Capítulo 9
Lunes.
Otra semana que comenzaba. Otra semana llena de rutina.
Me levanté a la misma hora de siempre. Pasé por la ducha, necesaria para despejarme a esas horas.
Me vestí de forma mecánica. Nada especial. Unos vaqueros, una camiseta roja de manga corta muy básica, una rebeca de tacto muy suave que me había regalado Carmen y unas deportivas blancas.
Fui a la cocina y encendí la cafetera.
Mientras se hacía el café, me preparé una tostada. Ese era mi desayuno cada mañana. Poco, pero suficiente para engañar al estómago hasta que hiciera el primer descanso, cuando ya tomaba algo más consistente.
Quince minutos después, salí de casa como cada mañana.
No hacía frío, al menos no excesivo. Seguramente, para alguien que viviera en el norte, incluso podrían decir que hacía una temperatura ideal. Pero, para Sevilla, aquello era ya un frío que rascaba.
Llegué a la estación.
Entré por la misma puerta de siempre, directa al vestuario. Me desnudé sin demorarme demasiado, ya que allí dentro no hacía una temperatura como para estar en ropa interior mucho tiempo si no querías acabar cogiéndote un buen catarro.
Ya con el uniforme puesto y diez minutos antes de que saliera el tren, llegué hasta él andando a paso ligero.
Allí, a las puertas del tren, estaba Antón como cada mañana fumándose un cigarrillo antes de que los dos empezáramos nuestra jornada.
—Buenos días, Antón.
—Buenos días, Sira.
—¿Cuándo vas a dejarlo?
—Mañana.
Solté una pequeña risita.
La razón de esa risita era porque no era ni la primera, ni la segunda, ni… Ya había perdido la cuenta de las veces que le había hecho la misma pregunta y él siempre me contestaba con la misma respuesta.
—No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy.
—Me lo apunto.
—Hazlo.
—¿Subimos?
Cambio sutil de tema. Muy agudo.
—Vamos a por otra semana más.
—Vamos.
Esa fue toda nuestra conversación. Un poco más larga que otros días. Algunos días eran así y otros solo cruzábamos un «buenos días».
El día transcurrió como otro cualquiera.
Pasajeros subiendo, bajando, hablando. Unos, los habituales; otros, nuevos; otros, los que cogían el tren de vez en cuando. De esos, muchas caras me sonaban de haberlos visto alguna vez.
Yo, chequeando billetes y bonos. Y hablando lo justo con los más conocidos.
Con la mujer que tejía, un «buenos días» y alguna pregunta de su familia. Con el hombre del maletín, nuestra sonrisa cruzada mientras él hablaba, como siempre, por teléfono.
Cuatro frases con Abel sobre qué tal el fin de semana.
La conversación más larga fue, como siempre, con June, que, sobre todo los lunes, solía extenderse un poco más porque me contaba lo que había hecho el fin de semana.
La mañana siguió.
Llegada a Cádiz. Un desayuno en condiciones. Vuelta a Sevilla. Ahí ya había caras menos conocidas, aunque alguna habitual sí que había. Otro descanso para tomar un café. Segundo viaje a Cádiz. Todo normal, sin incidentes.
Tercer descanso. En ese ya no bastaba solo un café. Ahí siempre solía comer un pequeño bocadillo o un sándwich. Y último viaje de vuelta a Sevilla.
En ese viaje siempre volvían, para acabar la mañana de trabajo, la mujer que tejía, el hombre del maletín y, cómo no, Victoria y June.
Empecé a chequear, como siempre, por el primer vagón.
Segundo.
—Buenas tardes, Sira.
—Buenas tardes.
—Dolores.
—¿Qué?
—Que me llamo Dolores. Creo que, después de tanto tiempo, ya es hora de que me llames por mi nombre y de que me dejes de tratar de usted.
Dolores, que me enteraba en ese momento por fin de su nombre, me había dicho todo eso mientras sacaba de su bolsa azul el ovillo de lana y las agujas para tejer todo el camino de vuelta.
—Muy bien, Dolores. Así lo haré —dije con una media sonrisa.
—Tienes cara de cansada.
—Tengo cara de lunes.
Soltó una risita baja.
—Esa cara la tenemos todos igual, entonces.
—Unos más que otros.
—Al bajar te daré algo.
La miré extrañada.
—¿El qué?
—Agarró la bolsa donde llevaba las labores y sacó unos guantes y una bufanda a dos colores, preciosos.
—¿Para mí? —pregunté asombrada.
—Pues claro. Es justo que tengas unos hechos por mis manos, ya que me ves y elogias todo lo que hago.
Dios mío… Hasta me emocioné y todo.
—Muchísimas gracias. Son preciosos —dije, tocando el tacto suavísimo que tenían.
—Luego, al bajar, te los doy, para que ahora no te estorben.
—Bien. Voy a seguir.
Asintió con la cabeza sonriendo, y le devolví la sonrisa. No la de verdad, pero casi.
Seguí hasta llegar al cuarto.
Allí estaba June, esperándome ansiosa para contarme, seguramente, algo que le había pasado en la guardería.
—¡Sira! —Hizo amago de querer bajarse del asiento, pero Victoria la sujetó del brazo.
—No te bajes, pequeña, que yo me acerco.
—¿Sabes qué?
—No, si tú no me lo cuentas.
Soltó una risita nasal que me hizo sonreír.
Desde luego que June era de esas personas que llaman vitamina. Te hacía sonreír sin proponérselo, aunque no tuvieras ganas.
—Hoy he aprendido una canción nueva en la guarde.
Me hice la sorprendida.
—No me digas. ¿Y es bonita?
—Es chulísima.
—Voy a terminar con los vagones y cuando vuelva me la cantas, ¿quieres?
—¡Sí! —dijo emocionada.
Llegué al quinto vagón y todo normal, sin incidentes.
Pero al llegar al sexto…
Nada más entrar, noté tensión en el ambiente. Todos, exceptuando dos pasajeros, estaban en completo silencio. Todos miraban en la misma dirección.
Hacia los dos asientos del fondo, donde había una chica y un chico de unos dieciocho años discutiendo en voz demasiado alta.
No eran de los habituales, pero sí de los conocidos que cogían el tren algunos días. Concretamente, una semana lo hacían los lunes, miércoles y viernes, y la siguiente, los martes y los jueves.
Fruncí el ceño al verlos discutir, porque, en todo el tiempo que llevaba viéndolos coger el tren, nunca los había visto así.
Eran pareja. De eso estaba segura porque los había visto besarse, acariciarse y decirse cosas bonitas entre susurros algunas veces. No es que fuera una mirona que se quedaba observando esas cosas. Pero, concretamente en ellos, sí que me había fijado, y había una razón para eso.
Me recordaban tanto a nosotros…
A Emilio y a mí juntos, en nuestros comienzos. Verlos así de enamorados me sacaba una sonrisa.
Porque sí, estaban enamorados y mucho. Sus ojos lo gritaban alto y claro. De ahí mi extrañeza al verlos discutir. Además, el chico parecía nervioso y ella, al borde de las lágrimas.
Avancé por el pasillo viendo las caras de los demás pasajeros.
Unos negaban con la cabeza; otros tenían la mirada tan fija en los chicos que apenas pestañeaban, y otros, los más prudentes, los miraban de reojo.
Me acerqué hasta ellos oyendo de camino, perfectamente, la conversación que estaban teniendo.
—Si haces esa carrera, estaremos en facultades distintas, joder. Nos veremos mucho menos.
—Pero nos seguiremos viendo. No me voy a otra ciudad.
—Ya, pero, entre estudiar y todo lo demás, no tendremos tiempo para nosotros. Esto nos separará.
No me pude contener, no me pude morder la lengua. Mi cuerpo se movió solo y mis palabras salieron solas también.
Me incliné hacia ellos y hablé en voz baja, para que mis palabras solo las oyeran ellos, que, en verdad, eran los que tenían que hacerlo, y no el resto del vagón.
—No os separará. Os unirá más. Porque el tiempo que estéis juntos lo viviréis con más intensidad.
Los dos chicos se callaron en el acto y me miraron sorprendidos.
—Eso no lo sabes —me dijo la chica con pesar.
—Lo sé. Porque viví lo mismo —dije sonriendo al recordar, en ese momento cuando Emilio iba a recogerme al instituto.
—¿Salió bien? —me preguntó el chico, esperanzado.
—Salió perfecto. Fueron los mejores años de mi vida.
Me miraron. Se miraron. Y se sonrieron.
—Os he visto miraros. Y tenéis algo que muchos ansían. Algo único y especial. Eso podrá con todo.
—¿Qué?
—Amor verdadero. Eso es lo que yo veo en vuestros ojos cuando os miráis. No discutáis más, chicos. Emplead ese tiempo en hacer planes de lo que haréis cuando os veáis. Ese tiempo será poco, pero será de calidad.
Se volvieron a mirar y ya no había rastro de enfado, nerviosismo ni angustia en sus ojos. Lo bonito que se miraban siempre había vuelto.
—Gracias —susurraron los dos
—No tenéis que dármelas.
—Aun así, gracias por tus palabras y tus consejos.
—Pues, ya que estamos, os daré el último, si queréis.
—Sí —dijeron los dos a la vez.
—Nunca dejéis de deciros cuánto os queréis. Nunca os despidáis enfadados y nunca deis por hecho que vais a tener más tiempo.
Me miraron extrañados, sin entender muy bien mis palabras, y ojalá no tuvieran que entenderlas nunca.
Porque, si yo pudiera dar marcha atrás y supiera que aquel día sería el último que Emilio y yo estaríamos juntos, le habría dicho mil cosas. Le habría dicho mil «te quiero».
Sonreí y, sin decir nada más, me di la media vuelta.
Empecé a chequear los billetes de la gente que me faltaba en ese vagón.
Algunos me miraron sorprendidos por la manera en la que había resuelto la situación. Otros, los más mayores, me miraban con pena o con algo parecido, porque ellos sí habían entendido el trasfondo de mis palabras. Y otros me miraban como diciendo: qué profesional es.
Entre la discusión y el chequeo se había ido el tiempo, y hasta habíamos hecho otra parada en Jerez mientras hablaba con los chicos.