Capítulo 2
—¡Venga, Sira, sopla las velas!
La noche ya se había hecho presente y allí estaba yo, rodeada por todos, delante de la enorme tarta de chocolate y fresas —mi favorita— que me había preparado Carmen.
Las mesas de comida seguían allí, aunque ya bastante más vacías. Aún quedaba comida para que la mayoría comiéramos sobras el resto de la semana.
Los niños corrían como locos, saltando, chillando y riendo.
Todos estaban esperando el momento en el que soplara las catorce velas para que la música volviera. Después podríamos seguir bailando hasta que el cuerpo aguantara o hasta que el calor insoportable nos acabara agotando a todos.
Levanté la vista y miré primero a mi abuela.
Sus ojos estaban aguados. Estaba conteniendo las lágrimas. Su niña, como ella decía, se hacía mayor.
Ese día, como todos en los que cumplía años, tenía sentimientos encontrados que solo los que la conocíamos bien sabíamos que los escondía bajo esa sonrisa bonachona que siempre estaba en su cara.
Ese día celebraba una vuelta al sol de su niña.
Pero también recordaba con dolor que había pasado otro año más desde que su querida hija Dafne se había ido de este mundo al dar a luz a su hija, a mí.
Me hizo un gesto con la cabeza como diciendo: «Piensa bien qué vas a pedir».
No tenía que pensarlo mucho, o nada en realidad.
Sabía lo que quería o, más bien, a quién quería. Y a él fue precisamente al que miré mientras soplaba las velas.
Mi deseo fue que Emilio siguiera en mi vida para siempre.
Soplé pensando que de verdad ese deseo se cumpliría. Sin saber en ese momento que el cruel destino no permitiría que se cumpliera del todo.
Todos aplaudieron y chillaron bien alto un «¡Felicidades, Sira!»
Mi abuela se acercó la primera y me cogió la cara con las dos manos. Era la manera que tenía de demostrarme su cariño desde que yo tenía uso de razón.
Me agarró las mejillas y me besó la frente.
De su mandil, ese que yo pensaba que ni para dormir se quitaba, sacó una pequeña cajita envuelta en un papel plata muy bonito y brillante.
—Abuela… no hacía falta que compraras nada. Ya lo habíamos hablado.
La economía de mi abuela era más bien escasa. Solo tenía una pequeña pensión de viudedad y el poco dinero que sacaba limpiando en las dos casas a las que seguía yendo desde antes de que yo naciera.
Así que siempre íbamos más bien justas de dinero.
Pero a mí nunca me importó no tener ropa de marca como otras niñas del colegio, las últimas zapatillas que habían salido al mercado o algún capricho innecesario.
Yo con poco me conformaba.
Para mí valía más un beso, un abrazo o unas palabras dichas en el momento justo que cualquier cosa material.
—No lo he comprado.
Fruncí el ceño.
—No arrugues el morro y ábrelo, anda.
Abrí el paquete con todo el cuidado del mundo y, cuando destapé la cajita, los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Abuela…esto es…de…
Ni las palabras me salieron del nudo que se me formó en la garganta.
—De tu madre, sí. Los he guardado todos estos años para regalártelos justo en el día que cumplieras catorce, la misma edad que tenía ella cuando se los regalé.
En la mano tenía dos pendientes de oro blanco en forma de medialuna. Mi abuela, como me había dicho, se los había regalado a mi madre el día que cumplió la misma edad que yo ese día.
No pensé.
No dudé.
Me los puse enseguida y me sentí más cerca de mi madre de lo que había estado nunca.
—Te quedan perfectos.
—Gracias, abuela —dije mientras la abrazaba fuertemente contra mi pecho.
—Ojalá pudiera verte y ver en la gran chica que te estás convirtiendo.
—Lo hace, sabes que lo hace. Igual que el abuelo. Los dos ven la magnífica madre que fuiste y la maravillosa abuela que eres.
Se limpió las lágrimas con el mandil, antes de volver a sonreír al verme a mí tan emocionada y contenta con mi regalo.
Contuve la risa, porque de verdad que el mandil de la señora Mariola valía para todo.
La fiesta continuó.
Las bebidas sudaban más que nosotros, pero ni aun así dejamos de bailar, reír y charlar todos con todos.
Y yo, además de todo eso, también cruzaba miradas con Emilio cada dos por tres. Yo sonreía. Él me guiñaba el ojo cuando creía que nadie le veía y así nos pasamos casi toda la fiesta.
Se hizo tarde, mucho en realidad.
La gente empezó a retirarse a sus casas. La música cesó. Y en el patio solo se oían los murmullos de los pocos que quedábamos allí recogiendo.
Estaba al lado de una mesa recogiendo los vasos y platos de papel vacíos y metiéndolos en una bolsa de basura cuando una mano me la quitó despacio y la dejó en el suelo.
Me giré y allí estaba Emilio, con esa sonrisa que me tenía enamorada.
—Ven.
—¿Dónde?
—Ven —repitió agarrándome de la mano.
Fui, por supuesto que fui.
Me llevó de la mano bajo las escaleras que subían a las viviendas, lejos de los ojos de los pocos que quedaban en el patio.
—Quería darte a solas tu regalo.
Del bolsillo de su camisa sacó un paquete igual de pequeño que el que me había dado mi abuela, pero envuelto con un papel de seda rosa.
—Emilio… —susurré con la voz tomada.
—No es mucho, pero… espero que te guste.
Fuera lo que fuese, estaba segura de que me iba a gustar. Solo por el simple hecho de que me lo estaba regalando él y por haberse tomado la molestia de pensar en mí.
—Es tuyo, así que me gustará seguro.
—Ábrelo, venga. Quiero ver si he acertado. Iba a pedir ayuda a los chicos, pero al final preferí elegirlo yo solo. Me parecía que mi primer regalo no debía tener más opinión que la mía.
Que hubiera querido hacerlo como un momento único, personal y solo nuestro, no me gustó, me encantó.
Lo miré y sonreí para que supiera cuánto me habían gustado sus palabras.
Abrí el paquete con manos temblorosas.
Y cuando vi lo que había en su interior, mi cuerpo tembló y el corazón empezó a latirme con fuerza.
Era una pulsera de plata muy fina con eslabones en forma de corazón y uno un poco más grande en la parte central.
Era la pulsera más bonita y especial que yo había visto en mi vida.
—Es preciosa. Me encanta.
—Tú sí que eres preciosa. La más preciosa de todas.
Dios mío…
En los últimos meses me había dicho alguna vez: «Qué guapa estás», «Qué bien te queda ese vestido» u «Hoy tu sonrisa me gusta más que nunca».
Pero jamás un piropo tan claro como ese.
Extendí la mano para que me ayudara a ponérmela, ya que, con el temblor y los nervios que tenía, no fui capaz ni de abrir el cierre.
Cuando consiguió abrocharla, subió mi mano hasta su cara y me dejó un pequeño beso en el interior de la muñeca. Ante ese gesto, mis mejillas ardieron.
Emilio, al ver mi rubor, soltó una pequeña risita.
—¿Te da vergüenza mirarme?
Pues sí que me daba un poco. Al saber que tenía la cara roja como la grana, había bajado la mirada al suelo para que no viera la vergüenza reflejada en mis ojos.
—Sira… mírame —me rogó.
Alcé la vista con el corazón desbocado y, cuando me encontré con sus ojos, todo lo demás desapareció.
Solo él y yo. Subió la mano hasta mi cara y me acarició la mejilla.
Con delicadeza, con cariño y con algo más que no tardaríamos mucho en entender. Críos como éramos, aún no sabíamos ponerle nombre, pero aquello era amor.
Un amor que había nacido de la amistad de años, de la complicidad que habíamos tenido siempre y de ese deseo que ambos sentíamos, aunque todavía fuera desconocido para nosotros.
Se acercó lentamente y con cuidado, posó sus labios sobre los míos.
El beso fue torpe, fue corto, fue apenas un roce.
Pero fue mágico para los dos. Porque no solo fue un beso. Fue nuestro primer beso, pero también mucho más.
Fue una promesa silenciosa.
Una promesa que nos hicimos de pasar el resto de nuestras vidas juntos.
Y esa promesa se cumplió.
Los días, las semanas, los meses e incluso los años fueron pasando. Y, desde ese día, durante los dos años siguientes, vivimos juntos todas nuestras primeras veces.
Nuestro primer beso, nuestra primera vez y nuestro primer te quiero.