Capítulo 4
Los meses que siguieron a la muerte de mi abuela pasaron demasiado rápido.
Carmen y Manolo se encargaron de todo el tema legal que me afectaba.
Porque, al ser menor, si ellos no hubieran intervenido, habría acabado en el sistema.
No tendría vida suficiente para agradecerles que, sin que nadie se lo pidiera, cuando vieron que mi abuela estaba ya en las últimas, le propusieran adoptarme.
Mi abuela y yo también, para qué negarlo, lloramos muchísimo ese día. Ella, al saber que no me quedaría desamparada. Yo, al ver que de verdad me consideraban parte de su familia y que no me iban a dejar a mi suerte.
Carmen siempre se había portado como una madre conmigo y Manolo como un padre; no voy a decir lo contrario.
Aunque él era un hombre más bien de pocas palabras, era más de silencios que lo decían todo y de abrazos que llegaban justo cuando los necesitabas.
Pero después de morir mi abuela y durante el proceso de su enfermedad, también me demostraron que eran mis padres de corazón más que nunca.
Estuvieron pendientes de todo.
Carmen pasó más horas en mi casa, ayudándome a cuidar a mi abuela, que en la suya.
Y, cuando mi abuela nos dijo adiós, sí me permitieron seguir viviendo en la que había sido mi casa toda la vida. Siendo menor, si ellos hubieran dicho que no, yo habría tenido que aceptarlo.
No quise marcharme del lugar en el que había crecido y en el que tan buenos momentos había vivido con mi abuela. Así que yo seguí en mi casa, la que mi abuela me legó, y ellos, en la suya.
Entendieron perfectamente mi necesidad de seguir allí. Era como si, estando entre esas cuatro paredes, la hubiera perdido un poquito menos.
Quien sí cambió su rutina fue Emilio, que empezó a vivir entre las dos casas.
Por el día, los dos pasábamos muchas horas en la casa de sus padres, donde comíamos y cenábamos con ellos. Pero por la noche yo volvía a mi casa a dormir y él lo hacía conmigo.
Ni una sola noche me dejó sola. Ni un día tampoco, siendo sincera.
Estuvo para mí en todo momento.
Cuando me daban esos bajones en los que acababa llorando durante horas por lo muchísimo que echaba de menos a mi abuela o cuando me quedaba con la mirada perdida durante minutos, recordando pequeños momentos de nuestra vida juntas.
En esos momentos me abrazaba fuerte contra su pecho y me acariciaba el pelo todo el tiempo que hiciera falta hasta que me calmaba.
Nunca me soltó la mano. Fue mi ancla para seguir adelante.
Mi abuela no llegó a verme cumplir los diecisiete. Un cumpleaños que no quise celebrar, como tampoco volví a celebrar ningún otro.
Esos días eran en los que peor llevaba su ausencia.
Emilio y sus padres nunca insistieron en que lo hiciera. Entendieron mi dolor y mis motivos, y los respetaron.
En el tema del dinero, aunque desde siempre supe que con ellos nunca me faltaría de nada, yo quise tener un poco de independencia y no darles más gastos de los necesarios.
Así que me quedé con las dos casas en las que limpiaba mi abuela y las hacía por la tarde, ganando un dinero que me venía muy bien para mis gastos y los de la casa.
De la comida y de llenar mi nevera siempre se ocupó Carmen y no hubo manera de convencerla de que dejara de hacerlo.
Así fue mi vida hasta que acabé el instituto.
Por la mañana acudía a clase. Por las tardes, iba a limpiar las casas cuatro días a la semana: dos días a cada una, tres horas. El resto de la tarde y muchas noches las pasaba estudiando en compañía de Emilio.
Él ahí conmigo, siempre conmigo.
Mientras yo estudiaba lo mío, metida en los libros hasta las pestañas para obtener la beca y no tener problemas de dinero cuando llegara el momento de empezar Derecho, Emilio se sentaba a mi lado en la mesa del salón y estudiaba lo suyo.
Le encantaba el Derecho y se notaba en la pasión que ponía cuando, en esos ratos de estudio compartido, me explicaba cosas y me decía: «Verás, cuando lo hagas tú, te va a encantar».
Durante todo ese tiempo, el dolor por la muerte de mi abuela no desapareció; ese nunca lo haría, pero sí que aprendí a vivir con él y con su ausencia.
Aún recuerdo muy a menudo muchas de las cosas que me dijo antes de partir.
Tuvimos muchas charlas, me dio muchos consejos y compartimos muchas confidencias, sobre todo durante los últimos dos meses, cuando ya se pasó casi todo el tiempo en la cama.
Solo con cerrar los ojos, la veía allí tumbada en la cama con su gesto cansado y los visibles signos de que la enfermedad se la estaba comiendo.
Su pelo se volvió más canoso que nunca, su delgadez extrema la hacía parecer más frágil de lo que yo quería aceptar. Sus pómulos hundidos distorsionaban esa sonrisa que siempre tenía para mí.
Aun con todo eso, siempre estaba dispuesta a decirme y aconsejarme qué hacer cuando ella faltara.
—Sira, no te hundas. Tú, aunque duela, sigue.
—No podré, abuela —le contestaba entre lágrimas.
—Sí podrás. Claro que podrás. Eres mi nieta. Eres fuerte.
—No lo soy.
—Sí lo eres, ahora no lo ves, pero lo verás. Eres y serás más fuerte de lo que crees.
—No soy como tú.
—Por supuesto que no. Tú eres mejor que yo. Tú no te hundirás, al igual que no lo hice yo. Tú tienes a alguien por quien vivir, por quien seguir. Yo te tuve a ti y tú tienes a Emilio.
Cuando hablábamos de Emilio, siempre sonreía porque sabía que mi chico me quería.
No solo porque me lo demostrara día a día, sino porque sus ojos lo gritaban al mirarme.
Al igual que lo hacían los míos.
Éramos jóvenes, sí. Pero nuestro amor no entendía de edad. Era profundo, sincero, y los dos siempre decíamos que, pasase lo que pasase, sería eterno.
Cuando llegó el momento de empezar la carrera, lo hice con miedo e ilusión.
Miedo a no estar a la altura, miedo a no poder sacar todas las asignaturas, miedo a no poder con todo, ya que, aparte de estudiar, no dejé las casas que iba a limpiar.
Pero, como siempre, ahí estuvo Emilio: para animarme, para ofrecerme su ayuda en todo lo que necesitara, para explicarme algunos conceptos que me costaban o para ayudarme con algún trabajo que se me atravesaba.
Que él fuera dos años por delante en la carrera me fue de mucha ayuda porque así no fui a ciegas en nada. Ya que fui conociendo a través de él todo lo que tendría que hacer y cómo serían todas las asignaturas.
Mientras estuve en el instituto teníamos otro ritmo.
Pero en cuanto empecé en la facultad, cogimos una rutina.
Nos levantábamos juntos, ya que siguió durmiendo conmigo todas las noches. Era como si viviéramos juntos sin hacerlo oficialmente. Allí en mi casa desayunábamos y de ahí nos íbamos juntos a la facultad.
Al volver, comíamos con Carmen y Manolo.
Y por las tardes estudiábamos y los días que yo trabajaba siempre me acompañaba a las casas a las que iba y, al salir, allí estaba esperándome también.
Esos días, si el tiempo acompañaba, dábamos un paseo al salir de mi trabajo. Algunos días íbamos al cine o de tapeo a cenar a alguna terraza.
Y los fines de semana salíamos solos o con nuestros amigos de copas o a bailar.
Una vida normal de dos jóvenes de dieciocho y veinte años. Una vida con la que los dos estábamos encantados.
Podría decir que era feliz, aun sintiendo la ausencia de mi abuela todos los días, porque de ella no me olvidaba en ningún momento.
Sí, era feliz. Porque no me hundí, como ella me pidió. Porque seguí adelante, como ella insistió en que hiciera.
Pero sobre todo era feliz porque tenía a mi lado al amor de mi vida.
Pero el destino tenía escrita para mí una vida muy diferente a la que yo había imaginado. Una que no era la que yo había planeado. Al parecer, había venido a esta vida para soportar dolor, para sufrir ausencias.
Por eso el siguiente golpe que la vida me tenía preparado llegó cuando tenía veintiún años.
Emilio y yo salíamos agarrados por la cintura, riéndonos y besándonos, como cada día que venía a buscarme a la facultad.
Pero, al cruzar la calle, el mundo se detuvo.
Un chirrido de frenos.
Un abrazo, el último.
Un «¡Cuidado!» gritado por alguien a nuestro lado.
Y nada más.
Solo el final.