Capítulo 26 #2
Cogí la fotografía de nuevo, estudiándola con los ojos de fiscal que había perfeccionado durante años en los tribunales de Manhattan. Busqué detalles que otros pudieran pasar por alto: la calidad de la impresión, el ángulo de la toma, los elementos de fondo que pudieran delatar al fotógrafo.
La imagen estaba tomada desde una posición elevada, ligeramente lateral. No era la vista frontal que tendría un invitado sentado, sino la perspectiva de alguien que estaba de pie, quizás en la entrada lateral de la terraza, o subiendo por los escalones de piedra que conducían desde el hotel.
Y entonces lo vi. En el fondo de la imagen, desenfocado pero reconocible, había un objeto. Algo que no encajaba con la estética blanca y azul de Santorini. Un destello metálico, dorado, con una forma curva que me resultó terriblemente familiar.
Un reloj. Un reloj de pulsera con una correa de eslabones dorados y una esfera redonda. Un modelo caro, ostentoso, que había visto antes. Muchas veces antes.
El corazón me dio un vuelco.
No podía estar segura. La imagen estaba borrosa, el objeto era pequeño, podía ser cualquier cosa. Pero algo en mi interior, esa intuición que tantos casos había resuelto, me gritaba que era importante. Que era una pista.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gabriel, notando que me había quedado inmóvil, con la vista clavada en la esquina inferior de la fotografía.
—Nada —mentí, o más bien, pospuse la verdad—. Solo estoy analizando.
Pero mi mente trabajaba a toda velocidad.
¿De quién era ese reloj? ¿Quién de los presentes llevaba un accesorio así?
Ethan solía llevar relojes caros, pero no recordaba haberle visto ese modelo específico.
Alexander tenía uno similar, pero su correa era de piel, no de eslabones metálicos.
Nathan... no, Nathan prefería relojes deportivos, digitales.
Y entonces recordé.
Recordé haber visto ese destello dorado en la muñeca de alguien más. Alguien que no estaba en esta habitación. Alguien que había estado en el barco pero que ahora, extrañamente, no se encontraba entre los invitados a esta reunión de emergencia.
La boda. La organizadora del evento. Una mujer griega de mediana edad llamada Helena, que había mostrado eficiencia militar durante toda la preparación pero que, ahora que lo pensaba, había estado demasiado presente en momentos clave.
En el barco, merodeando cerca de la barandilla rota.
En el hotel, preguntando demasiados detalles sobre seguridad.
Pero había algo más. Algo que no encajaba.
Volví a mirar la fotografía. El reloj no estaba en la muñeca de nadie. Estaba sobre una superficie. Sobre... ¿una mesa? ¿Una barandilla? No, parecía colgar. Como si alguien lo hubiera dejado caer, o como si estuviera sujeto a algo.
Y entonces lo entendí.
No era un reloj de pulsera. Era un reloj de bolsillo. Un modelo antiguo, caro, vintage. Y lo había visto antes. En otra muñeca. En otra persona.
Mi cabeza giró bruscamente hacia Ethan. Pero no, él llevaba un Rolex moderno en la muñeca izquierda. Hacia Alexander. No, él no llevaba reloj en ese momento, sus muñecas estaban desnudas.
Hacia...
—Necesito aire —dije de repente, levantándome mientras notaba que me tambaleaba.
—Victoria... —empezó Gabriel, preocupado.
—Ahora —insistí, y mi voz salió más aguda de lo pretendido—. Necesito salir. Ahora.
Salí de la sala tambaleándome, con la fotografía aún en la mano, con la mente dando vueltas. El sol me golpeó con fuerza cuando crucé la puerta, cegándome momentáneamente. Me apoyé contra la pared exterior, respirando con dificultad, intentando ordenar los pensamientos.
El reloj. ¿Dónde lo había visto? ¿Cuándo? Y entonces lo recordé con una claridad que me hizo sentir náuseas.
La noche anterior, en el barco, durante la cena de despedida. Alguien había sacado el brazo para servir vino, y el destello dorado había llamado mi atención. Alguien que no debería estar tan interesado en los detalles de la boda. Alguien que había hecho demasiadas preguntas sobre el itinerario.
No era Helena. Era...
—¿Estás bien?
La voz de Gabriel me sobresaltó. Estaba a mi lado, había salido tras de mí sin que me diera cuenta, y su mano se posó en mi hombro con una solidez reconfortante.
—He visto algo —susurré, mostrándole la fotografía, señalando el detalle en la esquina—. Aquí. Ese objeto. Lo reconozco.
Gabriel se puso las gafas de sol para ver mejor contra la luz deslumbrante, y estudió la imagen con el ceño fruncido.
—¿Un reloj?
—Un reloj de bolsillo —confirmé—. Antiguo. Dorado. Y sé de quién es. O al menos, tengo una sospecha muy fuerte.
—¿De quién?
Negué con la cabeza, todavía procesando la implicación.
—No puedo decirlo aún. Necesito estar segura. Si me equivoco... —hice una pausa, mirando hacia la sala donde los demás seguían reunidos—. Si me equivoco, destruyo una vida. Pero si acierto...
—Entonces el culpable está más cerca de lo que imaginamos —terminó Gabriel por mí, y su voz era grave, seria.
Asentí, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina.
—Mucho más cerca —confirmé—. Y es alguien que conoce cada detalle de esta boda. Alguien que tiene acceso a todo. Alguien que...
Me interrumpí, porque la implicación era demasiado aterradora. Si mi sospecha era correcta, el enemigo no era un invitado indeseable ni un competidor empresarial. Era alguien de la familia. Alguien que amaba a Isabelle, o que fingía amarla.
Gabriel se acercó más, hasta que su cuerpo me protegió del viento, creando un capullo de intimidad en medio del caos.
—Entonces investigamos juntos —dijo, y no era una pregunta—. No dices nada a nadie hasta que tengamos pruebas. Ni siquiera a Alexander. Ni a tu madre. Nadie.
—Juntos —repetí, y la palabra me supo a alivio y a peligro a la vez.
Me miró a los ojos, y vi en su mirada la determinación que tanto me había atraído desde el principio, aunque entonces la confundí con arrogancia. Era lealtad. Era protección. Era el tipo de amor que se demuestra con hechos, no con palabras.
—Nos protegeremos mutuamente —añadió, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo—. Como hemos estado haciendo desde el principio, aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, pero no de tristeza. De alivio. De gratitud. De algo que se parecía sospechosamente a la esperanza.
—¿Cuándo empezó a ser real? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Cuándo dejamos de fingir?
Gabriel sonrió, una sonrisa triste pero genuina, y acarició mi mejilla con el dorso de la mano.
—Quizás siempre lo fue —dijo—. Quizás solo necesitábamos una excusa para admitirlo.
Y mientras el sol de Santorini se ponía lentamente sobre el horizonte, pintando el cielo de colores imposibles, mientras dentro de la villa se gestaba una tragedia que aún no podíamos evitar, nos quedamos allí, el uno junto al otro.
Investigando juntos. Protegiéndonos mutuamente.
Como si aquello ya fuera lo más natural del mundo.
Como si hubiéramos olvidado que todo había comenzado con una mentira.