Dos veces en la vida
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Capítulo 1
Salí de mi habitación con los ojos aún entrecerrados por el sueño, andando por inercia y guiada por el delicioso aroma que flotaba en toda la casa, pero que se iba haciendo más intenso a medida que me acercaba a la cocina.
Empujé la puerta, que estaba entreabierta, y la sonrisa me salió sola.
Allí dentro estaba mi abuela, moviéndose con la destreza de un chef en pleno servicio de comidas de un restaurante de al menos cien comensales.
Removía con una cuchara de madera lo que fuera que había dentro de una cazuela. Con la otra mano daba la vuelta a algo en una sartén.
Y, a su espalda, en la mesa de la cocina, no cabía ni un palillo entre la cantidad de platos rebosantes de comida.
Todo lo que allí había podía hacer salivar a cualquiera. Solo con el olor que desprendían los maravillosos platos que mi abuela había cocinado, se te abría el apetito sin que te diera tiempo a pensarlo.
Me apoyé unos segundos en el marco de la puerta y la observé.
Con su delantal. Ese nunca faltaba en su cuerpo.
Como yo le decía, parecía que había nacido con él. Ella decía que era su segunda piel, y me hacía reír.
En su pelo ya asomaban muchas canas, unas por la edad y otras por el dolor de la vida.
Ese dolor que se reflejaba en su mirada en algunos momentos al recordar cosas de otra época. Una en la que tuvo todo lo que una persona pudiera desear.
Una que nunca volvería, porque esa felicidad completa se la habían dado personas que ya no estaban.
Mi abuelo, al que no llegué a conocer, era una de ellas.
Según me había contado mi abuela Mariola, él fue, era y sería para siempre el amor de su vida. Esa puta vida, como ella decía, se lo arrebató demasiado pronto.
Tan solo tenían treinta y cinco años cuando un accidente laboral, al caer de un andamio, se lo arrebató. Mi abuela se quedó viuda y con una hija, mi madre, de tan solo diez años.
¿Se hundió?
No.
Ella siempre decía que no se pudo permitir caer porque su hija la necesitaba en pie.
Su hija, mi madre…
Era otra de las pérdidas de mi abuela y también mía.
Mi abuela tuvo más suerte que yo, ya que disfrutó de mi madre durante veinticinco años; yo solo lo hice cinco minutos.
Cinco minutos exactos son los que me tuvo en sus brazos antes de morir desangrada por un desgarro al darme a luz que los médicos no fueron capaces de detener porque era demasiado grande.
¿Se hundió con esa segunda pérdida?
Otra vez no.
Ahí volvía a contarme, en muchas de nuestras conversaciones, que la pérdida de un hijo era lo más horrible que le podía pasar a una madre.
Pero que ella se tragó ese dolor porque su hija, antes de partir, le había dejado el mejor regalo que se le puede hacer a una madre, ser abuela.
Y que no podía dejarse caer, al igual que pasó con mi abuelo, porque tenía que sacarme adelante y quererme por tres: por ella, por mi madre y por mi abuelo.
Por mi padre, no.
Ese ni siquiera llegó a saber el día que nací. Según mi abuela, era un desgraciado que encandiló a su hija para divertirse los días que venía a Sevilla de fiesta, pero que cuando mi madre le dijo que estaba embarazada, desapareció del mapa.
¿Yo sentía dolor por eso?
Ni lo más mínimo.
Él no quiso saber nada de mí y falló a mi madre. Por lo tanto, yo tampoco quería saber nada de él.
Contuve la risa cuando mi abuela, en voz bajita, empezó a cantar una sevillana de esas que hablaban de Sevilla como si fuera una mujer bonita: luminosa, alegre, llena de duende, con olor a azahar y con el cielo rendido a sus pies.
Me había ido acercando sigilosa mientras cantaba para ponerme justo detrás.
A media voz y cerca de su oído, seguí la melodía. Esa que, de tanto oírla desde hacía años, muchos, me sabía de memoria.
Canté bajito esa parte en la que la sevillana hablaba del color único de Sevilla, de su duende y de ese olor a azahar que parecía quedarse pegado a la piel.
Mi abuela se sobresaltó y dejó caer la cuchara de madera dentro de la cazuela para volverse con rapidez.
—La madre que te parió, tú sí que eres un duende o un fantasma. Vaya susto me has dado, chiquilla.
Nos miramos solo un segundo y nos echamos a reír.
Después llegó el abrazo y el beso de buenos días que jamás faltaba entre nosotras.
Decir que adoraba a mi abuela era quedarme corta. La admiraba por su fuerza, la quería simplemente por ser ella y la necesitaba incluso teniéndola a mi lado.
—Ay… mi niña, catorce añazos ya. Ya no es mi niña. Ya es toda una mujercita. ¡Felicidades, cielo!
—Gracias, abuela. Pero aun con cincuenta años seguiré siendo tu niña, así que no inventes —dije riéndome.
—Cuando tienes razón, hay que dártela.
Me acerqué a la mesa todavía riéndome y miré todo el despliegue culinario que había allí.
Virgen de la Macarena, con esta mujer no se moría de hambre nadie, pensé.
—¿Pero cuántos van a venir al cumpleaños? ¿Todo Sevilla?
—Oye… no todos los días mi niña cumple catorce años. Que vengan todos los que quieran. Con hambre no se van a quedar.
No, con hambre, desde luego, no se iban a quedar. Derretirse ya era otro tema.
Estábamos a doce de julio y hacía un calor para querer mudarse al Polo Norte. El calor en Sevilla era totalmente asfixiante.
—Voy a darme una ducha rápida y te ayudo.
Mi abuela asintió mientras se giraba para seguir removiendo en la cazuela.
Y yo salí de la cocina para irme al baño.
—No tengas prisa, Sira, tenemos tiempo de sobra para acabar con esto. Además, la tarta la hará la madre de Emilio, así que una cosa menos.
No me lo chilló para que la oyera, pero sí que levantó un poco la voz.
Sonreí al oír el nombre de Emilio.
Solo con que alguien lo nombrara, una sensación extraña me recorría todo el cuerpo. Y verlo era mucho peor, porque mis mejillas se teñían de rojo bermellón con su sola mirada puesta en mí.
Nos conocíamos desde que éramos unos críos de pañales.
Emilio me sacaba dos años y habíamos crecido juntos en el mismo patio de vecinos, lo que mi abuela llamaba el corral.
Él vivía junto a sus padres en la casa de enfrente, justo frente a la nuestra. Balcón con balcón, para ser más concreta.
Habíamos jugado juntos con el resto de los niños del patio desde siempre, hasta convertirnos en amigos inseparables y cómplices. Pero algo había cambiado por parte de los dos desde que las hormonas alteradas habían hecho acto de presencia en nuestros cuerpos.
La manera de mirarnos había cambiado.
Pensando en él, como hacía últimamente a todas horas, me metí en la ducha para quitarme el sudor pegajoso de toda la noche.
El resto de la mañana y parte de la tarde me la pasé en la cocina con mi abuela preparando la merienda.
Era tradición o simplemente costumbre que en el cumpleaños de cualquiera del patio se sacaran mesas plegables y todos los vecinos lo celebráramos juntos.
Allí poníamos una cantidad exagerada de comida y bebida para todos.
La celebración solía extenderse hasta bien entrada la madrugada, sobre todo si coincidía que era en verano, como era mi caso.
Allí todos comíamos, bebíamos, reíamos, bailábamos sevillanas o lo que se terciara. Pero lo mejor de todo eso era la sensación de familia que se respiraba en el patio.
Porque todos los vecinos éramos eso: familia. No de sangre, pero sí de corazón.
Todos, sin excepción, estábamos los unos para los otros, sobre todo cuando las cosas se torcían.
Eso bien lo sabía mi abuela.
Porque en los dos palos más gordos de su vida todos los vecinos la ayudaron de una manera o de otra. Unos, echándole una mano, cuidándome cuando ella iba a limpiar a las dos casas en las que llevaba media vida yendo.
Otros, dándole conversación o escuchándola cuando tenía un momento de bajón.
Y otros, como los padres de Emilio, Carmen y Manolo, simplemente estando ahí, fuera el día que fuera y fuera la hora que fuera, de manera incondicional y sin pedir ni esperar nada a cambio.