba ansiosa por mi tardanza y deseando que llegara para cantarme la canción nueva que había aprendido.

No era la primera vez que me cantaba o incluso bailaba una canción nueva que había aprendido en la guardería. Bueno, a mí y a todos los que iban en su vagón.

Los que solían compartir vagón con ella y ya la conocían la miraban con cariño y sonreían ante su alegría.

Y se quedaban mirándola maravillados cuando nos contaba un cuento, una canción o incluso nos regalaba alguno de sus dibujos.

Entré en el cuarto vagón y enseguida noté que algo no iba bien.

Me acerqué hasta los asientos de Victoria y June, y fruncí el ceño al ver que solo estaba la niña. De su madre no había ni rastro.

June estaba apoyada en la bandeja del asiento, pintando uno de sus habituales caballos, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor.

Era rarísimo que Victoria no estuviera con ella, y eso me preocupó bastante. Nunca la dejaba sola. Si alguna vez, en alguno de los viajes, había tenido que ir al baño, siempre me pedía que me quedara con la niña.

Si eso era lo que había pasado, debía de encontrarse realmente mal para no haberme esperado, pensé.

A mi mente vino el recuerdo de esa misma mañana, cuando se habían montado.

Victoria siempre tenía la mirada triste y el rostro cansado. Siempre parecía querer desaparecer. Pero esa mañana en su mirada había algo que no me gustó.

Algo que no supe identificar y que me dejó, como se suele decir, con la mosca detrás de la oreja.

Me dije, cuando las vi bajar del tren y al ver cómo andaba con los pasos más cansados que nunca, que a la vuelta intentaría hablar con ella y ofrecerle mi ayuda. Decirle que allí estaba si necesitaba hablar o cualquier otra cosa.

Me acerqué a la niña y me senté en el asiento en el que debería estar sentada su madre. Estaba tan concentrada que ni se dio cuenta de que me había sentado a su lado.

Si eso era así, lo mismo tampoco se había dado cuenta de cuándo se había ido su madre.

Aun así, no quise quedarme con la duda.

—June, ¿dónde está mamá?

Levantó la cabeza al oírme y me sonrió.

—Sira, has vuelto —dijo tan contenta.

—Sí, ya estoy aquí. Pero dime, ¿sabes dónde está mamá? ¿Sabes dónde ha ido? ¿Al baño, quizás?

Frunció el ceño.

—No lo sé. A mí no me dijo que se iba cuando me dio las pinturas.

Vale. Eso me extrañó todavía más. Incluso me puso nerviosa. Porque era raro que Victoria se hubiera ido. Pero era más raro todavía que no le hubiera dicho a su hija dónde.

—Sigue pintando, ¿vale? Haz un dibujo muy chulo y luego lo colgaremos aquí, en la ventanilla del tren —dije acariciándole la cabeza.

—¿De verdad?

—De verdad.

Sonrió y volvió a agachar la cabeza mientras cogía otra pintura para seguir a lo suyo.

Me levanté del asiento y fui directamente a los que estaban al otro lado del pasillo.

Allí había tres chicas. Eran estudiantes, habituales del tren, y sabía de sobra que conocían físicamente a June y a su madre, aunque nunca hubieran hablado con ellas, porque siempre iban muy entretenidas con el móvil y hablando de sus estudios.

—Chicas, ¿sabéis si hace mucho que se ha ido la madre de la niña? —pregunté señalando con la mano a June.

—Yo no me he fijado, lo siento.

—Yo tampoco.

—Hace un buen rato. Yo pensé que había ido a buscarte —dijo la tercera.

Y fue en ella en quien centré toda mi atención.

—¿A buscarme por qué?

—No sé. Eso es lo que he pensado, porque no tenía buena cara. Me he dicho: lo mismo va a buscar a la del tren para que se quede con la niña mientras va al baño, como ha hecho otras veces.

Vaya, me alegró que fuera una chica tan observadora.

—¿Sabrías decirme cuánto tiempo hace, más o menos, que se fue?

Pensó unos segundos…

—Pues… creo que un par de minutos antes de que paráramos en Jerez. Sí, yo creo que ha sido por ahí más o menos. Lo recuerdo porque justo cuando se ha levantado, me ha escrito mi novio para preguntarme por dónde llegábamos.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

No podía ser cierto. No podía haber sido capaz. Era imposible. Ella no podría hacer una cosa así. No podía ser que se hubiera marchado y hubiera dejado allí a su hija.

Todos esos pensamientos vinieron de golpe a mi cabeza, pero un segundo después me reñí a mí misma por ser tan mal pensada.

Seguramente estaba en el baño porque no se encontraba bien y yo allí, pensando estupideces.

—Chicas, ¿podéis hacerme un favor?

—Claro. ¿Qué necesitas? —me contestó la misma con la que más había hablado.

—¿Podéis vigilarla un rato mientras busco a su madre? Voy a los baños. Seguramente esté allí.

—Por supuesto.

—Sin problema.

—Sí, ve tranquila. Nosotras estaremos pendientes de ella.

—Gracias, chicas. No tardo.

Pensé en decirle a June que me iba, pero, en el último momento, decidí que no. Estaba entretenida pintando y era mejor que siguiera así, que no notara en mi cara lo preocupada que estaba.

En el tren solo había tres vagones con baño. El primero, el tercero y el quinto.

Decidí ir primero al quinto, que era del que venía, sabiendo que allí no estaba porque, al pasar, me habría dado cuenta de que el baño estaba ocupado.

Era algo que solía mirar por inercia cuando pasaba por uno: si la luz roja de ocupado estaba encendida.

Efectivamente, allí no estaba.

Volví otra vez al cuarto vagón, pero no me paré. Seguí hasta el tercero.

Miré la luz de los baños.

Roja.

Una esperanza creció dentro de mí. Esperaba que fuese Victoria la que estuviera dentro.

Miré a los pasajeros para ver a quién podía preguntarle si sabían quién estaba dentro. Había caras que no conocía y otras me sonaban, pero de las que no estaba segura. Entre todos estaba ella, la mujer del uniforme que iba a una fábrica.

Di tres pasos y me puse frente a ella.

—Hola, perdona que te moleste.

—Dime.

—¿Sabes por casualidad quién ha entrado al baño? ¿Una chica joven, tal vez?

No le dio tiempo a contestar.

—Es mi marido el que está dentro —contestó una mujer que estaba sentada justo detrás.

—Bien, muchas gracias.

Dios, me estaba poniendo tan nerviosa… Era verdad que, cuando chequeé los billetes en ese vagón, aquella mujer estaba acompañada por un hombre. Me di cuenta en cuanto dijo que era su marido el que estaba en el baño.

Seguí caminando por el pasillo.

No había querido pensar mal, pero es que, a cada segundo que pasaba, peor se estaban poniendo las cosas.

Porque, habiendo un baño en el quinto y en el tercer vagón, era extraño que Victoria se hubiera ido al primero, que era el que más alejado le pillaba.

Llegué al primer vagón y fui sin detenerme hasta el baño. La luz estaba verde. Lo que indicaba que no había nadie dentro. Aun así, quise cerciorarme.

Abrí la puerta y, efectivamente, no había nadie dentro.

—Mierda… ¿Dónde coño estás? —murmuré.

—Sira, ¿estás bien? ¿Pasa algo?

Dolores había dejado de tejer y me miraba preocupada. Seguro que me había visto ir casi corriendo al baño y, además, había oído lo que había dicho, porque estaba justo a mi lado.

—Pues lo cierto es que sí. No encuentro a una pasajera.

Frunció el ceño.

—¿Cómo que no la encuentras? Eso no es posible. O está en un vagón, o está en el baño, o se ha bajado. No hay más opciones.

Y ese precisamente era el temor que yo tenía. Porque en los baños no estaba. Por el tren no la había visto. Así que solo quedaba la última opción.

Pero eso no podía ser.

Era imposible que se hubiera bajado del tren y hubiera dejado allí a June. No, eso no podía ser cierto. Dios mío, que no fuera cierto, le pedí rezando.

Me quedé pensando un segundo. Mi cabeza fue a toda velocidad.

Lo primordial era que June estuviera bien y que no se sintiera sola. Mientras pensaba eso, noté cómo el tren bajaba de velocidad. Iba a parar en la siguiente estación, y justo era en la que se bajaban las tres chicas que se habían quedado vigilándola.

Ni lo tuve que pensar. La idea me vino sola a la cabeza.

—Dolores, luego te cuento lo que pasa, ¿pero te puedo pedir un favor? ¿Me puedes ayudar con algo?

—Claro. ¿Qué necesitas, hija?

—¿Puedes venir conmigo al cuarto vagón? Por el camino te hago un pequeño resumen.

No me hizo falta decir nada más. Dolores guardó la lana y las agujas a toda prisa y se levantó de su asiento para venir conmigo.

Mientras cruzábamos los vagones, le expliqué un poco lo que pasaba.

Cómo me había encontrado a June sola, cómo había buscado a su madre en los baños y cómo la había dejado vigilada por las tres chicas. Pero ellas se iban a bajar en la siguiente parada y no quería dejarla sola mientras yo seguía intentando buscar a su madre.

—Tú busca tranquila, que yo me quedo con ella todo el tiempo que haga falta.

—Gracias, Dolores. Es pequeña y…

—Lo sé. Tiene la misma edad que mi nieto y, si ve que su madre tarda, se asustará. Más aún si encima no ve una cara conocida.

—Crees que se ha bajado, ¿verdad? —me preguntó justo cuando entramos en el vagón que estaba June.

Resoplé.

—Por desgracia, sí que lo pienso. Victoria llevaba mucho tiempo mal. Muy mal, para ser sincera.

—Vamos a no perder la esperanza. Lo mismo ha tenido una urgencia o algo. O está en el tren y no la has visto. No nos vamos a ir a lo peor.

Quise pensar que Dolores tenía razón. Que Victoria estaba en el tren. De verdad que sí, que quise pensarlo. Pero algo dentro de mí me dijo que no era así.

No fue una voz. Fue como un presentimiento. Uno que me decía que algo muy malo iba a pasar.

Llegamos junto a June, que seguía pintando, aunque, en lo que habíamos tardado en llegar hasta ella, la había visto levantar dos veces la cabeza y mirar hacia atrás, como buscando a alguien.

—Sira, nosotras nos tenemos que bajar ya.

—Lo sé, chicas. Id tranquilas. Una amiga viene a quedarse con la niña mientras busco a su madre.

—Desde este vagón no se ha bajado. Eso seguro, porque la habríamos visto. Seguro que lo ha hecho en el tercero.

Mierda… las chicas también pensaban que se había bajado.

—Pregunta a la gente de allí. Lo mismo alguien se ha fijado y recuerda haberla visto bajarse.

—Eso haré. Gracias por todo, chicas.