Capítulo 8
Me desperecé en la cama y, con los ojos aún medio cerrados por el sueño, miré el reloj que tenía en la mesilla.
Las nueve de la mañana.
No estaba nada mal para ser sábado. Eso no me solía pasar, ya que tenía tan cogida la hora de madrugar entre semana que los sábados y domingos tampoco solía dormir tanto.
Pero, al parecer, ese sábado Morfeo me había concedido algunas horas más de sueño.
Retiré la sábana y la manta hacia un lado y me senté en la cama.
Suspiré antes de levantarme.
Ese día no me daría tiempo a pasar por la ducha antes de que llegara la visita rutinaria de todos los sábados, así que me quité el pijama y me puse un chándal viejo que usaba para estar en casa.
Abrí la ventana de mi habitación para que se fuera ventilando antes de irme al baño.
Me lavé la cara, los dientes y me recogí el pelo con un moño mal hecho. Total, no iba a salir de casa y los que me iban a ver no se asustarían al ver mi aspecto. Me habían visto en peores condiciones muchas veces. Quizá demasiadas.
Al salir del baño, fui directamente a la cocina y encendí la cafetera.
Me apoyé en la encimera mientras esperaba a que el café se hiciera y miré por la ventana.
Fuera hacía sol, pero no tenía fuerza. Al menos no esa fuerza que el sol solía tener en Sevilla casi todo el año. Noviembre no estaba siendo muy frío, pero sí se notaban las bajas temperaturas.
Cogí la taza de café humeante y me senté en la pequeña mesa que tenía en la cocina.
Qué diferente era a la que tenía en la casa de mi abuela. Bueno, toda la casa lo era en realidad, pensé con nostalgia.
Mientras daba sorbos al café, me quedé mirando a un punto fijo de la pared y mis pensamientos se fueron a los últimos meses en los que viví en la casa de mi abuela.
La que también había sido la mía hasta que mi cabeza, mi alma y mi corazón dijeron que no soportaban estar más allí y decidí mudarme.
Fue tres meses después de que Emilio muriera. No, no murió. Lo mataron.
Sí, lo mataron, porque el conductor que perdió el control del coche aquel fatídico día cuatriplicó la tasa de alcoholemia permitida. Así que no fue un accidente, fue un homicidio.
Sacudí la cabeza para apartar las imágenes que querían invadir mi mente: cómo murió entre mis brazos, tirado en la carretera. Cada vez que volvían, me destrozaban un poco más.
Volvieron los recuerdos de por qué me fui de mi casa.
Durante tres meses estuve vagando por la casa como un zombi. El dolor de haber perdido al amor de mi vida era tan grande que fue muy difícil salir del pozo en el que me metí. O, más que salir, asomar la cabeza.
Porque, incluso cinco años después, seguía en ese pozo. No siempre, pero sí entraba en él de vez en cuando.
Fueron Carmen y Manolo los que un día entraron en mi casa. Yo estaba, como llevaba haciendo los últimos tres meses, vegetando en el sofá, y me hablaron bien claro.
Me dijeron que a su hijo no le gustaría saber que me había hundido, que había dejado de vivir, que no seguía.
Eso era precisamente lo que le había prometido antes de que exhalara su último aliento.
Le prometí seguir cuando me dijo: «Sira, no dejes de vivir. Sigue».
Ese día la conversación fue larga, mucho. Y también tomé muchas decisiones.
La primera fue dejar la carrera, aunque llevaba meses sin ir a la facultad. Ya no se podría cumplir nuestro sueño de ser abogados juntos, así que sola tampoco lo sería. Y no lo fui.
La siguiente decisión fue irme a vivir a otro sitio, porque los recuerdos que tenía allí me mataban cada día un poco más. Lo hice también.
Buscar un trabajo fue fácil. Empecé a trabajar de camarera en una cafetería del barrio al que me mudé. Pero, por insistencia de Carmen, busqué algo más estable.
Busqué algo que me permitiera vivir, tener rutina y no me obligara a relacionarme mucho con mis compañeros.
Encontré las oposiciones para revisora, me maté a estudiar y, unos meses después, conseguí sacar la plaza. Y ahí estaba desde entonces.
Antes de dar el último sorbo al café, llamaron al timbre y me sacaron de golpe de los recuerdos.
Abrí la puerta y sonreí.
Unos brazos que yo reconocía muy bien me envolvieron antes de decir hola siquiera.
—Buenos días, cariño.
—Buenos días, Carmen.
Cerramos la puerta y las dos nos fuimos a la cocina.
Carmen puso encima de la encimera una bolsa enorme y empezó a sacar recipientes con comida.
Resoplé.
—¿Cuándo vas a dejar de hacer esto?
Me miró frunciendo el ceño.
—¿Nunca?
—En serio, Carmen, no hace falta que todos los sábados me traigas más comida de la que soy capaz de comerme yo sola en una semana.
—Pues haces un esfuerzo y te la comes, que estás en los huesos.
Mentira.
Sí que era verdad que, al principio, cuando pasó todo, me quedé que parecía un saco de huesos, pero, con el paso del tiempo, fui recuperando peso y llevaba mucho tiempo bien.
—Esto no son huesos —dije agarrándome una nalga y apretándola para que viera que sí que tenía chicha.
Me miró y se echó a reír.
Su mirada seguía velada por la pérdida de su hijo y le costó igual o más que a mí hacerse a la idea de que Emilio ya no estaba, pero, poco a poco, igual que yo, había acabado aceptándolo.
—¿Cómo está Manolo?
—Bien, ya está recuperado del todo del catarro. Ahora vendrá. Ha ido a comprar churros para que desayunemos.
Manolo había estado bastante fastidiado durante dos semanas con un catarro que lo había tenido en cama varios días. Y las dos semanas anteriores no había venido con su mujer a su visita oficial de los sábados.
Siempre eran ellos los que venían a verme.
Desde que salí de mi casa, la cual seguía cerrada, no había sido capaz de volver ni a ella, ni a la de Carmen, ni siquiera al patio a ver a algún vecino.
Demasiados recuerdos, demasiado dolor y mucha cobardía por mi parte para volver allí.
Entre las dos colocamos todos los recipientes en el frigorífico mientras Carmen me contaba, para distraernos, algunos cotilleos que habían pasado en el patio de vecinos.
—Qué dibujo tan bonito.
Me quedé mirando cómo señalaba el dibujo de dos caballos que tenía puesto con imanes en la puerta del frigorífico y la sonrisa me salió sola.
—Me lo dio June ayer.
—¿La niña del tren?
Asentí.
Ya le había hablado a Carmen en algunas ocasiones de ella y de su madre, al igual que de otros pasajeros con los que tenía más trato.
No tenía más vida fuera de los vagones, así que, en sus visitas de los sábados, aquello era casi lo único de lo que podía hablarles a los dos.
—Es bonito y está muy bien hecho.
—Eso pienso yo. Esa niña va a salir artista —dije soltando una risita.
Carmen me miró y sonrió.
—¿Qué?
—Esa niña te hace sonreír. Pero no de la manera en la que nos sonríes a todos. Te hace sonreír de verdad.
—Es adorable. Y te parecerá una tontería porque la conozco de lo que la conozco, pero la muy brujilla se ha colado en mi corazón.
—Eso está muy bien, cielo.
Suspiré negando con la cabeza. Porque yo no estaba muy de acuerdo con eso de que estuviera muy bien.
No quería sentir, no quería implicarme, no quería querer a nadie. Pero la pequeña June me lo había puesto muy difícil desde el principio. Había sido imposible no hacerlo. Desde el primer momento en que posó en mí esos ojos grises, supe que estaba perdida.
Dejamos la conversación en el aire porque Manolo llamó al timbre.
Al igual que había hecho su mujer, nada más abrir la puerta, lo primero que hizo fue darme un abrazo y un beso en la cabeza. No eran mis padres, pero se seguían comportando, igual que lo habían hecho siempre, como si lo fueran.
Desde que todo pasó, por su parte no me faltó nada. Ni una palabra de aliento, ni un empujón cuando vieron que lo necesitaba, ni cariño. Estuvieron y seguían estando para mí.
Yo para ellos también.
Que hubiera decidido salir de mi casa no significaba que hubiera salido también de sus vidas. Eso sí que no lo haría nunca.
Desayunamos los churros con chocolate que trajo Manolo mientras hablábamos lo de siempre. Él de su trabajo; ella de las vecinas y yo, del tren.
El resto del día pasó como otro sábado cualquiera.
Bajamos a dar un paseo por mi barrio. Compramos algunas cosas. A la hora de comer, lo hicimos en un restaurante cercano. Eso no era siempre; otras veces lo hacíamos en mi casa.
Y, al terminar de comer, ellos se fueron a su casa y yo, a la mía. Allí me encerraba hasta que llegara el lunes para ir otra vez a trabajar.
Limpiaba la casa, ponía una lavadora, leía algún libro o veía series o películas en la televisión. Esa era mi vida y, por el momento, no tenía intención de cambiarla. Así estaba bien.
Pero esa noche, cuando me fui a la cama, aún no sabía que esa rutina estaba a punto de terminar y que mi vida daría un giro de ciento ochenta grados.