Capítulo 31
Victoria
El sabotaje ocurrió a plena luz del día.
Estaba en el jardín de la villa revisando unos documentos que Gabriel había conseguido de la administración del hotel —registros de entradas y salidas del personal— cuando escuché el estruendo. Un sonido seco, metálico, seguido de un grito agudo que reconocí inmediatamente como el de Isabelle.
Dejé caer los papeles sobre la mesa de piedra y salí corriendo hacia el mirador donde se celebraría la ceremonia al día siguiente.
Mis sandalias resbalaban sobre el suelo de mármol, el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que me impedía respirar con normalidad.
Cuando llegué, la escena que encontré me detuvo en seco.
Isabelle estaba de pie en el centro del mirador, blanca como la cal de las paredes circundantes, con el vestido de novia —una maravilla de encaje y seda que debía haber costado una fortuna— arrugado entre sus manos temblorosas.
A pocos metros de ella, una de las estructuras decorativas que debían sostener el arco de flores principales había cedido parcialmente.
La base metálica, una construcción de hierro forjado que debía soportar varios metros de enredaderas y rosas, se había inclinado peligrosamente hacia un lado, y parte del entramado superior yacía en el suelo, retorcido, destrozado.
No hubo heridos. Eso fue lo primero que procesé. Isabelle estaba viva, intacta, aunque visiblemente conmocionada. Pero pudo haberlos. La estructura había caído a escasos dos metros de donde ella estaba parada. Dos metros. La diferencia entre la vida y la muerte, entre una boda y un funeral.
Y esa diferencia ya no importaba. Porque alguien había intentado matarla. De nuevo.
—¡Isabelle! —grité, corriendo hacia ella.
—Estoy bien —respondió ella, aunque su voz salió como un susurro estrangulado—. Estoy bien, solo... solo estaba probándome el vestido, y de repente...
No pudo terminar la frase. Llegó Gabriel corriendo por el sendero lateral, con el pelo despeinado y la camisa de fuera del pantalón, evidencia de que también había salido disparado desde donde estuviera. Sus ojos recorrieron la escena en segundos, evaluando, diagnosticando.
—¿Te ha tocado? —preguntó, agarrando a Isabelle por los hombros para examinarla.
—No —respondió ella—. No, me he apartado justo a tiempo. He oído un crujido extraño y...
—Mira —interrumpí, señalando la base de la estructura.
Gabriel y yo nos agachamos simultáneamente para inspeccionar los daños.
La base metálica estaba retorcida, sí, pero no de la manera en que se habría deformado por un fallo estructural natural.
Vi marcas en los tornillos de anclaje, rayaduras frescas que brillaban contra el óxido más antiguo.
Alguien había cortado parcialmente los soportes, debilitándolos lo suficiente para que cedieran bajo el peso, pero no del todo, de modo que el colapso fuera gradual, impredecible, posiblemente letal.
—Esto no es accidente —dijo Gabriel, y su voz salió dura, profesional.
Toqué la base metálica con los dedos, sintiendo el filo irregular de donde habían cortado el metal. Estaba fría, pero el recorte era reciente, horas quizás, no más.
—Está manipulado —confirmé, mirándole a los ojos—. Cortado a propósito. Esto es intento de homicidio.
Alexander apareció segundos después, atraído por el griterío de los trabajadores que se habían congregado alrededor del mirador.
Su rostro era una máscara de emociones contradictorias: rabia pura, miedo contenido, y algo que parecía desesperación.
Llevaba el traje de chaqueta arrugado, como si hubiera dormido con él, y sus ojos enrojecidos evidenciaban noches sin descanso.
—¿Qué ha pasado? —exigió saber, abrazando a Isabelle con una fuerza que parecía querer protegerla del mundo entero.
—Otro sabotaje —respondí, levantándome y señalando la estructura dañada—. Alguien ha cortado los soportes de la base. Isabelle estuvo a punto de morir aplastada.
La palabra morir resonó en el aire con una crudeza que hizo que varios de los presentes contuvieran el aliento. Alexander palideció aún más, si eso era posible, y apretó a Isabelle contra su pecho con un gemido ahogado.
—Esto tiene que parar —dijo, y su voz se quebró—. Por Dios, esto tiene que parar ya. Cancelaré la boda. La cancelo ahora mismo. No puedo arriesgar su vida, no puedo...
—No —interrumpió Gabriel, levantándose lentamente del suelo.
Se enderezó hasta su altura completa, imponente, dominante, con una determinación en sus ojos que no había visto antes. No era el abogado defensor ni el amante atento. Era un hombre que había tomado una decisión y no había vuelta atrás.
—Va a parar —dijo, y sus palabras sonaron como un juramento—. Pero no cancelando la boda. Eso es exactamente lo que quiere quien esté detrás de esto. Quiere que huyas, Alexander. Quiere que reconozcas que te ha derrotado.
—¿Y qué propones? —preguntó Alexander, desesperado—. ¿Que sigamos adelante como si nada mientras intentan matar a mi prometida?
—No —respondí, interviniendo, entendiendo exactamente hacia dónde iba Gabriel—. Proponemos que dejes de ser la víctima y te conviertas en el cebo.
Gabriel me miró, y en sus ojos vi un destello de aprobación, de orgullo, de esa sintonía que estábamos desarrollando y que aún me resultaba aterradora.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté, aunque en realidad ya sabía la respuesta.
—Porque ahora vamos a dejar de mirar desde fuera —dijo, y su voz bajó hasta convertirse en un murmullo íntimo que solo yo y Alexander pudimos escuchar—.
Hasta ahora hemos estado reaccionando, defendiéndonos, esperando a que el siguiente golpe cayera.
Eso se acabó. Ahora vamos a la ofensiva.
Vamos a encontrar a este hijo de puta antes de que vuelva a intentarlo.
Aquella frase lo cambió todo.
A partir de ese momento, dejamos de ser invitados.
Dejamos de ser la pareja de conveniencia que fingía disfrutar de unas vacaciones mientras observaba desde la distancia.
Nos convertimos en investigadores improvisados, en cazadores que olían sangre en el aire y no descansarían hasta encontrar a la bestia que amenazaba a mi familia.
Esa noche, la villa se transformó en un centro de operaciones.
Alexander nos proporcionó acceso a todo: planos originales del hotel, registros de mantenimiento que databan de diez años atrás, listas completas del personal con sus antecedentes penales —aunque fueran mínimos—, y acceso a las cámaras de seguridad que cubrían cada rincón del complejo excepto, maldita sea la ironía, el mirador donde había ocurrido el sabotaje, ya que las cámaras de esa zona estaban en reparación desde hacía tres días.
Gabriel y yo nos instalamos en el salón principal de nuestra villa, extendiendo planos arquitectónicos sobre la mesa de comedor hasta que no quedaba ni un centímetro de superficie libre.
Llevábamos horas sin descanso, sin apenas comer, absortos en la tarea de encontrar patrones, conexiones, algo que nos dijera quién tenía acceso a las zonas restringidas, quién conocía los horarios de Isabelle, quién se beneficiaría de que la boda no se celebrara.
Y estábamos demasiado cerca.
Físicamente, sí. Nuestros hombros se rozaban constantemente al inclinarnos sobre los mismos documentos, nuestras manos se cruzaban buscando el mismo bolígrafo, nuestras cabezas casi chocaban cuando ambos intentábamos leer una pequeña anotación al mismo tiempo.
Pero también emocionalmente. Estábamos demasiado coordinados, demasiado sincronizados, demasiado... naturales.
—Mira esto —dije, señalando una anomalía en el registro de accesos—. El mismo nombre aparece cada vez que hay un incidente. No siempre como responsable, pero siempre presente. Demetrios Papadopoulos. Mantenimiento general.
Gabriel se inclinó sobre mi hombro, su aliento cálido rozando mi cuello, y estudió la lista que señalaba.
—Demetrios —murmuró—. Griego. Cuarenta y dos años. Trabaja aquí desde hace ocho años. Sin antecedentes. Pero mira esto...
Se estiró para alcanzar otra carpeta, su cuerpo presionando contra el mío durante un segundo que se extendió demasiado. Abrió un informe de nóminas.
—Ha recibido tres pagos inusuales en los últimos dos meses. Depósitos de una cuenta offshore . No es su salario habitual.
—¿Quién le paga? —pregunté, girándome hacia él.
Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. Podía ver cada pestaña, cada pequeña cicatriz cerca de su ceja izquierda, cada matiz de azul oscuro en sus iris. El silencio se extendió entre nosotros, cargado de algo que no tenía nada que ver con la investigación.
—No estás escuchando —dije finalmente, rompiendo el hechizo.
Gabriel parpadeó, como si regresara de un trance.
—Sí, estoy escuchando —respondió, pero su voz salió ronca, distraída.
—No —insistí, y esta vez mi tono fue más suave, casi triste—. Estás pensando en otra cosa.
Gabriel me miró entonces, realmente me miró, y vi en sus ojos la guerra que se libraba dentro de él. La concentración profesional luchando contra el deseo, la lógica contra la emoción, el deber contra la necesidad.
—Estoy pensando en demasiadas cosas a la vez —confesó, y su honestidad me desarmó.
Se apartó ligeramente, pasándose una mano por el rostro con un gesto de agotamiento. Vi cómo sus hombros se hundían, cómo la máscara de eficiencia se resquebrajaba para dejar ver al hombre cansado, preocupado, abrumado que había debajo.
—Estoy pensando en que mañana es la boda y que no hemos encontrado al culpable —continuó, y su voz salió baja, casi un susurro—.
Estoy pensando en que Isabelle podría morir si fallamos.
Estoy pensando en que tú podrías estar en peligro y que no podría soportarlo si te pasara algo.
Y estoy pensando —hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—.
Estoy pensando en que cada minuto que paso contigo me resulta más difícil recordar por qué empezamos esto, y más imposible imaginar cómo podría terminar.
El silencio que siguió fue absoluto. Denso. Lleno de palabras no dichas y de sentimientos que ambos habíamos estado evitando nombrar.
Entendí exactamente a qué se refería. Porque yo también estaba pensando en demasiadas cosas.
En que el peligro era real y cercano. En que el tiempo se agotaba.
En que cada vez que nuestros cuerpos se rozaban accidentalmente sentía descargas eléctricas que me dejaban sin aliento.
En que ya no sabía distinguir entre la farsa y la realidad, entre el papel de falso novio y el hombre que se había convertido en el centro de mi mundo en cuestión de días.
Y no dije nada más.
Porque a veces el silencio es la única respuesta posible cuando las palabras son demasiado pequeñas para contener lo que sentimos.
Porque a veces, en medio del caos y del peligro, lo único que podemos hacer es mirar a la persona que tenemos frente a nosotros y dejar que nuestros ojos digan todo lo que nuestras bocas no se atreven a pronunciar.
Gabriel extendió la mano sobre la mesa, sobre los planos del hotel y las listas de sospechosos, y yo puse la mía sobre la suya.
Nuestros dedos se entrelazaron, no por pasión esta vez, sino por necesidad.
Por la necesidad humana de saber que no estábamos solos en esto.
De que, pase lo que pasase mañana, estaríamos juntos.
—Vamos a encontrarle —dije finalmente, y mi voz salió firme, aunque el corazón me latía con fuerza desbocada.
—Sí —respondió Gabriel, apretando mi mano—. Y luego... luego hablaremos de nosotros. De lo que es esto. De lo que podría ser.
Asentí, porque era todo lo que podía ofrecer en ese momento. La promesa de un futuro que aún no sabíamos si tendríamos. La esperanza de que, si sobrevivíamos a la boda de mañana, tal vez pudiéramos empezar a ser honestos el uno con el otro.
Volvimos a los documentos, a las listas, a los nombres y las fechas. Pero ahora nuestras manos permanecían unidas bajo la mesa, un ancla secreta en medio de la tormenta que se avecinaba.
Demetrios Papadopoulos. Ese era el nombre que teníamos. Esa era la pista que seguiríamos. Y mañana, cuando el sol se levantara sobre Santorini, estaríamos listos.
O eso esperábamos.