Dos semanas para enamorarte Capítulo 27
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Capítulo 27

Gabriel

La villa que Alexander había asignado a Victoria estaba conectada a la mía por una terraza privada tan enorme que podría haber albergado una pista de tenis sin esfuerzo.

Cuando descubrí aquel detalle —una simple puerta de cristal que se abría desde mi dormitorio directamente al mismo espacio al aire libre que el suyo— supe inmediatamente que el universo seguía divirtiéndose a mi costa.

O tal vez, y esta posibilidad me resultaba más inquietante, que simplemente estaba conspirando a mi favor.

Las vistas desde aquella terraza eran, cuanto menos, espectaculares.

El mar Egeo brillaba bajo el sol de la tarde con un azul tan intenso que resultaba casi doloroso de contemplar.

Las cúpulas blancas de las iglesias ortodoxas, salpicadas entre las casas encaladas de Oia , parecían sacadas de una postal de las que venden en los quioscos del puerto, demasiado perfectas para ser reales.

Y el cielo... el cielo era un lienzo sin nubes, una extensión infinita de azul celeste que se fundía con el horizonte marino en una línea tan nítida que parecía dibujada con regla.

Todo invitaba al descanso, a la contemplación, a dejar que el mundo girara sin nuestra intervención durante unas horas. Todo, excepto ella.

Porque, por supuesto, Victoria estaba allí.

Estaba sentada en una tumbona de mimbre blanco, con las piernas cruzadas y un portátil sobre el regazo, completamente absorta en la revisión de lo que parecían ser documentos oficiales.

Llevaba un vestido ligero de color arena que se movía con la brisa marina, y sus gafas de sol oscuras ocultaban su expresión, aunque no necesitaba ver sus ojos para saber que estaban fruncidos en esa mueca de concentración que tanto me había llegado a gustar.

Me quedé inmóvil durante unos segundos, apoyado en el marco de la puerta, observándola.

El sol iluminaba su cabello castaño, creando reflejos dorados que contrastaban con la piel bronceada de sus hombros.

Tenía un pie descalzo apoyado en el suelo de baldosas blancas, y el otro ligeramente levantado, balanceándose con un ritmo inconsciente que delataba su impaciencia.

Incluso en pleno paraíso griego, Victoria Sinclair seguía siendo ella misma: una máquina de trabajo incorregible, una fiscal incorruptible, una mujer que llevaba la justicia grabada en el ADN.

—¿Estás revisando documentos? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.

Ella levantó la vista, sin sobresaltarse, como si hubiera percibido mi presencia desde el momento en que abrí la puerta. Se quitó las gafas de sol y me miró con esos ojos verdes que parecían capaces de ver a través de cualquier mentira.

—Sí —respondió, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

—Estamos en Santorini —señalé, caminando hacia ella con paso lento.

—Lo sé.

—De vacaciones —insistí, deteniéndome junto a su tumbona.

—No exactamente —corrigió ella, volviendo la vista hacia la pantalla del portátil—. Hay alguien intentando matar a tu prima. O a su prometido. O a ambos. Eso convierte esto en un caso, no en unas vacaciones.

Negué con la cabeza, aunque una sonrisa se dibujaba en mis labios. Era exasperante. Absolutamente exasperante. Y, sin embargo, no podía imaginarla de otra manera.

—Eres incapaz de relajarte —dije, sentándome en el borde de la tumbona contigua, lo suficientemente cerca como para oler su perfume a jazmín y sal marina.

—Y tú eres incapaz de quedarte quieto —replicó ella, sin levantar la vista de los documentos, aunque detecté una comisura de su boca que se elevaba ligeramente.

—Tienes razón.

—Lo sé.

Aquella conversación, ridícula en su simplicidad, arrancó una sonrisa a ambos.

Una sonrisa fácil, cómoda, que no requería esfuerzo ni fingimiento.

Y eso era precisamente lo peligroso. Porque cuando sonreíamos así, cuando nuestras réplicas cortas y secas se transformaban en un código compartido que solo nosotros entendíamos, las líneas entre la farsa y la realidad se volvían borrosas.

Y yo ya no sabía dónde terminaba el papel de falso novio y dónde empezaba el hombre que se estaba enamorando perdidamente de ella.

Durante las siguientes horas, el sol fue descendiendo lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas que parecían irreales, mientras nosotros continuábamos investigando las amenazas.

Alexander nos había entregado acceso a parte de la información recopilada por la policía local: listas de empleados del hotel y del barco, contratos de proveedores, correos electrónicos filtrados, y un exhaustivo informe sobre posibles rivales empresariales que pudieran tener motivos para sabotear la boda.

Extendimos los papeles sobre la mesa de terraza de mármol blanco, junto a jarras de limonada casera que el servicio había traído y que se habían quedado calientes bajo el sol.

Victoria se había cambiado de ropa —ahora llevaba un pantalón de lino blanco y una camiseta de tirantes azul marino— y había recogido el pelo en un moño desordenado que dejaba al descubierto su nuca.

Yo no podía dejar de mirar ese punto vulnerable, de imaginar mis labios recorriéndolo, de recordar cómo se estremecía cuando lo hacía.

—Concéntrate, Knight —dijo ella de repente, sin levantar la vista de un informe policial.

—Lo estoy —mentí.

—Estás mirando mi cuello.

—Es un cuello muy bonito.

—Gabriel.

—Victoria.

Suspiró exageradamente, pero vi que sus mejillas se sonrojaban ligeramente.

Esa mezcla de profesionalismo estricto y vulnerabilidad física me volvía loco.

La observé mientras sus dedos recorrían las listas de nombres, tachando algunos, haciendo anotaciones en los márgenes con una letra angular y precisa.

Su mente funcionaba a una velocidad que me resultaba envidiable, conectando datos que yo aún no veía, descartando pistas falsas con una intuición que solo podía compararse con la de un depredador experimentado.

—Nada encaja —murmuró finalmente, dejando el bolígrafo sobre la mesa con un gesto de frustración—. Hemos revisado a todos los empleados con antecedentes, a todos los competidores de Alexander, incluso a ex parejas de Isabelle que pudieran tener celos patológicos. Y nada. Absolutamente nada.

Cogí el informe que ella había dejado y lo hojeé. Tenía razón. Era un callejón sin salida. Demasiados sospechosos, demasiados motivos posibles, demasiadas variables.

—Alguien quiere que miremos en la dirección equivocada —dijo Victoria de repente, y su voz adquirió ese tono grave que utilizaba cuando su instinto de fiscal se activaba.

La miré fijamente. Ella tenía la vista perdida en el horizonte, con los ojos entrecerrados contra la luz del atardecer, y su expresión era la de quien acaba de encajar una pieza del puzle que los demás no ven.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, inclinándome hacia delante.

—Que todo esto... —señaló los papeles extendidos sobre la mesa—.

Es demasiado obvio. Las amenazas escritas, las fotografías, el sabotaje a la barandilla.

Es como si alguien quisiera que perdiéramos el tiempo investigando a empleados descontentos o rivales empresariales, mientras el verdadero culpable actúa impunemente bajo nuestras narices.

—Pienso lo mismo —respondí, y la sinceridad de mis palabras me sorprendió incluso a mí mismo.

Ella arqueó una ceja, girándose hacia mí. El sol poniente iluminaba su rostro de perfil, creando sombras dramáticas que resaltaban la línea perfecta de su mandíbula.

—Eso es inquietante —dijo.

—¿Que coincidamos?

—Mucho.

Y, sin embargo, cada vez ocurría con más frecuencia.

En los tribunales, habíamos sido adversarios que se anticipaban mutuamente, que construían estrategias para contrarrestar las del otro.

Pero ahora, investigando juntos, esa rivalidad se había transformado en algo más peligroso: una sintonía perfecta.

Estábamos empezando a pensar igual. A sentir igual. Y ambos lo sabíamos.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. El viento marino agitaba los papeles sobre la mesa, pero ninguno de los dos hizo ademán de recogerlos. Estábamos demasiado ocupados mirándonos el uno al otro, reconociendo en los ojos del otro el reflejo de nuestros propios pensamientos.

—Necesitamos hablar con Isabelle —dije finalmente, rompiendo el hechizo—. A solas. Sin Alexander. Hay preguntas que solo ella puede responder sobre su pasado, sobre enemigos personales que no tengan nada que ver con el negocio de su novio.

Victoria asintió lentamente, y vi que su mano se movía instintivamente hacia la mía sobre la mesa, deteniéndose a mitad de camino como si recordara de repente que no debía.

—Esta noche —propuso ella, y su voz sonó ronca, diferente—. Después de la cena. Alexander tiene una reunión con los proveedores del banquete. Será el momento.

—Esta noche —repetí, y la palabra resonó entre nosotros con promesas implícitas que trascendían la investigación.

La cena fue un espectáculo de luces y sombras.

Alexander había organizado una velada íntima en el restaurante principal del hotel, con mesas dispuestas en una terraza iluminada por velas y antorchas que creaban un ambiente mágico, casi irreal.

La comida era excelente —pescado fresco a la parrilla, ensaladas griegas con aceite de oliva virgen, vinos locales que hacían que la cabeza girara agradablemente— pero la tensión era palpable.

Isabelle sonreía, pero sus ojos estaban enrojecidos, y noté que apenas tocaba la comida.

Alexander intentaba mantener la fachada de anfitrión perfecto, pero sus manos temblaban ligeramente cuando servía el vino.

Mi madre charlaba animadamente con Olivia sobre los preparativos de última hora, ajena al drama que se gestaba bajo la superficie.

Y Ethan... Ethan me observaba desde su mesa con una expresión que no supe descifrar, aunque Victoria parecía haberlo ignorado completamente, lo cual me produjo una satisfacción mezquina.

Fue después del postre, cuando Alexander se excusó para reunirse con el catering, cuando aprovechamos el momento.

Victoria se acercó a Isabelle con la excusa de admirar su vestido —un pretexto ridículo que funcionó perfectamente— y yo me uní a la conversación poco después, bloqueando visualmente a los demás invitados.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó Victoria, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspiratorio—. A solas. Es importante.

Isabelle palideció, pero asintió. Los tres nos escabullimos por un sendero lateral que conducía a un pequeño jardín privado, lejos de las miradas indiscretas.

El olor a jazmín era embriagador en la oscuridad, y el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados creaba una banda sonora natural que ocultaba nuestras voces.

—¿Es sobre las amenazas? —preguntó Isabelle, y su voz se quebró apenas.

—Sí —respondió Victoria, tomando las manos de su prima entre las suyas con un gesto de ternura que me sorprendió—. Pero necesitamos que nos cuentes la verdad. Toda la verdad. Hay algo que estamos pasando por alto, y tememos que estés en peligro por algo que no tiene que ver con Alexander.

Isabelle nos miró alternativamente, y entonces, para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Hay alguien —confesó, y su voz salió como un susurro agonizante—.

Alguien del pasado. Pensé que había terminado, que se había ido de mi vida, pero...

—se interrumpió, secándose las lágrimas con rabia—.

Pero recibí una carta hace tres meses. Anónima.

Diciendo que nunca me dejaría en paz. Que si me casaba con Alexander, me arrepentiría.

Victoria y yo intercambiamos una mirada. Aquello cambiaba todo.

—¿Quién? —pregunté, acercándome un paso—. ¿Quién es, Isabelle?

Ella abrió la boca para responder, pero en ese momento escuchamos un ruido detrás de nosotros. Un crujido de ramas. Los tres nos giramos bruscamente, pero solo vimos sombras moviéndose entre los arbustos, demasiado rápido para identificarlas.

—¡Quién va! —grité, echándome a correr hacia el lugar.

Pero cuando llegué, solo encontré una nota clavada en el tronco de un olivo con un cuchillo pequeño. La desenrollé con dedos temblorosos, y la luz de la luna me permitió leer el mensaje escrito con letra temblorosa:

«Demasiado tarde para hablar. La boda será un funeral.»

Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Victoria llegó a mi lado, jadeando, y leyó la nota por encima de mi hombro. Su mano encontró la mía en la oscuridad, apretándola con fuerza.

—Está aquí —susurró ella, y su voz temblaba apenas—. El asesino está aquí, en el hotel. Ahora mismo.

Miré hacia atrás, hacia donde habíamos dejado a Isabelle. Estaba paralizada, blanca como la cal, con las manos sobre la boca para contener un grito.

Y entonces lo vi. Un destello dorado entre las sombras, moviéndose rápidamente hacia la entrada del hotel. Un reloj de bolsillo, colgando de una cadena, reflejando la luz de la luna.

—¡Detente! —grité, soltando la mano de Victoria para lanzarme en persecución.

Pero la figura desapareció entre los pasillos laberínticos del hotel antes de que pudiera alcanzarla. Cuando volví, jadeante y furioso, Victoria estaba abrazando a Isabelle, protegiéndola con su cuerpo como si fuera su propia vida la que estuviera en juego.

—Mañana —dije, con la voz ronca por la tensión—. Mañana resolvemos esto. Pero ahora, Isabelle, necesitas protección las veinticuatro horas. No te separarás de nosotros ni un segundo.

Victoria asintió, y sus ojos encontraron los míos en la oscuridad. En ellos vi el mismo fuego que sentía yo: determinación, miedo contenido, y algo más. Algo que parecía prometer que, pasara lo que pasara, estaríamos juntos en ello.

—Juntos —murmuró ella, y la palabra fue un juramento.

—Hasta el final —respondí, y supe que no hablaba solo del caso.

El asesino estaba más cerca que nunca. Y mañana, la boda se celebraría... o se convertiría en la tragedia que aquella nota prometía.