Dos semanas para enamorarte Capítulo 28
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Capítulo 28

Victoria

La excursión comenzó como una obligación.

Una de esas actividades sociales que Alexander había organizado para mantener entretenidos a sus invitados —paseos en barco por la caldera, visitas guiadas a las ruinas de Akrotiri, cata de vinos en bodegas locales— y que yo había planeado ignorar sistemáticamente.

Tenía trabajo que hacer, documentos que revisar, una investigación que avanzar.

No podía permitirme perder el tiempo recorriendo callejuelas turísticas cuando había un psicópata suelto amenazando con convertir la boda de mi prima en un funeral.

Pero Gabriel apareció en mi puerta a primera hora, cuando el sol aún no había calentado del todo el mármol de la terraza y el mar Egeo brillaba con esa luz plateada particular de las mañanas griegas.

Llevaba un pantalón de lino beige, una camisa blanca remangada hasta los codos, y gafas de sol oscuras que ocultaban su expresión.

Pero no necesitaba ver sus ojos para saber que estaba sonriendo.

Esa sonrisa arrogante, desafiante, irresistible, se transparentaba en la curva de su mandíbula.

—Vamos —dijo, sin saludar siquiera.

—No —respondí, apoyándome en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Sí.

—No.

Me miró fijamente durante unos segundos, como si evaluara la resistencia que ofrecería. Luego se quitó las gafas de sol y los vi brillar con esa mezcla peligrosa de diversión y determinación que tanto me exasperaba.

—Ya he hablado con tu madre —dijo, y su voz salió demasiado casual, demasiado inocente.

Palidecí. Literalmente sentí que el color abandonaba mi rostro, dejándome fría y desorientada.

—¿Qué has hecho? —susurré, con horror creciente.

—Me ha dicho que te arrastre si es necesario —respondió, encogiéndose de hombros con una naturalidad insultante—. Literalmente. Ha utilizado esa palabra. «Arrástrala, Gabriel. Esa niña necesita sol, aire fresco y que le cambien los aires antes de que se vuelva loca encerrada con papeles».

—Traidor —siseé, aunque mi voz carecía de la convicción necesaria para que sonara realmente enfadada.

—Lo sé —admitió, y su sonrisa se amplió hasta convertirse en esa expresión que me resultaba imposible de ignorar—.

Pero también sé que llevas tres días sin salir de esta villa excepto para ir a reuniones de crisis.

Y sé que si no te obligo, vas a perderte Santorini por culpa de un caso que, por cierto, no es ni siquiera tuyo.

No eres la policía, Victoria. Eres una fiscal de Manhattan que está de vacaciones forzadas.

Quise discutir. Quise cerrar la puerta en su nariz perfecta y volver a mi portátil, a mis listas de sospechosos, a mi paranoia profesional.

Pero entonces me fijé en los detalles que había pasado por alto en mi enfado inicial.

Llevaba una mochila pequeña colgada del hombro.

En la mano derecha, sostenía un sombrero de paja que reconocí como mío —lo había dejado sobre la mesa de la terraza el día anterior—.

Y en la muñeca izquierda, brillaba un reloj nuevo, uno de esos modelos deportivos con correa de silicona azul que contrastaba con su piel bronceada.

Había planeado esto. Había venido preparado para una batalla que sabía que ganaría.

—Dos horas —cedí finalmente, suspirando con derrota—. Solo dos horas. Y luego vuelvo a trabajar.

—Tres —negoció, tendiéndome el sombrero—. Y te prometo que no te arrepentirás.

Dos horas después —que se convirtieron en tres, y luego en cuatro, y luego en cinco sin que ninguno de los dos lo mencionara— recorríamos las calles empedradas de Oia .

El sol había subido en el cielo, convirtiendo el blanco de las casas en un resplandor casi cegador, y el calor seco del verano griego se había instalado con confortable determinación.

Gabriel caminaba a mi lado con una naturalidad que me resultaba desconcertante.

No nos tomábamos de la mano —no delante de otros turistas, no cuando podía haber alguien observando— pero nuestras manos se rozaban constantemente, nuestros hombros chocaban al cruzar callejuelas estrechas, nuestros pasos se sincronizaban sin que mediara acuerdo previo.

Entramos en pequeñas tiendas de artesanía donde vendían cerámica pintada a mano, joyería de plata con motivos griegos, y esos souvenirs horribles que Gabriel insistía en examinar con seriedad exagerada.

—¿En serio vas a comprar ese imán de nevera con un burro pintado? —pregunté, observándolo sostener el objeto con la concentración de quien evalúa una obra de arte.

—Es kitsch —respondió, girándolo para examinarlo desde todos los ángulos—. Y, por tanto, es perfecto. Además, Mia me matará si no le traigo algo horrible de Grecia. Colecciona imanes de lugares donde he estado.

—Mia es tu secretaria, no tu hija.

—Y es más temible que cualquier hija. Créeme.

Probamos comida local en puestos callejeros que Gabriel descubría con una intuición que rozaba lo sobrenatural.

Souvlaki de cerdo marinado en especias que desprendían un aroma embriagador, feta fresca envuelta en hojas de parra, baklava dulce que crujía entre los dientes y dejaba el paladar cubierto de miel y pistacho.

Discutimos por absolutamente todo: por si el aceite de oliva era mejor en Creta o en Santorini, por si el vino blanco local merecía su fama, por si los turistas arruinaban o salvaban la economía griega.

Y nos reímos. Constantemente.

Era algo que no formaba parte del plan. Ni del suyo ni del mío.

No se suponía que fuéramos a disfrutar juntos de una excursión turística como una pareja real, sin la excusa de la investigación, sin la presión de mi familia observando.

No se suponía que sus comentarios sarcásticos sobre los precios excesivos de los souvenirs me hicieran soltar carcajadas en medio de la calle, o que mi obsesión por fotografiar cada puerta azul de la isla le resultara adorable en lugar de irritante.

Pero allí estábamos, riendo como dos adolescentes sin preocupaciones, mientras el sol avanzaba hacia el cenit y el tiempo se escapaba entre nuestros dedos sin que yo quisiera detenerlo.

A mediodía terminamos en una pequeña terraza sobre el mar, alejada de las rutas turísticas más concurridas.

Era el tipo de lugar que solo los locales conocen, o los turistas con suerte, o los abogados persuasivos que saben cómo sonsacar información a camareros.

Una plataforma de madera suspendida sobre el acantilado, con apenas tres mesas y una sombrilla de rayas azules y blancas que crujía con la brisa marina.

El viento agitaba suavemente el cabello de Gabriel, despeinándolo de una manera que lo hacía parecer más joven, más accesible, menos el abogado impecable de Manhattan y más un hombre disfrutando de un día de verano.

Se había quitado las gafas de sol y tenía los ojos entrecerrados contra el sol, mirando hacia el horizonte donde el mar se fundía con el cielo en una línea perfecta.

Y por primera vez me permití observarlo. De verdad.

No como rival. No como el abogado defensor contra el que había litigado docenas de veces en salas de juicios frías. No como falso novio, como el escudo que había contratado para sobrellevar una boda familiar incómoda. Sino como hombre.

Era atractivo. Muchísimo. Siempre lo había sido, incluso cuando me enfurecía en los tribunales con sus argumentos brillantes y su sonrisa arrogante.

Tenía esa mandíbula fuerte que anunciaba terquedad, esos hombros anchos que llenaban cualquier espacio, esa forma de moverse con elegancia felina que contrastaba con su intensidad profesional.

Pero eso no era lo importante.

Lo importante, me di cuenta con una claridad que me cortó la respiración, era que era bueno. Amable. Paciente. Generoso.

Lo vi en la forma en que había tratado a la anciana dueña de la tienda de cerámica, escuchando pacientemente su historia sobre cómo su abuela había pintado aquellas tazas, comprando tres sin necesitarlas solo para hacerla sonreír.

Lo vi en cómo se había ofrecido a tomar fotos a una pareja de recién casados japoneses que luchaban con un selfie imposible, consiguiendo que posaran de formas naturales, haciéndoles reír.

Lo vi en cómo me miraba a mí, con una atención total que hacía que sintiera que era la única persona en el mundo que importaba en ese momento.

Y aquello me asustó.

Porque empezaba a confiar en él. Más de lo que había confiado en nadie desde Ethan. Más de lo que me permitía confiar en nadie desde aquella noche de San Valentín hacía seis años, cuando aprendí que el amor era solo otra palabra para describir la traición.

—¿Qué ocurre? —preguntó de repente, girándose hacia mí, y su voz me sacó de mi ensoñación.

Aparté la mirada rápidamente, sintiendo que el calor subía a mis mejillas.

—Nada —mentí, tomando un sorbo de mi limonada para disimular.

Gabriel sonrió. No esa sonrisa arrogante que utilizaba en los tribunales, sino una más suave, más íntima, que alcanzaba sus ojos.

—Mientes fatal —dijo.

—Soy fiscal —respondí, intentando recuperar el tono profesional.

—Precisamente por eso —replicó, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro íntimo—. Porque eres fiscal, porque estás entrenada para detectar mentiras, deberías saber que las tuyas son transparentes cuando se trata de ti misma.

Aquella simple frase, esa observación aguda pero dicha con ternura, consiguió hacerme reír otra vez. Una risa breve, casi involuntaria, que escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerla.

—Eres insoportable —dije, pero mi voz carecía de convicción.

—Y tú estás preciosa cuando te ríes —respondió, y el cumplido cayó entre nosotros como una piedra en agua tranquila, creando ondas que amenazaban con desbordar las orillas de nuestra farsa compartida.

El silencio que siguió fue cómodo, pero cargado. El tipo de silencio que precede a las confesiones importantes, a los momentos que definen relaciones. El viento marino agitaba la sombrilla sobre nosotros, creando sombras danzantes sobre la mesa de madera desgastada.

—Gabriel —empecé a decir, sin saber exactamente qué iba a confesar.

—No digas nada —interrumpió, y su mano se extendió sobre la mesa, buscando la mía—. No arruines el momento con palabras. Solo... quédate aquí. Conmigo. Un poco más.

Entrelacé mis dedos con los suyos, sintiendo el calor de su piel contra la mía, la aspereza de sus yemas —probablemente de tantos años escribiendo en teclados y sosteniendo plumas—, la firmeza de su agarre.

Y me quedé. Porque no sabía hacer otra cosa en ese momento.

Porque quería creer, solo por unas horas, que esto podía ser real.

Que podía confiar de nuevo sin que el mundo se derrumbara a mi alrededor.

Regresamos a la villa cuando el sol empezaba a inclinarse hacia el oeste, pintando el cielo de tonos rosas y naranjas que anunciaban la llegada del atardecer.

Caminábamos más despacio de lo necesario, retrasando el regreso a la realidad, a la investigación, a las amenazas que esperaban en algún rincón oscuro del hotel.

Gabriel llevaba mi sombrero de paja ahora, llevándoselo con descaro, y yo llevaba una pulsera de plata que había comprado en una tienda de artesanía con su insistencia, con su tarjeta de crédito, a pesar de mis protestas.

Parecíamos una pareja de verdad. Lo éramos, en ese momento, aunque ninguno de los dos lo hubiera pronunciado en voz alta.

Estábamos a punto de entrar por la puerta principal del complejo de villas cuando algo me hizo detenerme.

Una sensación en la nuca, ese hormigueo que te dice que alguien te observa.

Me giré bruscamente, escudriñando la zona de aparcamiento donde los vehículos de los invitados descansaban bajo toldos de lona.

Y entonces lo vi.

Ethan estaba allí, apoyado contra un coche de alquiler, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que no logré descifrar completamente a aquella distancia.

Pero vi suficiente. Vi la tensión en su mandíbula, la forma en que sus ojos se entrecerraban al observarnos, la oscuridad que nublaba su rostro habitualmente amable.

No se movió. No intentó acercarse. Solo nos observó, a Gabriel y a mí, con una intensidad que me produjo un escalofrío pese al calor del atardecer.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gabriel, notando mi rigidez.

—Nada —mentí de nuevo, porque no quería que supiera que Ethan nos estaba observando, que no quería que la tarde perfecta se contaminara con la sombra del pasado—. Creo que he visto a alguien. Un pájaro. Vamos.

Tiré de su mano, instándole a entrar, a alejarnos de aquella mirada que sentía como peso físico sobre mi piel. Gabriel me miró con sospecha, pero accedió, dejándome guiarlo hacia el interior.

Pero mientras caminábamos, mientras la puerta se cerraba tras nosotros y nos separaba del mundo exterior, no pude evitar pensar en lo que acababa de ver. En la expresión de Ethan. En el hecho de que nos observara desde la distancia como un depredador evaluando a su presa.

Y entonces recordé la nota clavada en el olivo la noche anterior. La frase amenazante. El reloj de bolsillo dorado.

Una pieza del puzle cayó en su lugar con un chasquido casi audible en mi mente. No podía estar segura. Aún no. Pero la sospecha empezaba a formarse, oscura y terrible, en lo más profundo de mi consciencia.

Mientras Gabriel me soltaba la mano para abrir la puerta de nuestra villa, mientras sonreía y me preguntaba si quería cenar en la terraza o bajar al restaurante principal, yo miraba por encima de mi hombro hacia donde Ethan había estado.

Pero ya no estaba. Solo quedaba el coche de alquiler, vacío, y la sombra alargada del atardecer que parecía extenderse como una mano amenazante sobre el suelo de grava.

Quería estar lejos de miradas indiscretas.

Lejos de sospechas. Quería que aquella noche, al menos, fuera solo nuestra.

Porque temía que el tiempo se nos estaba acabando.

Que el enemigo que creíamos lejano estaba más cerca de lo que imaginábamos.

Y que la boda de mañana, lejos de ser un final feliz, se convertiría en el escenario de una tragedia que no sabíamos cómo evitar.