Dos semanas para enamorarte Capítulo 32
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Capítulo 32

Gabriel

El patrón apareció a las tres de la madrugada.

Estaba sentado en el suelo de la villa, con la espalda apoyada contra el sofá de lino blanco, rodeado de papeles que se extendían como un manto caótico sobre la alfombra de sisal.

El silencio de Santorini a esa hora era absoluto, interrumpido solo por el sonido lejano de las olas contra los acantilados y la respiración pausada de Victoria, que dormitaba en el sillón opuesto con una manta de cachemir sobre los hombros.

Llevábamos seis horas revisando documentos. Seis horas de café frío, de ojos ardiendo por el cansancio, de cabezas que daban vueltas a teorías y más teorías. Y entonces, de repente, como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación oscura, lo vi.

Tres incidentes. Tres ubicaciones diferentes.

La barandilla del barco, la estructura del mirador, el pastel envenenado que nunca llegó a servirse.

Y un único punto en común que habíamos pasado por alto en nuestra prisa por encontrar culpables obvios: todos habían requerido acceso interno.

No acceso de invitado, no acceso de turista.

Acceso a zonas restringidas, a códigos de seguridad, a horarios de mantenimiento que no aparecían en los folletos turísticos.

—Es alguien del personal —dijo Victoria de repente, y su voz me sobresaltó.

Levanté la vista. Estaba sentada en el sillón, pero sus ojos estaban abiertos, brillantes, a pesar de las ojeras que marcaban su piel pálida. No había estado durmiendo, entonces. Solo descansando los ojos, procesando, pensando con esa mente prodigiosa que tanto me había llegado a fascinar.

—O alguien con acceso privilegiado —corregí, asintiendo lentamente—. Alguien que conoce los códigos, los horarios, los puntos débiles de la seguridad.

Victoria pasó una mano por su rostro, frotándose las sienes con un gesto de agotamiento que me hizo querer levantarme y abrazarla, obligarla a descansar, protegerla de su propia determinación. Pero no lo hice. Sabía que no lo aceptaría.

Estaba agotada. Lo veía en la forma en que se inclinaba hacia delante, en la tensión de sus hombros, en el brillo febril de sus ojos. Pero no se detenía. No se detendría. Nunca se detenía.

Y eso era exactamente lo que empezaba a admirar de ella más allá de cualquier lógica.

Más allá de la atracción física que había sentido desde el principio, más allá de la complicidad que habíamos desarrollado, más allá incluso de los sentimientos que estaba empezando a reconocer como amor.

Admiraba su fuerza. Su terquedad. Su negativa absoluta a rendirse ante la adversidad.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Victoria, notando mi mirada fija en ella.

Dudé. Porque lo que estaba pensando no tenía nada que ver con la investigación, y todo que ver con ella. Pero también porque había otra idea dando vueltas en mi cabeza, una teoría que se había ido formando durante las últimas horas y que no me atrevía a verbalizar.

—Estoy pensando en que alguien quiere arruinar esta boda por algo más grande que una simple venganza —dije finalmente.

Victoria se enderezó, alerta inmediatamente. Su instinto de fiscal se activó, borrando el cansancio de su expresión.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, y su voz salió afilada, profesional.

Me levanté del suelo, sintiendo cómo las rodillas me crujían por la postura forzada. Caminé hasta la ventana, contemplando la oscuridad del jardín iluminada solo por farolillos de aceite.

—Dinero —dije, girándome hacia ella—. Esto no es solo un enemigo personal de Alexander.

Esto es demasiado elaborado, demasiado costoso.

Alguien ha invertido tiempo y recursos en sabotear esta boda.

Contratar a gente como Demetrios, manipular estructuras, envenenar pasteles... eso requiere financiación.

—O poder —añadió Victoria, levantándose también y acercándose a mí.

—O ambas cosas —confirmé.

El silencio que siguió fue denso, cargado de posibilidades que ninguno de los dos quería considerar pero que ambos sabíamos que debíamos enfrentar.

El hotel de Alexander no era solo un escenario romántico.

Era también un activo empresarial estratégico, parte de una cadena internacional que cotizaba en bolsa, con accionistas, con competidores, con enemigos corporativos que podrían beneficiarse de ver al magnate hotelero derrotado, humillado, incapaz de proteger a su propia novia en su propia propiedad.

—Alguien podría estar intentando desestabilizarlo —dije, desarrollando la teoría en voz alta—.

Hacerle parecer incompetente ante sus inversores.

Crear un escándalo que haga caer las acciones de su empresa.

La boda es solo el escenario perfecto: un evento público, mediático, donde cualquier tragedia se convertiría en noticia internacional.

Victoria tomó notas en un cuaderno que había dejado sobre la mesa, garabateando con letra rápida y angular.

—Necesitamos reducir sospechosos —dijo—. Si el motivo es económico, buscamos a alguien con intereses financieros en juego. Competidores directos, accionistas minoritarios, alguien con opciones de compra sobre la empresa...

—Ya tengo una lista —interrumpí, señalando un montón de papeles en el suelo—. Tres nombres. Todos presentes en Santorini. Todos con motivos y oportunidad.

—Yo también —respondió ella, sorprendiéndome—. Dos nombres que coinciden con los tuyos.

Nos miramos. Y por primera vez desde que nos conocíamos, desde aquellos primeros juicios donde nos enfrentábamos como gladiadores en una arena judicial, no hubo rivalidad.

Solo cooperación. Solo el reconocimiento mutuo de que juntos éramos más efectivos que separados, de que nuestras mentes funcionaban mejor cuando se complementaban que cuando competían.

—Hay algo más —dije, y mi voz salió más grave de lo pretendido.

Victoria levantó la vista de sus notas. Sus ojos verdes me escudriñaron con esa intensidad que ya había aprendido a temer y a desear.

—Dilo —ordenó, y su tono fue suave pero firme.

Tardé un segundo demasiado largo. Porque lo que iba a decir no era profesional. Porque cruzaba una línea que una vez traspasada no tendría vuelta atrás.

—Te estás acercando demasiado a esto —dije finalmente—. Emocionalmente. Es tu familia, Victoria. Isabelle es tu prima. Y eso te nubla el juicio. Te hace tomar riesgos que no deberías tomar.

Sus ojos se encendieron, no de ira, sino de una determinación feroz.

—Es mi familia —repitió, dando un paso hacia mí—. Exactamente. Por eso no puedo, no voy a mantenerme al margen. Por eso no es negociable, Gabriel. No me pidas que retroceda, porque no lo haré.

—Lo sé —respondí, y era la verdad—. Por eso no te lo pido.

La observé. Realmente la observé. La vi de pie frente a mí, con el pelo despeinado por horas de frustración, con la camisa arrugada y sin maquillaje, más hermosa de lo que jamás la había visto en cualquier tribunal con su armadura de trajes de diseñador.

Vi su fuerza, su vulnerabilidad, su terquedad.

Y entendí que discutir no serviría. Porque Victoria Sinclair no retrocedía. Nunca.

—Vale —dije finalmente.

Ella parpadeó, sorprendida por la concesión.

—¿Vale? —repitió, como si no creyera lo que oía.

—Trabajamos juntos —aclaré, acercándome hasta que apenas quedaba espacio entre nosotros—. De verdad juntos. No como aliados de conveniencia, no como colegas forzados. Como... —hice una pausa, buscando la palabra correcta—. Como pareja. En esto y en todo.

Victoria me miró fijamente, y en sus ojos vi mil emociones luchando por salir a la superficie. Miedo. Esperanza. Deseo. Confusión.

—Eso es todo —dijo, y su voz salió apenas audible.

—Eso es todo —confirmé, aunque ambos sabíamos que no era verdad.

Porque cuando mis manos se alzaron para tomar su rostro entre mis palmas, cuando mis pulgares acariciaron sus mejillas con una ternura que no podía fingir, cuando me incliné para besar su frente en un gesto que sellaba promesas no dichas, ninguno de los dos creyó que realmente fuera todo.

Era solo el principio.

Y mientras el sol empezaba a teñir el horizonte de tonos rosas, anunciando el día de la boda, el día de la verdad, supe que estuviéramos listos o no, el enemigo había hecho su movimiento.

Y ahora era nuestro turno.