Dos veces en la vida Capítulo 6
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Capítulo 6

Empecé a revisar billetes en el primer vagón. Al quedar en un extremo, era donde menos gente había.

Los más concurridos siempre eran los vagones centrales.

Seguí al siguiente vagón.

Muchas caras me eran desconocidas, pero había otras que eran las habituales. Tanto que, cuando faltaban, enseguida las echaba en falta.

Había algunos viajeros a los que llevaba viendo a diario desde que empecé a trabajar. Y ya me sabía perfectamente sus rutinas.

Dónde se subían.

Dónde se bajaban.

O incluso lo que hacían durante el trayecto.

Era observadora y tenía buena memoria; eso en mí no había cambiado, y por eso me quedaba con todas sus caras y con las cosas que hacían.

Segundo vagón.

Allí estaba la viejecita en el asiento veintidós B, como siempre, tejiendo. Era una de las personas que se montaba en la primera parada y se bajaba en la última.

He dicho que no solía interactuar con la gente, pero no era del todo cierto. Con algunas personas sí lo hacía; lo que no hacía era implicarme emocionalmente con ellas.

Esa mujer que tejía iba todas las mañanas a cuidar a su nieta pequeña mientras su hija y su yerno trabajaban.

—Buenos días.

—Buenos días, Sira.

—¿Otro par de guantes?

La mujer sonrió.

—Sí, estos son para mi yerno, siempre tiene las manos frías.

—Seguro que se lo agradece.

Asintió.

—Voy a seguir. Que tenga buen viaje y, si necesita algo, ya sabe que estoy por aquí.

Aunque me había vuelto una antisocial, cada día me iba soltando un poco más. Y, con algunas personas, aunque intentara no hablar más de la cuenta, me era casi imposible.

Como con esa mujer, que me despertaba una ternura increíble.

Me recordaba tanto a mi abuela que, cuando la tenía enfrente a diario, era inevitable que se me pusiera un nudo en la garganta.

Dos asientos más adelante.

Veintiséis B.

El hombre del maletín de cuero negro, siempre estresado por el trabajo, parecía que vivía con el teléfono pegado a la oreja.

Todos los días hacía el trayecto Sevilla–Jerez hablando sin parar.

Me acerqué a él, pero no hablé. Nunca lo hacía. Solo me ponía a su lado con mi lector de billetes en la mano y él, solo con verme aparecer, sacaba del interior de su chaqueta el bono para que lo leyera.

Asintió con la cabeza. Yo le dediqué una media sonrisa y asentí también antes de seguir mi camino.

Terminé con los pasajeros de ese vagón, doce personas en total, y pasé al siguiente.

Tercer vagón. Uno de los más concurridos por ser de los centrales. En aquel tren había seis en total.

Primer asiento nada más entrar. El treinta C. La misma mujer de siempre. Vestida con un uniforme que me decía que trabajaba en una fábrica.

Otra que hacía el trayecto completo.

Siempre se pasaba todo el camino mirando por la ventanilla sin ver. Perdida en sus pensamientos. Tenía problemas. Eso saltaba a la vista.

Sus ojos cansados, su mirada triste y sus suspiros así me lo decían.

—Buenos días.

Giró la cabeza y me dedicó una sonrisa. O un amago de ella.

—Buenos días, Sira.

Muchos de los habituales me saludaban por mi nombre. Ese que llevaban meses o años viendo en la solapa de mi chaqueta.

Leí su bono y seguí.

Al llegar a la mitad del vagón, fruncí el ceño.

Dos chicos. Dos adolescentes que hablaban demasiado alto estaban sentados uno al lado del otro, con los pies encima del asiento de enfrente, que en esos momentos estaba vacío.

Suspiré antes de acercarme y ponerme delante de ellos con el gesto serio.

Me fastidiaba mucho la gente que no respetaba lo ajeno y cuya educación brillaba por su ausencia. Y esos dos eran de esos. Lo sabía porque no era la primera vez que me pasaba algo así.

A lo largo de los años me había tocado lidiar con situaciones parecidas o incluso peores.

—Esos pies, abajo —dije con autoridad.

Los dos se callaron de golpe al oírme y giraron la cabeza a la vez, como si estuvieran sincronizados, para mirarme.

Primero fruncieron el ceño y después se miraron entre ellos y se echaron a reír.

Vale, tranquila, Sira. Tú respira, me dije a mí misma al ver que, además de no tener educación, eran dos chulitos que se iban a poner tontos.

—Los pies abajo ya —repetí sin alzar la voz.

—Porque tú lo digas.

—Exacto. Porque yo lo digo. Que para eso soy la que manda en este tren.

Se echaron a reír más fuerte.

Cerré los ojos y conté hasta tres.

—Tercera vez y la última que os digo que bajéis los pies. No habrá una cuarta.

—Y si no nos sale de los cojones, ¿qué?

Encima, malhablados. Qué torta deberían haberles dado sus madres a tiempo para que no salieran tan tontos del culo, pensé, conteniéndome para no pegarles cuatro gritos y darles un par de collejas a cada uno.

—Pues que o bajáis los pies y os comportáis, o en la siguiente parada os vais fuera del tren.

—¿Quién nos va a bajar, tú? —me preguntó uno de ellos, mirándome de arriba abajo y riéndose.

—Ella podría hacerlo o llamar a la seguridad de la estación para que lo hiciera. Pero yo puedo ahorrarle el trabajo y bajaros de una hostia.

Sin girarme, supe de sobra quién estaba a mi espalda y quién era el que les había hablado así.

Asiento treinta y ocho D.

Rubio. Alto. Unos treinta. Militar. Y con una mirada intimidante que haría que cualquiera se echara a temblar.

Cualquiera que no le conociera, claro.

Era un chico majísimo y muy educado, con el que había hablado bastantes veces.

Todo empezó un día en el que, nada más subir en la primera parada, apoyó la cabeza contra la ventanilla y, por el reflejo de esta, vi cómo su cara se llenaba de lágrimas.

Sin decirle ni una sola palabra, le dejé en el regazo un paquete de pañuelos de papel. Él lo cogió y, con la mirada, me agradeció el gesto.

Al día siguiente, ya más calmado, me lo agradeció con palabras y se presentó como Abel. Además, me dijo que, si algún día tenía un problema en el tren con alguien o necesitaba cualquier cosa, no dudara en avisarle.

Desde ese día, hablábamos de vez en cuando.

Siempre de cosas sencillas. Del tiempo. De lo mucho que le gustaba su trabajo en la base de Rota. De algunas personas que subían o bajaban del tren y poco más.

Los dos chicos miraron a Abel y luego se miraron entre ellos. Vi cómo tragaban saliva y, por último, me miraron a mí.

Levanté una ceja y les hice un gesto con la mano señalando los pies.

Volvieron a mirarse y, por fin, cedieron. Bajaron los pies y, sin decir nada más, retomaron la conversación que estaban teniendo en voz mucho más baja de la que estaban utilizando antes.

Me giré para mirar a Abel, que, al ver que los chicos habían cedido ante sus palabras, ya se había sentado en su asiento.

Me acerqué.

—Gracias.

—No tienes que dármelas. Si puedo ayudarte en algo, ya sabes que puedes contar conmigo.

—Lo sé, pero aun así, gracias.

Puso los ojos en blanco y se echó a reír ante mi insistencia.

—Voy a seguir.

—Sigue tranquila. Si suben otra vez los pies, no llegan a la siguiente parada. Abro la ventanilla y los tiro.

Ahí fui yo la que soltó una risita. Pequeña, pero la solté, a la vez que negaba con la cabeza.

Seguí recorriendo los vagones mientras los minutos iban pasando.

Hicimos la primera parada en la estación de Dos Hermanas y allí no se bajó ningún pasajero, pero sí subieron algunos. Unos conocidos, otros no.

Los más conocidos para mí, porque llevaba viéndolos desde que entré, eran un matrimonio de mediana edad que iba a trabajar en San Fernando.

Las paradas siguieron pasando, al igual que los minutos.

Yo seguí registrando billetes y bonos por todos los vagones. Pero no solo era ese mi trabajo. También resolvía cualquier duda que los viajeros pudieran tener.

Además de comprobar en todo momento que todos estaban bien y a gusto.

No sería ni la primera vez ni la última que alguno se ponía enfermo porque se mareaba.

O se desmayaba por algún motivo que yo desconocía.

Durante los cuatro años y pico que llevaba allí, había visto infinidad de cosas y tenía tantas anécdotas registradas en mi cerebro que podría escribir un libro.

Un amago de infarto.

Un parto.

Alguna vomitona de alguien que se había pasado con el alcohol.

Peleas entre amigos, parejas o pasajeros que no se conocían y que, por hache o por be, habían acabado discutiendo.

Infinidad de cosas.

El tren redujo la velocidad, anunciando su próxima parada.

Jerez.

Mi favorita.

Y lo era por un motivo en especial. Porque en esa parada se subía la única persona que había conseguido hacerme sonreír.

Pero sonreír de verdad, como lo hacía en el pasado, cuando mi vida era otra. Cuando era feliz. Cuando el destino no se había cebado conmigo arrebatándome, de manera cruel, a las dos personas que más quería en el mundo.