Capítulo 3
Salí del instituto y puse rumbo a mi casa.
El curso apenas había comenzado. Solo llevaba un mes yendo a clase de primero de bachillerato.
En clase, al menos hasta ese curso, siempre me había ido muy bien. Era buena estudiante. No de sacar todo sobresaliente, porque decir eso sería mentir, pero sí de tener unas buenas notas.
Tenía buena cabeza, pero también era constante y muy concienzuda a la hora de estudiar, de ahí mis buenas notas.
Y tendría que seguir siendo así si quería conseguir una beca para ir a la universidad cuando terminara el bachillerato. Porque si no la conseguía, ni mi abuela ni yo podríamos pagarme la matrícula, aunque yo trabajara en lo que me saliera.
Emilio, que ese año ya tenía dieciocho años, había empezado unas semanas antes la carrera de Derecho.
Era la carrera que yo también haría cuando terminara el instituto al año siguiente.
Llevábamos dos años juntos y decir que nos iba bien era quedarse corta. Nos iba de maravilla. Desde aquel día en el que cumplí los catorce años y sellamos nuestra vida con un beso, no nos habíamos separado.
Desde el primer momento se lo contamos a nuestras familias: yo a mi abuela y él a sus padres.
Ninguno de los dos queríamos tener una relación en secreto, así que acordamos contarlo. Y fue todo un acierto porque, aunque lo hicimos con un poco de miedo a que reaccionaran mal porque éramos muy jóvenes, nos llevamos una gran sorpresa porque a todos les pareció estupendo.
Tanto sus padres como mi abuela, cuando los reunimos en la casa de él para contarles lo que pasaba, nos dijeron que era algo que esperaban que pasara en cualquier momento.
Al parecer, no habíamos podido esconderles ni a ellos ni a nadie la manera en la que nos mirábamos cuando uno de los dos entraba en el campo de visión del otro.
Mi abuela, durante esos dos años, me había dicho muchas veces que Emilio me miraba igual de bonito que lo hacía mi abuelo con ella.
Nuestra relación fue como la de cualquier joven de nuestra edad.
Salíamos al cine, a pasear, a bailar. Unas veces solos, otras con el grupo de amigos que teníamos, que era el mismo, ya que casi todos eran del instituto o del patio de casa.
En esos dos años también tuvimos nuestras primeras veces.
Las mías y las suyas, que fueron novedad para los dos, ya que, aunque Emilio era dos años mayor que yo, nunca había estado saliendo ni tonteando con otra chica.
Según me contó, había empezado a sentir que sus sentimientos de amistad hacia mí cambiaban a otra cosa cuando él tenía catorce y yo doce.
Pero prefirió esperar a ver si yo sentía lo mismo cuando creciera un poco, antes de dar un paso al frente.
Y la espera, según dijo, había valido la pena.
Porque, igual que le había pasado a él, mis sentimientos también cambiaron cuando di el paso de niña a adolescente.
El día que nos acostamos por primera vez, yo ya había cumplido los quince y él los diecisiete. Fue una tarde en casa de sus padres en la que sabíamos que ellos no volverían hasta por la noche.
Esa primera vez, para los dos, fue especial.
Ambos estábamos como un flan por los nervios, sobre todo yo. Pero Emilio me trató con tanto cariño y tanta paciencia que incluso el dolor que sentí al perder la virginidad pasó como un suspiro.
En esos dos años también habíamos discutido, por tonterías, pero lo habíamos hecho.
Nada que no arregláramos a los pocos minutos, hablando y, por supuesto, acabando con un beso y diciéndonos lo mucho que nos queríamos.
Durante el tiempo que llevábamos juntos, habíamos hecho muchos planes de futuro.
Que sí, que éramos muy jóvenes y cualquiera podría pensar que eran sueños de adolescentes que se desvanecerían con el tiempo, porque nuestro amor juvenil se acabaría cuando creciéramos.
Eso lo podía pensar alguien que no nos conociera, ni conociera nuestra historia.
Los que nos conocían y habían vivido a nuestro lado nuestros comienzos, no solo como pareja, sino como amigos, podrían decir, sin lugar a equivocarse, que lo nuestro era para toda la vida.
Nuestros planes eran montar un despacho de abogados juntos.
Emilio iba dos años por delante de mí en estudios.
Pero, cuando él terminara la carrera, yo ya habría empezado la mía. Teníamos pensado montar el despacho entonces, y yo ayudaría en lo que pudiera hasta acabar Derecho. Después, ya trabajaríamos juntos oficialmente.
Fui pensando en esos planes de los que hablábamos a menudo todo el camino hasta que llegué a casa.
Cuando entré por la puerta, me sorprendí de que no hubiera el silencio habitual de siempre. Mi abuela solía estar sola, esperándome para comer, pero ese día en la cocina se oían murmullos, así que deduje que no estaba sola.
Entré sonriendo porque, antes de abrir la puerta, había distinguido, además de la voz de mi abuela, la de Carmen, la madre de Emilio, a la que yo consideraba mi suegra.
No lo era legalmente, al menos, pero lo sería en un futuro. De eso nadie tenía dudas.
Cuando vi sus caras serias y llenas de desolación, la sonrisa con la que había entrado se me borró de golpe.
—¿Qué pasa?
—Pasa y siéntate, Sira, por favor —me pidió mi abuela.
—No, dime qué pasa. ¿Es Emilio? ¿Le ha pasado algo?
Pregunté a las dos, pero mirando a Carmen.
—Mi hijo está perfectamente. Estará al llegar de la facultad.
—¿Entonces a qué vienen esas caras?
A cada segundo que pasaba, más nerviosa me estaba poniendo y mi preocupación crecía y crecía dentro de mí sin control.
—Sira, siéntate, cielo, tenemos que contarte algo —me pidió Carmen con una sonrisa que ni de lejos llegó a sus ojos.
En los segundos que pasaron desde que dejé la mochila en el suelo, a la entrada de la cocina, hasta que me senté en una silla entre las dos, mil cosas se me pasaron por la cabeza, y ninguna buena.
Pero ninguna de ellas fue la que me contaron después y que partió mi vida por la mitad.
Mi abuela me dio unos papeles que tenía encima de la mesa para que los leyera, mirándome con una tristeza que jamás había visto en sus ojos.
Los leí y me obligué a hacerlo.
Porque, desde la segunda línea, cuando aparecieron las palabras tumor, metástasis y sin tratamiento posible, se me hizo un nudo en el estómago y empezó a faltarme el aire. Pero aguanté, porque quería saberlo todo. Necesitaba saberlo todo.
—Abuela… Dime que no es verdad. Dímelo, por favor —le rogué llorando.
Al verme en ese estado de nervios y llorando de manera desgarradora, las dos a la vez me envolvieron entre sus brazos.
—No… por favor… tú no, abuela.
—Cariño, no podemos elegir nuestro destino, ya lo sabes.
El destino, el camino trazado y todo lo demás se podía ir a la mierda. Joder, ¿no se había cebado ya bastante con nuestra familia con la pérdida de mi madre y de mi abuelo?
¿No tenía bastante con eso? ¿Ahora también me iba a arrebatar a mi abuela?, me pregunté enfadada.
A mi guía, a mi madre —porque lo era—, a mi confidente y, además de Emilio, a la persona que más quería del mundo.
—Sira, tienes que ser fuerte.
—¿Cómo voy a ser fuerte? ¡¿Cómo?! Me voy a quedar sola. Me voy a quedar sin familia.
—No digas eso, porque no es verdad. Emilio, Manolo y yo también somos tu familia. Así que sola no te vas a quedar.
Sabía que Carmen me decía esas palabras porque así las sentía.
Me lo había dicho miles de veces, incluso antes de empezar a salir con su hijo. Siempre me decía que yo para ella era como una hija.
Y realmente así me trataba.
Pero no me consoló nada en ese momento.
Nada me daría consuelo.
Nada conseguiría parar o disminuir el dolor tan desgarrador que estaba sintiendo al saber que en pocos meses mi abuela moriría.
Cuando más lloraba, Emilio apareció. Al parecer, Carmen lo había avisado para que viniera de la facultad directamente a mi casa y no a la suya. Me rodeó con sus brazos.
—Estoy aquí. Mi amor, estoy aquí —me susurró mientras me apretaba fuerte contra su pecho.
Los siguientes seis meses, que fueron los que tardó mi abuela en consumirse y fallecer una noche entre mis brazos bajo la atenta mirada de Carmen, Manolo y Emilio, fueron totalmente horribles.
Ver cómo su luz se apagaba fue algo que no le desearía ni a mi peor enemigo.