Capítulo 7
Esperé en el cuarto vagón, junto a los asientos que madre e hija llevaban ocupando un año.
Entraron de la mano, como siempre, pero la pequeña, en cuanto me vio, se soltó de su madre y corrió hacia mí con esos pasitos rápidos que le permitían sus pequeñas piernas.
—¡Sira!
Me agaché para cogerla en brazos y la levanté al vuelo en cuanto llegó a mi altura.
La pequeña June me arrancó la primera sonrisa del día cuando se agarró a mi cuello con sus bracitos y me dio un beso en la mejilla que sonó bien alto.
—Hola, princesa —dije devolviéndole el beso.
—Buenos días, Sira.
Victoria, su madre, me saludó al llegar hasta nosotras, cargada con su bolso, una mochila a la espalda con las cosas de June y una bolsa térmica con la comida de la pequeña.
Era joven, mucho en realidad. Joven para ser madre. Joven en apariencia, porque su mirada y su interior decían otra cosa bien distinta.
Tan solo tenía veintiún años. Y June, tres. Así que la había tenido con dieciocho años recién cumplidos, siendo todavía una niña.
Era una superviviente.
En eso, las dos nos parecíamos.
En lo que no nos parecíamos tanto era en que yo había seguido pese a todo, y ella parecía hundirse un poco más cada día bajo el peso de su situación, como si ya no quisiera seguir.
No porque ella me lo hubiera dicho.
Hablar, hablaba poco. Al menos, de cómo se sentía. Pero a mí no me hacía falta que me lo dijera.
Lo veía en sus ojos todos los días.
Veía esa tristeza que intentaba ocultar sonriendo a su hija y cómo, cada día, el brillo de su mirada se iba apagando un poco más. Veía que no quería seguir.
Conocía parte de su historia y, desde luego, no lo había tenido fácil.
Nada fácil.
Huérfana desde los seis años. Viviendo en un orfanato hasta los dieciocho.
Ahora lo hacía en una de esas casas en las que ofrecen ayuda a madres solteras, compartiendo vida con chicas como ella.
Chicas sin familia, sin hogar, con una hija o varios hijos a su cargo.
Y pasando de un trabajo a otro para sacar a su hija adelante. Trabajos mal pagados. Trabajos en los que muchas veces se aprovechaban de su situación, haciéndola hacer más horas o pagándole de menos, sabiendo que no se negaría por miedo a perder el empleo.
Victoria se enamoró de un chico que vino de vacaciones durante un mes a Andalucia.
Él le hizo mil promesas. Le dijo que volvería a buscarla, que la llevaría a su hogar, que la quería, que era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.
Mentiras y más mentiras.
Solo era un niño rico y caprichoso que se lo pasó bien con ella el tiempo que estuvo de vacaciones en nuestro país. Era un crío también, pues, cuando estuvieron juntos, los dos tan solo tenían diecisiete años.
Él se marchó cuando sus vacaciones llegaron a su fin y ella, un mes después de que se fuera, se enteró de que estaba embarazada.
Intentó llamarlo.
Evidentemente, no le contestó.
En la primera llamada le colgó el teléfono; en la segunda, más de lo mismo. Y, en la tercera, la bloqueó.
Ahí supo que no podría contar con él y que estaba sola ante la situación que se le presentaba. Pensó mucho en qué hacer, incluso en si deshacerse de su hija.
Pero, gracias a Dios, no lo hizo.
Podría haber ido a buscarlo, ya que sí que sabía de dónde era. Pero ni tenía dinero para hacerlo ni el valor suficiente para enfrentarse a un chico que quizá le cerrara la puerta de su casa en las narices.
Su historia me recordaba a la que mi abuela me había contado de mi madre.
El mismo, o parecido, modus operandi de los dos chicos, con la pequeña diferencia de que mi madre tuvo a mi abuela a su lado en todo momento, apoyándola, y Victoria no tenía a nadie.
—June, vamos a sentarnos, hija, que el tren va a ponerse en marcha.
La bajé de mis brazos y yo misma la senté en su asiento.
Era un ángel de niña.
Su sonrisa y el brillo de sus ojos podían iluminar el día más oscuro o derretir el corazón más hecho piedra del mundo.
Como el mío, por ejemplo.
Solo con mirarla, se te salía la sonrisa sola. Era preciosa, tanto por fuera como por dentro.
Llevaba el pelo largo, hasta la mitad de la espalda, rizado en tirabuzones y de un pelirrojo precioso. Pero no de ese pelirrojo naranja, como el de una zanahoria, no. Era de un anaranjado intenso, como el fuego.
Su pelo destacaba muchísimo porque no era un color muy visto en Andalucía, pero sus ojos no se quedaban atrás.
Los tenía grises. De un gris muy particular. No era un gris frío, sino un gris acero, como el color que toma el cielo cuando hay tormenta.
Además, tenían la particularidad de que le cambiaban de color con el reflejo de la luz. Unas veces parecían azules; otras, de un tono plateado, y otras, casi transparentes.
Eran simplemente preciosos. Como toda ella.
Era una niña muy despierta para su edad. Hablaba perfectamente para solo tener tres años, y con una madurez y un razonamiento que, a veces, cuando te decía algo, no sabías ni qué contestarle.
Aunque en su interior tenía esa inocencia de la niña que era. Una inocencia que ojalá siguiera ahí dentro mucho tiempo y no tuviera que descubrir pronto lo hija de puta que podía ser la vida a veces.
Las había conocido a las dos un año atrás, cuando Victoria encontró trabajo en un hotel de Cádiz.
Un hotel en el que le pagaban más que en ningún otro trabajo de los que había tenido con anterioridad.
Por eso viajaban de lunes a viernes hasta allí.
Mientras Victoria trabajaba, June se quedaba en una guardería cercana al hotel. La recogía al salir y volvían justo en el último viaje que yo hacía.
Así que todos los días nos veíamos dos veces.
Las primeras semanas que coincidimos apenas hablamos más allá del protocolario «buenos días».
Pero los días fueron pasando y…
Una carantoña por mi parte. Un gracias por parte de Victoria al ver mi atención hacia su hija. Una sonrisa y varias preguntas sobre el tren por parte de June. Una galleta una mañana por mi parte para ella.
Y así fue pasando el tiempo. Cada día hablábamos un poco más en esos ratos entre parada y parada en lo que, después de haber revisado a todos los pasajeros, me acercaba a ellas para ver si estaban bien o necesitaban algo.
La conexión que tuve con June desde el primer momento era inexplicable.
Al menos para mí.
Porque esa conexión solo la había tenido con las dos personas que, por desgracia, la vida me había arrebatado. Y a ellas las conocía desde siempre.
Por eso siempre pensé que ese vínculo nacía con el paso de los años.
Pero, al parecer, y por lo que la vida me había demostrado con June, solo hacía falta un segundo para conectar con alguien. No, años.
—¿Qué tal el finde? ¿Has dibujado mucho?
Le encantaba dibujar y, para la edad que tenía, no lo hacía nada mal. Yo no era una entendida, ni mucho menos, pero me atrevería a decir que lo hacía demasiado bien para tener solo tres años.
—¡Sí! He hecho unos dibujos chulísimos. ¿Quieres verlos? Mamá los lleva en mi mochila.
—Por supuesto que sí. Me encantaría.
—¿Mamá, me los das?
—Vete sacándolos, que ahora vuelvo. Voy a fichar a los que me faltan, ¿vale?
June era un amor. Siempre entendía que yo estaba trabajando y lo respetaba en todo momento, como en ese, cuando le decía que me esperara.
—Vale. Los voy colocando para cuando vuelvas.
Victoria le dio la mochila y vi cómo empezaba a rebuscar en ella, buscando la carpeta que siempre llevaba.
Aproveché ese momento en el que estaba distraída para hablar con Victoria entre susurros.
La semana anterior la había visto bastante agobiada y más triste que de costumbre. Y ese día, que era lunes, aquello seguía en su mirada. Algo que no sabría decir qué era, pero que seguía ahí.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos—, solo un poco cansada.
Mentira.
Eso dijo su boca, pero sus ojos decían otra cosa. Estaba cansada, sí, pero no físicamente, como me había querido dar a entender. Estaba cansada, agotada y saturada mentalmente.
Resumiendo, estaba cansada de la vida. O de vivir.
Lo dejé pasar.
Porque sabía, al conocerla un poco, que si insistía, se cerraría más en banda y no diría ni una sola palabra. Victoria necesitaba sus tiempos. Y solo hablaba cuando ella quería o cuando explotaba, como le había pasado alguna vez.
Seguí con mi trabajo. Luego volví a ver los maravillosos dibujos de June. Casi todos de caballos, por los que parecía tener fijación. Y las acompañé todo lo que pude hasta el final del trayecto, que era donde nos despedíamos hasta la vuelta.