Capítulo 30
Gabriel
Aquella noche, después de cenar, Rebecca pidió hablar con Victoria a solas.
Lo supe porque la vi acercarse a nosotros cuando estábamos sentados en la terraza de la villa, contemplando cómo la luna se reflejaba en la piscina infinita.
Llevaba un vestido de verano azul claro que contrastaba con su piel pálida, y su expresión era diferente de la habitual.
No era la máscara fría y controlada que solía mostrar, sino algo más vulnerable, más humana.
—¿Podemos hablar un momento? —le preguntó a Victoria, ignorando mi presencia de una manera que no me ofendió, sino que me alertó.
Victoria me miró con una pregunta silenciosa en los ojos. Asentí, levantándome de la hamaca.
—Voy a por una copa —dije, aunque ninguno de los dos me creyó.
Caminé hacia el interior de la villa, pero me detuve tras la cortina de cristal, lo suficientemente cerca como para verlas sin ser visto, lo suficientemente lejos como para no escuchar sus palabras.
No era honorable espiar, lo sabía. Pero Victoria era mi...
era lo que era, y Rebecca era la ex mujer de Ethan, y mi instinto de protección se negaba a abandonarme.
Las observé durante diez minutos que se me hicieron eternos.
Rebecca hablaba con gestos amplios, aparentemente explicando algo.
Victoria escuchaba, rígida al principio, luego relajándose gradualmente hasta que, hacia el final, incluso asintió una vez.
Vi que Rebecca le entregaba algo. Un sobre pequeño, quizás, o una fotografía.
No pude distinguirlo desde la distancia.
Cuando Rebecca se marchó, besando a Victoria en la mejilla de una manera que me sorprendió, Victoria se quedó inmóvil durante largos segundos, mirando el horizonte oscuro.
Y cuando regresó a la terraza, supe inmediatamente que la conversación había sido importante.
Porque estaba pensativa. Muy pensativa. Esa clase de pensativa que la hacía fruncir el ceño apenas perceptiblemente, que la hacía morderse el labio inferior, que la hacía olvidar mi presencia a pesar de que estaba sentado a menos de dos metros de distancia.
—¿Todo bien? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
Ella tardó unos segundos en responder. El viento marino agitaba su cabello, creando sombras que danzaban sobre su rostro iluminado por la luz de la luna.
—Rebecca me ha contado algo —dijo, y su voz salió distante, como si viniera de muy lejos.
—¿Sobre Ethan? —pregunté, y noté que mi mandíbula se tensaba involuntariamente.
Victoria asintió lentamente, girándose hacia mí por primera vez desde que había regresado.
—Parece que lleva años arrepentido —dijo—. De todo. De la forma en que me dejó, del daño que causó, de haber elegido a Rebecca cuando lo que realmente quería era... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Era escapar. De la presión, de las expectativas, de una vida que sentía que no había elegido.
Guardé silencio. No me gustaba escuchar aquello. En absoluto. La idea de que Ethan Brooks, el hombre que había destrozado el corazón de Victoria, pudiera estar arrepentido, pudiera querer recuperarla, me producía una sensación de náuseas mezclada con una rabia primitiva que me costaba controlar.
Pero tampoco iba a fingir que no era cierto. No con ella. No después de todo lo que habíamos compartido.
—¿Y eso cambia algo? —pregunté, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
Victoria observó el horizonte. Las luces de los barcos pesqueros brillaban en la distancia, pequeños puntos de luz amarilla que se movían lentamente sobre el manto negro del mar.
—No —dijo.
La respuesta llegó tan rápida, tan rotunda, que me sorprendió. Había esperado dudas, reflexiones, quizás incluso lágrimas. Pero no esa negativa absoluta, pronunciada con una convicción que me dejó sin aliento.
—¿No? —repetí, necesitando confirmar lo que acababa de oír.
—No —repitió ella, girándose hacia mí. Y entonces habló con absoluta honestidad, con una claridad que iluminó algo dentro de mí—: Gabriel, lo que sentía por Ethan murió hace mucho tiempo.
No es que lo haya superado. Es que simplemente...
ya no está. Como un fuego que se apaga y deja solo cenizas frías.
Aquellas palabras provocaron una sensación inesperada dentro de mí. Alivio. Puro alivio, cálido y expansivo, que me llenó el pecho hasta que sentí que podía respirar mejor, más profundamente.
Victoria continuó, y su voz se suavizó, volviéndose más íntima, más vulnerable.
—Lo que tardé años en superar fue la traición. No el amor. El daño. La certeza de que había confiado en alguien y me había equivocado terriblemente. El miedo a volver a cometer el mismo error.
Comprendí entonces algo importante. Algo que debería haber visto antes, pero que la ceguera de mis propios celos me había impedido percibir.
Aquella mujer no estaba atrapada en el pasado.
No estaba anhelando a Ethan en secreto, no estaba comparándome con él, no estaba esperando que volviera para perdonarle.
Estaba aprendiendo a confiar otra vez. Y yo era, quizás, su primera lección.
—Victoria —empecé a decir, extendiendo la mano hacia ella.
Pero justo cuando estaba a punto de responder, de decirle todo lo que sentía, de confesar que yo también había aprendido a confiar gracias a ella, un ruido interrumpió el momento.
Un golpe seco. Metálico. El sonido de algo pesado cayendo sobre piedra.
Los dos nos giramos simultáneamente hacia el origen del ruido. Al otro lado de la terraza, junto a la barandilla que daba al acantilado, había un sobre. Blanco, rectangular, brillando bajo la luz de la luna como una señal de alarma.
Alguien acababa de lanzarlo. Estaba seguro. Había visto el destello de un movimiento rápido, una sombra que se retraía hacia la oscuridad.
—Quédate aquí —ordené, ya en movimiento.
Corrí hacia la barandilla, ignorando los gritos de Victoria que me pedía que tuviera cuidado.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas, no por el esfuerzo físico, sino por la adrenalina pura que inundaba mi sistema.
Estábamos siendo vigilados. Observados. El enemigo estaba tan cerca que podía lanzar sobres a nuestra terraza privada.
Llegué al extremo de la terraza en cuestión de segundos, pero no encontré a nadie.
Solo oscuridad. La noche griega era densa, impenetrable más allá del perímetro iluminado de la villa.
Escudriñé las sombras, buscando algún movimiento, alguna figura que huyera, pero no había nada.
Solo el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados, burlándose de mi fracaso.
—¿Has visto algo? —preguntó Victoria, que había desobedecido mis órdenes y se había acercado hasta quedar a mi lado.
—Nada —respondí, frustrado—. Desapareció. Como un maldito fantasma.
Mi mirada cayó sobre el sobre que yacía en el suelo de baldosas. Era blanco, sin remitente, cerrado con un simple trozo de celo. Parecía inofensivo. Pero sabía, con una certeza que me heló la sangre, que no lo era.
Victoria se agachó para recogerlo. La detuve con un gesto.
—No —dije—. Podría ser peligroso. Polvo, alguna sustancia...
—Es papel —replicó ella, ignorándome por completo—. Y lo que sea que contenga, necesitamos saberlo.
Tenía razón, por supuesto. Era la fiscal hablando, la mujer que no se dejaba intimidar por amenazas, que enfrentaba el peligro de frente en lugar de esconderse. Pero también era la mujer que amaba, y cada instinto en mi cuerpo gritaba que la protegiera, que la alejara de aquello.
Victoria abrió el sobre con dedos que, noté, temblaban apenas perceptiblemente. Extrajo el contenido. Una fotografía. Y debajo, una nota escrita a mano.
El silencio que siguió fue absoluto. Denso. Cargado de electricidad estática que parecía hacer que el aire vibrara.
—Dios mío —susurró Victoria, y su voz se quebró.
Me acerqué para ver la imagen. Era una fotografía reciente.
Muy reciente. Tomada aquella misma tarde, según la fecha que aparecía en la esquina inferior.
Mostraba a Isabelle, mi prima, paseando por los jardines del hotel con Alexander.
Estaban sonriendo, cogidos de la mano, completamente desprevenidos, ajenos a la lente que los capturaba.
Y debajo, escrita con letra temblorosa pero clara, la frase:
«Si la boda continúa, alguien saldrá herido.»
El mensaje era inequívoco. No era una broma. No era un intento de sabotaje pasivo. Era una amenaza directa, explícita, de violencia física.
Pero lo peor, lo que realmente nos dejó helados, fue el dato que Victoria señaló con un dedo tembloroso.
—Gabriel —susurró—. Mira el reflejo en la ventana.
Miré. En el cristal de una de las puertas del hotel, reflejado en la fotografía, se veía la silueta de quien había tomado la imagen.
Una figura borrosa, pero reconocible. Llevaba una gorra oscura y gafas de sol, a pesar de que la foto estaba tomada a contraluz de la tarde.
Pero lo que más llamaba la atención era lo que llevaba en la muñeca izquierda.
Un reloj. Un reloj de bolsillo dorado, colgando de una cadena brillante.
El mismo reloj que habíamos visto en la fotografía anterior. El mismo que Victoria había sospechado que pertenecía a alguien que conocíamos.
—Está aquí —dije, y mi voz salió como un gruñido—. En Santorini. Muy cerca de nosotros.
Victoria levantó la vista, y sus ojos verdes se encontraron con los míos. En ellos vi el mismo reconocimiento, el mismo miedo contenido, la misma determinación.
—Mañana es la boda —dijo ella, innecesariamente.
—Lo sé.
—Tenemos que detenerle antes de que sea tarde.
Asentí, tomando la fotografía entre mis dedos con cuidado, como si pudiera contaminarme. La guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta, junto a mi corazón.
—Llamaré a Alexander —dije—. Y a la policía local. Esta vez no se trata de amenazas veladas. Esto es intento de asesinato en primer grado.
Victoria asintió, pero su mano encontró la mía en la oscuridad, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que hablaba de miedo, sí, pero también de confianza. De la certeza de que, pase lo que pasase, estaríamos juntos en ello.
—Juntos —murmuró ella, y la palabra fue un juramento en la noche griega.
—Hasta el final —respondí, y mientras el viento marino traía el olor a sal y a peligro inminente, supe que mañana sería el día más largo de nuestras vidas.
El enemigo había mostrado su rostro, aunque aún no sabíamos quién era. Pero una cosa era segura: no descansaríamos hasta descubrirlo. Y si intentaba hacer daño a Isabelle, tendría que pasar sobre nuestros cadáveres primero.