Dos veces en la vida Capítulo 5
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Capítulo 5

Cinco años después…

Salí del portal y el fresquito de la mañana me golpeó en el rostro.

Tan solo eran las seis y cinco de la mañana, y las calles de Sevilla aún dormían.

Apenas había ruido.

Algunos coches pasando por las calles. El ras… ras… del barrendero dándole al cepillo en la acera.

El canto lejano de algún pájaro madrugador y algunas pisadas de gente que iba y venía en completo silencio, con cara de sueño.

Recorrí las calles como un autómata.

Así llevaba viviendo los últimos cinco años: en automático.

Casa, trabajo, trabajo, casa.

Nada más. Solo eso, y porque era necesario ir a trabajar para poder vivir; si no, ni eso haría.

Bueno, decir que vivía era mentira. Más bien sobrevivía.

Apenas me relacionaba con nadie más allá de lo estrictamente necesario. No tenía vínculos con nadie porque no los quería. Esa había sido la decisión que tomé cuando mi vida se partió en dos.

Esa fue la manera que encontré de no volver a sufrir más de lo que ya lo había hecho o, siendo sincera, lo seguía haciendo.

Si no quieres a nadie, si no te vinculas con nadie, si no tienes relaciones, nadie puede salir de tu vida y romperte por dentro.

Seguí caminando por las calles casi vacías los diez minutos desde la casa en la que vivía hasta mi lugar de trabajo. La estación de tren. Sí, allí llevaba trabajando los últimos cuatro años.

Entré por la puerta que solo el personal utilizaba y fui directamente a los vestuarios.

No había nadie.

Estaban en completo silencio y en la más completa oscuridad. Encendí la luz y dejé mi bolso encima del banco antes de abrir mi taquilla para sacar el uniforme.

Empecé a quitarme la ropa mientras Emilio llegaba a mi mente como lo hacía varias veces al día. Así había sido los últimos años y no creía que eso cambiara.

Sonreí, aunque era algo que ya hacía pocas veces. Muy pocas cosas conseguían arrancarme una sonrisa de verdad.

Pero pensar en él o en mi abuela sí era una de ellas.

A la mente se me vino el recuerdo del día que me regaló la pulsera de eslabones de corazón. Ya quedaba tan lejano… Doce años habían pasado desde entonces. Desde aquel primer beso. Desde el día en que empezó nuestra verdadera historia de amor.

Me quité la cazadora vaquera, los pantalones y la camiseta que llevaba mientras otro recuerdo acudía a mi mente.

El día de mi graduación en el instituto.

Ese día, cuando me dieron el título de bachillerato y después de las felicitaciones de todos los profesores por haber obtenido las mejores notas de la clase, Emilio me regaló un ramo de margaritas azules. Él sabía de sobra que eran mis favoritas.

No sabría decir si la gente aplaudió más por mis buenas notas o por ver aquel beso. Porque, al darme las flores, me estrechó entre sus brazos y me dio un señor besazo delante de todos.

Saqué de la taquilla mi uniforme de revisora.

Una chaqueta azul marino, rígida, simple y un poco entallada en la cintura, aunque muy poco, con botones plateados, un logo de la compañía pequeño y discreto a la altura del pecho y una placa con mi nombre.

Una camisa blanca, totalmente básica. De manga larga en invierno y corta en verano.

Esa siempre me la dejaba abierta en los dos primeros botones, para no sentir presión en el pecho ni esa sensación de ahogo en la garganta.

Aunque bien sabía yo que esa sensación nada tenía que ver con la camisa, sino con los recuerdos que acudían a mi mente y con el anhelo de un plan de vida que nunca llegó a cumplirse.

Con esas dos prendas puestas, agarré los pantalones, que eran, además de los zapatos, lo único que me quedaba por poner.

Unos pantalones del mismo azul que la chaqueta, rectos, sin forma y no muy cómodos. Al menos la tela no era de las que raspaban, cosa que mi piel agradecía.

Miré el reloj de mi muñeca.

Las seis y veinticinco.

Iba bien de tiempo. No sobrada, pero sí para estar en mi puesto a las seis y media, justo diez minutos antes de que el tren en el que hacía mi turno de revisora saliera de la estación de Santa Justa.

Me até los zapatos, que, aunque cómodos, eran bastante feos: negros, lisos y sin ni una raya de adorno. Después salí del vestuario con el bolso colgado al hombro.

Recorrí el pasillo que llevaba directamente a las vías y llegué a ellas en apenas tres minutos.

Siempre subía por la misma puerta que el maquinista. Esas fueron las directrices que me dieron mi primer día de trabajo, y así lo había seguido haciendo desde entonces.

—Buenos días, Antón.

—Buenos días, Sira. Hoy hace fresquito, ¿verdad?

—Sí, hoy se nota que el invierno está a punto de llegar.

—¿Subimos?

Asentí.

Antón tiró el cigarrillo que estaba fumando y ambos subimos al tren.

Él era el maquinista del tren en el que los dos hacíamos el mismo servicio de lunes a viernes. Desde hacía tres años teníamos el mismo turno.

Aun así, y después de años conociéndonos y viéndonos a diario, aquella era la conversación que solíamos tener todas las mañanas. Un saludo, algún comentario sobre el tiempo, un adiós o un hasta mañana al terminar el turno, y poco más.

Antón era un hombre de cuarenta y tantos años. No sabría decir cuántos exactamente, porque ni se lo había preguntado ni él me lo había dicho.

Teníamos un trato profesional y una conversación muy parca en palabras.

Él era discreto, poco hablador y correcto en el trato. Perfecto para mí.

Entró en la cabina y yo, después de dejar mi bolso en un armario con llave que estaba destinado al personal, me preparé para empezar un nuevo día.

—Buen viaje.

—Buen viaje —le contesté antes de que cerrara la puerta de la cabina.

Me quedé en el primer vagón del tren, asomada en las puertas, viendo cómo subía la gente.

La mayoría lo hacía con cara de sueño. Otros, con cara de mala leche, seguramente por el madrugón que se habían dado. Algunos hablaban con la persona que tenían al lado, pero a media voz.

Casi todos llevaban bolsas colgadas al hombro, maletines en la mano o mochilas a la espalda.

El recorrido que hacíamos era a media distancia.

Concretamente, desde la estación de Santa Justa en Sevilla hasta Cádiz.

El viaje tenía varias paradas. Entre las que más gente subía o bajaba estaban Dos Hermanas, Utrera, Lebrija, Jerez, El Puerto de Santa María, San Fernando y, la última, Cádiz.

Negué con la cabeza al ver a los más tardones llegar corriendo, casi con la lengua fuera, a falta de un minuto para que el tren arrancara.

Entre ellos, un militar, un chico que seguramente iría a la facultad a estudiar y una chica con un uniforme de camarera de pisos de algún hotel.

La estación anunció por los altavoces la salida inmediata. Un minuto después, las puertas se cerraron y, sin demora, el tren se puso en marcha.

Esperé en el sitio en el que estaba poco más de cinco minutos, dando tiempo a todos los viajeros a acomodarse, antes de empezar mi ronda de verificación de billetes y abonos del primer viaje de la mañana.

El primero, porque cada día hacía ese recorrido cuatro veces.

Salía de Sevilla hasta Cádiz. Un descanso pequeño. Vuelta a Sevilla. Segundo descanso. Otra vez a Cádiz. Tercer descanso.

Y, finalmente, el último viaje a Sevilla, cerca de las tres y media de la tarde, que era cuando terminaba mi turno.

No era el trabajo con el que yo había soñado.

Pero me daba de comer. No era excesivamente cansado. Me distraía viendo gente. Y, lo más importante, más allá del maquinista, no tenía compañeros con los que sentirme obligada a interactuar.

El trabajo perfecto para pasar desapercibida y no formar vínculos con nadie.

Con ese trabajo conseguí levantar un poco la cabeza cuando perdí a Emilio, ya que los siguientes meses fueron los peores de mi vida.

Sin saber qué hacer ni cómo seguir. Muy perdida, cada día más. Con la necesidad de romper con todo.

Y lo hice.

Decidí tomar otro rumbo. Uno muy distinto a los planes que ambos teníamos.

Decidí seguir porque se lo había prometido a mi abuela.

Hundirse no era una opción.

Y si ella pudo, yo también.