Dos semanas para enamorarte Capítulo 29
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Capítulo 29

Gabriel

Al día siguiente insistí en que Victoria y yo saliéramos a cenar fuera, y me costó horrores convencerla.

Reservé el reservado del restaurante con una semana de antelación, aunque Victoria no lo supiera.

Era un pequeño espacio privado en la parte trasera del establecimiento, separado del comedor principal por una cortina de lino grueso y con vistas directas al mar Egeo, ahora oscuro y brillante bajo la luna llena.

Había insistido en que cenáramos fuera del hotel, lejos de miradas indiscretas, lejos de la familia, lejos del peligro que se cernía sobre nosotros como una espada de Damocles.

Cuando entró en el restaurante, me quedé sin aliento.

Llevaba un vestido que no había visto antes.

Era de seda negra, sencillo pero letal, con un escote que se ataba al cuello con dos finas cintas que dejaban la espalda completamente descubierta.

Su cabello caía en ondas sueltas sobre los hombros, y llevaba los labios pintados de un rojo intenso que me hizo pensar en frutos prohibidos, en pecados capitales, en todas las formas en las que quería devorarla esa noche.

—Has llegado tarde —dije, levantándome de la mesa para tomar su mano y besarla en los nudillos.

—He tenido que escapar de mi madre —respondió, con una sonrisa torcida—. Estaba insistiendo en que probara el vestido que ella había elegido para la boda de mañana. Como si fuera una muñeca.

—Prefiero este —aseveré, dejando que mi mirada recorriera su cuerpo con una lentitud deliberada que la hizo sonrojarse—. Aunque te quedaría mejor en el suelo de mi habitación.

—Cretino —susurró, pero su voz tenía ese tono ronco que sabía que reservaba para mí.

La cena transcurrió con una ligereza que contrastaba con la tensión de los últimos días.

Pedimos mezes para compartir, un hummus cremoso, calamares fritos crujientes, ensalada griega con queso feta auténtico, y una botella de vino tinto local que Victoria declaró aceptable con su tono de experta enóloga que tanto me divertía.

—¿Sabes que en nuestro primer juicio juntos pensé que eras insoportable? —dijo de repente, mojando un trozo de pan en el hummus.

—¿Solo insoportable? —repliqué, arqueando una ceja—. Creí que mi lista de defectos era más extensa.

—Lo era —confirmó, sonriendo—. También pensé que eras arrogante, prepotente, y que te peinabas con aceite de motor.

Me eché a reír, una carcajada genuina que resonó en el pequeño espacio privado.

—Era gel, no aceite. Y era necesario. Los tribunales de Manhattan son una selva. Uno debe verse impecable para sobrevivir.

—Y ahora —dijo ella, inclinándose hacia delante sobre la mesa, dejando que el escote ofreciera una vista que me distrajo completamente—. ¿Qué piensas de mí?

La miré fijamente, dejando que el humor se disipara y fuera reemplazado por algo más intenso, más honesto.

—Pienso que eres la mujer más extraordinaria que he conocido —dije, y mi voz salió grave, cargada de emociones que no intenté disimular—. Que eres brillante, y hermosa, y que me vuelves loco de la mejor manera posible.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Victoria dejó el tenedor sobre el plato, y sus ojos verdes se oscurecieron hasta volverse casi negros en la penumbra del reservado.

—Toma el vino —dije, levantándome y extendiendo mi mano hacia ella—. Y ven conmigo. Hay algo que quiero mostrarte.

El reservado privado estaba situado en la planta inferior del restaurante, accesible por una escalera de caracol de piedra que olía a sal marina y a flores nocturnas.

Era un espacio aún más íntimo que el anterior: cuatro paredes de cristal que daban al acantilado, una mesa baja con cojines en el suelo, y una única vela que proyectaba sombras danzantes sobre el techo abovedado.

Victoria entró detrás de mí, y oí su respiración entrecortarse al ver el espacio.

—Gabriel... —empezó a decir, pero la interrumpí cerrando la puerta con llave y girándome hacia ella.

La tomé en mis brazos con una urgencia que no pude contener más.

Nuestras bocas se encontraron en un beso profundo, desesperado, que sabía a vino y a promesas no dichas.

Sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con fuerza, mientras mis manos recorrían su espalda desnuda, sintiendo la seda fría del vestido y la piel cálida que había debajo.

—He pasado todo el día deseando esto —gruñí contra su cuello, mordisqueando la piel suave justo debajo de su oreja, donde sabía que era especialmente sensible.

Ella jadeó, arqueándose contra mí, ofreciéndome más acceso.

—Entonces deja de hablar —suspiró, y su voz era puro deseo—. Y demuéstralo.

La empujé suavemente hasta que su espalda chocó contra el cristal.

El frío de la superficie contrastaba con el calor de su piel, y ella se estremeció, pero no intentó apartarse.

La besé con más fuerza, con una voracidad que me sorprendió a mí mismo, mientras mis manos subían por sus muslos, levantando el vestido hasta sus caderas.

—Joder, Victoria —murmuré al descubrir que no llevaba nada debajo—. Eres una provocadora.

—Lo sabía —respondió, con una sonrisa perversa que me volvió loco—. Lo he hecho pensando en ti.

Aquella confesión fue la chispa que encendió el incendio.

La agarré por las caderas y la levanté, apoyándola contra el cristal mientras ella envolvía sus piernas alrededor de mi cintura.

Podía sentir su humedad contra mi vientre, a través de la tela de mi pantalón, y el contacto me hizo gruñir de necesidad.

La llevé hasta los cojines en el suelo, dejándola caer con suavidad sobre la superficie acolchada.

Me arrodillé entre sus piernas, contemplando la vista que ofrecía: ella, deshecha, con el vestido subido hasta la cintura, los labios hinchados por mis besos, los ojos brillando con una mezcla de desafío y entrega.

—Eres perfecta —dije, y no era una línea. Era la verdad absoluta.

La desvestí lentamente, como si estuviera abriendo un regalo que había esperado toda la vida.

El vestido negro se deslizó por su cuerpo como agua oscura, dejando al descubierto cada centímetro de piel que había soñado con tocar.

Sus pechos, perfectos, con pezones erectos que pedían ser saboreados.

Su vientre plano, con ese pequeño ombligo que me fascinaba.

Y entre sus piernas, la evidencia de su deseo, brillante y tentadora.

Me quité la ropa con movimientos bruscos, impacientes, hasta quedar completamente desnudo ante ella. Su mirada recorrió mi cuerpo con una intensidad que sentí como un roce físico, deteniéndose en mi erección, que pulsaba contra mi vientre con una demanda que no podía ignorar.

—Ven aquí —ordenó ella, y su voz salió ronca, imperiosa.

Obedecí. Me tendí sobre ella, sintiendo la piel contra piel, el calor multiplicándose entre nosotros, la necesidad creciendo hasta volverse insoportable. La besé de nuevo, profundamente, mientras mis manos exploraban cada curva, cada valle, cada punto que la hacía jadear y gemir.

Bajé por su cuerpo, dejando un rastro de besos humedecidos desde su mandíbula hasta su cuello, deteniéndome en sus pechos para capturar un pezón entre mis labios y succionar con fuerza. Ella arqueó la espalda, gritando mi nombre, sus manos agarrándose a mi cabello con desesperación.

—Más —suplicó—. Por favor, Gabriel, más.

Continué mi descenso, besando su vientre, sus caderas, el interior de sus muslos, hasta que mi aliento rozó su centro. La miré una última vez, encontrando sus ojos vidriosos, perdidos en el deseo, y luego la tomé con mi boca.

El sabor de Victoria me volvió loco. Era salada, dulce, únicamente suya.

Lamí, succioné, penetré con mi lengua, encontrando ese punto que la hacía temblar incontrolablemente.

Sus gemidos llenaron el espacio privado, resonando contra las paredes de cristal, mezclándose con el sonido de las olas que rompían contra los acantilados.

—Voy a... —jadeó, sus caderas moviéndose contra mi boca en un ritmo desesperado—. Dios, Gabriel, voy a...

La empujé al borde con mi lengua, con mis dedos que se introducían en ella sintiendo su estrechez, su calor, su necesidad. Y cuando estuvo al límite, cuando sus manos se aferraron a los cojines y su cabeza se echó hacia atrás en éxtasis absoluto, la dejé caer.

—Ahora —dije, subiendo por su cuerpo hasta quedar a la altura de su rostro—. Quiero sentirte cuando te corras. Quiero estar dentro de ti.

La penetré de una sola embestida profunda, y ambos gritamos al unísono. Era perfecta, apretada, caliente, hecha para mí. Nos quedamos inmóviles un segundo, adaptándonos el uno al otro, sintiendo la intensidad de la conexión física y emocional que compartíamos.

Luego empecé a moverme.

El ritmo fue frenético desde el principio.

No había tiempo para la lentitud, para la ternura cautelosa.

Necesitaba poseerla, consumirla, perderme en ella hasta que no supiera dónde terminaba yo y dónde empezaba ella.

Cada embestida la empujaba contra los cojines, y ella recibía cada golpe con una urgencia que igualaba la mía, pidiendo más, siempre más.

—Más fuerte —gemía, sus uñas clavándose en mi espalda, marcándome, reclamándome—. No pares, Gabriel. Nunca pares.

La agarré por las caderas, levantándola ligeramente para cambiar el ángulo, y ella gritó cuando encontré ese punto interior que la volvía loca. Aumenté el ritmo, volviéndome desenfrenado, casi violento en mi necesidad de hacerla mía completamente.

—Eres mía —gruñí contra su oído, sintiendo que el placer se acumulaba en mi base, amenazando con desbordarme—. Dilo. Dime que eres mía.

—Soy tuya —jadeó ella, su voz quebrada, deshecha—. Solo tuya, Gabriel. Siempre tuya.

El orgasmo nos golpeó simultáneamente con una fuerza que nos dejó ciegos.

Sentí cómo ella se contraía alrededor de mí, una succión rítmica que me arrastró al abismo junto con ella.

Me vacié en ella con un grito ronco, con espasmos que me sacudieron de la cabeza a los pies, mientras ella temblaba bajo mí, agarrándose a mí como si fuera su único ancla en el mundo.

Cuando terminamos, nos quedamos así, entrelazados, jadeando, sin aliento, durante largos minutos que parecieron horas.

Me desplomé a su lado, atrayéndola hacia mí para que su cabeza descansara sobre mi pecho. Podía sentir su corazón galopando contra mi piel, un ritmo que poco a poco se fue calmando hasta sincronizarse con el mío.

Acaricié su cabello, desenredando los nudos que había creado con mis propias manos durante la pasión. Ella estaba quieta, demasiado quieta, y por un momento temí que se hubiera quedado dormida.

—Gabriel —susurró entonces, rompiendo el silencio.

—¿Sí?

—Tengo miedo —dijo, y su voz salió tan pequeña, tan vulnerable, que me rompió el corazón—. Tengo miedo de que esto sea demasiado bueno para ser verdad. De que mañana todo termine. De que tú... —hizo una pausa, tragando saliva—. De que tú también me decepciones. Como él.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. No era la primera vez que me comparaba con Ethan, pero sí era la primera vez que admitía abiertamente que su sombra seguía acechándola, que sus cicatrices no habían sanado del todo.

La abracé más fuerte, besando su coronilla con una ternura que me sorprendió a mí mismo.

—No soy él —dije, y mi voz salió firme, absoluta—. Y esto es real, Victoria. Lo que siento por ti es tan real que me aterra más que cualquier amenaza, más que cualquier peligro. Porque si te pierdo... —hice una pausa, buscando las palabras—. Si te pierdo, no sé quién soy.

Ella levantó la vista hacia mí, y vi que tenía los ojos brillantes, humedecidos por lágrimas que no llegaron a caer.

—Prométeme que mañana, pase lo que pase, estaremos juntos —susurró.

—Te lo prometo —respondí, y besé su frente, sellando aquel juramento con un gesto que sentí más sagrado que cualquier palabra.

Nos quedamos así un rato más, abrazados, contemplando el mar oscuro a través de los cristales, mientras la vela se consumía lentamente proyectando sombras cada vez más largas.

Finalmente, cuando el frío nocturno empezó a hacerse notar, nos levantamos y nos vestimos con movimientos lentos, casi reverentes.

Victoria se puso el vestido negro de nuevo, aunque ahora estaba arrugado y desordenado, y yo recuperé mi ropa con una sensación de pérdida al cubrir la piel que momentos antes había estado en contacto con la suya.

—Vamos —dije, tomando su mano entre las mías—. Mañana es un día importante. Necesitas descansar.

Salimos del reservado, atravesando el restaurante ahora casi vacío, y nos adentramos en la noche de Santorini. El camino de vuelta al hotel estaba iluminado por farolillos de aceite que creaban un sendero dorado entre la oscuridad.

Caminábamos en silencio, pero era un silencio cómodo, íntimo, lleno de promesas no dichas y de certezas recién descubiertas.

Y mientras avanzábamos hacia la villa, con la mano de Victoria calentando la mía y el recuerdo de su cuerpo todavía grabado en mi piel, supe que estaba perdido. Completamente y absolutamente perdido. Y que no había lugar en el mundo donde prefiriera estar.