Dos semanas para enamorarte Capítulo 33
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Capítulo 33

Victoria

Ethan me encontró antes de la ceremonia de prueba.

Estaba sola en una de las terrazas laterales del hotel, un rincón olvidado que apenas utilizaban los invitados, con vistas a un jardín de buganvillas que explotaban en colores violentos contra el blanco impoluto de las paredes.

El viento era suave, casi imperceptible, una brisa marina que acariciaba la piel sin perturbar el silencio.

Demasiado suave para lo que venía. Demasiado tranquilo para la tormenta que se avecinaba en mi interior.

Llevaba una hora allí, intentando ordenar los pensamientos antes de enfrentarme a la prueba de sonido, a la revisión de los últimos detalles, a la farsa de normalidad que tendríamos que mantener durante unas horas más hasta que Gabriel y yo pudiéramos confrontar a los verdaderos sospechosos.

Mi mente estaba dispersa, saltando entre la lista de nombres que habíamos compilado durante la madrugada y la sensación persistente de que estábamos corriendo contra el tiempo, y que el tiempo estaba ganando.

—Victoria.

La voz me llegó desde atrás, suave, familiar, cargada de años de historia que yo ya no deseaba recordar. No me sobresalté. De alguna manera, sabía que aparecería. Que nuestra confrontación pendiente no podía evitarse indefinidamente.

Esta vez no hui. No podía. Había llegado a un punto en mi vida donde retroceder ya no era una opción viable.

Me giré lentamente. Allí estaba Ethan, con el pelo más canoso de lo que recordaba, con líneas de cansancio alrededor de los ojos que el sol de Grecia no lograba disimular.

Llevaba un traje de lino claro, impecable, pero algo en su porte sugería derrota, como si la ropa le quedara grande, como si hubiera perdido peso recientemente, o esperanza, o ambas cosas.

—Ethan —dije, y mi voz salió neutra, sorprendiéndome a mí misma.

Él se acercó lentamente, con pasos cautelosos, como si temiera que pudiera echar a correr. Se detuvo a dos metros de distancia, respetando un espacio personal que agradecí.

—No deberías estar aquí —dije, rompiendo el silencio antes de que pudiera enredarnos en él.

—Quería verte —respondió, y sus ojos azules —esos ojos que una vez me habían prometido eternidad— me escudriñaron con una intensidad que me resultó casi física—. Necesitaba verte. Una última vez.

—Ya me has visto —repliqué, cruzando los brazos sobre el pecho en una postura defensiva que no lograba ocultar el temblor de mis manos.

Ethan respiró hondo, una inhalación larga que hizo que sus hombros subieran y bajaran visiblemente. Parecía estar armándose de valor para algo, y esa certeza me produjo una ansiedad que no supe identificar.

—Voy a irme —dijo finalmente.

Fruncí el ceño, confundida por la declaración.

—¿Qué? —pregunté, y la palabra salió más aguda de lo pretendido.

—Después de la boda —clarificó, mirando hacia el horizonte donde el mar Egeo brillaba con una crueldad indiferente—. Me voy de Santorini. De Grecia. De... —hizo una pausa, tragando saliva—. De tu vida, Victoria. Definitivamente.

El silencio que siguió fue denso, cargado de significados que no sabía cómo procesar. Ethan y Rebecca. Su matrimonio perfecto, sus dos hijos, la vida que había construido sobre los escombros de nuestro amor. ¿Estaba diciendo que lo dejaba todo?

—Rebecca y yo... —empezó a decir, y su voz se quebró apenas—. Esto ya no funciona. Lleva años sin funcionar. Desde el principio, si soy honesto. Desde que elegí mal, desde que dejé que el miedo me dictara qué camino tomar.

No respondí. No sabía si aquello era importante o no, si debía sentir algo, compasión, satisfacción vengativa, simple indiferencia, o si simplemente era información que ya no me concernía.

Durante años había imaginado este momento, la caída de Ethan, el reconocimiento de su error.

Pero ahora que estaba sucediendo, sentía... nada. O casi nada.

—No quiero perderte otra vez —añadió, y esta vez su voz salió como un susurro desesperado, cargado de emoción que me resultó ajena—.

He cometido errores terribles, Victoria.

He destruido lo que teníamos por cobardía, por inmadurez, por no saber reconocer lo que realmente valía la pena.

Pero si ahora tuviera una oportunidad, si pudieras perdonarme, si pudiéramos empezar de nuevo...

Cerré los ojos un instante. El sol de la tarde se filtraba a través de mis párpados, creando explosiones de color naranja y rojo.

Recordé la noche en que me dejó, las rosas rojas marchitándose sobre la mesa del restaurante, la humillación de saber que había sido engañada durante un año entero, los meses de terapia carísima para poder volver a mirarme al espejo sin odio.

Y cuando abrí los ojos, ya no había duda en mi mirada.

—Ya me perdiste hace seis años, Ethan —dije, y mi voz salió firme, absoluta, sin rastro de la niña herida que aún vivía en algún rincón de mi memoria—.

No me perdiste ayer, ni la semana pasada, ni cuando decidiste quedarte con Rebecca.

Me perdiste en aquel restaurante, en aquella noche de San Valentín, cuando elegiste el miedo en lugar del amor.

Ethan tragó saliva con dificultad. Vi que sus ojos se humedecían, y una parte de mí —la más pequeña, la más compasiva— sintió lástima por él.

Pero era una lástima distante, la que podría sentir por un desconocido en una película triste, no la agonía compartida de quienes aún están unidos por lazos invisibles.

—Y si hubiera sido diferente... —empezó a decir, con la voz quebrada.

—No lo fue —corté, sin crueldad, pero tampoco suavidad—. Y no puedes vivir pensando en lo que pudo ser, Ethan. No podemos. Yo no puedo.

Una pausa se extendió entre nosotros, llena de todo lo que no se dijo, de todas las posibilidades que se habían cerrado para siempre.

El viento seguía siendo suave, casi burlón en su calma, mientras yo sentía que finalmente, después de seis años, estaba soltando lastre.

Dejando ir el resentimiento que me había mantenido prisionera, la rabia que me había definido, la certeza de que nunca volvería a confiar.

—No puedo darte lo que buscas —dije, y esta vez mi voz salió más suave, casi triste por él—. No puedo retroceder en el tiempo. No puedo fingir que no pasó. Y no puedo... —hice una pausa, buscando las palabras correctas—. No puedo amarte de nuevo. Ese capítulo está cerrado. Para los dos.

Ethan asintió lentamente, con una resignación que parecía dolerle físicamente. Pero entonces, como si no pudiera contenerse, lanzó su última flecha.

—¿Y a él sí? —preguntó, y su tono cambió, adquiriendo un filo de celos que me resultó patético y comprensible a la vez—. ¿A Knight sí puedes darle lo que me niegas a mí?

No respondí. No hacía falta.

Porque en ese instante, como si el universo hubiera conspirado para responder la pregunta por mí, Gabriel apareció en la distancia.

Estaba al final del sendero de piedra que conducía a la terraza, con el sol de la tarde iluminándolo por detrás, creando una silueta imponente que parecía salida de un sueño.

No se acercó. No intervino. Simplemente estuvo allí, presente, real, una promesa viviente de que existía algo más allá del pasado, algo más allá del dolor.

Y su presencia lo dijo todo.

Ethan lo vio. Siguió mi mirada hasta donde Gabriel esperaba, y su rostro se transformó. La esperanza que aún podría haber anidado en algún rincón de su expresión se extinguió, reemplazada por una comprensión amarga pero definitiva.

—Ya veo —dijo, y su voz salió hueca, derrotada.

Esta vez no insistió. No intentó argumentar, no recurrió a viejas promesas ni a memorias compartidas. Simplemente se dio la vuelta y se marchó, caminando por el sendero que lo alejaba de mí, de nosotros, de todo lo que habíamos sido.

Me quedé inmóvil, observando cómo su figura se encogía gradualmente hasta desaparecer entre las buganvillas. Y por primera vez desde que había pisado Santorini, desde que había vuelto a verle, no sentí culpa. No sentí rabia. No sentí nostalgia.

Solo una extraña calma.

Gabriel no se acercó inmediatamente. Me dio tiempo, espacio, la cortesía de procesar lo que acababa de suceder. Cuando finalmente caminó hacia mí, sus pasos eran lentos, deliberados, como si temiera espantar a un animal asustado.

—¿Estás bien? —preguntó, deteniéndose a mi lado, mirando hacia donde Ethan había desaparecido.

—Sí —respondí, y la sorpresa de mi propia respuesta me hizo sonreír—. Sí, estoy bien. Mejor que bien, creo.

—¿Te ha dicho algo que deba preocuparme?

Negué con la cabeza, girándome para mirarle a los ojos. En ellos vi preocupación, sí, pero también algo más profundo. Confianza. La certeza de que yo tomaría la decisión correcta, sea cual fuera esa.

—Ha dicho adiós —dije simplemente—. De verdad, esta vez. Y yo... yo le he devuelto el adiós.

Gabriel extendió la mano, tentativamente, y yo la sostuve entre las mías. Sus dedos eran cálidos, firmes, anclándome al presente de una manera que el pasado nunca había logrado.

—La ceremonia de prueba empieza en quince minutos —dijo, acariciando mi mano con el pulgar—. ¿Estás lista?

Asentí, y por primera vez sentí que la respuesta era verdadera. Estaba lista. Para la ceremonia, para la investigación, para la confrontación que sabíamos que vendría. Pero, sobre todo, estaba lista para él. Para nosotros. Para lo que fuera que esto se convirtiera.

—Vamos —dije, tirando suavemente de su mano para guiarlo de regreso al hotel—. Tenemos una boda que salvar.

Caminamos juntos por el sendero, con el sol de la tarde calentándonos la espalda y el futuro —incertidumbre y todo— extendiéndose ante nosotros como el mar infinito.

Y por primera vez en seis años, no miré atrás.